La marca que nadie vio
La marca que nadie vio
Cassian
He esperado este momento durante tanto tiempo que debería saber qué hacer con él.
No sé.
Anabella cruza la puerta de nuestra habitación delante de mí y mi lobo intenta arrancarme el control del cuerpo.
No parcialmente.
No con esa presión constante que llevo meses administrando.
Lo quiere todo.
Ahora.
Mate.
Marca.
Nuestra.
Cierro la puerta.
Despacio.
Necesito ese pequeño gesto absurdo para recordar que sigo siendo un hombre antes que un lobo.
Anabella se gira.
Está descalza.
Lleva ese pantalón ridículo de limones que hace quince minutos me pareció una ofensa estética y que ahora probablemente voy a recordar durante el resto de mi vida.
Tiene el cabello recogido de forma imperfecta.
No lleva maquillaje.
No hay joyas.
No hay vestido.
No hay testigos.
No hay sacerdotes.
No hay Consejo.
No hay Corona.
Perfecto.
Mi lobo vuelve a golpear.
Marca.
Sí.
Pero todavía no.
Anabella me observa.
—Estás pensando demasiado.
Mi respiración se rompe en algo parecido a una risa.
—Eso es nuevo.
—No para ti.
—Normalmente me acusas de actuar antes de preguntar.
—Crecimiento.
La palabra aparece acompañada de una sonrisa pequeña.
La miro y el pecho me duele.
No porque tema que cambie de opinión.
Podría.
Hasta el último segundo.
Y si lo hace, sobreviviré.
Mi lobo probablemente intentará matarme desde dentro durante unos años, pero sobreviviré.
Lo que me destruye es saber que no lo hizo.
Que está aquí.
Porque quiere.
Ella.
No su loba.
No la Diosa.
Ella.
Te elijo a ti.
Las palabras siguen dentro de mí.
No sé qué hacer con ellas.
He recibido juramentos de territorios enteros.
Promesas militares.
Acuerdos firmados por hombres que gobernaban antes de que yo naciera.
La Corona fue colocada sobre mi cabeza frente a miles de personas.
Nada se parece a cuatro palabras dichas por una mujer en pantalones de limones.
Anabella inclina ligeramente la cabeza.
—Cassian.
—¿Sí?
—Ven.
Mi lobo ruge.
Camino hacia ella.
No demasiado rápido.
Eso requiere más disciplina de la que quiero admitir.
Cuando quedo frente a ella, Anabella apoya ambas manos sobre mi pecho.
Siente mi corazón.
No necesito preguntarlo.
Va demasiado rápido.
—Estás nervioso.
—No.
Levanta una ceja.
—Puedo sentirte.
Maldición.
—Estoy controlado.
—Eso no fue lo que dije.
Sus dedos suben hasta mi cuello.
—Tiemblas.
La palabra me humilla.
Porque es verdad.
—Anabella.
—No me molesta.
Me quedo quieto.
Ella me mira de una forma que no puedo soportar durante demasiado tiempo.
No hay miedo.
Hay emoción.
Deseo.
También algo de incertidumbre.
Bien.
Debería haberla.
Las decisiones permanentes que no producen ninguna duda suelen ser malas decisiones.
Tomo su rostro con ambas manos.
—Una vez más.
Ella exhala.
—Cassian.
—Necesito escucharlo.
No parece irritarse.
Eso me ayuda.
—Quiero la marca.
Mi lobo golpea tan fuerte que cierro los ojos.
—De ti —añade.
Los abro.
Anabella no aparta la mirada.
—Esta noche. Sin ceremonia. Sin nadie más. No porque seas Rey. No porque seas mi Mate. Porque eres tú.
Trago.
—Y si quiero que pares...
—Paro.
—Aunque ya hayas empezado.
—Sí.
—Aunque tu lobo no quiera.
—Él obedecerá.
Mi lobo gruñe.
Lo hará.
No le gusta.
No importa.
Anabella sonríe apenas.
—Está protestando.
—No tiene voto.
—Eso parece injusto.
—Sobre tu cuerpo, no.
La sonrisa desaparece.
No por incomodidad.
Por algo más profundo.
Sus ojos se humedecen.
—Eso.
—¿Qué?
—Eso es por lo que puedo hacerlo.
Mi pecho se cierra.
La beso.
Lento al principio.
Necesito que el momento siga siendo humano.
Necesito recordar cada parte.
