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La silla que no pertenece al Rey

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

La silla que no pertenece al Rey

A las siete y doce de la mañana tengo veintitrés comentarios abiertos en un documento de dieciocho páginas, tres tazas de café vacías y la certeza de que alguien en el Consejo considera la palabra independiente un concepto decorativo.

No es una buena forma de empezar el día.

Tampoco ayuda que Cassian esté apoyado contra el marco de la puerta observándome como si yo fuera un fenómeno natural particularmente preocupante.

No levanto la vista de la pantalla.

—Si vas a seguir ahí, al menos trae café.

—Ya tomaste tres.

Ahora sí lo miro.

—¿Cómo sabes?

Señala las tazas.

Bien.

Argumento sólido.

—Podrían ser de ayer.

—Una tiene vapor.

Miro la taza.

Traición.

—No cambia mi solicitud.

Cassian entra.

Está vestido para trabajar, aunque todavía no lleva saco ni corbata. La camisa oscura tiene las mangas dobladas y el cabello ligeramente húmedo.

Liora despierta.

Hombre.

—Sí, gracias. Ya lo vi.

Cassian se detiene.

—¿Qué?

—Nada.

Su mirada se estrecha.

Liora permanece ofensivamente satisfecha.

Traidoras.

—¿Desde cuándo estás despierta?

—Temprano.

—Hora.

—Eso parece innecesariamente específico.

—Anabella.

—Cinco y media.

Su rostro cambia.

—¿Por qué?

Giro la computadora hacia él.

—Porque tu Consejo intenta ofrecerme independencia con siete formas diferentes de supervisión.

Cassian mira la pantalla.

Después me mira a mí.

—No es mi Consejo.

—Eres el Rey.

—Eso no significa que los haya elegido.

—Detalles institucionales.

Se acerca a la mesa.

—¿Qué encontraste?

—Mucho.

—¿Quieres que lo revise?

—No.

La respuesta sale demasiado rápido.

Cassian se queda inmóvil.

Yo también.

No hay enojo en él.

Solo atención.

Respiro.

—No porque no valore tu opinión.

—Lo sé.

—No quiero que intervengas.

—Entiendo.

—Ni siquiera informalmente.

—Bien.

Esa palabra ya no me irrita.

Eso empieza a preocuparme.

—Quiero hacerlo sola.

—Entonces hazlo sola.

Lo dice sin resistencia.

Sin esa pausa mínima que antes aparecía cuando una parte de él quería insistir.

Me reclino en la silla.

—¿Eso es todo?

—¿Esperabas una discusión?

—No.

—Mientes.

—Un poco.

La comisura de su boca se levanta.

—¿Café?

—Sí.

Cassian gira.

—Y comida.

—No abusemos.

—Comida.

—Eres insoportable.

—Correcto.

Sale de la habitación.

Lo observo irse.

Y entonces comprendo que acaba de hacer exactamente lo que le pedí.

Nada.

No llamó a nadie.

No preguntó quién había redactado la propuesta.

No pidió nombres.

No intentó corregirla.

No hizo esa cosa profundamente Cassian en la que una conversación privada se convierte, treinta minutos después, en una modificación estructural del gobierno continental.

Simplemente se fue a buscar café.

Eso todavía me sorprende más de lo que debería.

La propuesta llegó la noche anterior.

Formalmente.

Con membrete del Consejo.

La comisión provisional se crearía durante doce meses con posibilidad de extensión. Su objetivo sería estudiar y proponer reformas relacionadas con vínculos de pareja, derechos de consortes, procedimientos de rechazo, autonomía territorial y conflictos de interés vinculados a la Corona.

En apariencia, perfecto.

En la práctica, no.

Vuelvo al primer comentario.

Artículo 3.2: Los integrantes serán designados por el Consejo con ratificación de la Corona.

No.

Artículo 4.1: El presupuesto será administrado por la Secretaría General del Consejo.

