No cambió nada
No cambió nada
A las siete y veintitrés de la mañana descubro que una marca de Mate no mejora la capacidad de Cassian para encontrar café.
Eso debería tranquilizarme.
No lo hace.
—Está en el mismo lugar de ayer.
Cassian mantiene abierta la puerta de un armario mientras observa su interior con una concentración que, considerando que ha dirigido operaciones militares, resulta preocupante.
—No está.
—Tercer estante.
—No.
Me acerco.
Miro dentro.
—Cassian.
—¿Qué?
Levanto una mano y tomo el paquete que está directamente frente a él.
Silencio.
Él mira el café.
Después a mí.
—Lo moviste.
—Dormí contigo toda la noche.
—Eso no excluye posibilidades.
—¿Sugieres que me levanté a escondidas para cambiar treinta centímetros un paquete de café?
—No conozco tus métodos.
Lo observo durante dos segundos.
Liora se mueve dentro de mí.
Nuestro.
—No lo defiendas.
Cassian frunce el ceño.
—¿Está hablando?
—Sí.
—¿Qué dice?
—Nada que necesites saber.
Su mirada se estrecha.
El vínculo vibra.
Curiosidad.
Satisfacción.
Algo deliciosamente arrogante que probablemente corresponde a su lobo.
Y ahí vuelve a suceder.
Lo siento.
Mucho más que ayer.
No pensamientos.
No frases.
Emociones.
Capas.
Antes el vínculo era como tocar una puerta cerrada y saber vagamente qué ocurría al otro lado.
Ahora la puerta ya no existe.
Eso debería resultarme aterrador.
Curiosamente, la parte más difícil hasta el momento es descubrir que Cassian se siente absurdamente satisfecho cada vez que me mira el cuello.
—Deja de hacerlo.
Sus ojos están precisamente ahí.
—¿Hacer qué?
—Mirar la marca.
—No la estoy mirando.
—Puedo sentirte.
Error.
Su boca se curva.
—Esto tiene ventajas.
—Para ti.
—Muchas.
—Voy a pedir una anulación.
Su satisfacción desaparece tan rápido que casi puedo tocarla.
Miedo.
Breve.
Violento.
Me quedo quieta.
Cassian también.
Oh.
—Era una broma.
—Lo sé.
No.
No lo sabía.
El vínculo no miente.
Me acerco.
—Cassian.
—Estoy bien.
—No uses esa palabra.
Su mandíbula se tensa.
Liora se acerca.
Él.
Toco el lado de su cuello.
Mi marca.
Está más oscura esta mañana.
La piel alrededor apenas enrojecida.
Cassian deja de respirar cuando mis dedos la rozan.
—No me arrepiento.
Sus ojos bajan hacia mí.
—Lo sé.
—No parece.
—Mi lobo es...
Busca una palabra.
—¿Dramático?
—Primitivo.
—También.
—La idea de perder la marca le parece equivalente al fin de la civilización.
—Qué razonable.
—Nunca dije que lo fuera.
Mi pulgar sigue el borde.
El vínculo se llena de una sensación tan intensa de pertenencia que mi estómago se contrae.
No posesión.
Eso me sorprende.
Es más parecido a reconocimiento.
Ella estuvo aquí.
Eligió esto.
Comprendo de pronto por qué Cassian no deja de mirar mi cuello.
Yo también llevo varios minutos tocando el suyo.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara habla.
Sonrío.
—Empiezo a comprenderlo.
Cassian me mira.
Después mira mi cuello otra vez.
—¿Comprender qué?
—Por qué eres insoportable.
—Eso no reduce posibilidades.
Me río.
Él se inclina y besa mi marca.
Suave.
Una vez.
Mi cuerpo entero responde.
Liora prácticamente se derrite.
—Traidoras —murmuro.
—¿Quiénes?
—Nadie.
—Anabella.
—Prepara café.
—Estaba intentando hacerlo.
—Llevas diez minutos.
—Hubo interrupciones.
Me giro para alejarme.
Cassian toma mi cintura y me lleva de nuevo contra él.
—Una.
—¿Qué?
—Una interrupción.
—¿Cuál?
Besa mi cuello otra vez.
—Esta.
Cierro los ojos.
—Tenemos un trato.
—Hasta las tres.
—Exactamente.
—Son las siete y veintiséis.
—Eso significa que quedan muchas horas.
Su lobo responde de una manera tan evidente que tengo que contener una sonrisa.
—Puedo sentir lo que estás pensando.
Cassian se queda completamente quieto.
—No puedes.
—No pensamientos.
—Entonces retira la acusación.
—No necesito pensamientos.
—Eso es jurídicamente débil.
—La comisión aún no regula evidencia de vínculos.
—Debería.
—Lo consideraré.
Su abrazo se cierra alrededor de mí.
—No uses la comisión contra mí.
—¿Por qué no? Es independiente.
—Empiezo a arrepentirme de apoyar esa estructura.
—No tienes participación.
