La mujer de Mireille
La mujer de Mireille
Descubro que correr durante una hora en forma de loba después de años sin hacerlo tiene consecuencias.
Muchas.
La primera es que músculos cuya existencia había olvidado deciden presentar una protesta colectiva.
La segunda es que Liora se encuentra ofensivamente satisfecha.
La tercera es que Cassian considera que mi dificultad para bajar una escalera constituye una emergencia médica.
—No necesito un médico.
—Estás caminando extraño.
—Estoy dolorida.
—Exactamente.
Me detengo en el cuarto escalón y lo miro.
Cassian está abajo, con una taza de café en una mano y esa expresión que utiliza cuando considera que la realidad está administrándose de manera ineficiente.
—¿Qué parte de “corrí durante una hora después de no hacerlo durante años” te parece clínicamente misteriosa?
—La parte en la que te duele.
—A las personas les duelen los músculos.
—Podría revisarte Clara.
—No.
—Cinco minutos.
—No.
—Tres.
—Cassian.
—Dos.
—Voy a arrojarte por esta escalera.
Su mirada baja hacia mis piernas.
—Con tu movilidad actual, lo considero improbable.
Me quedo inmóvil.
Él bebe café.
No hay arrepentimiento.
—Eres una persona terrible.
—Pero descansaste bien.
—Eso no te salva.
—No estaba intentando salvarme.
Bajo otro escalón con toda la dignidad que puedo conservar mientras mis muslos amenazan con renunciar formalmente.
Cassian deja la taza sobre una mesa.
—Ven.
—No.
—Anabella.
—Puedo caminar.
—No dije que no pudieras.
—Tienes esa cara.
—Mi cara no...
—No termines esa frase.
Lo señala una sonrisa.
Me alcanza antes de que pueda protestar y pasa un brazo por debajo de mis rodillas.
—Cassian.
—Estás tardando demasiado.
—¡Suéltame!
—No.
—Puedo bajar sola.
—También podrías tardar cuarenta minutos.
—Son diez escalones.
—Once.
—No importa.
—La precisión importa.
Rodeo su cuello porque la alternativa es caer y concederle una victoria mucho mayor.
—Odio que disfrutes esto.
—No lo disfruto.
Liora se mueve dentro de mí.
Mentira.
—Hasta mi loba sabe que estás mintiendo.
—Tu loba tiene una alianza cuestionable contigo.
—Es literalmente parte de mí.
—Eso hace más preocupante su falta de objetividad.
Llegamos abajo.
No me baja inmediatamente.
—Cassian.
—¿Sí?
—Suéltame.
—¿Estás segura de poder sostenerte?
—Voy a morderte.
Su mirada cambia.
Error.
Grave error.
—No de esa manera.
—No dije nada.
—Lo pensaste.
—No puedes probarlo.
—El vínculo.
—No funciona así.
—Una tragedia.
Finalmente me deja en el suelo.
Mis piernas protestan.
Él levanta una ceja.
—Ni una palabra.
—No iba a decir nada.
—Tu cara volvió a hablar.
—Empiezo a sospechar que el problema es tu interpretación.
Mireille entra en la sala en ese momento.
Lleva pantalones de lino, una camisa blanca arremangada y, naturalmente, está descalza.
Mira a su hijo.
Después a mí.
Después otra vez a su hijo.
—¿Qué hizo?
—¿Por qué siempre asumes que hice algo? —pregunta Cassian.
Mireille abre un armario.
—Experiencia.
—Me cargó por las escaleras.
—Ah.
—Sin autorización.
—Podías haberlo mordido.
Cassian la mira.
Yo sonrío.
—Gracias.
—No la alientes.
Mireille saca una jarra.
—He intentado corregirte durante casi cuarenta años. A esta altura diversifico estrategias.
—Tengo treinta y seis.
—Casi cuarenta.
—Eso no es cómo funcionan los números.
—Para una madre sí.
Me siento lentamente en uno de los bancos de la cocina.
Cassian observa el movimiento.
—No.
Lo digo antes de que abra la boca.
—No dije nada.
—Lo estabas pensando.
—Eso tampoco puedes probarlo.
—El vínculo.
Él frunce el ceño.