Tampoco.

Artículo 6.4: La participación de representantes externos podrá suspenderse por mayoría simple ante conflictos institucionales.

Definitivamente no.

Sigo leyendo.

Cada cláusula parece razonable de manera aislada.

Ese es el problema.

Las jaulas más eficaces rara vez parecen jaulas cuando se construyen una barra a la vez.

Cassian regresa con café y una bandeja.

La coloca junto a mí.

Fruta.

Pan.

Huevos.

Lo miro.

—¿Esto es desayuno o una intervención?

—Desayuno.

—Parece una intervención.

—Porque ignoraste la comida durante casi dos horas.

—Exagerado.

Mira el reloj.

Yo también.

Ocho y diecisiete.

Bien.

Quizá no exageró.

—Gracias.

Se inclina y besa mi cabello.

No mira la pantalla.

Intencionalmente.

Eso también lo noto.

—Tengo una reunión en veinte minutos.

—Ve.

—Estaré en el edificio administrativo.

—Sé dónde está.

—Lo digo por si necesitas...

Se detiene solo.

Me mira.

Yo levanto una ceja.

—Por si necesito qué.

Cassian exhala.

—Nada.

Sonrío.

—Buen intento.

—Estoy trabajando en ello.

—Lentamente.

—Cruel.

—Precisa.

Se inclina otra vez.

Esta vez me besa la boca.

Lento.

Demasiado lento para una despedida antes de una reunión.

Cuando se aparta, pierdo aproximadamente cinco segundos de capacidad ejecutiva.

—Eso fue sabotaje.

—No sé de qué hablas.

—Tienes una reunión.

—Sí.

—Ve.

—Estoy yendo.

No se mueve.

—Cassian.

—Ahora.

Finalmente sale.

Espero hasta que la puerta se cierra.

Después miro el documento.

—Insoportable.

Liora se acomoda dentro de mí.

Nuestro.

—No ayudes.

A las nueve y media tengo treinta y ocho comentarios.

A las diez, cuarenta y uno.

A las diez y siete minutos, Mireille entra con una taza de té y una expresión demasiado tranquila.

—¿Trabajando?

—No. Estoy escribiendo una novela.

Mira la pantalla.

—Parece aburrida.

—Mucho.

—¿Comisión?

—Sí.

Se sienta frente a mí.

—¿Problemas?

—Muchos.

—¿Quieres contármelos?

Dudo.

Mireille fue Reina.

Conoce al Consejo.

Conoce la estructura.

Pero también es la madre de Cassian.

Y yo todavía estoy intentando dibujar una línea clara.

Ella parece leer parte de eso en mi cara.

—Puedo irme.

—No.

—Entonces puedo escuchar sin opinar.

—Eso parece difícil para esta familia.

—Extremadamente.

Sonrío.

Giro la computadora.

—No quiero ratificación de la Corona.

Mireille lee.

—Correcto.

—Dijiste que no opinarías.

—Fallé.

—Rápido.

—Me educaron mal.

Continúo.

—Si acepto, quiero que mi nombramiento dependa de una mayoría calificada del Consejo y que mi mandato no pueda ser revocado por Cassian.

Mireille levanta la vista.

—Él aceptará.

—No importa.

—Bien.

Me detengo.

Ella sonríe.

—Eso era una prueba.

—Quizá.

—Correcto de nuevo.

Apoyo los antebrazos sobre la mesa.

—No quiero una silla porque soy su Mate.

—Entonces no la aceptes por eso.

—El problema es que la oferta existe parcialmente por eso.

—Sí.

La sinceridad me gusta.

—No voy a fingir lo contrario.

—No deberías.

—Sin Cassian, probablemente no habría una comisión ahora.

—Probablemente no.

—Y sin todo lo que ocurrió conmigo, tampoco.

—No.

—Entonces ¿cómo sé que no estoy aprovechando mi relación?

Mireille toma té.

