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La silla que nadie me dio

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

La silla que nadie me dio

Cassian

A las nueve y cincuenta y cuatro de la mañana descubro que respetar la independencia de la mujer que amas es una experiencia profundamente sobrevalorada.

—Vas a hacer un agujero.

Miro a Niccolas.

Está sentado en uno de los sillones de mi despacho con una tableta sobre las piernas y una taza de café que no debería tener porque no recuerdo haberlo invitado.

—¿Qué?

Señala el suelo.

—Caminas sobre el mismo tramo desde hace veinte minutos.

—No camino.

—Cassian.

Miro mis pies.

Estoy de pie junto a la ventana.

Eso no demuestra nada.

—Estoy pensando.

—Verticalmente.

—Sí.

—De un lado a otro.

—No.

Niccolas bebe café.

—Anabella tiene razón. Tu cara habla.

Lo miro.

—No vuelvas a decir eso.

—Tu Mate creó una epidemia.

Mi lobo se mueve inmediatamente al escuchar la palabra.

Mate.

Marcada.

Nuestra.

—Y ahora esa expresión —continúa Niccolas—. Esa es nueva.

—No tengo ninguna expresión.

—Es la cara que haces cuando recuerdas que está marcada.

Me giro hacia la ventana.

Error.

Su risa aparece detrás de mí.

—Insoportable.

—Estoy disfrutando muchísimo esta etapa de tu vida.

—Puedes irte.

—No.

—Este es mi despacho.

—Precisamente. Si me voy, empezarás a llamar personas que te dijeron específicamente que no llamaras.

No respondo.

Niccolas deja la taza.

—Ah.

—¿Qué?

—Lo pensaste.

No.

Sí.

Varias veces.

La sesión empezó a las diez.

Anabella salió del penthouse a las ocho y media vestida con un traje gris oscuro, el cabello recogido y mi marca perfectamente visible sobre el cuello.

No la cubrió.

Tampoco la exhibió.

Simplemente estaba ahí.

Como cualquier otra parte de ella.

La acompañé hasta el ascensor.

No más.

Ella había dicho que quería entrar sola.

Yo dije que lo entendía.

Eso fue anoche, cuando comprender era una actividad teórica.

Esta mañana la vi cruzar las puertas del ascensor sin mí y descubrí que comprender una decisión y disfrutarla son cosas completamente distintas.

Mi lobo intentó seguirla.

Yo también.

No lo hicimos.

Eso debería contar como desarrollo personal extraordinario.

—Son las nueve cincuenta y seis —dice Niccolas.

—Sé la hora.

—Lo sé. Llevas mirándola cada treinta segundos.

—Tengo reuniones.

—Cancelaste dos.

—Reorganicé.

—Cancelaste.

—No necesitaban mi presencia.

—Una era con cuatro Alfas regionales.

—Pueden esperar.

Niccolas sonríe.

—Por supuesto.

Vuelvo a mirar por la ventana.

La sede del Consejo está a siete kilómetros.

Podría llegar en menos de diez minutos.

En helicóptero, menos.

Mi lobo aprueba esa idea.

No.

Ella no quiere que estemos allí.

Nuestra Mate está sola.

Está en una sala segura.

Consejo.

Exactamente.

No ayuda.

Respiro.

—¿Por qué estás aquí?

Niccolas levanta una ceja.

—Porque tu madre me llamó.

Cierro los ojos.

Naturalmente.

—¿Qué quería?

—Que me asegurara de que no aparecieras en el Consejo “por casualidad”.

—No iba a hacerlo.

—Te conozco desde que tenías cinco años.

—Eso no responde.

—Una vez organizaste una inspección de seguridad en un hotel porque una mujer con la que salías dijo que necesitaba espacio.

Me giro.

—Tenía veintidós.

—Y eras un psicópata.

—Había vulnerabilidades reales en el hotel.

Niccolas empieza a reír.