—Eso sigue siendo ofensivo.
Me río.
Y durante varios segundos el mundo es exactamente esto.
Café.
Una cocina.
Un hombre que no sabe encontrar cosas colocadas frente a sus ojos.
Mi loba contenta.
Su lobo insoportablemente satisfecho.
Nada ha cambiado.
Todo ha cambiado.
La primera llamada llega a las ocho y cuatro.
Lucía.
Miro el teléfono sobre la mesa.
Cassian también.
No contesto.
La llamada termina.
Cinco segundos después llega un mensaje.
¿Por qué no contestas?
Después otro.
¿Estás viva?
Después:
Si estás teniendo sexo, ignora los mensajes.
Cassian lee desde mi hombro.
—No debería poder escribirte esas cosas.
Bloqueo la pantalla.
—Es Lucía.
—Eso no es una explicación.
—Es exactamente una explicación.
El teléfono vibra otra vez.
Definitivamente estás teniendo sexo.
Cassian toma el aparato.
—No.
Se lo quito.
—Ni se te ocurra.
—Voy a bloquearla.
—No vas a tocar mis contactos.
—Tiene un efecto negativo sobre nuestra privacidad.
—Nuestra privacidad sobrevivió años a Lucía.
—No estaba aquí.
—Precisamente.
Cassian mira mi teléfono como si representara una amenaza de seguridad continental.
—No contestes.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
Sonrío.
Él lo nota.
—¿Qué?
—Nada.
—Anabella.
—Te gusta que no conteste.
—Me gusta que tengamos un día.
Eso me alcanza de manera inesperada.
No me gusta tenerte para mí .
No no quiero compartirte .
Un día.
El que pidió.
Para nosotros.
—A mí también.
El vínculo se suaviza.
Calor.
Ternura.
Me acerco y le doy un beso rápido.
—Ahora café.
—Sí, señora.
—No vuelvas a llamarme así.
—Anotado.
—No estás anotando.
—Memoria excelente.
—Excepto para localizar café.
Su expresión se endurece.
—Fue movido.
—Claro.
A las nueve recibo cuarenta y seis correos.
A las nueve y diez, Cassian me encuentra en el sofá con la computadora.
Se queda quieto.
—Dijiste que trabajarías desde aquí.
—Estoy aquí.
—Eso no era exactamente...
—¿Exactamente qué?
Se detiene.
Lo siento pensar aunque no sé las palabras.
Precaución.
No quiere controlar.
No quiere callarse.
Está intentando encontrar una formulación aceptable.
Es casi adorable.
Casi.
—Creí que trabajarías menos —dice finalmente.
—No dijiste eso.
—Porque habrías rechazado.
—Correcto.
—Entonces fui estratégico.
—Manipulador.
—Diplomático.
—Tácticamente manipulador.
Cassian se sienta a mi lado.
—¿Es urgente?
Miro la pantalla.
—No todo.
—¿Qué sí?
—Thorn envió la versión final de las condiciones institucionales. Tengo una llamada a las tres.
—Eso lo sabía.
—También tengo un informe de Virelli que necesito aprobar antes del mediodía.
—¿Cuánto tarda?
—Veinte minutos.
—Bien.
Lo miro.
—¿Me estás asignando tiempos?
—Pregunté.
—Después dijiste “bien” como si aprobaras.
—Esa palabra está contaminada por tu interpretación.
—La estás perdiendo otra vez.
—Imposible.
Vuelvo a la computadora.
Cassian no se mueve.
—¿Qué?
—Nada.
—Me miras.
—Sí.
—¿Por qué?
—Quiero.
Mi estómago da un salto absurdo.
—Eso es poco productivo.
—No estoy trabajando.
—Yo sí.
—Lo sé.
Intento concentrarme.
Leo tres líneas.
Siento su satisfacción.
Miro.
Está observando mi cuello.
—Cassian.
—¿Qué?
—No puedo trabajar así.
—No estoy haciendo nada.
—Tu vínculo sí.
Su ceja se levanta.
—¿Puedes sentir que miro?
—Puedo sentir esa cosa.
—¿Qué cosa?
—Esa especie de...
Busco palabra.
No encuentro una elegante.
—Orgullo de cavernícola.
Cassian parece ofendido.
—No soy un cavernícola.
Su lobo responde tan fuerte que tengo que reír.
—Él sí.
—Él no representa todas mis opiniones.
—Está diciendo “nuestra” otra vez.
Cassian se queda inmóvil.
—¿Puedes escucharlo?
—No a él directamente. A Liora.
—Ah.
Algo parecido a decepción.
—¿Querías que pudiera?
—No sé.
Su honestidad me hace cerrar un poco la computadora.
—¿Tú puedes escuchar a Liora?
—No palabras. A veces impresiones cuando está muy cerca.
—¿Qué impresiones?
Cassian piensa.
—Casa.
Mi pecho se aprieta.
—¿En serio?
—Anoche.
—No dijiste nada.
—Estabas cansada.