Mireille nos mira a ambos.
—Son agotadores.
—Gracias —respondemos al mismo tiempo.
Silencio.
Me giro hacia Cassian.
Él me mira.
Mireille suspira.
—Peor de lo que pensaba.
Cassian debe reunirse con responsables de seguridad y administración territorial.
Lo sé porque intenta cancelar.
Frente a mí.
Sin vergüenza.
—No.
Él sostiene el teléfono.
—Puedo moverlo.
—No.
—Samuel comprenderá.
—Samuel lleva esperándote desde ayer.
—No es urgente.
—Entonces tampoco necesita que lo canceles.
Cassian guarda silencio.
Lo conozco suficiente para saber que está desarrollando argumentos.
—Ve a trabajar.
—Estamos visitando mi territorio.
—Precisamente.
—Podrías venir.
—Podría.
—Entonces...
—No quiero.
Se detiene.
No hay enojo.
Solo recalculación.
—¿Qué quieres hacer?
Mireille aparece detrás de él con dos sombreros de paja en las manos.
—Robarla.
Cassian gira lentamente.
—No.
—No te pregunté.
—Madre.
—Tengo que revisar la finca del este y quiero compañía.
Miro los sombreros.
Después a Mireille.
—¿Finca?
—Viñedos pequeños, huertos, caballos y demasiadas personas convencidas de que necesito su opinión sobre tomates.
—Suena perfecto.
Cassian no parece compartir mi entusiasmo.
—Seguridad irá con ustedes.
—Naturalmente —responde Mireille.
—Y...
—Cassian.
La voz de su madre cambia.
No más fuerte.
Más precisa.
Él se calla.
Mireille lo observa.
—Anabella sobrevivirá tres horas conmigo.
—No estoy preocupado por ti.
—Ya sé por quién estás preocupado.
La tensión cambia apenas.
Yo toco la muñeca de Cassian.
Su atención regresa a mí inmediatamente.
—Voy a estar bien.
—Lo sé.
—Entonces esa cara es innecesaria.
—Mi cara...
Levanto un dedo.
—Cuidado.
Su boca se cierra.
Mireille parece complacida.
—Estoy empezando a entender por qué la manada te recibió tan rápido.
Cassian me besa la frente.
Un beso demasiado largo para ser casual y demasiado breve para ser una despedida real.
Después me mira a los ojos.
—Llámame si necesitas algo.
—Estaré con tu madre.
—Precisamente.
Mireille le arroja un sombrero.
Él lo atrapa por reflejo.
—Vete.
La finca del este queda a quince minutos de la residencia principal.
Mireille conduce.
Yo no estaba preparada para eso.
Cassian tampoco, a juzgar por los tres mensajes que recibo durante los primeros siete minutos.
¿Llegaron?
Mi madre conduce demasiado rápido.
Ponte el cinturón.
Miro la pantalla.
Después a Mireille.
—Tu hijo acaba de recordarme que debo usar cinturón.
—Bloquéalo.
—Es el Rey.
—Eso no mejora sus mensajes.
—¿Lo has bloqueado alguna vez?
Mireille toma una curva con más velocidad de la estrictamente necesaria.
—Durante seis horas.
La miro.
—¿Qué hizo?
—Envió a Niccolas a comprobar si mi teléfono estaba roto.
Me río.
—Eso es muy Cassian.
—No. Eso es muy su padre.
La frase aparece con suavidad.
Sin drama.
Pero algo en mí se detiene.
Conozco fragmentos.
Datos.
He leído informes sobre la antigua Corona Beaumont. Sé quién fue el padre de Cassian. Sé cuándo murió. Sé que su matrimonio fue cuestionado por ciertos sectores del Consejo porque no encajaba perfectamente en la tradición que algunos querían imponer después.
Pero nunca he preguntado demasiado.
Parte de mí considera la historia demasiado privada.
Otra parte teme mirar a Mireille y encontrar una versión de aquello que el Consejo espera que yo sea.
La antigua Reina.
La mujer que lo hizo bien.
La referencia inevitable.
—¿Se parecía a él? —pregunto.
Mireille sonríe mirando el camino.
—Mucho más de lo que Cassian tolera admitir.
—Eso parece peligroso.