—Dios. Sigues defendiéndolo.

—El informe confirmó cuatro.

—Ella terminó contigo dos días después.

—No era mi Mate.

Silencio.

Su sonrisa cambia.

Más suave.

Odio eso.

—No —dice—. No lo era.

Mi mano sube inconscientemente hacia el cuello.

La marca de Anabella está escondida bajo el borde de mi camisa.

Podría haber elegido otra.

Una más alta.

Visible.

No lo hizo.

Yo tampoco se lo pedí.

Pero esta mañana, mientras ajustaba mi corbata, ella abrió el primer botón de mi camisa y dijo:

Así.

Pregunté qué.

Quiero verla.

No volví a cerrarlo.

Probablemente nunca vuelva a cerrar ese botón.

Niccolas observa el movimiento.

—Ridículo.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa cara...

Me callo.

Él sonríe.

—Casi.

Maldición.

A las diez y tres minutos, la sesión empieza.

No estoy allí.

Eso merece repetirse.

No estoy allí.

La transmisión pública tiene un retraso de cinco minutos y solo muestra los segmentos abiertos. La votación sobre integrantes de una comisión institucional es pública.

Podría verla.

No lo hago.

Durante aproximadamente cuarenta segundos.

Después abro la transmisión.

Niccolas me mira.

—Eso no rompe ninguna regla.

—No dije nada.

—La sesión es pública.

—Sí.

—Cualquier ciudadano puede verla.

—Naturalmente.

—No estoy interviniendo.

—Cassian.

—¿Qué?

—Mira la pantalla.

Lo hago.

El presidente del Consejo está leyendo la agenda.

No aparece Anabella.

Todavía.

Mi cuerpo se tensa de todas formas.

La sesión transcurre con una lentitud diseñada específicamente para asesinarme.

Aprobación de actas.

Presupuesto.

Una disputa territorial menor.

Modificación de un reglamento sobre distribución sanitaria.

No comprendo cómo alguien puede tardar catorce minutos en debatir una coma.

—¿Así son siempre? —pregunta Niccolas.

—Peor.

—Entiendo por qué eres hostil.

—No soy hostil.

—Ayer le dijiste a Thorn que su comité tenía la velocidad institucional de una montaña.

—Eso fue descriptivo.

—La montaña se mueve más.

—Precisamente.

El punto cuatro aparece finalmente.

Mi pulso cambia.

La transmisión muestra a Thorn.

—Procedemos a la constitución formal de la Comisión Independiente sobre Autonomía de Vínculos y Derechos de Consortes.

Mi lobo deja de caminar dentro de mí.

Escucha.

Thorn explica la estructura.

Doce meses.

Presupuesto fiduciario externo.

Representación diversa.

Mandatos protegidos.

Corona excluida del nombramiento, supervisión y remoción.

Algo extraño me atraviesa al escucharlo en voz alta.

Mi poder no llega hasta esa silla.

Eso era exactamente lo que Anabella quiso.

Y yo ayudé a que fuera posible no haciendo nada.

No debería sentirse como un logro.

Para mí lo es.

—El Consejo somete ahora a votación las designaciones iniciales —continúa Thorn.

Hay siete nombres.

El de Anabella es el quinto.

Niccolas se inclina hacia delante.

Yo no me muevo.

Primero aprueban a una jurista de Greyhaven.

Después a un consorte humano de una manada del norte.

Una Luna activa de territorio Solmere.

Un hombre que aceptó un rechazo doce años atrás.

Entonces:

—Anabella Salvatore.

Todo dentro de mí se concentra.

La cámara cambia.

Ella aparece.

Sentada sola en una de las filas laterales reservadas para nominados.

Traje gris.

Espalda recta.

Sin Cassian Beaumont a su lado.

Sin Seguridad real dentro de cuadro.

Sin nadie sosteniéndole la mano.

Mi marca sobre su cuello.

Visible.