La forma en que sus labios se abren.
Sus manos sobre mi cuello.
El sonido bajo que hace cuando la acerco.
La manera en que Liora se mueve detrás de ella sin intentar tomar el control.
Los dos lobos saben.
Pero esperan.
Nosotros primero.
Eso importa.
Anabella se aparta apenas.
—¿Siempre imaginaste esto?
Sí.
Demasiadas veces.
—No deberías preguntarme eso.
—Ahora quiero saber.
Paso el pulgar por su mejilla.
—Desde que entendí quién eras.
—Eso no responde.
—Sí.
—¿Cómo?
La miro.
—De demasiadas formas.
—Cassian.
—Algunas involucraban menos ropa.
Ella se ríe.
El sonido rompe algo de la tensión.
Gracias.
—Eso era predecible.
—Preguntaste.
—¿Y las otras?
Ahí sí necesito pensar.
—Al principio imaginaba una ceremonia.
Su expresión cambia.
—¿En serio?
—Porque eso era lo que conocía. Una marca pública. Reconocimiento formal. La manada. El Consejo.
—Todo lo que yo no quería.
—Sí.
—¿Cuándo cambió?
No necesito buscar la respuesta.
—Cuando comprendí que si la marca necesitaba espectadores para significar algo, entonces no era nuestra.
Anabella permanece quieta.
—Y después de la audiencia...
—Después de la audiencia dejé de querer que alguien pudiera usarla como argumento.
—¿Ni siquiera Beaumont?
—Ni siquiera ellos.
—¿Tu madre?
—Mi madre probablemente sabrá antes del desayuno.
Anabella se ríe.
—Eso es verdad.
—Pero no porque la invitemos.
La beso otra vez.
Esta vez el control empieza a erosionarse.
Su cuerpo se pega al mío.
Mis manos bajan por su espalda.
Ella me empuja suavemente hacia la cama.
Eso me sorprende suficiente para detenerme.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara habla.
—Estoy empezando a odiar esa frase.
—Te toca.
Me siento en el borde.
Anabella queda entre mis piernas.
La observo.
—¿Qué estás haciendo?
—Tomando una decisión.
—Ya la tomaste.
—Otra.
Su mano va al borde de su camiseta.
Mi respiración se detiene.
—Anabella.
—No me distraigas.
—No dije nada.
—Tu cara gritó.
Levanta la camiseta.
No hay prisa.
No hay una intención de seducirme como si tuviera algo que demostrar.
Solo confianza.
La prenda cae al suelo.
Mi lobo pierde aproximadamente la mitad de la razón que le quedaba.
Anabella me mira.
—Cassian.
—Estoy bien.
—Mentiroso.
—Estoy sobreviviendo.
—Dramático.
—No sabes lo que está ocurriendo dentro de mi cabeza.
—Probablemente me alegra.
Sonríe.
Después toca el lugar entre su cuello y hombro.
Exactamente donde me lo mostró en la cocina.
—Aquí.
Mi cuerpo entero se tensa.
—Sí.
La palabra sale casi irreconocible.
Anabella sostiene mi mirada.
—Quiero saber qué vas a hacer.
Asiento.
Le explico.
No porque no lo sepa.
Porque me lo está pidiendo ahora.
—Voy a besarte ahí primero.
Sus labios se curvan.
—Eso parece soportable.
—Después mi lobo va a acercarse.
—¿Tú cambias?
—No completamente.
—¿Los dientes?
—Sí.
Su respiración cambia.
No miedo.
Deseo.
Lo siento.
Mi lobo también.
Se vuelve insoportable.
Marca.
Espera.
—La mordida será rápida —continúo—. Va a doler más los primeros segundos.
—¿Y después?
—El vínculo debería abrirse.
—¿“Debería”?
—Cada pareja es distinta.
—Muy tranquilizador.
—No voy a mentirte.
—Bien.
Otra vez esa palabra.
Nuestra palabra ahora.
—Después tu cuerpo empezará a cerrar la herida —digo—. Quedará la marca.
Anabella pasa los dedos por mi cuello.
—¿Y yo puedo marcarte?
Mi lobo explota.
Me quedo inmóvil.
No esperaba esa pregunta.
No esta noche.
—Sí.
—¿Tiene que ser ahora?
—No.
—¿Quieres que lo haga?
No puedo responder de inmediato.
Ella lo nota.
—Cassian.
—Sí.
La palabra sale brutal.
