LNCrawler

No necesitan otra Luna

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

No necesitan otra Luna

Cassian

A las cinco y cuarenta y tres de la mañana descubro dos cosas.

La primera es que mi Mate ocupa demasiado poco espacio en una cama para una mujer capaz de desestabilizar un Consejo Continental.

La segunda es que lleva despierta al menos veinte minutos fingiendo que duerme.

Permanezco inmóvil detrás de ella, con un brazo alrededor de su cintura y la nariz cerca de su cabello. Anabella eligió finalmente dormir conmigo. No porque mi madre hubiera preparado una habitación separada ni porque yo hubiera intentado convencerla de lo contrario. Subió, inspeccionó ambas habitaciones, declaró que la suya tenía mejores almohadas, dejó allí la mitad de sus cosas y después apareció en mi puerta una hora más tarde con una camiseta enorme y la expresión de una mujer que venía a comunicar una decisión administrativa.

Voy a dormir aquí.

Eso fue todo.

Mi lobo casi derribó las paredes.

Yo dije:

Bien.

Anabella me informó inmediatamente que odiaba esa palabra.

Después se metió en mi cama.

Ahora está rígida entre mis brazos mientras intenta respirar con la lentitud artificial de alguien que no quiere que la descubran despierta.

—Puedes dejar de hacerlo.

Su respiración se detiene.

—¿Hacer qué?

—Dormir de manera muy concentrada.

Se queda quieta unos segundos antes de girarse lentamente. Tiene el cabello desordenado, una marca de almohada en la mejilla y los ojos demasiado abiertos para alguien que supuestamente acaba de despertar.

Mi lobo se levanta.

Mate.

Sí.

Nuestra.

No empieces.

Anabella entrecierra los ojos.

—Estás discutiendo con él.

—No.

—Tu cara.

—Mi cara no habla.

—La tuya grita.

Estira una mano y toca mi mandíbula. El contacto es pequeño, distraído, pero mi lobo responde como si acabara de recibir una declaración oficial de soberanía.

Inclino la cabeza y beso el centro de su palma.

Su expresión se suaviza.

—¿Por qué estás despierta?

La pregunta hace que sus dedos se detengan.

No necesito el vínculo para saber la respuesta.

El bosque.

La carrera.

La manada.

Anoche dijo que quería correr con ellos.

No conmigo.

No en un sector cerrado.

Con la manada Beaumont.

He pasado buena parte de la noche alternando entre una alegría tan violenta que mi lobo quería salir al bosque y aullar como un adolescente y el temor de que, al despertar, Anabella se sintiera obligada a cumplir una decisión pronunciada cuando estaba emocionalmente expuesta.

No voy a permitirlo.

Ni siquiera si la parte animal dentro de mí está convencida de que verla correr entre los nuestros será la imagen más importante de nuestra vida.

—No tienes que hacerlo —digo.

Anabella suspira.

—Buenos días para ti también.

—Buenos días.

—Me refería a que tardaste aproximadamente cuarenta segundos en intentar darme una salida.

—Te la estoy dando.

—Lo sé.

Se acomoda sobre la almohada y me observa.

No aparto la mirada.

—Puedes cambiar de opinión.

—También lo sé.

—No habrá consecuencias.

—Cassian.

—¿Qué?

—Lo estás haciendo otra vez.

Frunzo el ceño.

—¿Qué cosa?

—Intentar ser tan correcto que terminas pareciendo un manual de consentimiento institucional.

Eso me ofende.

—No existe un manual.

—Debería.

—Podría encargarlo.

—No te atrevas.

La comisura de mi boca se mueve.

Anabella se acerca y apoya la frente contra mi pecho.

La abrazo.

No necesito hablar.

Siento su ansiedad.

No es pánico.

Tampoco arrepentimiento.

Es algo más complejo.

Deseo y miedo coexistiendo sin anularse.

He aprendido que Anabella espera que las emociones tengan la cortesía de organizarse como columnas en una hoja de cálculo. Cuando no lo hacen, intenta encontrar una respuesta definitiva demasiado pronto.