Mi lobo ruge.

Ella.

Sí.

Thorn lee su experiencia.

Directora ejecutiva de Virelli Global.

Formación en relaciones internacionales y negociación.

Experiencia en acuerdos híbridos.

Miembro sin manada durante años.

Mate rechazada.

Esa parte todavía me produce una reacción física.

No porque me avergüence.

Porque odio que una herida que casi la destruyó tenga que convertirse ahora en una línea de credenciales.

Pero Anabella fue quien insistió en que no la eliminaran.

No voy a aceptar representar personas rechazadas fingiendo que yo no lo fui.

La cámara cambia.

Un consejero pide la palabra.

Stefan Arendt.

El mismo hombre que habló con prensa.

—Antes de votar, considero necesario abordar una cuestión evidente.

Mi mandíbula se tensa.

Niccolas suspira.

—No.

Arendt continúa:

—La señora Salvatore mantiene un vínculo reconocido y actualmente marcado con Su Majestad.

Silencio en la sala.

La cámara encuentra a Anabella.

Ella no se mueve.

Mi lobo sí.

Peligro.

No.

Hombre molesto.

Eso no es peligro.

Podemos convertirlo.

No.

—Aunque la Corona renunció formalmente a toda participación en su designación —dice Arendt—, la percepción pública de independencia seguirá siendo un desafío.

Thorn interviene.

—¿Tiene una objeción jurídica?

—No.

—Entonces...

—Tengo una pregunta para la candidata.

Mi cuerpo se endurece.

Niccolas me mira.

—Ni lo pienses.

—No estoy haciendo nada.

—Tu mano está sobre el teléfono.

Miro.

Es verdad.

Lo retiro.

La transmisión cambia.

Anabella recibe autorización para acercarse al micrófono.

Lo hace sin prisa.

Mi marca permanece visible.

Arendt la mira.

—Señora Salvatore, ¿cómo pretende asegurar al Consejo que su relación personal con el Rey no condicionará sus decisiones?

Anabella no responde inmediatamente.

Me conoce suficiente para saber que yo ya estoy furioso.

El vínculo es demasiado distante para transmitir emociones claras a kilómetros, pero desde la marca puedo sentir algo.

Leve.

Como un hilo.

Calma.

No necesita que haga nada.

La escucho.

—No puedo asegurarlo.

Silencio.

Arendt parece sorprendido.

Yo sonrío.

Niccolas también.

Claro.

Mi Mate no niega premisas incómodas.

Las desarma.

—Todas las personas de esta comisión tendrán relaciones, intereses, historias y experiencias que condicionan la forma en que interpretan un problema —continúa—. La independencia no consiste en fingir que llegamos vacíos.

Arendt frunce el ceño.

—Pero su relación no es cualquier relación.

—No.

—Es Mate del Rey.

—Sí.

No vacila.

Nada en su voz pide disculpas.

Mi pecho se expande.

—Y por eso —dice— negocié una estructura en la que el Rey no puede nombrarme, removerme, controlar el presupuesto de la comisión ni intervenir en mi mandato.

Arendt abre la boca.

Anabella continúa:

—Cuando una cuestión afecte directamente a mi relación o a los intereses privados de la Corona de una forma que genere conflicto específico, me recusaré.

—¿Y cuando la reforma afecte al poder del Rey?

Mi lobo se mueve.

Ella sonríe apenas.

Conozco esa sonrisa.

Arendt todavía no comprende que perdió.

—Entonces votaré.

Algunos murmullos.

—¿Aunque Su Majestad se oponga?

La sonrisa desaparece.

—Especialmente entonces.

Niccolas se atraganta con el café.

Yo cierro los ojos un segundo.

No porque me moleste.

Porque estoy demasiado orgulloso.

—Dios —murmura él—. Te eligió perfectamente.

Lo miro.

—No fue la Diosa.

Niccolas comprende.

Asiente.

