Quiero que seas tú
Quiero que seas tú
Durante años pensé que las decisiones importantes se sentían diferentes.
Más grandes.
Más claras.
Imaginaba que llegaban acompañadas de una certeza absoluta, como si el cuerpo supiera antes que la mente y el mundo tuviera la decencia de detenerse mientras una comprendía que acababa de cruzar una línea.
No es así.
A veces una decisión importante empieza mientras discutes con un hombre sobre una planta.
—Gerardo no puede quedarse ahí.
Cassian ni siquiera levanta la vista del informe que está leyendo.
—Está junto a una ventana.
—Recibe demasiado sol.
—Es una planta.
—Precisamente.
—No veo la relación.
Lo miro desde el sofá.
Estamos en el penthouse de Silvercrest por primera vez desde que regresamos de Beaumont. Han pasado cuatro días desde la visita y dos desde que pronuncié en voz alta que perdonaba a Arthur.
No ocurrió nada después.
Eso sigue sorprendiéndome.
Esperaba quizá sentirme distinta.
Más liviana.
Más triste.
Algo.
En cambio desperté a la mañana siguiente, discutí una cláusula presupuestaria con Thorn, llegué tarde a Virelli porque Cassian escondió mis zapatos —él sostiene que fue un accidente administrativo; yo sostengo que los zapatos no se desplazan solos hasta un armario del segundo piso— y terminé el día cenando pasta sobre este sofá mientras Niccolas insultaba un partido de hockey.
La vida siguió.
Tal vez eso fuera el perdón.
No una puerta que se abría.
Una que dejabas de mirar.
Ahora tengo asuntos más importantes.
Como Gerardo.
—Necesita luz indirecta —digo.
Cassian pasa una página.
—Lo moveré.
—No tú.
Eso sí consigue que levante la vista.
—¿Por qué?
—La última vez casi lo mataste.
—Lo moví treinta centímetros.
—Exactamente.
—Anabella.
—Cassian.
Se queda mirándome.
Después vuelve al informe.
—Haz lo que quieras con Gerardo.
—Eso pensaba.
Camino hasta la planta.
La examino.
Está bien.
Perfectamente bien.
Probablemente mejor que yo.
Liora se mueve.
Él.
No miro hacia Cassian.
—Está trabajando.
Él.
—Lo veo.
Marca.
Mi mano se queda suspendida sobre una hoja.
Ah.
Eso.
Desde Beaumont, Liora ha desarrollado la preocupante costumbre de pronunciar la palabra en momentos inconvenientes.
En reuniones.
En el ascensor.
Mientras compro café.
Una vez durante una presentación financiera en la que un vicepresidente de operaciones hablaba sobre mercados emergentes.
Marca.
Casi dije "no ahora" en voz alta.
No porque no quiera pensar en ello.
Ese es el problema.
Quiero.
Mucho más de lo que estaba preparada para admitir.
Me siento otra vez.
Cassian continúa leyendo.
No parece saber que estoy teniendo una crisis existencial a tres metros de distancia.
Eso también es nuevo.
Antes habría sentido mi ansiedad inmediatamente y empezado a hacer preguntas.
Ahora nuestro vínculo está tranquilo.
No porque sea débil.
Porque yo también estoy tranquila.
La marca ya no me produce miedo.
Me produce deseo.
Y por alguna razón eso resulta mucho más difícil de manejar.
—¿Qué estás leyendo?
Cassian levanta los ojos.
—Informe de seguridad.
—¿Algo importante?
—No.
—Entonces ¿por qué llevas veinte minutos en la misma página?
Silencio.
Parpadea.
—No llevo veinte minutos.
—Diecisiete.
—Eso no cambia...
—¿Qué pasa?
Cierra el documento.
Claro.
Me conoce demasiado.
—Tú primero.
—Pregunté yo.
—Estás mirando una planta como si hubiera cometido un delito.
—Gerardo tiene antecedentes.
—Y llevas quince minutos sin revisar el teléfono.