Honesta.
—Pero no necesitas hacerlo porque yo te marque.
—Lo sé.
—No necesito reciprocidad inmediata.
—Lo sé.
—Anabella...
—Estoy preguntando porque quiero saber.
Respiro.
—Sí. Quiero tu marca.
La vulnerabilidad de decirlo me resulta casi peor que desnudarme frente a un ejército.
Su expresión cambia.
—¿Por qué nunca lo dijiste?
—Porque tú apenas estabas considerando dejar que te marcara.
—Eso no responde.
—Porque pedir la tuya habría convertido el momento en intercambio.
Silencio.
—Y no quiero eso.
Ella me observa durante varios segundos.
—Bien.
No sé qué significa.
No pregunto.
Todavía.
Anabella toca mi rostro.
—Ahora bésame.
Eso sí sé hacerlo.
La habitación se vuelve demasiado pequeña.
No porque haya cambiado.
Porque todo se concentra.
Su respiración.
Mi cuerpo.
El vínculo todavía incompleto entre nosotros.
Liora.
Mi lobo.
El lugar de su cuello que no puedo dejar de mirar.
La llevo hacia la cama.
No pienso en coronas.
No pienso en tradición.
Ni siquiera pienso en cuánto tiempo esperé.
Solo en ella.
En que cada vez que mis manos recorren su cuerpo, Anabella responde porque quiere que siga.
En que no está quieta.
No recibe.
Participa.
Me toca.
Me busca.
Se ríe cuando choco una rodilla contra el borde de la cama.
Eso no estaba en ninguna de mis fantasías.
—¿Te lastimaste?
—No.
—Sonó fuerte.
—No ocurrió.
—Acabo de verlo.
—Propaganda.
Se ríe otra vez.
Dios.
Quiero esto.
No solamente la marca.
Esto.
Las partes ridículas.
La cama desordenada.
Sus manos frías sobre mi espalda.
El hecho de que pueda arruinar el momento más importante de mi vida riéndose de mi rodilla.
Casa.
Mi lobo lo dice.
Esta vez no lo corrijo.
Sí.
Casa.
Cuando nuestros cuerpos finalmente se aquietan, Anabella queda debajo de mí respirando con fuerza.
Beso su frente.
Su mejilla.
Su mandíbula.
No quiero ir directamente a su cuello.
Tengo que hacerlo despacio o voy a perder el control.
Ella lo comprende.
Sus manos se quedan sobre mi espalda.
—Estoy aquí.
La frase casi me destruye.
—Lo sé.
—No parece.
—Estoy intentando no convertir esto en un desastre.
—¿Por qué sería un desastre?
—Porque mi lobo lleva meses esperando.
—El mío también.
Liora responde.
Marca.
Anabella sonríe.
—¿La escuchaste?
—No las palabras.
—Está diciendo marca.
Cierro los ojos.
—Él también.
—Qué románticos.
Una risa áspera sale de mí.
—Son animales.
—Nosotros tampoco estamos mostrando un nivel altísimo de sofisticación.
La miro.
—¿Quieres detenerte a analizarlo?
—Definitivamente no.
Bien.
Beso su clavícula.
Después subo.
Lentamente.
Su pulso late bajo mi boca.
Mi lobo avanza.
No tomo todavía.
Beso el lugar.
Una vez.
Anabella se estremece.
Otra.
Sus dedos se hunden en mi espalda.
El vínculo se calienta.
No está abierto completamente, pero suficiente.
Deseo.
Confianza.
Nervios.
La siento.
Ella me siente.
—Cassian.
Me detengo.
—¿Sí?
Su respiración tiembla.
—Hazlo.
Mi lobo golpea.
No.
Todavía una cosa.
—Mírame.
Anabella gira el rostro.
Nuestros ojos se encuentran.
No entiendo por qué necesito esto tanto.
Tal vez porque una mordida pertenece al lobo.
Pero su decisión pertenece a ella.
—¿Segura?
No se irrita.
No esta vez.
—Sí.
Una pausa.
—Te elijo.
Ahí.
El control desaparece.
No por completo.
Nunca lo permitiría.
Pero suficiente.
Mi lobo sube.
Los dientes cambian.
Siento el poder animal recorrer mi mandíbula.
Anabella no aparta la mirada hasta el último segundo.
Después inclina el cuello.
Para mí.
No.
No para mí.
Porque quiere.
La diferencia será siempre importante.