Esta vez no la ayudo a hacerlo.

Espero.

Finalmente habla.

—Quiero correr.

Mi pecho se contrae.

Mi lobo golpea dentro de mí.

Manada.

Mate.

Nuestra.

—Bien.

Anabella levanta la cabeza.

—No arruines la palabra.

—Lo intento.

—Quiero hacerlo —continúa—. Y también quiero salir corriendo en dirección contraria cada vez que lo pienso.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

—Otra frase peligrosamente madura.

—Dormí cuatro horas. Mejora mi carácter.

—Eso no tiene sentido.

—A mí sí.

Me estudia durante unos segundos.

—¿Cómo funciona?

—¿La carrera?

—Sí.

Me recuesto contra el cabecero y ella se acomoda a mi lado, todavía dentro de mis brazos.

—No hay ceremonia.

—Gracias a Dios.

—Ni formación oficial.

—Mejor.

—La mayoría de los domingos quienes quieren correr se reúnen cerca del límite norte. Algunos van en grupos. Otros se separan. Familias, guerreros, adolescentes. No corre toda la manada al mismo tiempo.

Veo cómo algo de la tensión abandona sus hombros.

—¿Cuántos?

—Depende.

—Cassian.

—Quizá cincuenta.

Sus ojos se agrandan.

—Eso no es tranquilizador.

—Podemos ir más tarde.

—No.

—Podemos correr solos.

—No.

—Puedo pedir que nadie se acerque.

—Eso sería peor.

Asiento.

No discuto.

Lo noto porque ella también lo nota.

—Estás siendo sospechosamente cooperativo.

—Estoy creciendo.

—Lucía estaría orgullosa.

—No le cuentes.

Anabella sonríe.

Después vuelve a mirar hacia la ventana.

El amanecer apenas empieza a aclarar el cielo sobre los árboles.

—En Blackwood corríamos todos los meses —dice.

No hago ningún movimiento.

Nunca sé qué parte de su pasado aparecerá hasta que ella decide abrirla.

Y cuando lo hace, mi primer impulso sigue siendo odiar.

A Arthur.

A Tatiana.

Al Consejo que la convirtió en una futura función antes que en una mujer.

A todos los que vieron lo que ocurría y encontraron razones para permanecer en silencio.

He aprendido que mi furia no siempre es útil.

Así que escucho.

—Había carreras de manada durante las lunas llenas —continúa—. No eran obligatorias, pero todos esperaban que el Alfa y la futura Luna corrieran delante.

Mi mandíbula se tensa.

—¿Delante?

—Arthur era rápido.

—No pregunté por él.

Me mira.

—Celos matutinos.

—Precisión histórica.

—Eso no significa nada.

—Lo sé.

No lo sé.

Pero estoy aprendiendo a convivir con cosas que odio sin intentar eliminarlas de la existencia.

Anabella continúa:

—Yo siempre terminaba demasiado atrás.

La observo.

—¿Y?

Se encoge ligeramente de hombros.

—Nada.

No le creo.

Ella tampoco.

—Anabella.

—Tatiana podía seguirlo.

Ahí está.

Mi lobo gruñe.

—Por supuesto.

—No hagas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de querer asesinar a una mujer que ya está detenida.

—No necesito asesinarla.

—Excelente evolución.

—Puede permanecer detenida durante un periodo estadísticamente satisfactorio.

—Cassian.

—Estoy escuchando.

Suspira.

—Después de un tiempo empecé a entrenar más para intentar mantener el ritmo. No funcionó. Liora era rápida, pero no estaba hecha como los lobos guerreros. Yo tampoco. Arthur decía que no importaba.

Silencio.

—Pero.

—Siempre hay un pero contigo.

—Normalmente porque existe.

Mira sus manos.

—Pero cada vez que alguien comentaba que Tatiana podía correr junto al Alfa, él no decía nada.

Respiro lentamente.

Anabella ya no necesita que yo destruya al hombre que fue Arthur.

Él mismo comprendió demasiado tarde lo que había hecho.

No necesito convertir cada recuerdo en una batalla.