Miro mi teléfono.
Está sobre la mesa.
—Eso no significa nada.
—Eres directora ejecutiva.
—Puedo descansar.
—Lo intentamos una vez.
—Fue bastante bien.
—Abriste la computadora durante una película.
—Era un correo urgente.
—Era una actualización de presupuesto.
—Urgente.
Cassian deja los papeles.
—¿Qué pasa?
Nada.
Todo.
Liora se acerca.
Marca.
Cierro los ojos.
—Mi loba está siendo molesta.
—Eso reduce poco las posibilidades.
—Cassian.
—¿Qué dice?
Abro los ojos.
Él espera.
No debería ser difícil.
Hemos hablado de esto.
Más de una vez.
Durante la audiencia.
Después.
En Beaumont.
Le dije que no quería que la política transformara la marca en algo que jamás pudiera desear.
Él me dijo que si ocurría, sería nuestra.
No de la Corona.
No del Consejo.
No de nadie más.
Pero hablar de la posibilidad y quererla son cosas distintas.
—Nada importante.
Cassian me estudia.
—Bien.
Vuelve a tomar el informe.
Me quedo mirándolo.
Eso es todo.
No insiste.
Mi irritación aparece inmediatamente.
—¿No vas a preguntar?
Baja el documento lentamente.
—Acabas de decir que no era importante.
—Sí.
—Entonces respeté tu respuesta.
—Podrías mostrar curiosidad.
—Tengo mucha.
—No parece.
—Estoy intentando no interrogarte.
Maldición.
—Esto de crecer emocionalmente te está volviendo insoportable.
—Niccolas dijo algo parecido.
—Niccolas es inteligente.
—No abuses.
Me sonríe.
Después estira una mano hacia mí.
No dice nada.
La miro.
Podría quedarme donde estoy.
No lo hago.
Cruzo el espacio y me siento junto a él.
Cassian toma mi mano.
Su pulgar recorre mis dedos.
Nada más.
El silencio debería ser cómodo.
Lo es.
Ese es el problema.
Con Arthur, los silencios comenzaron a convertirse en lugares donde yo buscaba significado.
¿Estaba molesto?
¿Había hecho algo?
¿Estaba pensando en Tatiana?
¿Había vuelto a creer alguna historia sobre mí?
Con Cassian, el silencio es solo silencio.
A veces respira.
A veces trabajo.
A veces él lee.
A veces Liora duerme.
Nadie se está preparando para abandonarme.
El pensamiento llega tan sencillo que me duele.
No porque todavía tema constantemente que Cassian lo haga.
Porque recién ahora comprendo cuánto espacio ocupaba ese miedo incluso cuando no lo nombraba.
—¿Alguna vez pensaste que yo te pediría la marca? —pregunto.
Cassian se queda inmóvil.
Completamente.
Ah.
Error.
O no.
Su pulgar deja de moverse.
El vínculo cambia.
No necesito mirar para sentir a su lobo levantarse con una violencia casi física.
Mate.
Marca.
Nuestra.
Cassian respira una vez.
Muy despacio.
—Sí.
Su voz está más grave.
—¿Desde cuándo?
—Desde el primer día.
Me giro.
—Eso es aterrador.
—Preguntaste.
—Pensar que una mujer que apenas conocías iba a dejarte marcarla es muy Alfa.
—No dije que creyera que ocurriría.
—Dijiste que lo pensabas.
—Mi lobo lo pensaba.
—Conveniente.
—Yo intentaba mantenerlo encerrado.
—Eso salió excelente.
—No.
Sonrío.
Cassian no.
Su atención está demasiado fija en mí.
—¿Por qué preguntas?
Ahí está.
Podría responder.
No lo hago.
Todavía.
—Curiosidad.
Sus ojos se estrechan.
—Anabella.
—¿Qué?
—No juegues con esto.
La seriedad me detiene.
No hay amenaza.
Ni reproche.
Hay vulnerabilidad.
Real.
La clase que Cassian odia mostrar.