Piensa.

—No lo sabes.

Frunzo el ceño.

—Eso no ayuda.

—Porque la pregunta está mal formulada.

—¿Cómo debería formularla?

—Si te ofrecen una silla por razones imperfectas, ¿qué harás con ella?

Me quedo quieta.

Mireille continúa:

—Las instituciones rara vez actúan por pureza. El Consejo no despertó súbitamente con una preocupación moral por las Mates rechazadas. Perdieron una votación, quedaron expuestos y ahora necesitan demostrar que pueden reformarse.

—Exactamente.

—Eso no vuelve innecesaria la reforma.

Silencio.

Tiene razón.

No me gusta.

Eso suele significar que tiene razón.

—Entonces debería aceptar.

—No dije eso.

—Mireille.

—Dije que no debes confundir un origen imperfecto con una oportunidad inútil.

Apoya la taza.

—Si aceptas porque quieres hacer el trabajo, hazlo. Si rechazas porque no quieres, recházalo. Pero no les entregues la decisión solo porque te preocupa que alguien diga que estás allí por Cassian.

La conversación de ayer regresa.

No construyas una vida diseñada para impedir interpretaciones ajenas.

Maldita familia.

—Todos dirán eso.

—Sí.

—Algunos tendrán razón.

—Parcialmente.

—Eso me molesta.

—También debería.

—Excelente consejo.

—No dije que fuera cómodo.

Miro el documento.

—Quiero cambiar casi todo.

—Entonces quizá sí quieras la silla.

La frase me detiene.

—¿Qué?

Mireille señala la pantalla.

—Las personas que no quieren un trabajo suelen buscar razones para rechazarlo. Tú llevas tres horas rediseñándolo.

Bajo la vista.

Cuarenta y un comentarios.

Dos páginas de propuestas.

Una tabla comparativa.

Maldición.

—No significa nada.

—Por supuesto.

—Solo me molesta que esté mal hecho.

—Naturalmente.

—Podría corregirlo y rechazar.

—También.

La miro.

Ella sonríe.

—Te detesto un poco.

—Eso también ocurre con Cassian.

Después del almuerzo dejo de revisar.

No porque haya terminado.

Porque Mireille me obliga a salir.

Literalmente toma mi computadora y la cierra.

—Eso fue violencia.

—Fue prevención.

—No puedes cerrar el trabajo de una persona.

—Acabo de hacerlo.

—Voy a decírselo a Cassian.

—Él me agradecerá.

Eso es lo peor.

Probablemente lo hará.

Caminamos hacia el centro de Beaumont.

Mis piernas siguen doloridas, pero menos.

La manada está en movimiento.

Niños entrando y saliendo de la escuela. Personas trabajando. Dos hombres discutiendo frente a un taller. Una mujer sale del centro médico con un bebé dormido contra el pecho.

Normalidad.

Eso sigue sorprendiéndome.

No porque esperara que los Beaumont vivieran permanentemente en formación militar.

Aunque quizá un poco.

La Corona convierte todo en algo tan abstracto que es fácil olvidar que debajo existen vidas pequeñas.

Cotidianas.

Mireille se detiene frente a un edificio.

—La escuela.

—¿La visita de ayer?

—La mujer que te invitó se llama Helena.

—Lo sé.

—Está dentro.

La miro.

—¿Me estás organizando una conferencia?

—No.

—Mireille.

—Le dije que quizá pasaríamos.

—Eso es organización.

—Flexible.

La puerta se abre.

Helena sale.

Tiene unos cuarenta años, cabello oscuro recogido y gafas.

—Anabella.

—Hola.

—No sabía si vendrías.

Miro a Mireille.

Ella estudia una planta.

Traición.

—Yo tampoco.

Helena sonríe.

—Los estudiantes están trabajando sobre tratados entre territorios humanos y manadas. Si tienes diez minutos...