—Cierto.

Vuelvo a la pantalla.

Arendt pregunta:

—¿No considera que eso podría afectar su relación?

Anabella inclina ligeramente la cabeza.

—Si mi relación solo funciona cuando coincido políticamente con Cassian Beaumont, entonces tenemos un problema mucho más grave que esta comisión.

Unas pocas risas.

Thorn intenta ocultar la suya.

Yo no.

—Eso va a aparecer en todos los titulares —dice Niccolas.

—Probablemente.

—¿Te importa?

—No.

—Mientes.

—Me gusta.

—Eso sí te creo.

Arendt no termina.

—La marca que ambos decidieron hacer pública...

Mi cuerpo se vuelve frío.

No por la pregunta.

Por la formulación.

La marca no fue pública.

Fue privada y luego conocida.

Anabella también lo nota.

—No decidimos hacerla pública.

Arendt corrige:

—Visible.

—Sí.

—¿No cree que formaliza una relación política inevitablemente?

Anabella toca mi marca con dos dedos.

Un gesto pequeño.

Inconsciente.

Mi lobo se vuelve inútil.

—No.

—¿Por qué?

Ella responde:

—Porque mi cuerpo no es un instrumento constitucional.

Silencio.

Completo.

Mi respiración se detiene.

Anabella continúa:

—La marca reconoce una decisión íntima entre dos personas y dos lobos. No otorga un voto adicional a la Corona. No me convierte automáticamente en Reina. No modifica los requisitos de esta comisión.

Arendt intenta intervenir.

Ella no eleva la voz.

—Y precisamente si queremos reformar nuestros sistemas de vínculos, una de las primeras cosas que tendremos que aprender es a dejar de convertir decisiones íntimas en títulos políticos automáticos.

Nadie habla.

Mi lobo está orgulloso de una manera tan brutal que tengo que respirar profundamente.

—Quiero casarme con ella —digo.

Niccolas gira la cabeza.

Silencio.

Maldición.

No quería decirlo.

No todavía.

—Ah —responde.

—Olvida eso.

—Imposible.

—Niccolas.

—Voy a guardar ese momento durante años.

—No se lo dirás.

—¿A quién?

—A nadie.

—Cassian, estoy emocionado.

—No.

—Muchísimo.

—No estoy proponiendo nada ahora.

—No dije eso.

—Y no quiero que interprete...

—Cassian.

Lo miro.

Niccolas ya no sonríe.

—Lo sé.

Me quedo callado.

—Sabes la diferencia ahora —continúa—. Querer algo con ella no significa que tengas que empujarla hacia eso.

Miro otra vez la pantalla.

Anabella vuelve a su asiento.

Mi marca en su cuello.

Su vida todavía completamente suya.

—Sí.

—Entonces puedes quererlo.

Algo en mi pecho cambia.

Pequeño.

Importante.

Puedo quererlo.

Sin convertirlo en plan.

Sin comprar un anillo esta tarde.

Mi lobo protesta violentamente ante esa última parte.

No.

No vamos a comprar nada.

Hoy.

Silencio.

Eso no fue aceptación.

La votación empieza.

Mi relación con la democracia se deteriora inmediatamente.

—¿Por qué levantan la mano uno a uno? —pregunta Niccolas.

—Reglamento.

—Existe tecnología.

—Lo sé.

—Esto parece diseñado para generar tensión dramática.

—El Consejo considera eso tradición.

Primer voto.

Sí.

Segundo.

Sí.

Tercero.

Abstención.

Mi mandíbula se endurece.

Anabella necesita dos tercios.

La matemática es sencilla.

Mi paciencia no.

Sí.

Sí.

No.

Miro al hombre que votó no.

Memorizo su cara.

—No puedes hacer nada —dice Niccolas.

—No dije nada.

—Tu vínculo conmigo también existe después de treinta años.

—Eso no es un vínculo.