—No estoy jugando.
—Bien.
—¿Te molestó?
—No.
—Tu vínculo dice otra cosa.
—Mi vínculo está diciendo demasiadas cosas.
Puedo sentirlo.
Deseo.
Esperanza.
Miedo.
Y debajo de todo, esa cautela que aprendió conmigo.
No quiere imaginar una respuesta.
No quiere empujarme hacia ella.
Comprendo de pronto que la marca para Cassian nunca dejó de ser simple.
Su lobo me reconoció antes de que yo supiera qué ocurría.
Él vivió meses deseando algo que no podía pedir.
Algo que temía que yo interpretara como otra obligación.
Yo tuve que aprender a quererlo.
Él tuvo que aprender a esperar sin saber si alguna vez lo haría.
—¿Qué significaría para ti? —pregunto.
Cassian tarda.
—¿La marca?
—Sí.
—No existe una respuesta corta.
—Tenemos tiempo.
Mira nuestras manos.
—Para mi lobo, significaría completar algo que ya considera verdadero.
El vínculo vibra.
Su lobo está escuchando.
—¿Y para ti?
Sus ojos vuelven a mí.
—Elegirme.
Mi respiración se detiene.
No pertenecerme .
No ser mi Reina .
No completar el vínculo .
Elegirme.
—Eso es injustamente preciso.
—No intentaba serlo.
—Mientes.
—Un poco.
Sonrío, pero la emoción no desaparece.
—¿Cambiaría algo?
Cassian piensa.
—Sí y no.
—Excelente respuesta.
—El vínculo sería más fuerte. Compartiríamos emociones con más claridad. Nuestros lobos estarían más conectados.
—¿Podrías saber lo que pienso?
—No.
—Gracias a Dios.
—Estoy de acuerdo.
Le golpeo el hombro.
Sonríe.
—¿Qué más?
—Nuestra distancia física tendría más efecto, especialmente durante los primeros meses. No necesariamente dolor, pero sí conciencia.
—¿Y políticamente?
Su expresión se endurece.
—Nada que yo vaya a permitir.
—Cassian.
—Preguntaste qué significa para mí.
—Estoy preguntando qué significaría legalmente.
Suspira.
—En algunos territorios, mucho.
—¿Aquí?
—La legislación Beaumont reconoce al Mate marcado del Alfa como consorte formal salvo renuncia expresa.
Mi cuerpo se pone rígido.
Él lo nota.
—Pero.
—Hay un pero.
—Puedes renunciar a cualquier rol institucional asociado sin afectar el vínculo.
Lo miro.
—¿Eso ya existe?
—Desde mis padres.
Mireille.
Por supuesto.
—¿Y la Corona?
—No te convertiría automáticamente en Reina.
La tensión disminuye.
—El Consejo no puede usar la marca para coronarte —continúa—. Ni yo.
—¿Podrían utilizarla como argumento?
—Lo harán.
La honestidad me gusta.
—Pero no cambia tu derecho a decir que no.
—Bien.
Silencio.
La palabra.
Sonrío.
Cassian lo nota.
—Te gusta ahora.
—No sé de qué hablas.
—Mentirosa.
Me acomodo contra el respaldo.
—¿Y si nunca acepto ser Reina?
Su respuesta llega sin pausa.
—Serás mi Mate.
—¿Eso basta?
El vínculo se tensa.
Cassian gira hacia mí.
—Tú bastas.
La garganta se me cierra.
—Eso fue demasiado.
—Preguntaste.
—Podías responder algo peor.
—Lo intentaré la próxima vez.
Me río.
Él acaricia mi mano.
—¿Quieres saber algo más?
Sí.
Muchísimo.
—¿Duele?
Su expresión cambia otra vez.
No por deseo solamente.
—Un poco.
—Eso no es específico.
—Depende de la persona.
—¿Cuánto?
—La mordida duele.
Liora se mueve con interés.
No ayudas.
Cassian continúa:
—Después el vínculo suele amortiguarlo rápido.