Antes de ayer habría dicho sí y convertido esos diez minutos en una clase completa.

Hoy pienso.

¿Quiero hacerlo?

La respuesta llega rápido.

Sí.

No para demostrar nada.

Porque me gusta.

—Diez minutos —digo.

Helena abre la puerta.

—Perfecto.

Mireille se queda atrás.

—¿No vienes?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no necesito supervisarte.

La miro.

Ella sonríe.

Entro.

Los diez minutos se convierten en cuarenta y cinco.

Pero por primera vez no me molesta.

No preparé una presentación.

No tengo gráficos.

No revisé ningún tratado antes.

Simplemente hablo.

Preguntan.

Respondo.

Uno de los estudiantes quiere saber por qué los acuerdos híbridos suelen fallar.

—Porque ambas partes negocian intentando protegerse del peor escenario en lugar de construir el mejor posible.

Un chico del fondo levanta la mano.

—¿Eso no es lógico?

—Sí.

—Entonces ¿por qué está mal?

Me apoyo contra el escritorio.

—Porque una negociación basada únicamente en miedo puede evitar una catástrofe, pero rara vez construye confianza.

La frase sale.

Y me escucho.

Liora también.

Cassian.

La marca.

La Corona.

Todo lo que estoy intentando decidir sin permitir que el miedo decida por mí.

—Entonces hay que confiar —dice otra estudiante.

—No ciegamente.

—¿Cómo sabes cuándo?

Sonrío.

—Ese es el problema.

Algunos ríen.

—La confianza no es ausencia de riesgo. Es decidir qué riesgo estás dispuesta a aceptar y qué límites necesitas para hacerlo.

Silencio.

Helena me observa desde el costado.

Yo continúo:

—Los buenos tratados no existen porque nadie pueda romperlos. Existen porque establecen qué ocurre si alguien lo hace.

La chica asiente lentamente.

Yo también.

Interesante.

Quizá debería escuchar mis propias clases.

Cuando salgo, Cassian está esperando fuera.

Cruzo los brazos.

—¿Me estás siguiendo?

—Tengo una reunión a dos edificios de aquí.

—Conveniente.

—Mucho.

Mireille no está.

—¿Dónde está tu madre?

—Dijo que tenía cosas que hacer.

Eso significa que me abandonó intencionalmente con él.

No estoy segura de cómo sentirme al respecto.

Cassian me observa.

—¿Cómo fue?

—Bien.

—Helena me dijo que respondiste preguntas.

—¿Ya habló contigo?

—Me envió un mensaje.

—¿Por qué?

—Porque dirige una escuela en mi territorio.

—No todo necesita llegar al Rey.

—Ella es mi amiga.

Me detengo.

—¿Tu amiga?

—Sí.

Eso reorganiza algo en mi cabeza.

Cassian tiene amigos aquí.

Personas que no son Niccolas.

Lógico.

Pero extraño.

—¿Tienes más?

—¿Amigos?

—Sí.

Su rostro se vuelve ofensivamente serio.

—Algunos.

—¿Cuántos?

—No llevo registro.

—Mentira. Llevas registro de todo.

—De personas no.

—Deberías hacer una lista.

—No.

—Podría ayudarte.

—Definitivamente no.

Sonrío.

Empezamos a caminar.

Cassian no pregunta por la comisión.

Eso me molesta.

Cinco minutos después sigue sin preguntar.

Me molesta más.

Diez minutos.

—¿No quieres saber?

Él gira.

—¿Qué?

—La propuesta.

—Sí.

—Entonces ¿por qué no preguntas?

—Porque dijiste que querías hacerlo sola.

Eso me deja sin respuesta.

—Puedes preguntar cómo va sin intervenir.

—No estaba seguro de si querías eso.

Maldita sea.

—Puedes.

—¿Cómo va?

—Terrible.

Sonríe.

—¿Por qué?

Le cuento.

No todos los detalles.

Algunos.

La ratificación.