—Trauma compartido.

Otro sí.

Otra abstención.

Anabella está quieta.

No mira alrededor.

No cuenta visiblemente.

Yo sí.

Quince.

Dieciséis.

Diecisiete.

Al llegar al mínimo necesario todavía quedan cuatro votos.

Niccolas sonríe.

Yo no.

Hasta que Thorn anuncia:

—Designación aprobada.

El mundo se queda inmóvil.

Solo un segundo.

Después mi lobo ruge.

No audible.

Apenas.

Lo suficiente para que Niccolas levante una ceja.

Anabella cierra los ojos en la pantalla.

Una respiración.

Eso es todo.

No llora.

No sonríe inmediatamente.

Solo respira.

Después levanta la vista.

Y sonríe.

No a mí.

No sabe si estoy mirando.

Sonríe para ella.

Eso es mejor.

—Bien —dice Niccolas.

Lo miro.

—No.

—¿Qué?

—No uses esa palabra.

Se ríe.

Mi teléfono está sobre el escritorio.

No lo toco.

Quiero llamarla.

Mucho.

Pero la sesión no terminó.

Y ella pidió entrar sola.

También merece salir cuando quiera.

Así que espero.

O intento.

A los tres minutos miro el teléfono.

Nada.

Cinco.

Nada.

Siete.

—Está ocupada —dice Niccolas.

—Lo sé.

Nueve.

Mi teléfono vibra.

Lo tomo antes de que termine el primer sonido.

Anabella.

Solo un mensaje.

Tengo una silla.

Miro las palabras.

Mi pecho se aprieta.

Escribo.

Borro.

Escribo otra vez.

Borro.

Niccolas intenta mirar.

Giro el teléfono.

—Privado.

—¿Qué dijo?

—Nada.

—Eres insoportable.

Finalmente escribo:

Sí. Tuya.

La respuesta tarda.

¿Estabas mirando?

Pienso mentir.

No tendría sentido.

Toda la sesión.

Tres puntos.

Dijiste que no irías.

No fui.

Eso es técnicamente correcto y emocionalmente tramposo.

Sonrío.

Estoy creciendo, no transformándome en otra persona.

Tarda unos segundos.

Gracias por no venir.

La frase me duele y me hace feliz al mismo tiempo.

Respondo:

Gracias por decirme que no fuera.

Pasan unos segundos.

Pizza esta noche.

Masa gruesa.

No abuses.

Guardo el teléfono.

Niccolas me mira.

—¿Pizza?

—¿Cómo sabes?

—Tu expresión.

Estoy empezando a odiar a todas las personas cercanas a mí.

Anabella no regresa al penthouse.

Va a Virelli.

Naturalmente.

Yo logro no llamar durante una hora y doce minutos.

Después tengo una excusa legítima.

El Consejo envió la constitución formal de la comisión a la oficina de la Corona para registro.

No aprobación.

Registro.

Mi firma solo certifica recepción.

Eso me gusta.

Mucho.

Leo el documento completo.

Nombre de los integrantes.

Mandatos.

Facultades.

Limitaciones.

En la quinta línea de la segunda página:

Anabella Salvatore — representante independiente.

No Mate del Rey.

No posible Reina.

No Luna.

Anabella Salvatore.

Firmo.

No agrego nada.

Envío.

Mi secretaria tarda menos de un minuto en confirmar.

—¿Desea emitir felicitaciones formales desde la oficina de la Corona?

La pregunta llega por llamada.

Pienso.

Sería normal.

La Corona felicita comisiones.

También podría parecer personal.

—A la comisión completa.

—¿No a la señora Salvatore individualmente?

—No.

Pequeña pausa.

—Entendido.

Cuelgo.

Eso también cuenta.

Quiero decirle al continente entero que estoy orgulloso de ella.

No necesito usar la Corona para hacerlo.

Puedo decírselo esta noche.

Como Cassian.