—Hoy no corres delante de nadie —digo.

Ella levanta la vista.

—¿No?

—No hay delante.

—Eres el Alfa de la manada.

—Soy Cassian cuando corro aquí.

—Eso suena convenientemente democrático.

—No lo es. Si alguien intenta atacarnos, sigo siendo Alfa.

—Ah. Ahí está.

—Pero nadie necesita seguirme.

Se queda pensando.

—¿Dónde corres tú?

—Donde quiero.

—Respuesta irritante.

—Normalmente con Niccolas.

—¿Y quién gana?

No respondo.

Anabella sonríe lentamente.

—Niccolas.

—No.

—Ese silencio dijo Niccolas.

—Mi silencio no habla.

—Tu silencio dio una conferencia.

La giro debajo de mí.

Su risa se convierte en un sonido sorprendido.

—Cassian.

—Retira eso.

—Jamás.

La beso.

No para callarla.

Aunque ayuda.

Anabella me rodea el cuello y durante algunos minutos el bosque, la manada y cada asunto institucional dejan de existir.

Cuando me aparto, sus labios están hinchados y sus ojos tienen esa expresión que afecta seriamente mi capacidad de tomar decisiones racionales.

—Podemos quedarnos aquí —digo.

—No.

—Era una propuesta razonable.

—Estabas intentando distraerme.

—Funcionó.

—Durante tres minutos.

—Puedo mejorar el resultado.

Se ríe y empuja mi hombro.

—Vamos a correr.

Mi lobo ruge.

Yo cierro los ojos.

Anabella sonríe.

—Eso sí lo sentí.

—No sé de qué hablas.

—Mentiroso.

Mi madre está en la cocina cuando bajamos.

Descalza.

Otra vez.

Anabella me lanza una mirada que dice tenías razón sin pronunciar las palabras porque conserva suficiente dignidad para no admitirlo dos veces en veinticuatro horas.

Mireille sostiene una taza de té mientras revisa algo en una tableta.

—Buenos días.

—Buenos días —responde Anabella.

Mi madre levanta la vista.

La observa.

Después me mira a mí.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Tiene esa cara.

Anabella se toca el rostro.

—¿Qué cara?

—La de alguien que tomó una decisión importante y ahora está intentando fingir que no le asusta.

Mi Mate permanece inmóvil.

Yo miro a mi madre.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Leer personas antes del desayuno.

Mireille bebe té.

—No controlo cuándo otros son evidentes.

Anabella se sienta en la isla.

—Quiero correr con la manada.

Mi madre deja la taza.

No inmediatamente.

No de manera dramática.

Pero el pequeño sonido de porcelana contra piedra parece demasiado fuerte.

—Hoy —añade Anabella.

Mireille la observa durante varios segundos.

Yo conozco esa mirada.

No es evaluación.

Es emoción contenida.

Mi madre amó la manada Beaumont antes de amar la Corona. Incluso después de que mi padre murió y yo asumí responsabilidades que nunca quise tan joven, ella continuó recordándome que un territorio no era una extensión de su Alfa.

Eran personas.

Familias.

Historias.

Errores.

Mi madre mira a Anabella y comprendo exactamente lo que siente.

No porque espere una Reina.

Porque sabe lo que significa que una loba que perdió una manada quiera entrar voluntariamente en otra.

—Bien —dice finalmente.

Anabella arquea una ceja.

—Esa palabra parece perseguirme.

Mireille sonríe.

—No voy a convertirlo en algo más grande de lo que quieres que sea.

La gratitud que siento hacia mi madre me incomoda.

Ella lo percibe.

—No pongas esa cara, Cassian. Te crié. A veces sé comportarme.

—A veces.

—Tú eres la prueba de que no siempre.

Anabella ríe.

Traición familiar.

Esperable.

—¿Hay algo que deba saber? —pregunta.

Mi madre niega con la cabeza.

—Solo corre.

—¿Nada sobre jerarquías?

—No.

—¿Protocolos?

—No.

—¿Dónde debo colocarme?

Mireille apoya ambos antebrazos sobre la isla.

—Donde quieras.