El presupuesto.

La remoción.

Cassian escucha.

No comenta hasta que termino.

—Tienes razón.

—Eso es todo.

—¿Quieres más?

—No sé.

—Entonces eso es todo.

Lo miro.

—Estás siendo muy disciplinado.

—Me cuesta.

—Puedo sentirlo.

—Lo imaginaba.

Seguimos caminando.

—Quiero que la Corona no pueda removerme —digo.

Cassian no cambia el paso.

—Correcto.

—Ni ratificar mi nombramiento.

—Correcto.

—Quiero presupuesto independiente.

—Correcto.

—Y recusación obligatoria si la comisión trata algo relacionado directamente con nuestro vínculo.

Ahora sí se detiene.

—Eso puede ser complicado.

La alerta aparece en mí.

—¿Por qué?

—Porque casi toda reforma sobre vínculos podría interpretarse como relacionada contigo.

—No conmigo. Con nosotros.

—Igual.

—Entonces habrá que definirlo.

—Sí.

No está rechazando.

Está pensando.

Eso es diferente.

—También quiero que mi mandato sea limitado.

—Tiene sentido.

—Y conservar Virelli.

—Eso no está sujeto a discusión.

—Para mí tampoco.

—Bien.

Lo dice.

Yo sonrío.

Cassian me mira.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa cara habla.

—Empiezo a disfrutar la palabra.

—¿Bien?

—Sí.

—Peligroso.

—Mucho.

Volvemos a caminar.

—Hay otra cosa —digo.

—¿Cuál?

—Si acepto, no quiero que tú participes en la negociación de estas condiciones.

Cassian guarda silencio.

Solo un segundo.

Pero lo siento.

Su instinto.

El deseo inmediato de entrar, empujar, garantizar.

Proteger.

Después desaparece.

—De acuerdo.

—¿Aunque el Consejo rechace?

—Sí.

—¿Aunque puedan ofrecerme menos de lo que tú conseguirías?

—Sí.

—¿Aunque yo negocie mal?

Se detiene.

Me mira como si acabara de insultarlo.

—No negocias mal.

—Hipotéticamente.

—Hipotéticamente también es improbable.

—Cassian.

Respira.

—Sí.

—¿Sí qué?

—Aunque negocies mal.

Eso cuesta.

Le cuesta mucho.

Lo siento.

Y por eso importa.

—Gracias.

—No agradezcas todavía.

—¿Por qué?

—Si intentan aprovecharse, voy a necesitar salir a correr.

Me río.

—Eso sí puedes hacerlo.

—Probablemente varias horas.

—Mientras no derribes edificios.

—No prometo nada.

Esa tarde llega una videollamada del Consejo.

No estaba prevista.

La solicitud aparece en mi correo.

Consejero Elias Thorn solicita reunión breve respecto de propuesta de comisión.

Miro el nombre.

Thorn.

Uno de los miembros moderados durante la audiencia.

No particularmente cercano a Cassian.

Tampoco enemigo.

Acepto para una hora después.

No se lo digo a Cassian.

No porque quiera ocultarlo.

Porque no necesito hacerlo.

La sensación es extrañamente poderosa.

A las cinco entro al despacho pequeño que Mireille me prestó.

Cierro la puerta.

Abro la videollamada.

Thorn aparece sentado frente a una biblioteca enorme.

—Señora Salvatore.

—Consejero.

—Gracias por aceptar.

—Tengo curiosidad por saber por qué llama antes de recibir mi respuesta formal.

Una pausa.

Leve.

Bien.

—Esperábamos que quizá tuviera preguntas.

—Tengo cuarenta y tres.

Su expresión cambia.

—Entiendo.

—No creo.

Silencio.

No soy hostil.

No necesito serlo.

—La propuesta tiene problemas estructurales —continúo—. La independencia que describe no existe realmente.

—Es un borrador.

—Entonces podemos corregirlo.