—Eso nunca te detuvo para hablar.
—Estoy creciendo.
—Demasiado.
Sonríe.
—También sentí algo cuando me marcaste.
Mi atención se vuelve completa.
—¿Qué?
Me mira.
—Elección.
No respiro durante un segundo.
—Eso no es una emoción.
—No sé explicarlo mejor.
Cassian toma mi mano.
—No fue obligación. Ni urgencia. Ni miedo. Fue...
Su pulgar recorre mis nudillos.
—Tú.
Eso es peor.
Mucho peor.
Cierro la computadora.
—Odio cuando dices cosas así.
—¿Por qué?
—Porque después no puedo concentrarme.
—Excelente.
—Esto era sabotaje.
—Ahora sí.
Le golpeo el hombro.
Él ríe.
A las diez y treinta descubro la primera consecuencia realmente irritante de estar marcada.
No puedo esconderle a Cassian que estoy molesta.
Antes podía guardar silencio.
Controlar el tono.
Esperar hasta entender exactamente qué me molestaba antes de hablar.
Ahora llevo siete minutos leyendo el mismo correo y Cassian, que está en la cocina cortando fruta, se gira.
—No.
Levanto la cabeza.
—¿Qué?
—Lo que sea que estés pensando.
—No sabes qué pienso.
—Estás enfadada.
—No.
Él me mira.
Maldición.
—Un poco.
—¿Conmigo?
—No.
Su alivio es inmediato.
—Eso fue ofensivamente rápido.
—¿Qué pasó?
Vuelvo al correo.
—Nada importante.
—Anabella.
—Un consejero habló con prensa.
Cassian deja el cuchillo.
—¿Quién?
Ahí está.
El Rey.
No el Mate.
Poder entrando en la habitación como si alguien hubiera abierto una compuerta.
—No.
Se detiene.
—¿No qué?
—No necesitas saber quién todavía.
Su mirada se endurece.
—Si filtró información de la comisión...
—No filtró nada confidencial.
—Entonces.
Le paso la computadora.
La entrevista es breve.
Un consejero menor, Stefan Arendt, respondió preguntas después de una audiencia económica. Cuando le preguntaron por mi posible ingreso a la comisión, dijo que mi “cercanía personal a la Corona podía ser tanto una fortaleza como un desafío para la percepción pública de independencia”.
No es falso.
Eso es lo irritante.
—¿Qué quieres hacer? —pregunta Cassian.
No qué voy a hacer .
Bien.
—Nada.
Su cara dice que esa respuesta es absurda.
—Por ahora.
—Está sugiriendo que tu nombramiento está condicionado por mí.
—Parcialmente lo está.
—No.
—Cassian.
—Tienes cualificaciones propias.
—Sí. Y si no fuera tu Mate, este debate específico no existiría ahora.
Su mandíbula se tensa.
—Eso no significa...
—Sé lo que no significa.
Respiro.
—No voy a gastar energía negando lo obvio para parecer más legítima.
—Entonces ¿qué harás?
Pienso.
—Entraré a la comisión con reglas que impidan que tú puedas proteger mi silla.
No le gusta la formulación.
El vínculo lo confirma.
—Y trabajaré.
—Eso no detendrá comentarios.
—No.
—¿Te molesta?
—Sí.
—Podría...
Me mira.
Se calla.
Sonrío.
—Eso dolió.
—Mucho.
—¿Qué ibas a decir?
—Nada.
—Cassian.
Suspira.
—Podría hacer que la oficina de prensa aclare que la Corona no participó en tu nombramiento.
Pienso.
—No.
—Bien.
—Pero podríamos publicar las reglas de designación una vez aprobadas.
Su expresión cambia.
—Sin referirnos a ti específicamente.
—Exacto.
—Transparencia institucional.
—Sí.
—Eso me gusta.
—Lo sé.
—No por control.
—No dije nada.
—Tu cara.
Empiezo a reír.
—Ahora entiendes lo irritante que es.
—Sí.
Y la molestia desaparece.
No porque Cassian la arregle.
No porque el consejero cambie de opinión.
Porque pude sentir el impulso de Cassian de protegerme, decirle que no y verlo detenerse.
El vínculo no eliminó nuestros límites.
Los hizo más visibles.
Eso podría ser bueno.
También podría convertirse en una pesadilla.
Probablemente ambas.
A las once y veinte recibimos una visita.
No debería ocurrir.
Seguridad tiene instrucciones claras.
Nuestro día.
Nadie.
Por eso cuando el ascensor privado emite un sonido, Cassian se pone de pie con una velocidad que hace aparecer a su lobo en el vínculo.
Yo cierro la computadora.
Las puertas se abren.
Niccolas sale.
Con una bolsa de papel.
Se detiene.
Cassian lo mira.
Yo lo miro.
Niccolas mira primero a Cassian.
Después a mí.
Después otra vez a Cassian.
Silencio.
Su expresión cambia lentamente.
Oh, no.
—No.
Cassian avanza.