La respuesta alcanza a Anabella.

Lo veo.

Mi madre también.

Pero no insiste.

Se limita a empujar una cesta de pan hacia ella.

—Come.

—No tengo hambre.

—Cassian.

Miro a mi Mate.

—Come.

Anabella se vuelve hacia mí.

—¿Perdón?

Mi madre ríe.

—Error de principiante.

Corrijo:

—Sería recomendable consumir algo antes de una transformación.

—Mucho mejor.

—Odio esta familia.

—Ayer dijiste que empezabas a quererla —respondo.

—Eso fue antes de descubrir que trabajan en equipo.

Mi madre coloca fruta en un plato.

—Todavía no conoces la mitad.

Anabella me mira con genuina preocupación.

—¿Hay más como ustedes?

—Desafortunadamente.

—Excelente.

Pero come.

Llegamos al límite norte a las ocho y veinte.

He estado allí miles de veces.

De niño.

De adolescente.

Después de convertirme en Alfa.

Después de convertirme en Rey.

En mañanas buenas.

En noches en las que necesitaba correr hasta que el agotamiento eliminara pensamientos que no podía permitirme tener.

Nunca lo había visto de esta manera.

A través del miedo de Anabella.

Hay treinta y siete personas cuando llegamos.

No cincuenta.

Eso debería ayudar.

No lo hace.

Siento cómo el cuerpo de Anabella se vuelve rígido a mi lado en cuanto escucha las voces.

No la toco.

Está vestida con pantalones deportivos, botas, un suéter gris y una chaqueta ligera. El cabello recogido. Nada en ella recuerda a la mujer que enfrentó al Consejo con un traje impecable.

Me gusta demasiado.

Varias cabezas se giran.

La conversación no se detiene completamente.

Lo agradezco.

Había hablado con Samuel y con otros responsables la noche anterior después de que Anabella se durmiera.

No di órdenes sobre cómo tratarla.

Solo una.

Nada de títulos.

No porque los títulos sean malos.

Porque ella no viene a probar ninguno.

Theo nos ve primero.

Por supuesto.

Corre.

Otra vez.

Su madre grita su nombre desde veinte metros de distancia.

El niño ignora la autoridad materna con una consistencia que algún día será un problema institucional.

—¡Anabella!

Ella se sorprende.

Después sonríe.

Theo se detiene frente a nosotros.

—Viniste.

—Eso parece.

—¿Vas a cambiar?

La madre llega sin aire.

—Theo.

—¿Qué?

—Deja de hacer preguntas.

Anabella mira al niño.

—Sí. Voy a transformarme.

—¿Tu loba es grande?

—Theo.

—No sé —responde Anabella antes de que la mujer pueda morir de vergüenza—. Supongo que normal.

El niño me señala.

—Cassian es enorme.

—Gracias —digo.

Anabella me mira.

—Está hablando de tu lobo.

—También.

Me golpea el brazo.

Algunas personas ríen.

La tensión disminuye apenas.

Theo continúa:

—¿Es blanca?

Anabella parpadea.

—¿Mi loba?

—Sí.

—No. Marrón oscuro.

—La mía será negra.

Su madre suspira.

—Todavía tienes seis años.

—Pero papá es negro.

—Tu padre tiene el pelo negro, eso no determina...

Me alejo mentalmente de la conversación genética.

Niccolas aparece desde uno de los senderos.

Está vestido para correr y lleva una sonrisa que no me gusta.

—Llegaron.

—Evidentemente.

Anabella lo mira.

—Necesito una respuesta.

—Eso siempre me preocupa.

—¿Quién gana cuando corren?

Niccolas sonríe.

Maldición.

—Yo.

—Mentira —digo.

—Cassian es más fuerte. Yo soy más rápido.

—En distancias cortas.

—En todas las distancias que cuentan.

—Eso no es verdad.

Anabella cruza los brazos.

—Me alegra haber aclarado esta cuestión.

Niccolas se inclina hacia ella.

—Hay registros.

—No hay registros.

—Mireille tiene videos.

Me giro hacia él.

—¿Qué?