—¿Queda cicatriz?
—Sí.
Mi mano sube inconscientemente hacia el espacio entre mi cuello y hombro.
Él sigue el movimiento con los ojos.
El vínculo se calienta.
—Ahí.
Su voz cambia.
Liora responde.
Marca.
Maldición.
Bajo la mano.
—No mires así.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras haciendo un esfuerzo físico para permanecer sentado.
—Lo estoy.
Una risa se me escapa.
—Al menos eres honesto.
—Siempre en este tema.
—¿Porque tu lobo no te permite mentir?
—Porque tú ya tuviste demasiadas personas diciéndote qué significaba un vínculo.
Eso elimina mi sonrisa.
Cassian no aparta la mirada.
—Si algún día quieres la marca, necesito que sepas exactamente qué es y qué no es.
—¿Y si después me arrepiento?
La pregunta sale sola.
Su rostro se endurece por dolor.
No posesión.
Dolor.
Pero responde.
—Buscaríamos una forma de vivir con eso.
—No es fácil romper una marca.
—No.
—En algunos casos puede matar al lobo.
—Sí.
—Entonces no es una decisión pequeña.
—Nunca dije que lo fuera.
Mi corazón late fuerte.
Eso era parte de mi miedo.
No Cassian.
La permanencia.
Una marca no es una relación que terminas y después divides muebles.
El cuerpo recuerda.
El lobo recuerda.
Arthur nunca me marcó.
Estábamos destinados a hacerlo después de la ceremonia de unión, cuando yo asumiera como Luna.
No llegamos.
Durante mucho tiempo pensé que había sido una bendición.
Si Arthur me hubiera marcado antes del rechazo...
No sé qué habría ocurrido con Liora.
Conmigo.
Quizá habría sido peor.
Mucho peor.
Cassian siente el cambio.
—Arthur.
No es pregunta.
Asiento.
—Me alegra que no me marcara.
Las palabras suenan terribles.
Pero son verdad.
—Yo también.
No hay celos en su respuesta.
Solo alivio.
—Eso hace que tenga miedo de querer esto contigo —admito.
Cassian aprieta mi mano.
—Entonces no lo hagas todavía.
—No dije que no quiera.
—Puedes querer algo y esperar.
Mireille.
La libertad también puede ser un sí.
Respiro.
—¿Cuánto esperarías?
Se queda quieto.
—¿Qué?
—Si te dijera que no estoy lista ahora, ¿cuánto tiempo esperarías?
La respuesta debería ser romántica.
Siempre.
Algo de novela.
Cassian no hace eso.
Piensa.
Después dice:
—Hasta que dejes de querer que espere.
Parpadeo.
—Eso fue mejor que “siempre”.
—Siempre puede convertirse en presión.
Maldita sea.
—Deja de aprender cosas.
—No.
Me acerco.
Apoyo la cabeza sobre su hombro.
—Liora quiere la marca.
El cuerpo de Cassian se pone rígido.
Su lobo golpea el vínculo.
Mate.
Marca.
Nuestra.
—Lo imaginaba.
—Es insoportable.
—Coincido.
—Dice la palabra en reuniones.
—Él la dice mientras duermo.
Levanto la cabeza.
—¿En serio?
—Sí.
—Eso explica algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—Nada.
—Anabella.
—Nada.
Sonríe.
Después su expresión vuelve a ponerse seria.
—Tu loba puede quererlo antes que tú.
—Lo sé.
—No significa que debas hacerlo.
—También lo sé.
—Bien.
Lo miro.
—No arruines la palabra.
—Jamás.
El asunto debería terminar ahí.
No termina.
Naturalmente.
Porque una vez que permito que la pregunta exista, empieza a aparecer en todas partes.
Al día siguiente, durante una reunión de Virelli, miro mi reflejo en una ventana y pienso en una marca sobre mi piel.
No como símbolo político.
Como algo de Cassian.
Eso me irrita.