Thorn se reclina.

—¿Eso significa que está considerando aceptar?

—Significa que estoy considerando negociar.

No sonríe.

Yo tampoco.

—¿Qué cambios considera indispensables?

Miro mis notas.

No leo.

Ya los sé.

—Primero, mi nombramiento no será ratificado por la Corona.

—Eso es una salvaguarda habitual.

—En este caso es un conflicto de interés.

—El Rey no...

—Es mi Mate.

Silencio.

Pronunciarlo de esa forma, en una reunión política, todavía produce algo extraño dentro de mí.

Pero no vergüenza.

—Si quieren que yo sea independiente —continúo—, no pueden diseñar una estructura en la que mi permanencia dependa del hombre con quien mantengo un vínculo personal.

Thorn asiente lentamente.

—Comprensible.

—Segundo, presupuesto propio con auditoría externa.

—Eso será difícil.

—Entonces la independencia también será difícil.

Su boca se tensa.

—Tercero, mandato fijo de doce meses. Remoción únicamente por causa grave y con mayoría de dos tercios.

—La propuesta actual permite mayoría simple.

—La propuesta actual permite que un bloque incómodo con nuestras recomendaciones elimine representantes antes de que puedan terminarlas.

—Eso supone mala fe.

—Las instituciones deben diseñarse para sobrevivirla.

Silencio.

Algo parecido a respeto aparece en su mirada.

Bien.

—Cuarto —continúo—, conservaré mi cargo en Virelli.

—Eso podría generar conflictos.

—Entonces habrá recusaciones.

—Algunos podrían cuestionar su disponibilidad.

—Entonces no me nombren.

Thorn parpadea.

No esperaba eso.

Yo sí.

—No voy a abandonar mi carrera para demostrar compromiso con una comisión temporal.

—Nadie ha pedido...

—La cláusula de dedicación exclusiva está en el artículo siete.

Silencio.

—Veo que leyó todo.

—Varias veces.

—Eso parece.

Sigo.

—Quinto, la comisión debe incluir al menos un representante que haya aceptado un rechazo, uno que lo haya emitido, un consorte sin vínculo, una Luna activa y un especialista jurídico externo a las estructuras de manada.

Thorn levanta una ceja.

—Eso ampliaría significativamente el grupo.

—Ese es el objetivo.

—Demasiadas voces complican las decisiones.

—Pocas voces simplificaron demasiado las anteriores.

Esta vez sonríe apenas.

—La última condición.

Respiro.

Esta es la más importante.

—La comisión no tendrá autoridad sobre vínculos individuales.

Thorn frunce el ceño.

—Explíquese.

—No quiero crear otro organismo con capacidad de decirle a una mujer qué debe hacer con su Mate.

Mi voz permanece firme.

—Podemos regular consecuencias legales. Derechos patrimoniales. Salida de territorio. Protección física. Situación de hijos. Poder de un Alfa. Acceso a recursos. Pero el Consejo no decidirá quién debe aceptar una marca, perdonar un rechazo, permanecer con un Mate o separarse.

Pienso en Arthur.

En Cassian.

En mí.

—El objetivo debe ser garantizar que cada elección pueda hacerse de manera real. No reemplazar una forma de control por otra.

Thorn permanece callado durante mucho tiempo.

—Eso es ambicioso.

—Sí.

—Y políticamente complejo.

—También.

—¿Está segura de querer involucrarse en esto?

La pregunta llega tranquila.

No como provocación.

Honesta.

Miro mis notas.

Cuarenta y tres comentarios.

La escuela.

La mujer que me habló de su hija.

Arthur declarando que su dolor no le daba derechos sobre mí.

Tatiana utilizando la idea de destino como arma.

Cassian creyendo durante meses que protegerme le permitía decidir información por mí.

Yo misma aceptando durante años cosas que creía inevitables porque la Diosa había elegido.

—No —respondo.

Thorn parece sorprendido.