—Fuera.
Niccolas no se mueve.
Sus ojos bajan.
Mi cuello.
Suben.
El cuello de Cassian.
Se abren.
—No.
Esta vez lo dice Niccolas.
—Fuera.
—¿Ustedes...?
—Niccolas.
—¡No!
Yo empiezo a reír.
Cassian me mira como si mi reacción fuera una traición.
Niccolas deja caer la bolsa sobre una mesa.
—¿Anoche?
—No es asunto tuyo.
—Anoche.
—Vete.
—¿Y nadie me dijo?
—Exactamente.
Niccolas me mira.
—¿Tú también lo marcaste?
Mi sonrisa aumenta.
Cassian se interpone ligeramente.
—Esa pregunta es inapropiada.
—Puedo ver tu cuello.
—Entonces ¿por qué preguntas?
Niccolas abre la boca.
La cierra.
Me señala.
—Ella está riéndose.
—Porque eres ridículo.
—Estoy herido.
—Sobrevivirás.
—Soy su segundo.
—Eso no te da derechos sobre nuestra vida íntima.
—No dije que los tuviera.
—Entonces vete.
Niccolas mira la bolsa.
—Traje croissants.
Silencio.
Cassian observa la bolsa.
Después a Niccolas.
—Déjalos.
—Eso pensaba.
Intento no reír.
No funciona.
Niccolas se acerca unos pasos.
Cassian gruñe.
Literalmente.
No bajo.
No metafórico.
Un gruñido.
Niccolas se detiene.
—Ah.
Su expresión se vuelve insoportablemente divertida.
—Tu lobo está peor.
—No.
—Sí.
Mira hacia mí.
—¿El tuyo también?
Liora responde.
Nuestro.
—No voy a contestar.
—Eso es un sí.
Cassian da otro paso.
—Tienes cinco segundos.
—Bien, bien.
Niccolas retrocede hacia el ascensor.
—Solo una cosa.
—No.
—Mireille va a descubrirlo.
Cassian se queda quieto.
—No si tú no le dices.
Niccolas sonríe.
—No necesito.
Mis ojos se estrechan.
—¿Por qué?
—Porque me llamó esta mañana.
—¿Y?
—Preguntó por qué Cassian no respondió dos mensajes.
—Eso no significa...
—Le dije que estaban ocupados.
Cierro los ojos.
Cassian parece preparado para homicidio.
—Niccolas.
—No dije con qué.
—Fuera.
—Me voy.
Entra al ascensor.
Antes de que se cierren las puertas, mira mi marca otra vez.
Su expresión cambia.
El humor baja.
—Me alegra —dice.
Silencio.
Miro a Cassian.
Niccolas continúa:
—Por ustedes.
Algo se aprieta en mi pecho.
—Gracias.
Cassian también se suaviza.
Apenas.
—Gracias.
Las puertas empiezan a cerrarse.
Niccolas levanta una mano.
—Pero sigo ofendido.
—Vete.
Las puertas se cierran.
Silencio.
Miro a Cassian.
Él mira la bolsa.
—¿Croissants?
—Sí.
—¿Lo perdonamos?
—Temporalmente.
—De acuerdo.
Los croissants están excelentes.
Eso empeora la situación.
—No quiero que se acostumbre a entrar sin avisar —dice Cassian.
—No lo hará.
—Lo hizo hoy.
—Porque probablemente Lucía le escribió.
Cassian se detiene con el café a mitad de camino.
—¿Qué?
—No sé. Es una teoría.
—¿Por qué Lucía le escribiría?
—Porque son ellos.
—Eso no significa nada.
—Exactamente.
Tomo mi teléfono.
Hay doce mensajes nuevos de Lucía.
El último:
NICCOLAS NO ME CONTESTA. ALGO PASÓ.
Sonrío.
—No le escribió.
Cassian se relaja.
Después frunce el ceño.
—¿Por qué Niccolas debería contestarle?
—No abras esa puerta.
—¿Hay algo que yo no sepa?
—Seguramente muchas cosas.
—Anabella.
—Nuestro trato era un día sin personas.
—Esta es información de seguridad.
—No.
—Podría ser.
—No.
Su expresión me hace reír.
No cambió nada.
Cassian sigue intentando convertir curiosidad en seguridad nacional.
Yo sigo diciéndole que no.
Perfecto.
A las dos y cincuenta y ocho estoy frente a la computadora preparada para la llamada con Thorn.
Cassian está en el otro extremo de la sala.
Le pedí distancia.
No porque no confíe.
Porque esta es mi negociación.
Él aceptó.
Con sufrimiento.
Puedo sentirlo.
El nuevo vínculo hace esa experiencia extraordinariamente entretenida.
—Deja de preocuparte.
—No estoy preocupado.
—Tu vínculo está caminando en círculos.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tiene para mí.
—No estoy escuchando.
—Ni siquiera estoy hablando.
—Peor.
La pantalla se activa.
Thorn aparece.