Más tarde, revisando cláusulas de la comisión, escribo durante treinta minutos sobre la necesidad de separar los derechos legales de los efectos biológicos de los vínculos.
Pienso en la marca.
Esa noche Cassian me besa el cuello y mi cuerpo reacciona con tanta intensidad que él se detiene.
No porque yo lo pida.
Porque siente a Liora.
La emoción atraviesa el vínculo.
Él se aparta apenas.
Yo abro los ojos.
—¿Por qué paraste?
Cassian está sobre mí, apoyado en un brazo.
Su respiración es pesada.
—Liora.
—¿Qué pasa con ella?
Me mira.
No responde.
Ah.
La siento.
Marca.
Calor sube por mi cuello.
—No significa...
—Lo sé.
La respuesta es inmediata.
Se aparta más.
Eso me molesta.
—No tienes que huir.
—No huyo.
—Te moviste medio metro.
—Precaución.
—Cassian.
Se sienta al borde de la cama.
Lo observo.
Su espalda está tensa.
No comprendo hasta que lo hago.
Está protegiéndome de sí mismo.
Otra vez.
No de manera paternalista.
Está aterrorizado de que su deseo se convierta en presión.
Me siento.
La sábana cae hasta mi cintura.
—Mírame.
Lo hace.
Sus ojos están oscuros.
Su lobo demasiado cerca.
—No voy a pensar que estás intentando marcarme solo porque me beses el cuello.
—No estoy seguro de poder controlar del todo a mi lobo si...
Se detiene.
—Si qué.
—Si tú quieres.
Mi corazón golpea.
—¿Cómo sabría que quiero?
—Lo sentiría.
Ah.
—¿Aunque yo no diga nada?
—Probablemente.
Eso cambia algo.
No malo.
Solo real.
—Entonces si algún día lo quiero...
Cassian respira.
—Dímelo.
—¿Aunque lo sientas?
—Sí.
—¿Por qué?
Su mirada no se mueve.
—Porque necesito escucharte.
El silencio se llena.
No de tensión.
De significado.
Yo pasé años esperando que Arthur entendiera sin que yo dijera.
Que viera.
Que creyera.
Que supiera.
Cassian puede literalmente sentirme y aun así quiere palabras.
—Bien —susurro.
Cierro los ojos.
La palabra otra vez.
Esta vez es nuestra.
La decisión llega tres noches después.
Sin Consejo.
Sin luna llena.
Sin ceremonia.
Sin ninguna tragedia que nos recuerde que la vida es breve.
Llega un jueves.
A las diez y cuarenta y dos.
Estoy en el penthouse.
Descalza.
Con el cabello recogido de cualquier manera y un pantalón de pijama que Lucía asegura que debería ser destruido por razones estéticas.
Cassian está en la cocina preparando té.
Eso es todo.
El hombre más poderoso del continente está intentando recordar dónde guardé la canela.
—Segundo cajón.
—No está.
—Sí está.
Lo abre.
—No.
Me levanto del sofá.
Voy hacia él.
Abro el cajón.
La canela está frente a su mano.
Cassian la mira.
Después a mí.
—Alguien la movió.
—Está literalmente delante de ti.
—No estaba.
—Eres el Rey Alfa.
—Eso no mejora mi visión.
—Preocupante para el continente.
Le entrego el frasco.
Nuestros dedos se rozan.
Liora aparece.
No dice marca.
Eso me sorprende.
Solo:
Él.
Miro a Cassian.
Está concentrado en el té.
No sabe.
Por primera vez entiendo la diferencia.
Liora quiere una marca porque reconoce a su Mate.
Yo quiero algo distinto.
Quiero a este hombre.
El que movió ejércitos por mí y tuvo que aprender cuándo no hacerlo.
El que puede entrar en una sala y conseguir silencio sin pedirlo, pero se detiene frente a una puerta si cree que necesito elegir si abrirla.
El que me sostuvo cuando Liora volvió sin atribuirse el mérito.
El que me dejó ir.
El que esperó.