—Lo era.
—¿También intentaba organizar la vida de todos?
—Constantemente.
—¿Y tú qué hacías?
—Ignorarlo.
Asiento.
—Me agradas.
—Lo suponía.
El camino se estrecha entre árboles y luego se abre hacia terrenos cultivados. Filas ordenadas de vides suben por una pendiente suave. Más lejos hay huertos y construcciones de piedra clara.
Es hermoso.
No ostentoso.
Solo cuidado.
Vivido.
Mireille estaciona cerca de una casa pequeña.
Dos guardias que nos siguieron en otro vehículo se detienen más atrás.
—Ven —dice ella.
Bajamos.
Mis piernas protestan inmediatamente.
Mireille mira mi forma de caminar.
—Músculos.
—Sí.
—Cassian quería llamar a Clara.
—Sí.
—Su padre una vez convocó al médico real porque estornudé seis veces.
Me quedo mirándola.
—¿Seis?
—Tenía alergia al polen.
—¿Qué hizo el médico?
—Le dijo que dejara de hacerle perder el tiempo.
—Me habría gustado conocerlo.
—A mí también.
Caminamos entre las hileras.
El aire huele a tierra húmeda y hojas.
Liora despierta con interés.
No como esta mañana.
No con la excitación de la manada.
Más tranquila.
Casa, murmura.
—Todavía estás insistiendo con eso.
Mireille me mira.
—¿Liora?
—Sí.
—¿Qué dice?
Dudo.
No porque sea secreto.
Porque decirlo en voz alta todavía hace que algo dentro de mí quede demasiado expuesto.
—Casa.
Mireille no sonríe inmediatamente.
No hace ninguna observación sobre destino.
No me dice que Liora sabe algo que yo todavía no acepto.
Solo continúa caminando.
—Es una buena palabra.
Eso es todo.
Y quizá por eso sigo hablando.
—Ayer dijo “manada”.
—Cassian me contó.
—Por supuesto.
—Intentó contármelo fingiendo que no estaba emocionado.
—También hizo eso conmigo.
—Es terrible ocultando emociones cuando se trata de ti.
La frase me toca en algún lugar incómodo.
—No siempre.
Mireille se detiene frente a una vid.
Me mira.
—No.
No necesito preguntar a qué se refiere.
Cassian ocultó la existencia del vínculo durante semanas.
Tomó decisiones sobre mi seguridad.
Movió piezas sin explicarme todo.
Me amó antes de que yo supiera que debía decidir qué hacer con ese amor.
No quiero borrar esas cosas solo porque ahora estamos bien.
Y él tampoco me lo pide.
—Fue difícil —digo.
—Lo sé.
—¿Él te contó?
—Lo suficiente.
—¿Y qué pensaste?
Mireille vuelve a caminar.
—Que mi hijo estaba actuando como un idiota.
Parpadeo.
—Eso fue directo.
—No eres la primera persona que lo descubre.
—¿Se lo dijiste?
—Con palabras menos amables.
Sonrío.
—¿Y te hizo caso?
—Eventualmente.
—Entonces tienes poderes que el Consejo debería estudiar.
Mireille ríe.
—Cassian escucha. El problema es que primero necesita pasar por la etapa en la que cree que ya pensó todas las posibilidades.
—Sí.
—También cree que si una amenaza puede prevenirse, es irresponsable no hacerlo.
—Sí.
—Y durante mucho tiempo no comprendió que a veces prevenir todo riesgo significa quitarle a otra persona la posibilidad de elegirlo.
La observo.
Mireille no está hablando únicamente de Cassian.
Se nota.
—¿Su padre era igual?
Ella tarda en responder.
—Peor.
Eso me sorprende.
—¿Peor que Cassian?
—Mucho.
—Eso parece estadísticamente imposible.
—Yo tenía veinte años cuando lo conocí.
Seguimos avanzando despacio entre las vides.
Su tono cambia.
No se vuelve triste.
Más lejano.
Como si estuviera abriendo una puerta a una habitación que conoce de memoria.
—Él ya era heredero. Yo pertenecía a una familia respetada, pero no importante para la Corona. No era la mujer que el Consejo esperaba.
—¿No eran Mates?