También dos consejeros más y una asesora jurídica.
Perfecto.
—Señora Salvatore.
—Consejero.
—Tenemos la versión final.
—Espero que “final” sea negociable.
Uno de los consejeros sonríe.
Thorn suspira.
—Eso temíamos.
Cassian hace un sonido que parece tos.
Lo miro.
Él baja la vista a su informe.
La reunión empieza.
Presupuesto independiente mediante fideicomiso externo.
Aceptado.
Auditoría anual.
Aceptada.
Mandato de doce meses.
Aceptado.
Remoción por dos tercios y causa definida.
Aceptado.
Corona sin participación en nombramiento o remoción.
Aceptado.
Conservación de mi cargo en Virelli con reglas de recusación.
Aceptado.
La estructura diversa de representantes.
Aceptada con una modificación menor.
Mi pulso aumenta.
No por Cassian.
Por mí.
Esto existe.
De verdad.
—Queda un punto —dice Thorn.
—La autoridad de la comisión.
—Sí.
La asesora jurídica interviene.
—Aceptamos su principio de que la comisión no puede intervenir en decisiones íntimas individuales. Sin embargo, necesitamos capacidad para revisar procedimientos territoriales.
—Eso es distinto.
—De acuerdo.
—Pueden revisar si un rechazo fue reconocido legalmente. Si alguien tuvo acceso real a salida. Si hubo coerción económica. Pero no decidir si una persona debe reconciliarse con su Mate.
—Exactamente.
Asiento.
—Entonces estamos de acuerdo.
Thorn consulta algo fuera de pantalla.
—Hay otro asunto.
Naturalmente.
—¿Cuál?
—El Consejo votará su designación mañana.
Mi respiración se detiene.
—Creí que sería la próxima semana.
—Se adelantó la sesión.
—¿Por qué?
—Queremos que la comisión comience antes del receso regional.
Eso tiene sentido.
—Bien.
Desde el sofá siento una explosión de orgullo.
Miro a Cassian.
Él ni siquiera levanta la vista.
Mentiroso.
Vuelvo a la pantalla.
—¿Necesitan algo de mí?
—Una declaración breve aceptando las condiciones finales.
—La tendrán esta tarde.
—Perfecto.
La asesora mira algo.
Después su expresión cambia.
—Señora Salvatore...
Ah.
Conozco ese tono.
Mis dedos suben automáticamente.
Demasiado tarde.
La marca está visible.
No pensé en cubrirla.
No quería cubrirla.
Pero olvidé que la cámara mostraba suficiente cuello.
Thorn también lo nota.
Los otros dos consejeros guardan silencio.
El vínculo detrás de mí cambia.
Cassian.
Alerta.
Frialdad.
No intervengas.
No necesito decirlo en voz alta.
Él lo siente.
Se queda quieto.
La asesora parpadea.
—¿Ocurre algo? —pregunto.
Cruel.
Sí.
Pero divertido.
—No.
—Bien.
Thorn tiene más experiencia.
Recupera el rostro político primero.
—Entonces esperamos su declaración.
—La enviará mi oficina.
—Gracias.
Terminamos.
La pantalla se apaga.
Silencio.
Cuento mentalmente.
Uno.
Dos.
Tres.
El teléfono de Cassian suena.
Los dos lo miramos.
Él no responde.
Vuelve a sonar.
Mi teléfono vibra.
Después otra vez.
Correos.
Mensajes.
La noticia viaja rápido incluso cuando nadie debería estar hablando.
Cassian me observa.
—¿Quieres que hagamos algo?
Me llevo la mano a la marca.
Podría ocultarla mañana.
Podría emitir un comunicado.
Podría decir que es un asunto privado.
Podría adelantarme a interpretaciones.
Hace un mes habría preparado una estrategia en diez minutos.
Hoy no quiero.
—Nada.
Cassian asiente.
—Nada.
—Si preguntan...
—¿Qué quieres responder?
Pienso.
Sonrío.
—Que no cambia mi designación.
Su boca se curva.
—Eso les molestará.
—Mucho.
—Me gusta.
—Lo sé.
A las tres y doce Lucía llama.
Esta vez contesto.
No llego a decir hola.
—¡TE MARCASTE!
Alejo el teléfono.
Cassian cierra los ojos.
—Hola, Lucía.
—¡NO ME DIGAS HOLA!
—Podría decir adiós.
—¡Anabella!
—Baja la voz.
—¡¿CUÁNDO?!
—Anoche.
Silencio.
—Anoche.
—Sí.
—Y me ignoraste desde las ocho de la mañana.
—Teníamos un día.
—¿Un día?
—Sí.
—¿Romántico?
Miro a Cassian.
Está escuchando.
Por supuesto.
—Privado.
—Eso significa romántico.
—Significa privado.
—¿Lo marcaste tú también?
Cassian levanta una ceja.
—¿Por qué todo el mundo pregunta eso?
Lucía grita algo que no entiendo.
—Sí —respondo.
Silencio.