El que vio a Arthur y no me pidió que odiara mi pasado para tranquilizar su presente.
El que acepta que pueda ser Reina o no.
Que trabaje.
Que discuta con él.
Que integre una comisión que quizá limite sus propias facultades.
El hombre que ahora está leyendo instrucciones de una caja de té como si fuera un tratado internacional.
Sonrío.
Cassian levanta la vista.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara habla.
—Estaba pensando.
—Peligroso.
—Mucho.
Se vuelve hacia la encimera.
—¿Miel?
—Sí.
Abre un armario.
No debería ocurrir así.
Pienso eso.
Una decisión tan grande debería necesitar un momento más elegante.
Una cena.
Una conversación.
Tal vez ropa que no tenga pequeños limones estampados.
Pero entonces recuerdo a Mireille.
La Corona.
Arthur.
La comisión.
Toda mi vida intentando que las decisiones importantes se ajustaran a la forma que otros esperaban.
No.
Quiero esto.
Aquí.
Sin espectadores.
Sin política.
Sin perfección.
—Cassian.
—¿Sí?
No gira inmediatamente.
Está midiendo miel.
—Mírame.
Eso sí lo hace.
Algo en mi voz debe alertarlo.
Deja la cuchara.
Su cuerpo queda quieto.
—¿Qué pasa?
Camino hacia él.
Un paso.
Después otro.
Me detengo cerca.
—Nada malo.
La tensión baja apenas.
Tomo su mano.
Cassian me observa.
No sé cómo decirlo sin que parezca una frase preparada.
Así que no intento hacerlo bien.
—Quiero que me marques.
El mundo se detiene.
No metafóricamente.
Para Cassian, parece hacerlo.
Su cuerpo no se mueve.
Su expresión tampoco.
El vínculo desaparece durante un segundo bajo una oleada tan intensa de emoción que no puedo distinguir nada.
Después:
Mate.
Nuestra.
Marca.
Su lobo golpea.
Cassian cierra los ojos.
—No.
Parpadeo.
—¿Qué?
Sus ojos se abren.
—No así.
Me quedo completamente confundida.
—¿Así cómo?
—No puedes decir eso mientras llevas ese pantalón.
Lo miro.
Después miro mis limones.
Vuelvo a mirarlo.
—Voy a matarte.
El sonido que sale de él está entre una risa y una exhalación desesperada.
Sus manos llegan a mi cintura.
—Necesitaba respirar.
—Casi te golpeo.
—Lo sé.
—Pensé que estabas rechazándome.
Su rostro cambia inmediatamente.
—Nunca.
La palabra es feroz.
Demasiado.
Suaviza las manos.
—Nunca de esa forma.
El corazón me late en la garganta.
—Entonces...
Cassian no se mueve.
—Necesito que estés segura.
—Lo estoy.
—Anabella.
—No.
Levanto una mano.
—No hagas esto.
Frunce el ceño.
—¿Qué cosa?
—No conviertas mi decisión en una investigación.
—Es permanente.
—Lo sé.
—Puede doler.
—Lo sé.
—El vínculo...
—Sé todo lo que me explicaste.
Silencio.
—Cassian, llevo días pensando.
—¿Días?
—Semanas, probablemente.
La sorpresa cruza su cara.
—No te lo dije porque necesitaba saber si lo quería yo o si era Liora, la política, tu manada, la Corona o...
Respiro.
—Pero ya lo sé.
Él no pregunta.
Espera.
Eso me permite decirlo.
—No quiero que me marques porque seas mi Mate.
Su expresión cambia.
—Quiero que me marques porque eres tú.
El vínculo se rompe abierto.
No encuentro otra forma de describirlo.
Cassian me atrae contra él.
No me besa.
Todavía no.
Apoya su frente contra la mía.
Sus manos tiemblan.
Cassian Beaumont.
El Rey Alfa.
Tiembla.
—Dilo otra vez.
Sonrío entre lágrimas que no sabía que estaban ahí.
—Quiero que seas tú.
Cierra los ojos.