Mireille me mira.
Ahí está la pregunta.
La que durante semanas el Consejo utilizó como arma alrededor de nosotros.
—No de la forma en que ellos querían que lo fuéramos.
Mi estómago se contrae.
Mireille sigue caminando.
—Nuestro vínculo nunca fue simple. Hubo quienes aseguraron que era incompleto. Otros que no era legítimo. Algunos juraban que si él esperaba lo suficiente aparecería una pareja “correcta”.
—Y él no esperó.
—No.
La sonrisa de Mireille es pequeña.
Privada.
—Me eligió.
Algo dentro de mí se detiene.
No por la palabra.
Por cómo la pronuncia.
Sin épica.
Sin destino.
Solo certeza.
—¿Y tú?
Ella gira hacia mí.
—Yo tardé más.
Eso no era lo que esperaba.
—¿No estabas enamorada?
—Muchísimo.
—Entonces...
—Amar a un hombre no significa estar preparada para vivir su vida.
Silencio.
Mireille toma una uva, la observa y la deja.
—La Corona era enorme. Su familia tenía tradiciones que yo no entendía. El Consejo tenía opiniones sobre cómo debía hablar, vestirme, sentarme, sonreír, qué causas debía apoyar, cuándo debía tener hijos y hasta cuánto tiempo era apropiado que pasara fuera del territorio.
Mi pecho se tensa.
Demasiado conocido.
—¿Qué hiciste?
—Al principio intenté hacerlo todo.
La miro.
Ella sonríe con cierta vergüenza.
—Fui excelente.
No puedo evitar reír.
—Claro que sí.
—Era insoportable.
—Eso también lo creo.
—Aprendí protocolos que nadie necesitaba. Memorice genealogías. Estudié leyes territoriales durante la noche. Organizaba reuniones que podían haber sido mensajes. Supervisaba cosas que ya tenían responsables perfectamente competentes.
La miro con más atención.
—Intentabas demostrar que servías.
—Constantemente.
La conversación de anoche con Cassian regresa.
La escuela.
Los contratos.
Las propuestas.
Yo llegando a Beaumont y transformando cada interacción en algo que podía resolver.
—¿Cuándo te diste cuenta?
Mireille exhala.
—Cuando me desmayé durante una cena.
Me detengo.
—¿Qué?
—No había dormido bien en cuatro días.
—Mireille.
—Era joven.
—Eso no mejora la historia.
—Mi esposo pensó lo mismo.
—¿Qué hizo?
Su sonrisa cambia.
—Canceló todas mis reuniones durante una semana.
Hago una mueca.
—Eso no habría terminado bien conmigo.
—Tampoco conmigo.
—Bien.
—Le lancé una tetera.
La miro.
—¿Una tetera?
—Vacía.
—Eso es decepcionante.
—Era porcelana de la Corona. El simbolismo compensaba.
Me río tan fuerte que uno de los guardias mira en nuestra dirección.
—¿Y después?
—Después discutimos durante casi tres horas.
—Romántico.
—Muchísimo.
—¿Quién ganó?
—Yo.
—Naturalmente.
—Él aprendió que no podía decidir por mí para protegerme de mí misma. Yo aprendí que rechazar su ayuda únicamente porque me molestaba necesitarla también era una forma de estupidez.
—Eso suena incómodamente equilibrado.
—La vida suele serlo.
Llegamos a un pequeño mirador natural.
Desde allí se ve casi toda la finca.
Mireille se sienta en un banco de madera.
Yo hago lo mismo con más cuidado.
Mis piernas lo agradecen.
Durante algunos segundos guardamos silencio.
—¿Lo amabas? —pregunto.
Es una pregunta absurda.
Por supuesto.
Pero quiero escuchar la respuesta.
Mireille mira las colinas.
—Más de lo que pensé que era posible amar a alguien sin desaparecer dentro de ese amor.
La frase me golpea.
No digo nada.
—Eso fue lo difícil —continúa—. No amarlo. Seguir siendo yo mientras lo hacía.
Miro mis manos.
Cassian.
El vínculo.
La Corona.
Todo lo que podría existir.
Todo lo que todavía no he elegido.
—¿Alguna vez sentiste que ser Reina te tragaba?