Después un chillido tan agudo que alejo otra vez el teléfono.
—¿Terminaste?
—¡NO!
Empiezo a reír.
—¿Cómo estás? —pregunta de repente.
El cambio me sorprende.
—Bien.
—¿Bien de verdad?
Miro a Cassian.
Su marca.
La mía.
La computadora.
Los croissants que Niccolas dejó.
Gerardo junto a la ventana.
—Sí.
Mi voz se suaviza.
—Bien de verdad.
Lucía guarda silencio.
—¿Feliz?
Liora responde antes que yo.
Casa.
Él.
Nuestro.
Sonrío.
—Mucho.
Escucho cómo exhala.
—Entonces estoy feliz.
Mi garganta se cierra.
—Gracias.
—Pero te odio.
—Lo imaginaba.
—Quiero fotos.
—No.
—Ana.
—No.
—De las marcas.
—Definitivamente no.
—Eres aburrida.
—Sobrevivirás.
Cassian estira una mano.
—Dame.
—¿Para qué?
—Quiero hablar con ella.
Lucía escucha.
—¡Cassian! ¡Dame al Rey dramático!
Él frunce el ceño.
Le paso el teléfono.
—Te la ganaste.
Cassian lo toma.
—Lucía.
—¿Lloraste?
Sus ojos se abren.
Yo me llevo una mano a la boca.
No.
No.
¿Cómo...?
Cassian gira lentamente hacia mí.
Levanto ambas manos.
—Yo no le dije.
Lucía empieza a reír al otro lado.
—¡Lo sabía!
Cassian corta.
Lo miro.
—Eso fue grosero.
—¿Cómo sabía?
—No sé.
—Le dijiste.
—No.
—Anabella.
—Te juro que no.
El teléfono vuelve a sonar.
Lucía.
Cassian lo silencia.
Yo ya estoy riendo.
—Voy a averiguarlo.
—Eso parece excesivo.
—Hay una filtración.
—Hay una amiga que te conoce.
—Peor.
Me río más fuerte.
No cambió nada.
Absolutamente nada.
A las cuatro y media la noticia está en medios.
No porque emitamos un comunicado.
Porque alguien que participó en la llamada aparentemente habló.
No me sorprende.
El titular más repetido es:
EL REY ALFA Y ANABELLA SALVATORE FORMALIZAN SU VÍNCULO.
Formalizan.
Como si hubiéramos presentado documentos.
Otro:
¿UNA MARCA CAMBIA EL CAMINO HACIA LA CORONA?
Ese me irrita.
Cassian está junto a mí leyendo.
—Puedo pedir una rectificación.
—¿De qué?
—No cambia nada sobre la Corona.
—El titular pregunta.
—Sugiere.
—Déjalo.
—Van a especular.
—Ya especulaban.
Cierro la pantalla.
—No quiero pasar nuestra primera tarde marcada respondiendo preguntas sobre coronación.
—Entonces no lo haremos.
—Pero mañana tengo la votación.
—Sí.
—Y preguntarán.
—Probablemente.
Pienso.
—Quiero decir algo.
Cassian espera.
—Una sola cosa.
—¿Qué?
Abro el teléfono.
Escribo.
No para prensa.
En mi cuenta personal.
Cassian lee sobre mi hombro.
Cassian y yo decidimos marcar nuestro vínculo en privado. La decisión pertenece a nuestra relación y no modifica mi posición profesional, mi participación en la comisión ni ninguna decisión futura respecto de la Corona. Agradecemos el afecto y también la privacidad.
Leo.
—¿Demasiado frío?
—No.
—¿Demasiado institucional?
—Un poco.
—¿Qué agregarías?
Cassian piensa.
—Nada.
Lo miro.
—Eso fue rápido.
—Porque si agrego lo que quiero decir, probablemente incluiría amenazas.
—Excelente criterio.
Estoy a punto de publicar.
Me detengo.
—¿Quieres que ponga “nos marcamos mutuamente”?
Cassian mira mi cuello.
Después toca el suyo.
—¿Quieres hacerlo?
Pienso.
La marca que le di.
Mi elección.
No quiero que se convierta en secreto vergonzoso.
—Sí.
Modifico.
Cassian y yo decidimos marcarnos mutuamente en privado.
Me gusta más.
Publico.
Dejo el teléfono.
Eso es todo.
No conferencia.
No fotografía.
No Corona.
Solo verdad.
Cassian toma mi mano.
—¿Te molesta que lo sepan?
—No.
—¿Seguro?
Busco dentro de mí.
No hay miedo.
Solo una incomodidad pequeña por haber perdido antes de lo esperado esas horas privadas.
—Me habría gustado que tardaran más.
—A mí también.
—Pero no quiero esconderlo.
—Yo tampoco.
—Entonces estamos bien.
La palabra.
Él sonríe.
—Bien.
A las seis volvemos a nuestra habitación.
El trato terminó a las tres, pero ambos dejamos de trabajar de todas formas.
Victoria inesperada.