—Nada.

—Niccolas.

—Deberíamos concentrarnos en la carrera.

Anabella se está riendo.

Mi dignidad en esta manada ha desaparecido durante su primera visita.

Tal vez sea bueno.

Necesito que vea esto.

No una corte.

No subordinados esperando órdenes.

La gente que conoció al niño antes que al Rey.

Un grupo de adolescentes pasa saludando. Una mujer embarazada camina hacia una zona donde varias personas dejan ropa y pertenencias. Dos ancianos discuten sobre una ruta más larga. Los guerreros no forman filas. Las familias organizan a los niños.

Normalidad.

Manada.

Anabella observa todo.

Su ansiedad continúa allí.

Pero la curiosidad empieza a mezclarse.

—¿Dónde dejamos la ropa? —pregunta.

Le señalo las cabañas pequeñas junto al sendero.

—Hay espacios privados.

Asiente.

Da un paso.

Se detiene.

Mira hacia mí.

—¿Vienes?

Mi lobo golpea.

Sí.

—Claro.

Entramos en una de las cabañas.

Es sencilla. Bancos, casilleros, duchas al fondo. Nada especial.

Anabella deja la chaqueta.

Después las botas.

Sus manos tiemblan apenas cuando toca el borde del suéter.

Me acerco.

—Podemos parar.

—No.

—Anabella.

—No quiero parar.

Su voz no tiembla.

Sus dedos sí.

Me quedo frente a ella.

—Entonces no paramos.

Asiente.

—Pero necesito...

Espera.

No termino la frase por ella.

—Quédate cerca.

Algo en mi pecho se rompe y se reconstruye al mismo tiempo.

—Siempre que quieras.

—No delante.

—No.

—Ni detrás.

—¿A tu lado?

Me mira.

—Al principio.

Mi lobo ruge con tanta fuerza que tengo que bloquearlo.

—Sí.

Anabella frunce el ceño.

—Estás haciendo esa cosa.

—¿Qué cosa?

—Contenerte demasiado.

—Estoy perfectamente tranquilo.

—Puedo sentirte.

—Problema técnico.

Se ríe.

Eso ayuda.

Nos cambiamos.

Cuando salimos, el número ha aumentado.

Cuarenta y cuatro.

Anabella los cuenta.

Lo sé porque mueve los labios discretamente.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Contarlos.

—No los estoy contando.

—Cuarenta y cuatro.

Me mira.

—Odio el vínculo.

—Mientes.

—Hoy un poco.

La mayoría comienza a transformarse.

El sonido siempre me ha resultado familiar.

Huesos.

Respiraciones.

Ropa desapareciendo dentro de los espacios privados antes de que los lobos salgan al claro.

Para Anabella no.

Su cuerpo se endurece.

Liora aparece detrás de sus ojos.

La siento.

Pequeña al principio.

Atenta.

Mi lobo se acerca dentro de mí.

No empuja.

No reclama.

Es extraño.

Durante meses he tenido que discutir con él cada vez que Anabella respiraba cerca.

Ahora parece comprender la importancia del momento.

Espera.

Anabella mira los lobos reunirse.

Diferentes tamaños.

Colores.

Edades.

Theo aparece convertido en un cachorro marrón demasiado pequeño para la seguridad con la que intenta perseguir a lobos adultos.

Su madre lo toma suavemente por el cuello y lo coloca junto a otros cachorros.

Anabella sonríe.

—Es adorable.

—No se lo digas.

—¿Por qué?

—Tiene suficiente confianza.

La sonrisa dura unos segundos.

Después vuelve el miedo.

—Cassian.

—Estoy aquí.

Me quito la última prenda.

Anabella ni siquiera intenta fingir que no mira.

Eso mejora considerablemente mi mañana.

—Concéntrate —digo.

Sus ojos suben lentamente.

—Lo estaba.

—En otra cosa.

—Multitarea.

No puedo evitar sonreír.

Después cambio.

La transformación es rápida.

Natural.

Un segundo soy hombre.

Al siguiente, cuatro patas golpean la tierra.

Mi lobo sacude el cuerpo.