—Sí.
La respuesta inmediata me sorprende.
—Muchas veces.
—Pero te quedaste.
—También muchas veces quise irme.
La miro.
Mireille no aparta los ojos del paisaje.
—No de él —aclara—. De aquello. La Corte. El Consejo. Las opiniones. La sensación de que cualquier cosa que yo hiciera pertenecía a todos.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Ahora sí me mira.
—Porque algunas veces elegí quedarme.
No dice porque lo amaba .
No dice porque era mi deber .
No dice porque una Reina no abandona .
Eligió.
La palabra vuelve a aparecer.
Siempre.
—¿Y otras veces?
—Me fui.
Parpadeo.
—¿Qué?
—No de mi matrimonio. De la Corona.
—No entiendo.
Mireille sonríe.
—Durante seis meses dejé la capital.
—¿Siendo Reina?
—Siendo Mireille.
—¿Podías hacer eso?
—El Consejo dijo que no.
—Ah.
—Mi esposo dijo que podían intentar detenerme.
—Eso suena mucho a Cassian.
—Te lo advertí.
Río.
—¿A dónde fuiste?
—Aquí.
Mireille señala la finca.
—Esta casa era pequeña entonces. Trabajé con la escuela. Recuperé los viñedos. Aprendí a hacer vino muy mediocre y recordé que yo existía aunque nadie me llamara Majestad.
La observo.
De pronto entiendo por qué me trajo aquí.
No para mostrarme tierras Beaumont.
Para mostrarme un lugar donde ella había vuelto a ser simplemente una mujer.
—¿El Rey venía?
—Cada tres días.
—Eso no parece darte demasiado espacio.
—Al principio venía todos los días.
—Ah.
—Lo reduje.
—¿Cómo?
—Amenacé con cambiar la cerradura.
Me río.
—Definitivamente me agradas.
Mireille sonríe.
—Después aprendió.
Su rostro se suaviza.
—Venía. Cenábamos. Dormía conmigo. A veces pasaba el día. Otras se iba por la mañana. Y durante seis meses nunca me preguntó cuándo iba a volver.
Mi risa desaparece.
—¿Nunca?
—Ni una vez.
—¿Querías que preguntara?
Mireille piensa.
—Al principio sí.
Eso me desconcierta.
—Entonces ¿por qué...?
—Porque quería saber que me extrañaba.
—Claro.
—Pero después comprendí que no preguntar era su forma de decirme que la decisión seguiría siendo mía.
Mi pecho se cierra.
Doce días.
Cassian esperando.
La puerta abierta.
No eres algo que poseemos.
Esperar significa aceptar que quizá no vuelvas.
Mireille me observa.
Sé que está viendo mi pensamiento aunque no conozca las palabras exactas.
—Se parece a su padre en las cosas buenas también —dice.
Trago.
—Sí.
—Pero no es él.
—Lo sé.
—Y tú no eres yo.
Ahí está.
La frase que quizá necesitaba sin saberlo.
Mireille se gira completamente hacia mí.
—Quiero que entiendas algo antes de que alguien empiece a comparar.
—Ya lo han hecho.
—Lo sé.
—El Consejo, algunos periodistas...
—Y seguirán haciéndolo.
Suspira.
—Dirán que yo hice esto. Que yo acepté aquello. Que una Reina Beaumont tradicionalmente debe comportarse de determinada forma. Algunos usarán mi nombre como ejemplo incluso cuando no tengan idea de qué hice realmente.
—Eso suena divertido.
—Lo detestaba cuando lo hacían conmigo usando a la madre de mi esposo.
—Entonces hay una tradición familiar de mujeres comparadas con mujeres muertas o retiradas.
—Las instituciones son poco creativas.
Sonrío.
Después Mireille toma mi mano.
—No necesitas ser la Reina que fui.
La emoción llega demasiado rápido.
Bajo la mirada.
—No he decidido ser Reina.
—Precisamente.
Levanto los ojos.
—No te estoy preparando para nada.
Su pulgar roza mis nudillos.
—No necesitas decidirlo para justificar tu relación con Cassian. No necesitas aceptar la Corona para demostrar que eres valiente. No necesitas rechazarla para demostrar que eres libre.