Me cambio frente al espejo.
Cuando retiro la camiseta, la marca aparece.
Me quedo mirándola.
Cassian está detrás.
Lo veo en el reflejo.
No habla.
Eso ayuda.
Toco la piel.
Sensible.
Oscura.
Real.
Ayer no estaba.
Hoy existe.
Y sigo siendo yo.
Ese pensamiento parece demasiado simple para ser importante.
Pero lo es.
Sigo siendo Anabella Salvatore.
Sigo dirigiendo Virelli.
Mañana el Consejo votará mi silla independiente.
Sigo sin ser Reina.
Sigo sin saber si quiero serlo.
Arthur sigue perdonado y fuera de mi vida.
Lucía sigue insoportable.
Niccolas sigue entrando sin avisar.
Gerardo sigue necesitando luz indirecta.
Nada se borró.
No me convertí en otra persona.
—Esperabas sentirte distinta —dice Cassian.
Lo miro por el espejo.
—¿Puedes sentir eso?
—Un poco.
—Esto va a ser invasivo.
—Podemos aprender límites.
Me giro.
—¿Cómo?
—No lo sé.
—Excelente.
—Hay técnicas.
—Eso suena sospechoso.
—Mi madre conoce más.
—Por supuesto.
Cassian se acerca.
—¿Quieres hablar con ella?
—Algún día.
—Bien.
—Pero sí.
Su mirada baja a mi marca.
Sonrío.
—Puedes tocarla.
—¿Segura?
—Cassian.
—Tengo que preguntar cuando está sensible.
—Sí.
Sus dedos llegan.
Muy suaves.
No duele.
El vínculo se llena.
Su emoción es demasiado grande.
Y esta vez no me burlo.
—¿Qué sientes cuando la ves?
Cassian tarda.
—Que volviste.
Frunzo el ceño.
—Nunca fui tuya antes.
—No me refiero a mí.
Comprendo.
Beaumont.
Liora.
Una manada.
Una vida que parecía imposible después de Blackwood.
—No volví a lo mismo.
—No.
—Eso importa.
—Mucho.
Cassian toca la marca otra vez.
—No recuperaste lo que perdiste.
—Construí otra cosa.
—Sí.
Miro la suya.
—Tú también.
—¿Qué construí?
Sonrío.
—Paciencia.
Me mira con indignación.
—Eso fue ofensivo.
—Y capacidad de consulta.
—Peor.
—Incluso aprendiste a disculparte.
—Ya sabía hacerlo.
—No tan rápido.
—No existe evidencia.
—Tengo testigos.
—Sesgados.
Me acerco y beso su marca.
Su vínculo explota de satisfacción.
Me aparto.
—Cavernícola.
—No.
—Muchísimo.
Cassian me lleva contra él.
—Tú me marcaste.
—Sí.
—Entonces eres igual.
Liora responde.
Nuestro.
Sonrío.
—Puede ser.
Esa noche cenamos en casa.
No en un comedor real.
No con invitados.
Pizza.
Cassian protesta durante siete minutos porque dice que la masa del lugar que elegí es demasiado fina.
Come cuatro porciones.
No hago comentarios.
Guardo la información para futuras negociaciones.
Después vemos una película que ninguno sigue realmente.
Mi teléfono queda boca abajo.
El suyo apagado.
A mitad de la película, Cassian está recostado con la cabeza sobre mis piernas.
Yo paso los dedos por su cabello.
El Rey Alfa del continente.
Descalzo.
Dormitando mientras en la pantalla explota un edificio.
La imagen me resulta tan absurda que sonrío.
—¿Qué?
Tiene los ojos cerrados.
—Nada.
—Te sentí.
—Eso es trampa.
—No estaba dormido.
—Mentira.
—Estaba descansando los ojos.
—Tienes treinta y seis años, no ochenta.
—Mi madre dice casi cuarenta.
Me río.
Cassian abre los ojos.
Mira mi cuello.
—Otra vez.
—No dije nada.
—Tu cara.
—Tu marca está visible.
—La tuya también.
—¿Y?
—Nada.
Su satisfacción vuelve.
Ahora sé reconocerla inmediatamente.
—Eres imposible.
—Marcado.
—No son sinónimos.
—Podrían.
Sigo acariciando su cabello.
La película continúa.
No hablamos durante varios minutos.
Después Liora despierta.
Casa.
—Sí.
Manada.
—Sí.
Él.
Miro a Cassian.
Sus ojos están cerrados otra vez.
Nuestro.
Mi pecho se llena.
—Sí —susurro.
Cassian abre un ojo.
—¿Qué?
—Nada.
—Liora.
—Sí.
—¿Qué dijo?
Pienso en no contestar.
Después no veo razón.
—Nuestro.
Su lobo responde inmediatamente.
El vínculo se llena de una emoción tan intensa que Cassian abre ambos ojos.
—Ah.
Me río.
—Exactamente.
Se incorpora.
—¿Eso significa...?