Yo continúo:

—No estoy segura.

—Entonces...

—Pero quiero hacerlo.

La frase cae.

Simple.

Sin ceremonia.

Liora levanta la cabeza.

Trabajo.

Sí.

—Quiero hacerlo —repito— si podemos construir una comisión que sirva a las personas que no tienen una Corona detrás, ni dinero, ni abogados, ni una empresa capaz de sostenerlas cuando todo se rompe.

Mi garganta se aprieta apenas.

—Yo tuve recursos para salir de Blackwood. Muchas personas no los tienen.

Thorn asiente.

—¿Puedo interpretar esto como una aceptación condicionada?

Pienso.

No demasiado.

—Sí.

La palabra entra y no me quita nada.

No mi apellido.

No Virelli.

No mi libertad.

Solo abre una puerta.

—Acepto negociar mi participación.

—Enviaré sus condiciones al comité.

—No a Cassian.

Thorn parpadea.

—¿Perdón?

—El Rey no participará.

—Eso es irregular.

—Precisamente.

—Será necesario informarlo.

—Informarlo, sí. Negociarlo con él, no.

Thorn me observa.

—Entendido.

Terminamos la llamada.

La pantalla queda negra.

Me quedo inmóvil.

Liora se mueve.

Nuestra.

—No. Esto es mío.

Silencio.

Después:

También.

Sonrío.

—Eso sí.

No encuentro a Cassian hasta después de las siete.

Está en la biblioteca con Niccolas.

Ambos revisan mapas sobre una mesa.

Niccolas me ve primero.

—Anabella.

Cassian levanta la cabeza.

El vínculo cambia inmediatamente.

Algo en mí debe delatarme.

Se endereza.

—¿Qué pasó?

No puedo evitar sonreír.

—Nada malo.

Su tensión disminuye apenas.

Niccolas mira entre nosotros.

—Voy a...

—Quédate —digo.

Se detiene.

—Eso normalmente significa que quiero irme.

—No es secreto.

Cassian rodea la mesa.

—¿La comisión?

Asiento.

—Hablé con Thorn.

Su expresión se endurece.

—¿Cuándo?

—Esta tarde.

El instinto aparece.

¿Por qué no me avisaste?

Lo veo formarse.

No lo dice.

Otro pequeño triunfo.

—¿Cómo fue?

—Acepté.

Su cuerpo se queda inmóvil.

Niccolas también.

Yo levanto una mano.

—Condicionalmente.

Cassian no habla.

El vínculo sí.

Orgullo.

Miedo.

Alegría.

Preocupación.

Demasiadas cosas.

—Presenté modificaciones —continúo—. Muchas.

—Eso esperaba.

—No quiero ratificación de la Corona.

—Lo sé.

—Presupuesto independiente.

—Sí.

—Mandato fijo.

—Sí.

—Conservaré Virelli.

—Por supuesto.

—Y tú no participas en la negociación.

Niccolas mira a Cassian.

Yo también.

Silencio.

Después:

—De acuerdo.

Niccolas deja escapar aire.

—Esto es decepcionante.

Lo miro.

—¿Qué?

—Esperaba al menos cinco minutos de discusión.

Cassian le lanza una mirada.

—Vete.

—Ahí está.

Niccolas recoge sus papeles.

—Mucho mejor.

Sale.

La puerta se cierra.

Cassian se acerca.

No me toca.

—¿Estás segura?

La pregunta.

Siempre esa.

No ¿qué necesitas?

No ¿qué dijeron?

Primero yo.

—No.

Su expresión cambia.

Me acerco.

—Pero quiero hacerlo.

—Eso puede ser suficiente.

—Mireille dijo algo parecido.

—Mi madre está interviniendo demasiado.

—Tu madre es excelente.

—Eso es discutible.

—También me contó más cosas sobre tu padre.

—Voy a prohibir esas visitas.

—No puedes.