Mi respiración se detiene.
Esa última parte.
Eso.
—Creo que...
Me callo.
Mireille espera.
—Creo que a veces siento que aceptar algo de todo esto significaría perder.
—¿Perder qué?
—A mí.
La respuesta sale antes de que pueda organizarla.
—He pasado años reconstruyendo mi vida. Mi trabajo. Mi nombre. Mi independencia. Después del rechazo, todo lo que tenía que ver con una manada me parecía una forma de volver a ser esa chica que esperaba que alguien decidiera si era suficiente.
Mireille escucha.
No interrumpe.
—Y ahora tengo a Cassian. Liora volvió. Su manada me gusta. Ellos me gustan. Una parte de mí...
Me cuesta decirlo.
—Una parte de mí quiere cosas que juré que ya no quería.
—¿Como qué?
Miro el paisaje.
Casa.
Manada.
La marca.
Cassian.
Algo más grande que todavía me asusta nombrar.
—Pertenecer.
Mireille aprieta mi mano.
—Eso no es debilidad.
—Lo sé racionalmente.
—La razón es irritantemente lenta en estos asuntos.
—Sí.
—Pero cuidado con convertir tu independencia en otra jaula, Anabella.
La miro.
La frase duele porque es cierta.
Mireille continúa:
—Después de que alguien intenta quitarte opciones, existe una tentación enorme de demostrar que eres libre rechazándolo todo.
Mi pecho se tensa.
—Y eso también permite que decidan por ti.
Parpadeo.
—¿Cómo?
—Si rechazas una cosa únicamente porque otra persona espera que la aceptes, ellos siguen condicionando tu decisión.
Silencio.
El viento mueve las hojas.
Liora se despierta dentro de mí.
Escucha.
—La libertad no está en decir siempre que no —dice Mireille—. Está en que el sí también pueda pertenecerte.
Mis ojos arden.
Maldición.
Esta familia tiene un problema con decir cosas demasiado precisas cuando menos preparada estoy.
Me río suavemente para disimularlo.
—Cassian hace eso.
—¿Qué?
—Habla como si hubiera practicado durante horas una frase diseñada específicamente para destruirme.
—Lo heredó de mí.
—Eso explica todo.
Mireille sonríe.
—Lo que elijas no me importa.
La miro.
—¿De verdad?
—Me importa que estés con mi hijo porque lo amas. Me importa que él te trate bien. Me importa que ambos sean capaces de corregirse cuando no lo hagan.
Eso último me hace sonreír.
—Muy romántico.
—El matrimonio largo destruye ciertas fantasías.
—No estamos casados.
—No estaba proponiéndolo.
Mi cuerpo se pone rígido de una manera ridícula.
Mireille me mira.
Después sonríe lentamente.
—Interesante.
—No.
—No dije nada.
—Tu cara habla.
—Ahora entiendo por qué a Cassian le molesta.
Me cubro el rostro.
—No quiero tener esta conversación.
—Entonces no la tendremos.
Se levanta.
Así de sencillo.
No insiste.
No pregunta por marca.
Matrimonio.
Corona.
Hijos.
Nada.
—¿Eso es todo? —pregunto.
Mireille se gira.
—Dijiste que no querías hablar.
—Sí, pero...
—¿Esperabas que ignorara lo que dijiste?
La miro.
Después río.
—Esta familia va a arruinarme.
—Mi hijo estaría dispuesto a discutir la elección del verbo.
Almorzamos en una mesa exterior detrás de la casa pequeña.
Hay pan, queso, fruta y una ensalada que Mireille asegura haber preparado ella.
No le creo.
—No sabes si cocino.
—Cassian dijo que cocinas descalza cuando nadie te mira.
Mireille se queda inmóvil.
—¿Te dijo eso?
—Sí.
—Traidor.
—Lo hizo para convencerme de que no necesitaba ropa formal para venir.
—Lo retiraré del testamento.
—¿Está en tu testamento?
—Lamentablemente.
Saco el teléfono.
Tres mensajes.
Todos de Cassian.
¿Comieron?
Samuel quiere saber si revisarás los documentos de la comisión esta tarde. Le dije que no te molestara.
No tienes que hacerlo hoy.