El mundo se vuelve aroma.

Sonido.

Tierra húmeda.

Pino.

Manada.

Y ella.

Siempre ella.

Anabella permanece humana.

Mi lobo quiere acercarse.

No lo permito.

Nos quedamos a varios metros.

Esperando.

Los demás también notan.

No porque sepan qué ocurre.

Porque soy su Alfa y mi atención completa está puesta en una mujer inmóvil en medio del claro.

Quiero ordenarles que se vayan.

Cerrar el bosque.

Dar a Anabella el espacio que tuvo la primera vez.

Pero ella no pidió eso.

Al contrario.

Pidió esto.

Así que no intervengo.

Anabella cierra los ojos.

Respira.

Una vez.

Dos.

Tres.

Nada ocurre.

Su miedo aumenta.

Lo siento a través del vínculo.

Mi lobo baja el cuerpo ligeramente.

Mate.

Esperamos.

—Liora —susurra.

Los lobos cercanos escuchan.

Algunos apartan la mirada.

Ese pequeño gesto me llena de algo parecido al orgullo.

Nadie observa como espectáculo.

Una adolescente se gira hacia el bosque.

Un guerrero empieza a hablar con otra persona.

Niccolas, ya convertido en un lobo gris oscuro, se sienta y bosteza exageradamente.

Normalidad intencional.

Anabella vuelve a respirar.

Su cuerpo tiembla.

El cambio empieza.

Más rápido que aquella primera noche.

Pero no limpio.

Nunca lo es completamente.

Cae sobre una rodilla.

Mi lobo da un paso.

Me detengo.

Ella no pide ayuda.

Sus manos cambian.

Los huesos se reorganizan.

Dolor.

Lo siento.

No todo.

Lo suficiente.

La manada permanece alrededor sin intervenir.

Anabella jadea.

Durante un instante el proceso parece detenerse.

Mi cuerpo entero se prepara para volver a forma humana.

Entonces una loba pequeña se acerca.

No es guerrera.

Reconozco a Mara, una mujer de unos cincuenta años que trabaja en la escuela.

Su loba es rojiza.

No se aproxima demasiado.

Solo se sienta.

A unos metros.

Después otro lobo hace lo mismo.

Y otro.

No rodeándola.

Acompañando.

Mi garganta se cierra.

Anabella levanta la cabeza.

Ve a Mara.

Ve a los demás.

Nadie espera nada.

Nadie la apura.

No hay decepción.

No hay una futura Luna fallando.

Solo una loba intentando volver.

Liora empuja.

El cambio continúa.

Esta vez no se detiene.

El cuerpo humano desaparece.

En su lugar queda una loba marrón oscura, estilizada, más pequeña que muchas de las hembras guerreras, con una franja ligeramente más clara sobre el pecho.

Mi lobo pierde completamente la razón.

Mate.

Nuestra Mate.

Manada.

Hogar.

Doy un paso.

Liora gira hacia mí.

Sus ojos son los de Anabella y no lo son.

Se queda quieta.

Yo también.

Entonces ella camina.

Uno.

Dos.

Tres pasos.

Hasta mí.

Toca su hocico contra el mío.

El vínculo explota.

No como cuando la envenenaron.

No con miedo.

Alegría.

Pura.

Violenta.

Suya.

Mía.

De nuestros lobos.

Un sonido bajo sale de mi pecho.

Liora empuja la cabeza debajo de mi mandíbula.

Mi lobo la rodea.

Durante un segundo olvido que hay cuarenta personas alrededor.

Después Theo aúlla.

Un sonido ridículamente agudo.

Liora se sobresalta.

Todo el claro parece contener una risa que en forma lupina se convierte en movimientos de cola y resoplidos.

El cachorro vuelve a aullar.

Otro niño responde.

Después tres.

Niccolas inclina la cabeza hacia el cielo y suelta un aullido profundo.

Mi lobo responde antes de que pueda detenerlo.

El sonido sale poderoso.

La manada se une.

No como ceremonia.

No por orden.

Una voz tras otra.

Lobos.

Familias.