Beso una vez más el lugar.
Y muerdo.
El primer sonido que hace Anabella me atraviesa como un cuchillo.
Dolor.
Mi instinto grita que pare.
Mi lobo grita que termine.
Dura segundos.
Dos.
Tal vez tres.
No lo sé.
El tiempo deja de funcionar.
Siento la piel.
La sangre.
El vínculo.
Y entonces todo se abre.
No existe otra palabra.
Abre.
Anabella entra en mí.
No sus pensamientos.
Nunca sus pensamientos.
Algo más profundo.
Emoción sin filtros.
Su sorpresa.
El dolor retrocediendo.
Liora.
Dios.
Liora.
La loba no es una presencia distante ahora.
Está ahí.
Marrón oscuro.
Viva.
Fuerte.
No rota.
Nunca rota.
Nuestro lobo la reconoce y el rugido que me sale del pecho no es humano.
Anabella se arquea contra mí.
Retiro los dientes inmediatamente.
La herida empieza a cerrar.
Lamo la sangre por puro instinto.
Después vuelvo a forma completamente humana.
—Anabella.
Ella respira.
No responde.
El miedo me golpea.
—Anabella.
Sus ojos se abren.
Están llenos de lágrimas.
Mi corazón se detiene.
—¿Dolor?
Niega.
—¿Qué pasa?
Otra negación.
—Háblame.
—Cállate un segundo.
Me quedo inmóvil.
Bien.
Respira.
Espera.
Mi lobo protesta.
Lo obligo a quedarse quieto.
Anabella cierra los ojos.
Y entonces el vínculo cambia.
Alegría.
Llega tan fuerte que casi pierdo el aire.
Alegría.
No alivio.
No solamente amor.
Alegría pura.
Liora corre detrás de ella.
No físicamente.
La siento.
Como si el espacio entre nuestras dos naturalezas hubiera desaparecido.
Anabella abre los ojos.
—Puedo sentirte.
La frase sale entre una risa y un sollozo.
—Sí.
—Muchísimo.
—Lo sé.
—Eso es...
No termina.
Yo tampoco podría.
Mi propia emoción debe estar golpeándola porque de repente empieza a reír.
—¿Qué?
—Estás aterrorizado.
Eso hiere mi dignidad.
—No.
—Cassian.
—Estoy atento.
—Estás aterrorizado.
—Acabo de morderte.
—Con mi permiso.
—Eso no elimina...
Se detiene.
Me toca el rostro.
—Estoy bien.
El vínculo lo confirma.
No necesito preguntarlo.
Está bien.
Dolor leve.
Emoción enorme.
Cansancio.
Amor.
La palabra no aparece como pensamiento.
Pero la siento.
Sé qué es.
Tal vez porque la mía responde.
La beso.
Esta vez con una suavidad que mi lobo considera ofensiva.
No me importa.
—Déjame verla.
Anabella gira ligeramente.
La marca ya está formándose.
Dos medias lunas oscuras alrededor del lugar donde mis dientes entraron.
No es grande.
No necesita serlo.
Mi pecho se comprime.
—¿Está fea?
La miro con indignación.
—No.
—Estás haciendo una cara extraña.
—Es...
No puedo decirlo.
Ridículo.
He negociado tratados en tres idiomas.
Puedo dar discursos frente a miles de personas sin notas.
No encuentro una palabra.
Anabella sonríe.
—¿Bonita?
—Mía.
La palabra sale antes de que pueda detenerla.
Su ceja se levanta.
Maldición.
—En sentido emocional —corrijo.
Empieza a reír.
—Muy diplomático.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí.
Su mano sube hacia la marca.
La detengo suavemente.
—Todavía está sensible.
—¿Cuánto?
—Unas horas.
—¿Mañana?
—Probablemente molestará.
—¿Y si tengo reunión?
—Puedes cancelarla.
Me mira.
Corrijo inmediatamente.
—Puedes decidir cancelarla.
—Mejor.
—También podrías trabajar desde aquí.
—Eso suena como una sugerencia.
—Lo es.
—Aceptable.
Mi lobo continúa demasiado cerca.
No deja de repetir:
Nuestra.
Nuestra.
Nuestra.
—Está insoportable —digo.
Anabella sonríe.
—Liora también.
—¿Qué dice?
Su expresión se vuelve dulce.
—Casa.
Mi garganta se cierra.
—Otra vez.
—Sí.
—¿Solo eso?