Mireille mira la pantalla desde enfrente.
—¿Qué dice?
—Está intentando no controlar mi agenda controlando a las personas que podrían pedirme cosas.
Ella cierra los ojos.
—Trabajo en progreso.
Escribo:
Dile a Samuel que los veré cuando regrese. Yo decido qué trabajo hago.
La respuesta llega rápido.
Correcto.
Después:
Comiste?
Sonrío.
Mireille niega con la cabeza.
—Su padre era igual.
—Estoy empezando a creer que estabas casada con Cassian.
—No. Su padre sabía bailar.
Suelto una carcajada.
—Voy a decirle eso.
—Hazlo.
—Eres una madre terrible.
—Es uno de mis encantos.
Mi teléfono vibra otra vez.
¿Todo bien?
Esta vez no respondo inmediatamente.
Miro las vides.
La finca.
Mireille tomando té.
Liora tranquila.
Pienso en la conversación.
La libertad no está en decir siempre que no.
Abro el chat.
Sí. Tu madre me está contando secretos familiares.
Tres puntos aparecen.
Desaparecen.
Vuelven.
Regresen inmediatamente.
Me río.
No.
La respuesta tarda.
Bien.
Mireille mira mi cara.
—Está aprendiendo.
—Lentamente.
—Los hombres de esa familia necesitan repetición.
—Podríamos hacer gráficos.
—¿Lucía?
—Sí.
—Me cae bien.
—Eso también es peligroso.
Por la tarde regresamos a la casa principal.
Cassian está en su despacho con Samuel y dos responsables territoriales.
No voy directamente hacia él.
Eso también es nuevo.
Antes habría buscado su rostro apenas entrara.
No por amor.
Por necesidad de confirmar que todo seguía bien.
Ahora sé que está.
Y él sabe que volví.
El vínculo lo confirma como un hilo cálido bajo la piel.
Subo primero a mi habitación.
La mía.
La que Mireille preparó frente a la de Cassian.
Entro y cierro la puerta.
No porque necesite distancia.
Porque quiero cinco minutos conmigo.
Me siento junto a la ventana.
Desde allí se ve parte del bosque.
Liora se acerca.
Casa.
Sonrío.
—Eres insistente.
Nuestra.
Cierro los ojos.
—Eso es peor.
Ella no responde.
No necesita.
Pienso en Mireille.
En una Reina que se fue seis meses porque necesitaba recordar quién era.
En un Rey que la visitó pero nunca le preguntó cuándo regresaría.
En una mujer que aceptó una Corona sin permitir que se convirtiera en toda su identidad.
Y por primera vez considero algo que hasta ahora había intentado evitar.
Tal vez mi miedo no sea convertirme en Reina.
Tal vez mi verdadero miedo sea quererlo.
Porque rechazar la Corona sería sencillo.
Podría decir que ya tengo una vida.
Virelli.
Mi independencia.
Mi carrera.
Mis decisiones.
Podría señalar todo lo que construí después de Arthur y usarlo como prueba de que no necesito nada más.
Y sería verdad.
No necesito una Corona.
Pero eso no responde a la pregunta.
¿Podría quererla?
La puerta recibe dos golpes.
—¿Sí?
Cassian entra.
Se detiene apenas cruza.
—Tu madre te contó secretos.
—Muchos.
—¿Cuáles?
—No puedo decir.
—Anabella.
—Juramento entre mujeres.
—Eso no existe.
—Ahora sí.
Cierra la puerta.
—¿Te habló de mi padre?
Lo miro.
—Sí.
Algo en su rostro se suaviza.
—¿Estás bien?
La pregunta me hace sonreír.
Siempre.
Después de todo.
Él sigue preguntando eso.
No qué decidí.
No si quiero ser Reina.
Si estoy bien.
—Sí.
Cassian se acerca.
Se sienta a mi lado.
No me toca hasta que yo apoyo la cabeza sobre su hombro.
Entonces su brazo rodea mi cintura.
—¿Quieres hablar?
—No todavía.
—Bien.
La palabra.
Esta vez no la odio.
Nos quedamos mirando el bosque.
Después de un momento digo:
—Tu padre llamó al médico porque tu madre estornudó seis veces.