—Soy Rey.

—Y yo acabo de aceptar integrar una comisión diseñada, entre otras cosas, para limitar el poder de hombres como tú.

Cassian parpadea.

—Hombres como yo.

—Alfas poderosos con problemas de control.

Su boca se abre.

Se cierra.

—Eso fue ofensivo.

—Pero preciso.

—Estoy reconsiderando mi apoyo a la comisión.

—No tienes apoyo que retirar. Esa es literalmente la idea.

Se queda mirándome.

Después empieza a reír.

Cassian no ríe mucho.

No de verdad.

Cuando lo hace, algo dentro de mí siempre se detiene.

Me acerco hasta quedar contra él.

Sus manos se acomodan sobre mi cintura.

—Estoy orgulloso de ti —dice.

Mi pecho se aprieta.

—No hice nada todavía.

—Elegiste algo difícil porque querías hacerlo.

—Eso es una definición muy baja de logro.

—Para ti no.

Lo miro.

Entiendo.

Durante años, mis decisiones difíciles estuvieron ligadas a lo que debía hacer.

Salvar a otros.

Mantener una posición.

Evitar conflictos.

Sobrevivir.

Ahora acabo de elegir entrar voluntariamente en otro problema.

No porque alguien me necesite.

Porque creo que importa.

—No quiero ser tu representante allí.

—No lo serás.

—Ni la voz de Beaumont.

—No.

—Si considero que una reforma limita demasiado a la Corona...

—La defenderás.

—Aunque te moleste.

—Especialmente si me molesta.

Sonrío.

—Eso suena peligroso.

—Probablemente.

—¿Y si votamos en lados opuestos?

—Discutiremos.

—¿Y después?

Su pulgar se mueve sobre mi cintura.

—Cenaremos.

—¿Así de simple?

—No. Probablemente discutiremos durante la cena.

Río.

—Eso parece más realista.

Cassian baja la cabeza.

—Anabella.

—¿Sí?

—La silla es tuya.

Mi respiración se detiene.

No porque sea exactamente cierto.

Todavía falta negociación.

Votación.

Estructura.

Pero entiendo lo que dice.

No me la da.

No puede retirarla.

No depende de él.

—Eso quería.

—Lo sé.

Lo beso.

Esta vez soy yo quien empieza.

Porque quiero.

Porque puedo.

Porque al otro lado de estas paredes existe una manada que ya no me pide correr delante de su Alfa.

Porque en mi computadora hay un documento lleno de comentarios que podrían convertirse en derechos para alguien que algún día necesite irse de una casa y descubrir que el mundo no termina allí.

Porque Cassian es mi Mate.

Pero mi vida sigue siendo mía.

Y quizá por primera vez ambas cosas dejan de parecer incompatibles.

Esa noche el Consejo envía una nueva versión del documento.

No aceptaron todo.

Por supuesto.

La negociación apenas empieza.

Leo los cambios.

Sonrío.

Treinta y uno de mis cuarenta y tres comentarios fueron incorporados.

Cinco quedaron abiertos.

Siete fueron rechazados.

Me siento frente a la computadora.

Cassian está en la cama leyendo informes.

No pregunta.

No mira.

Yo abro un nuevo documento.

Contraoferta II.

Liora se estira.

Trabajo.

—Mucho.

Cassian levanta la vista.

—¿Dijiste algo?

—No.

—Tu loba.

—Está aprendiendo capitalismo.

—Preocupante.

—Trabaja para Virelli.

—Eso explica mucho.

Vuelvo a escribir.

La silla todavía no existe.

Pero cuando exista, no será la silla del Rey.

No será la silla de su Mate.

Ni la de una futura Reina.

Será la mía.

Y por primera vez en mucho tiempo, la idea de ocupar un lugar importante no me hace preguntarme qué tendré que sacrificar para merecerlo.

Solo cuánto trabajo habrá que hacer una vez que me siente.

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