—No significa nada político.
—No iba a decir eso.
—Tu cara.
—Estaba pensando en Beaumont.
—Eso sí.
—¿Quieres volver?
La pregunta llega sin expectativa.
Puedo decir que no.
Por eso pienso de verdad.
—Sí.
Cassian sonríe.
—¿Cuándo?
—Después de la votación.
—Este fin de semana.
—Quizá.
Su entusiasmo crece.
—No hagas planes.
Se reduce inmediatamente.
—No haré.
—Cassian.
—Ninguno.
Lo miro.
—Uno.
Suspira.
—Ya tenía una idea.
—Naturalmente.
—Mi madre quería...
—No.
—No era ceremonia.
—¿Qué era?
—Cena.
—¿Cuántas personas?
Silencio.
—Cassian.
—Depende.
—Número.
—Cincuenta.
Me quedo mirándolo.
—Eso es un evento.
—En Beaumont es una cena.
—No.
—Veinte.
—No se negocia de cincuenta a veinte.
—Diez.
—¿Con quiénes?
—Mi madre. Niccolas. Algunas personas que conociste.
—¿Cuántas es “algunas”?
—Anabella.
—Número.
Cierra los ojos.
—Seis.
—Entonces serían ocho.
—Diez con nosotros.
—Niccolas cuenta como persona.
—Discutible.
Empiezo a reír.
—Diez.
Cassian abre los ojos.
—¿Sí?
—Sí.
Su satisfacción inunda el vínculo.
—Pero no por la marca.
—No.
—Ni anuncio.
—No.
—Solo cena.
—Solo cena.
—Y nadie hace discursos.
Se queda callado.
—Cassian.
—Hablaré con mi madre.
—Eso no fue una respuesta.
—Haré lo posible.
—No me tranquiliza.
—Es Mireille.
Punto válido.
—Bien.
La palabra sale sola.
Cassian sonríe.
Y eso es todo.
La marca no cambió nada.
Todavía discutimos.
Negociamos.
Hacemos bromas.
Él intenta organizar.
Yo desarmo la mitad de sus planes.
Trabajamos demasiado.
Lucía invade.
Niccolas aparece.
Mireille probablemente ya está planeando una cena que terminará con treinta personas si no somos cuidadosos.
Pero también cambió algo.
No quién soy.
No mi vida.
No mis decisiones.
Cambió la forma en que podemos sentirnos encontrándonos en medio de ellas.
No necesito mirar a Cassian para saber que está feliz.
Él no necesita preguntarme tres veces si estoy bien cuando puede sentir mi paz.
Y aun así seguimos hablando.
Seguimos preguntando.
Porque sentir no reemplaza elegir.
La marca no hizo nuestro amor más legítimo.
Solo lo hizo más difícil de ocultar.
Quizá eso sea todo lo que debía hacer.
A las once y cincuenta y seis llega el correo oficial.
Sesión extraordinaria del Consejo Continental.
Abro.
Mi designación será votada a las diez de la mañana.
Debajo está la agenda.
Punto cuatro.
Constitución formal de Comisión Independiente sobre Autonomía de Vínculos y Derechos de Consortes.
Leo el nombre dos veces.
Cassian está a mi lado.
—Es mañana.
—Sí.
—¿Nerviosa?
Busco dentro.
Sí.
Mucho.
—Bastante.
—¿Quieres que vaya?
La pregunta tiene peso.
El Rey podría estar allí.
Eso cambiaría la sala.
Incluso si no hablara.
Pienso.
Después niego.
—No.
Algo en él se tensa.
Pero asiente.
—Bien.
—No porque no quiera que me apoyes.
—Lo sé.
—Quiero entrar sola.
—Lo sé.
—Si votan no...
—Volverás aquí y veremos una película terrible.
Sonrío.
—¿Eso es todo?
—¿Qué más necesitas?
La pregunta me toca.
No si votan no, haré algo .
No hablaré con ellos .
No lo arreglaré .
¿Qué necesitas?
—Pizza.
—La masa era demasiado fina.
—Comiste cuatro porciones.
—No prueba nada.
—Necesitaré pizza.
—Entonces habrá pizza.
Apoyo la cabeza contra su hombro.
El vínculo se calma.
Mañana puedo ganar una silla.
O no.
Algún día puedo aceptar una Corona.
O no.
Puedo convertirme en algo que todavía no imagino.
O quedarme exactamente con la vida que tengo.
La marca no decidió ninguna de esas cosas.
La Diosa tampoco.
Cassian tampoco.
Esa parte sigue siendo mía.
Miro nuestro reflejo en la ventana.
Dos marcas nuevas.
Dos personas iguales a las de ayer.
Y sonrío.
Porque quizá ese sea el verdadero milagro.
No cambié para pertenecerle.
Él tampoco cambió para pertenecerme.
Seguimos siendo nosotros.
Solo que ahora nuestros lobos pueden dejar de gritarlo.
Aunque, conociéndolos, probablemente no lo hagan.