Cassian cierra los ojos.
—No.
—Sí.
—Te dije que no confiaras en ella.
—También me contó lo de la tetera.
—Dios.
—Y que no sabes bailar.
Cassian gira hacia mí.
—Sé bailar.
—Eso no fue lo que dijo Mireille.
—Mi madre miente.
—¿La antigua Reina?
—Constantemente.
Sonrío.
Cassian me mira durante unos segundos.
Después toca mi mejilla.
—Me alegra que hayas ido con ella.
—A mí también.
—¿Aunque ahora conozcas secretos comprometedores?
—Especialmente por eso.
Apoyo la frente contra la suya.
—Cassian.
—¿Sí?
La pregunta aparece.
No la que él espera.
Ni siquiera la que yo esperaba formular.
—Si algún día aceptara la Corona...
Su cuerpo se queda absolutamente inmóvil.
El vínculo explota.
Sorpresa.
Deseo.
Miedo.
Alegría.
Demasiado.
—No te emociones.
—No estoy...
Lo miro.
—Ni siquiera lo intentes.
Respira.
—Está bien.
—No estoy diciendo que lo haré.
—Lo sé.
—Ni pronto.
—Lo sé.
—Y esto no significa que haya cambiado de opinión sobre la marca ni...
—Anabella.
Me callo.
Su pulgar roza mi mejilla.
—Haz la pregunta.
Respiro.
—Si algún día aceptara la Corona, ¿podría seguir trabajando en Virelli?
No tarda ni un segundo.
—Sí.
—¿Aunque al Consejo no le guste?
—Sí.
—¿Aunque sea complicado?
—Sí.
—¿Aunque genere conflictos?
—Los resolveremos.
Lo observo.
—¿Podría renunciar?
Esta vez veo lo que la pregunta le hace.
Dolor.
Instantáneo.
Su lobo protesta detrás de él.
Pero Cassian no duda.
—Sí.
Mi garganta se cierra.
—¿Aunque siguiera siendo tu Mate?
—Sí.
—¿Aunque estuviéramos marcados?
La emoción aumenta.
Él mantiene la voz firme.
—Sí.
—¿Aunque estuvieras en desacuerdo?
Cassian toma mi rostro entre sus manos.
—Anabella, si algún día aceptas una Corona que no puedas dejar, entonces no te estoy ofreciendo una Corona.
Respirar duele.
La respuesta entra demasiado profundo.
—Te estaría ofreciendo una jaula.
Cierro los ojos.
Su frente toca la mía.
—Y ya tuviste suficientes.
Liora se acerca.
Casa.
Nuestra.
Y ahora entiendo algo que ayer no podía.
Tal vez la razón por la que Beaumont empieza a sentirse como un lugar al que podría pertenecer no sea porque nadie espera que me vaya.
Es porque, por primera vez, todos parecen entender que podría hacerlo.
Y aun así dejan la puerta abierta.
Esa noche encuentro un correo de la comisión esperando en mi bandeja.
Propuesta formal de participación independiente.
Lo abro.
No acepto.
Todavía.
Pero tampoco lo cierro.
Leo cada cláusula.
Marco cuatro problemas.
Agrego seis comentarios.
Y cuando llego a la sección donde se describe mi posible función como representante independiente de lobos sin manada, consortes y Mates rechazados, algo dentro de mí cambia.
No mucho.
Lo suficiente.
Liora despierta.
Trabajo.
—Sí.
Nuestro.
Miro hacia la puerta de la habitación.
Cassian está al otro lado del pasillo.
La manada duerme alrededor.
Mi vida en Silvercrest sigue existiendo.
Virelli sigue siendo mío.
Mi apellido sigue siendo Salvatore.
Nada desapareció porque yo entrara en Beaumont.
Tal vez eso sea lo que Mireille intentó enseñarme.
No tengo que elegir entre ser libre y pertenecer.
Solo tengo que asegurarme de que cada lugar que acepte deje espacio suficiente para seguir siendo yo.
Y por primera vez, la palabra Reina no se siente como una sentencia.
Solo como una posibilidad.
Una que todavía puedo rechazar.
Quizá por eso ya no necesito hacerlo inmediatamente.