A las seis y veinte compro pizza.

Personalmente.

Eso se convierte en un problema.

La empleada me reconoce.

Primero mira mi rostro.

Después la marca visible porque me negué otra vez a cerrar el botón.

Después vuelve a mi rostro.

—Majestad.

—Cassian está bien.

Su cara dice que definitivamente no está bien.

—¿Pedido?

—Salvatore.

Otra expresión.

Ah.

Error táctico.

—Para Anabella Salvatore.

—Sí.

—Masa gruesa.

—Sí.

—Con champiñones.

—Sí.

La joven sonríe.

—Felicitaciones.

Me quedo quieto.

Podría referirse a la marca.

La comisión.

Cualquiera.

—Gracias.

—Mi hermana vio la votación.

Entonces comisión.

Bien.

—Dice que la señora Salvatore estuvo increíble.

Mi lobo se infla.

No físicamente.

Casi.

—Sí.

La empleada me entrega las cajas.

Después mira otra vez la marca.

—También felicidades por... lo otro.

Ah.

—Gracias.

Salgo antes de que mi capacidad social llegue a su límite.

En el auto, Seguridad intenta tomar las pizzas.

—No.

El hombre se detiene.

—Majestad...

—Las llevo yo.

—Sí, señor.

No sé por qué eso me parece importante.

Quizá porque esta noche no soy Rey trayendo una celebración.

Solo un hombre regresando a casa con comida para la mujer que ama.

Aunque detrás vayan dos vehículos armados.

Los detalles no invalidan el concepto.

Anabella llega a las siete y cuatro.

Estoy en la cocina.

Gerardo está en un lugar diferente.

Otra vez.

No pregunto.

Las puertas se abren.

Ella sale.

Tiene el cabello menos ordenado que esta mañana.

La chaqueta doblada sobre un brazo.

Una carpeta en una mano.

La marca sigue visible.

Y está sonriendo.

No esa sonrisa pública que vi en la transmisión.

Una más pequeña.

Cansada.

Real.

—Hola.

Mi cuerpo se mueve antes de que pueda pensar.

Cruzo el espacio.

Me detengo frente a ella.

No la abrazo inmediatamente.

No porque dude.

Porque este momento es suyo.

Anabella me mira.

—¿Qué?

—Nada.

—Esa cara habla.

—Estoy intentando no exagerar.

—¿Cuánto?

—Mucho.

Se ríe.

Eso basta.

La abrazo.

Anabella deja la carpeta sobre una mesa y me rodea el cuello.

Su cuerpo encaja contra el mío.

El vínculo se abre con mayor claridad por la cercanía.

Cansancio.

Alivio.

Orgullo.

Miedo residual.

Hambre.

—Compré pizza.

La emoción dominante cambia inmediatamente.

—Te amo.

Me quedo inmóvil.

Anabella también.

Silencio.

No es la primera vez que sé que me ama.

Lo he sentido.

Lo ha demostrado.

Pero...

No recuerdo que lo haya dicho así.

Tan casual.

Tan automático.

Por pizza.

Ella abre los ojos.

—Bueno.

Mi corazón golpea.

—Bueno qué.

—Eso salió...

—Lo escuché.

—Sí.

—Dilo otra vez.

Anabella entrecierra los ojos.

—No.

—Anabella.

—No bajo presión.

—No es presión.

—Estás sujetándome.

La suelto inmediatamente.

Ella empieza a reír.

—Eso fue rápido.

—Ahora.

—No.

—Anabella.

—Cassian.

Mi lobo está perdiendo la razón.

Ella lo siente.

Su expresión se suaviza.

Da un paso hacia mí.

Toma mi camisa.

—Te amo.

No puedo moverme.

—Otra vez.

—No abuses.

La beso.

No porque necesite callarla.

Porque si intento responder inmediatamente voy a decir algo completamente inútil.

Anabella ríe contra mi boca.