Niños.

Ancianos.

Mi manada.

Y en medio de ellos Liora permanece pegada a mí.

Siento a Anabella detrás de ella.

La emoción.

El miedo.

La sorpresa.

Y algo nuevo.

No aceptación todavía.

Eso sería demasiado sencillo.

Pertenencia.

La posibilidad.

Cuando el último aullido desaparece, nadie espera.

Los primeros lobos salen corriendo.

Otros los siguen.

Theo intenta ir detrás de un grupo de adolescentes y su madre lo intercepta.

Niccolas pasa junto a mí.

Me golpea deliberadamente con el hombro.

Mi lobo gruñe.

Él acelera.

Idiota.

Estoy a punto de seguirlo cuando Liora se mueve.

No hacia mí.

Hacia la manada.

Se detiene.

Mira.

Los grupos se distribuyen por los senderos.

Entonces vuelve los ojos hacia mí.

Esperando.

A tu lado, recuerdo.

Corro.

Ella también.

Los primeros metros son lentos.

No porque yo no pueda ir más rápido.

Porque siento cada paso de Anabella.

La tensión.

La memoria.

Liora corre pegada a mi costado.

Después el cuerpo empieza a recordar.

Sus patas encuentran ritmo.

La respiración cambia.

Acelera.

Yo mantengo su velocidad.

Un grupo de lobos jóvenes nos supera.

Liora los observa.

Acelera otra vez.

Mi lobo se alegra.

Corremos.

No delante.

No detrás.

Juntos.

El bosque se abre alrededor.

Sol entre los árboles.

Tierra bajo las patas.

Aromas familiares.

Otros lobos cruzan senderos.

Nadie se inclina.

Nadie detiene su carrera porque el Rey está allí.

Un anciano nos adelanta y mi lobo se siente personalmente insultado.

Anabella lo percibe.

La alegría que llega a través del vínculo parece una carcajada.

Aceleramos.

Liora también.

Durante varios minutos desaparece todo lo humano.

Consejo.

Corona.

Virelli.

Arthur.

Tatiana.

La política.

Solo movimiento.

Después ocurre algo que no esperaba.

Liora se aparta de mí.

Mi lobo quiere corregir inmediatamente.

No.

La dejamos.

Ella corre hacia Mara, la loba rojiza que se sentó cerca durante su transformación.

Mara la recibe sin detenerse.

Corren juntas.

Otra hembra se suma.

Después un joven gris.

Liora ya no mira hacia mí cada tres segundos.

Mi pecho duele.

De la mejor manera posible.

Niccolas aparece a mi derecha.

Reduce velocidad.

Me mira.

Después mira a Liora entre los demás.

No necesitamos forma humana para comprendernos.

Su expresión lupina es demasiado satisfecha.

No digas nada.

Obviamente no puede.

Eso mejora la situación.

Corremos casi una hora.

Anabella no intenta mantenerse conmigo todo el tiempo.

Ese es el verdadero triunfo.

A veces está cerca.

A veces con otros.

Una vez desaparece entre los árboles durante casi cuarenta segundos y mi lobo empieza a perder estabilidad hasta que su aroma vuelve.

Estoy trabajando en ello.

Finalmente regresamos al claro.

Los primeros lobos ya se han transformado y cambiado.

Yo espero.

Liora llega unos minutos después.

Está jadeando.

Feliz.

Lo siento antes de que se acerque.

Se frota contra mi costado.

Después corre hacia la cabaña.

La sigo.

Nos transformamos dentro.

Cuando recupero forma humana, Anabella está sentada en el suelo.

Desnuda.

Con la espalda contra el banco.

Respira demasiado rápido.

Me arrodillo inmediatamente.

—¿Dolor?

Niega.

Hay lágrimas en su rostro.

—¿Liora?

Vuelve a negar.

—Está bien.

El aire regresa a mis pulmones.

—Entonces ¿qué ocurre?

Anabella intenta responder.

No puede.

Me siento frente a ella.

No la toco.

—No sé —dice finalmente.

—Está bien.

—No.

Se ríe entre lágrimas.