Anabella cierra los ojos.
Escucha.
Después los abre.
—Él.
Miro hacia otro lado.
Necesito un segundo.
—Cassian.
—Estoy bien.
—Ahora eres tú quien necesita dejar de decir eso.
Tiene razón.
Odio cuando tiene razón.
Anabella toca mi pecho.
—Ven.
Me recuesto junto a ella.
Inmediatamente se acomoda contra mí.
Su cabeza sobre mi pecho.
Una pierna sobre las mías.
El vínculo sigue reorganizándose.
Cada vez que respira, la siento.
No todo.
Gracias a Dios.
Pero mucho más.
Su cansancio.
El leve dolor en el cuello.
Satisfacción.
Curiosidad.
Y debajo...
Paz.
Eso es lo que finalmente rompe algo dentro de mí.
No necesitaba marcarla para saber que me amaba.
No necesitaba esto para saber que me había elegido.
Pero sentir su paz después...
Cierro los ojos.
Durante meses tuve miedo de convertirme en otra obligación.
Otra fuerza imponiéndose sobre ella en nombre de algo más grande.
La Diosa.
La seguridad.
La Corona.
La política.
Mi lobo.
Yo.
Ahora no hay nadie más en la habitación.
Y ella está en paz.
Anabella levanta la cabeza.
—Estás llorando.
Maldición.
—No.
Toca debajo de mi ojo.
Traición biológica.
—Esto es una lágrima.
—Una.
—Cuenta.
—No.
Su sonrisa se vuelve enorme.
—El Rey Alfa lloró por una marca.
—No vas a decirle a nadie.
—Lucía pagaría por esta información.
—Anabella.
—Niccolas también.
—Puedo disolver tu comisión.
Su expresión cambia inmediatamente.
Yo cierro los ojos.
—Mala broma.
—Muy mala.
—La retiro.
—Bien.
Silencio.
Después se ríe.
—Tu cara.
—No.
—Entraste en pánico.
—Con razón.
—Estoy molestando.
—Lo sé ahora.
El vínculo va a ser una pesadilla.
Ella puede sentir demasiado.
—Esto cambia nuestras discusiones —digo.
—Muchísimo.
—No me gusta.
—A mí sí.
—Porque eres manipuladora.
—Eficiente.
Apoya la cabeza otra vez.
Pasamos algunos minutos sin hablar.
Entonces siento algo.
Curiosidad.
Fuerte.
Anabella se incorpora.
—Quiero marcarte.
Todo mi cuerpo queda inmóvil.
No.
No puede decir eso casualmente.
No después de haberme arrancado años de control en una sola noche.
—No tienes que hacerlo.
—Lo sé.
—No esta noche.
—Lo sé.
—Puedes esperar.
—Cassian.
—Tu cuerpo acaba de...
—Mírame.
Lo hago.
Esa frase se ha vuelto peligrosa.
Anabella está seria.
—Quiero hacerlo.
Mi lobo se vuelve completamente salvaje.
Mate.
Marca.
Nuestra.
Suya.
—¿Por qué?
Necesito saber.
No porque dude.
Porque ella me preguntó lo mismo.
Su mano sube hasta el lado de mi cuello.
—Porque no quiero solamente llevar algo tuyo.
Dejo de respirar.
—Quiero que tú lleves algo mío.
Anabella toca mi piel.
—No como intercambio.
—Entonces...
—Como elección.
Mi lobo ruge.
—Quiero que cuando todos miren al Rey y crean que nada puede tocarlo, haya una marca que diga que alguna vez decidiste dejar que alguien llegara suficientemente cerca.
No puedo hablar.
No tengo palabras.
Ella sonríe apenas.
—Y porque Liora está gritando tanto que voy a volverme loca.
Eso me hace reír.
Gracias.
Necesitaba respirar.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Anabella, no necesitas...
—Si vuelves a preguntarme tres veces, voy a cobrarte.
—¿Cuánto?
—Mucho.
—Tengo recursos.
—Arrogante.
—Preciso.
Su mano permanece en mi cuello.
—¿Aquí?
Sí.
Exactamente ahí.
Donde cualquier cuello de camisa podría cubrirlo si quisiera.
Donde también podría dejarlo visible.
—Sí.
Anabella me observa.
—Explícame.
Mi corazón se contrae.
Por supuesto.
Le explico cómo marcarme.
La transformación parcial.
La presión.