—Eso no fue una respuesta.

Me aparto apenas.

—Te amo.

La sonrisa desaparece.

Bien.

Ahora somos dos.

—Mucho —añado.

—Eso tampoco es muy sofisticado.

—Puedo preparar un discurso.

—No.

—Tengo experiencia.

—Definitivamente no.

Toco su rostro.

—Estoy orgulloso de ti.

Sus ojos se humedecen.

—Eso sí estuvo mejor.

—Podría repetirlo.

—Una vez basta.

—No creo.

—Pizza.

—Rompes momentos importantes con comida.

—Tengo hambre.

Eso ya lo sabía por el vínculo.

—Lo sentí.

Anabella frunce el ceño.

—Eso sí será invasivo.

—Mucho.

Vamos hacia la cocina.

Ella ve las cajas.

—Masa gruesa.

—Sí.

—¿La compraste tú?

—Sí.

—¿Fuiste a una pizzería?

—No veo el problema.

—Cassian Beaumont entró en una pizzería y pidió una Salvatore.

Me detengo.

—No había pensado en eso.

Anabella empieza a reír.

—Por favor dime que alguien hizo una foto.

—Espero que no.

—Lucía pagaría.

—Tu amiga necesita pasatiempos.

—Tú eres uno.

—Eso me preocupa.

Nos sentamos.

Anabella abre la caja.

Toma una porción.

Muerde.

Cierra los ojos.

—Esto es excelente.

—Lo sé.

—¿Comiste?

—Esperé.

Abre los ojos.

—¿Desde cuándo?

—Almorcé.

—¿Hora?

No respondo.

Su ceja sube.

—Cassian.

—Una.

—Son las siete.

—Estaba ocupado.

—Eres un hipócrita.

—Eso es distinto.

—¿Por qué?

—Soy más grande.

Silencio.

Mala respuesta.

—No me mires así.

—Estoy intentando decidir si golpearte con pizza.

—Sería desperdicio.

—Punto válido.

Tomo una porción.

Ella sonríe.

—Bien.

—No.

—Come.

Obedezco.

No porque ella ordene.

Porque tiene razón.

Eso también es crecimiento.

Cenamos hablando de la votación.

No de la transmisión.

Primero de cómo se sintió para ella.

—Pensé que Arendt iba a votar no —dice.

—Lo hizo.

—Lo sé.

Mi mandíbula se tensa.

Anabella me mira.

—No vas a memorizar nombres.

—Ya lo hice.

—Cassian.

—Fue público.

—Las personas pueden votar contra mí.

—Lo sé.

—Sin consecuencias.

—Institucionales.

—Ni personales.

Suspiro.

—No haré nada.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Tu lobo?

—No tiene cargo público.

Ella ríe.

—Gracias a Dios.

—Aunque tiene opiniones.

—Eso sí lo sé.

Continúa comiendo.

—Cuando Thorn dijo que estaba aprobada, pensé que iba a sentir algo enorme.

—¿Y?

—Sentí hambre.

Me quedo mirándola.

—¿En serio?

—Muchísima.

Empiezo a reír.

—No tiene gracia.

—Te nombraron para una comisión continental y pensaste en pizza.

—Había desayunado temprano.

—Eso explica la historia.

—Después sí sentí algo.

—¿Qué?

Anabella baja la porción.

Piensa.

—No sé.

No la apresuro.

—La primera vez que entré a una sala del Consejo fue como tu Mate —dice finalmente—. Aunque tenía mi carrera, mis estudios, todo... el problema era nuestra relación.

Recuerdo.

Aquella audiencia.

Los hombres hablando de su marca como requisito.

Su legitimidad.

Su posible lugar junto a mí.

—Hoy entré porque ellos necesitaban votar si querían mi trabajo.

Mi pecho se aprieta.

—Sí.

—No si podía estar contigo.

—No.

—No si merecía ser Reina.

—No.