Su respiración se rompe.
—Anabella.
—Te elijo a ti.
Su lobo ruge.
Liora responde.
Pero mi voz es la que importa.
—No a la Corona.
—Lo sé.
—No a Beaumont.
—Lo sé.
—No porque la Diosa decidió.
Sus ojos se abren.
—Lo sé.
—A ti.
Cassian me besa.
No es suave.
Tampoco desesperado.
Es algo contenido durante demasiado tiempo encontrando finalmente un lugar donde existir.
Mis manos llegan a su rostro.
Él me levanta.
No protesto.
Esta vez no.
Rodeo su cintura con las piernas mientras me lleva fuera de la cocina.
—El té —murmuro contra su boca.
—Que se queme.
—Eso es dramático.
—Anabella.
—Bien.
Se detiene.
Lo miro.
Él también.
—No uses esa palabra ahora.
Empiezo a reír.
Cassian esconde la cara contra mi cuello.
Siento sus dientes apenas rozar mi piel.
No muerde.
Todavía.
Mi cuerpo entero responde.
Liora avanza.
Marca.
Esta vez no le digo que calle.
—Cassian.
Levanta la cabeza.
—¿Sí?
No necesito preguntarme si escucha el consentimiento en mi voz.
Ya se lo di.
Pero él espera.
Como prometió.
Necesita las palabras.
Toco el lado de mi cuello.
El lugar.
—Aquí.
Sus ojos se oscurecen.
—Sí.
—Esta noche.
Su respiración se detiene.
—Sí.
—Sin Consejo.
—Nunca.
—Sin ceremonia.
—Solo nosotros.
—Sin Corona.
Cassian me aprieta contra él.
—Solo tú y yo.
Sonrío.
—Y dos lobos insoportables.
Por primera vez, su risa no consigue ocultar que tiene los ojos húmedos.
—Y dos lobos insoportables.
Lo beso otra vez.
Y mientras me lleva hacia nuestra habitación, comprendo por qué esta decisión no necesitó sentirse como las decisiones importantes que imaginaba cuando era más joven.
No estoy entrando en una vida elegida para mí.
No estoy aceptando un destino porque creo que rechazarlo sería desafiar a la Diosa.
No estoy intentando conservar a un hombre que podría elegir a otra.
No estoy demostrando que soy suficientemente buena para ser Luna.
No estoy aceptando una Corona.
Ni una manada.
Ni un cargo.
Estoy eligiendo una persona.
Conociendo sus defectos.
Su necesidad de control.
Sus errores.
Su lobo imposible.
La forma en que ama.
La forma en que aprendió.
La forma en que sigue aprendiendo.
Y sabiendo también que él conoce los míos.
Arthur fue mi primer Mate.
Durante mucho tiempo pensé que eso significaba que debía ser mi única historia.
Después pensé que Cassian, por ser el segundo, tenía que demostrar que el destino podía corregirse.
Ahora comprendo que ambos pensamientos estaban equivocados.
La Diosa puede unir.
Puede reconocer.
Puede ofrecer.
Pero hay una parte que nunca hizo por nosotros.
Elegir qué hacemos después.
Esta parte es mía.
Cassian abre la puerta de la habitación.
Se detiene antes de entrar.
Todavía sosteniéndome.
—Última oportunidad para cambiar de opinión.
Lo miro.
—¿Antes de entrar en nuestra propia habitación?
—Sabes a qué me refiero.
Sí.
Lo sé.
Toco su rostro.
—No voy a cambiarla.
—¿Segura?
Sonrío.
—Cassian.
—Necesito...
—Estoy segura.
Su lobo se calma.
No completamente.
Eso sería imposible.
Pero escucha.
Liora también.
—Entonces ven —susurro.
Esta vez soy yo quien cruza la puerta primero.
Y por primera vez en mi vida, cuando pienso en recibir la marca de un Mate, no siento que estoy cumpliendo una promesa escrita por alguien más.
Estoy haciendo una.
Mía.