Cómo dejar que Liora suba sin entregarle completamente el cuerpo.
Ella escucha con atención.
Pregunta.
Repite.
No improvisamos algo así.
Cuando finalmente entiende, queda frente a mí sobre las rodillas.
—¿Dolerá?
—Sí.
—Bien.
—Eso sonó preocupante.
—No quería decirlo así.
—Definitivamente sonó así.
Ríe.
Después se pone seria.
—¿Listo?
No.
Nunca.
—Sí.
Anabella toca mi rostro.
—¿Seguro?
La ironía.
Sonrío.
—Sí.
—¿Me eliges?
Ah.
No era una broma.
Miro a la mujer frente a mí.
La primera persona en años que puede acercarse a mí sin que mi cuerpo prepare inmediatamente una defensa.
La mujer que discutió conmigo, me dejó, volvió porque quiso y construyó condiciones para quedarse sin entregarme nunca el derecho a decidirlas.
La mujer a quien mi lobo reconoció antes de que yo tuviera el valor de admitir cuánto iba a necesitarla.
—Sí.
Mi voz se rompe.
No me importa.
—Te elijo.
Liora aparece detrás de sus ojos.
Los dientes cambian.
Anabella se acerca.
No tengo miedo del dolor.
Tengo miedo de cuánto quiero esto.
Su boca toca mi cuello.
Un beso.
Después otro.
Comprendo de golpe por qué ella temblaba.
Entonces muerde.
Dolor.
Breve.
Fuerte.
Y después...
Ella.
El vínculo termina de cerrarse.
No como una cadena.
Como una puerta abierta entre dos habitaciones.
Anabella.
Liora.
Mi lobo.
Yo.
Nosotros.
El rugido que sale de mí sacude el silencio del penthouse.
Anabella se aparta rápidamente.
Sus ojos están enormes.
—¿Te lastimé?
La atraigo contra mí.
—No.
—Eso fue un rugido.
—Sí.
—Cassian.
—Estoy bien.
—La palabra.
—Esta vez es verdad.
La abrazo.
Con tanta fuerza que inmediatamente aflojo.
—Perdón.
—No.
Sus brazos se cierran alrededor de mí.
—Así está bien.
Cierro los ojos.
Siento su marca empezar a cerrar sobre mi cuello.
Suya.
Mi lobo está casi delirando.
Liora responde.
Nuestro.
Nuestra.
Casa.
Manada.
Demasiado.
Hermoso.
Anabella ríe contra mi hombro.
—Están teniendo una conversación completa.
—Sí.
—Son insoportables.
—Mucho.
Nos quedamos así.
Marcados.
No coronados.
No anunciados.
No legitimados.
Solo nosotros.
A las dos y diecisiete de la mañana, Anabella duerme.
Yo no.
No puedo.
Está acurrucada contra mi costado, con una mano sobre mi pecho.
Su respiración es lenta.
La marca oscura en su cuello me resulta visible incluso con la luz tenue de la ciudad entrando por la ventana.
La mía arde suavemente.
Me gusta.
Eso probablemente dice cosas preocupantes sobre mí.
No importa.
Tomo el teléfono.
Ciento cuarenta y siete notificaciones.
Ninguna importante.
Lo apago.
Por completo.
La Corona puede esperar hasta mañana.
El continente sobrevivirá.
Miro a Anabella.
No voy a anunciarlo.
La decisión aparece sin esfuerzo.
No mañana.
Ni en una conferencia.
Ni con un comunicado.
La marca es visible.
Alguien eventualmente la verá.
No pienso ocultarla.
Tampoco pienso entregarla.
Si preguntan, responderemos lo que ella quiera.
Si el Consejo intenta convertirla en argumento para la Corona, encontrará una pared.
Si Beaumont celebra, será porque Anabella decide compartirlo.
Si mi madre descubre todo antes del desayuno, lo que es muy probable, tendrá que sobrevivir sin ceremonia.
Sonrío solo.
Mi padre habría entendido.
Pienso en él por primera vez esta noche.
No porque esta historia se parezca a la suya.
No lo hace.
Él eligió a mi madre cuando todos esperaban otra cosa.
Yo pasé meses intentando aprender que elegir a Anabella también significaba permitir que ella pudiera no elegirme.
Tal vez ese sea el verdadero legado.
No las coronas.
No las leyes.
La puerta abierta.
Anabella se mueve.
Sus ojos se abren apenas.
—¿Qué hora es?