—No uses esa palabra.

Eso me tranquiliza lo suficiente para acercarme.

—¿Puedo?

Asiente.

La levanto y la siento sobre mis piernas.

Sus brazos rodean mi cuello.

Tiembla.

No de frío.

La abrazo con fuerza.

—Nadie me esperó.

Frunzo el ceño.

—¿Qué?

—Cuando corrimos.

Comprendo lentamente.

Anabella apoya la cara contra mi cuello.

—Nadie esperaba que estuviera a tu lado.

Cierro los ojos.

—No.

—Mara corrió conmigo.

—Sí.

—Y una mujer que no conozco.

—Elise.

—Elise.

Respira.

—Un niño casi me tira por un desnivel.

—Nathan. Hablaré con él.

Anabella ríe.

—No.

—Casi tiró a mi Mate por un desnivel.

—Estábamos corriendo.

—Detalle.

Se aparta lo suficiente para mirarme.

Tiene lágrimas y una sonrisa.

Mi lobo vuelve a aparecer.

—Yo podía ir donde quisiera —dice.

—Sí.

La palabra parece sorprenderla todavía.

—No tenía que mantener tu ritmo.

—No.

—Nadie miró si podía.

—No.

—Nadie necesitaba que demostrara nada.

Ahí está.

La herida de anoche.

Pero diferente.

Porque ya no estamos hablando de una teoría.

Acaba de vivir la respuesta.

Anabella cierra los ojos.

—Creo que no sabía cuánto necesitaba eso.

Le retiro una lágrima con el pulgar.

—Yo tampoco.

Abre los ojos.

—Mientes.

—Un poco.

—Cassian.

Respiro.

—Quería que sucediera.

—¿Qué cosa?

—Que vieras la manada.

—Ya la había visto.

—No.

Niega ligeramente con la cabeza.

No comprende.

—Ayer viste personas. Hoy viste cómo funciona cuando nadie intenta impresionarte.

Acaricio su espalda.

—No necesitan otra Luna perfecta.

Su cuerpo se queda inmóvil.

—Cassian...

—Mi madre fue Luna. Después Reina. Hizo ambas cosas bien. Eso no significa que necesitemos otra Mireille. Ni una guerrera. Ni una diplomática. Ni una mujer capaz de seguir al Alfa en una carrera.

Anabella me observa.

—Si algún día decides aceptar algún lugar aquí, tendrá que adaptarse a quien eres tú. No al revés.

Sus ojos se llenan otra vez.

—Voy a empezar a prohibirte hablar cuando estoy emocional.

—No aceptaré esa norma.

—Tirano.

—Rey.

—Peor.

Sonrío.

Ella toca mi rostro.

—Gracias.

—No hice nada.

—Exactamente.

La frase me detiene.

Anabella apoya la frente contra la mía.

—Eso fue lo que necesitaba.

Mi lobo se calma.

Quizá porque comprende algo que a mí me costó meses.

Hay momentos en los que proteger significa actuar.

Otros en los que significa quedarse cerca.

Y algunos, probablemente los más difíciles, en los que amar a alguien consiste simplemente en no colocarse entre esa persona y la vida que está intentando recuperar.

—Liora dijo algo —murmura.

Mi atención se vuelve absoluta.

—¿Qué?

Sonríe.

—No te emociones.

—Anabella.

—Estoy hablando en serio.

—¿Qué dijo?

Me hace esperar.

Intencionalmente.

Mi Mate está desarrollando hábitos crueles.

—Primero dijo "manada".

Mi corazón acelera.

—Eso ya lo sabía.

—Después dijo otra cosa.

—¿Qué?

Su sonrisa cambia.

Más suave.

Más vulnerable.

—Nuestra.

Mi lobo ruge.

El vínculo se abre.

Y por un instante no existe Rey, ni Corona, ni Consejo capaz de convertir aquella palabra en una institución.

Solo una loba que alguna vez perdió todo lo que significaba pertenecer.

Y que acaba de decidir que puede volver a hacerlo.

No porque alguien la eligiera.

Porque ella quiso quedarse.

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