—Temprano.
—Eso no es una hora.
—Duerme.
—¿Estás trabajando?
—No.
Sus ojos se abren más.
—¿Quién eres?
—Muy graciosa.
—¿Apagaste el teléfono?
—Sí.
Ahora parece realmente despierta.
—¿Estás enfermo?
—Anabella.
Se ríe.
Después su mano toca mi cuello.
La marca.
Sus dedos recorren el borde con cuidado.
El vínculo se llena de satisfacción.
—Me gusta.
Mi lobo responde tan fuerte que ella vuelve a reír.
—A él también.
—Mucho.
—¿Te arrepientes?
La pregunta me ofende tanto que casi me incorporo.
—No.
Anabella sonríe.
—Solo quería saber.
—Nunca.
La palabra sale.
Ella me mira.
Corrijo.
No porque sea falsa.
Porque hemos aprendido algo sobre absolutos.
—No ahora —digo—. Y si alguna vez algo cambia, te lo diré. Pero esta noche...
Tomo su mano y beso sus dedos.
—Esta noche es una de las mejores decisiones de mi vida.
Sus ojos se humedecen.
—Eso fue demasiado bueno.
—Estoy cansado.
—Te vuelve sentimental.
—No ocurrirá otra vez.
—Mentira.
Probablemente.
Anabella se acerca.
Apoya la frente contra mi pecho.
—Cassian.
—¿Sí?
—No quiero anunciarlo.
Mi mano se queda quieta sobre su espalda.
—No lo haremos.
—No quiero esconderlo tampoco.
—Entonces no lo escondemos.
—Si alguien lo ve...
—Que vea.
—Pero no quiero comunicado.
—No habrá.
—Ni Consejo.
—No.
—Ni reconocimiento oficial automático.
—Ya hablamos de eso.
—Lo sé.
Levanta la cabeza.
—Solo quería decirlo ahora.
—Puedes decirlo todas las veces que necesites.
Me observa.
—¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Qué quieres?
La pregunta me sorprende.
Mucho.
He pasado tanto tiempo concentrado en no presionar que olvidé que también puedo responder.
Pienso.
—Quiero que mi madre lo sepa.
Anabella sonríe.
—Sabía que dirías eso.
—No al Consejo.
—Bien.
—A Niccolas también.
—Eso me sorprende menos.
—Y quiero ir a Beaumont contigo cuando tú quieras.
—¿Por la manada?
—Sí.
—Van a saberlo.
—Probablemente antes de que bajemos del auto.
—Lobos entrometidos.
—Mucho.
Silencio.
—¿Algo más?
Miro su marca.
Después la mía.
—Quiero un día.
—¿Un día?
—Uno.
—¿Para qué?
—Para que esto no pertenezca a nadie más.
La emoción que llega a través del vínculo es tan cálida que casi cierro los ojos.
Anabella sonríe.
—Eso quiero yo también.
—Entonces mañana no salimos.
—Tengo trabajo.
—Desde aquí.
—Cassian.
—Tienes una computadora.
—Eso no es descanso.
—No pedí descanso. Pedí un día sin personas.
Ella piensa.
—¿Niccolas?
—Persona.
—Mireille.
—Especialmente persona.
—Lucía va a sospechar.
—Puede sospechar.
—Thorn tiene llamada a las tres.
—Puedes atenderla.
—Entonces técnicamente no será un día sin personas.
—Anabella.
—Estoy negociando.
Por supuesto.
Sonrío.
—Hasta las tres.
—Hasta las tres.
—Después apagamos todo.
—Trato.
Me besa.
Sencillo.
Cansado.
Perfecto.
Después vuelve a acomodarse sobre mí.
Sus ojos se cierran.
El vínculo se calma.
Casa.
Mi lobo.
Casa.
Liora responde.
Nuestro.
Miro el techo.
Por primera vez desde que heredé una Corona que nunca pedí, no siento el peso del continente esperando detrás de una puerta.
Solo el peso cálido de una mujer dormida sobre mi pecho.
Su marca en mi cuello.
La mía en el suyo.
Nadie la vio.
Nadie votó.
Nadie la aprobó.
Y quizá por eso es la cosa más legítima que he tenido.
***Queridas lectoras quedan cinco capítulios más, los estare subiendo todos juntos mañana a esta misma hora. Gracias por su apoyo y sus mensajes, este es uno de mis géneros favoritos. Saludos***