—Solo mi silla.

Su sonrisa vuelve.

—Y la conseguí.

—Sí.

—Sin ti.

Mi lobo protesta.

No porque quiera quitarle el mérito.

Porque la frase suena a distancia.

Anabella lo siente.

—No de esa forma.

Asiento.

Sé lo que quiere decir.

—Sin mi poder.

—Eso.

—Sí.

Ella me observa.

—¿Te molesta?

Pienso.

La respuesta fácil sería no.

La verdad es más complicada.

—Una parte de mí quiere poder darte todo.

Anabella guarda silencio.

—Resolver cada problema. Eliminar cada riesgo. Abrir cualquier puerta.

—Lo sé.

—Entonces sí. Hay una parte primitiva y profundamente arrogante de mí que preferiría que nunca necesitaras nada que yo no pudiera darte.

Su expresión se suaviza.

—Pero.

—Verte conseguir algo que yo no podía darte...

Busco la palabra.

—Es mejor.

Anabella sonríe.

—Eso fue casi saludable.

—No exageres.

—¿Casi?

—Estoy cansado.

—Siempre te vuelve sentimental.

—Empiezo a detectar un patrón preocupante.

Ella se estira y toca mi marca.

El vínculo se abre.

Afecto.

Orgullo.

Amor.

Casa.

Mi lobo responde.

Nuestra.

—¿Qué dijo? —pregunto.

—Liora.

—Sí.

—Silla.

Parpadeo.

—¿Qué?

Anabella empieza a reír.

—Estoy bromeando.

La miro.

—Eso no fue gracioso.

—Tu cara.

—Voy a pedir que la comisión regule el abuso de vínculos.

—No puedes.

—Puedo enviar sugerencias como ciudadano.

—Como ciudadano.

—Sí.

—No como Rey.

—Correcto.

—Aprendes.

—Dolorosamente.

La primera reunión oficial de la comisión queda fijada para dos semanas después.

Anabella recibe el correo durante la cena.

Lo lee.

Su expresión cambia.

—¿Qué?

—Dos semanas.

—¿Problema?

—No.

—Tu cara dice...

Me mira.

Cierro la boca.

Sonríe.

—Solo estaba pensando que es real.

—Lo es.

—Quieren empezar con rechazo y salida territorial.

—Tiene sentido.

—Blackwood será piloto.

Ah.

Arthur.

La vieja reacción intenta aparecer.

No la dejo.

—Sí.

Anabella me observa.

Probablemente siente algo.

—¿Estás bien?

La pregunta me hace sonreír.

Ahora ella me la hace.

—Sí.

—¿Bien de verdad?

—No me gusta que tu trabajo pueda obligarte a hablar sobre él.

—No necesariamente con él.

Eso ayuda.

—Pero incluso si ocurre...

Su tono cambia.

Calmado.

—No necesito que te guste.

—Gracias.

—Solo necesito que confíes en mí.

La miro.

—Lo hago.

No tengo que pensarlo.

—Y si alguna vez no puedes...

—Te lo diré.

Anabella asiente.

—Eso es suficiente.

Miro su marca.

La comisión.

La mujer sentada frente a mí.

Arthur forma parte de su historia.

No puedo borrarlo.

No quiero hacerlo.

Porque borrar su pasado significaría borrar también la mujer que salió de él.

Yo no necesito ser el único hombre que existió.

Necesito ser el hombre que ella elige ahora.

Y lo soy.

Eso basta.

Mi lobo considera que además deberíamos marcar cada centímetro visible para dejarlo más claro.

Lo ignoro.

Con enorme madurez.

A las nueve llega Mireille.

Sin avisar.

Por supuesto.

Las puertas del ascensor se abren.

Mi madre sale.

Se detiene.

Nos mira.

Primero a Anabella.

Después a mí.

Sus ojos bajan a mi cuello.

Silencio.

Anabella me mira.

Yo cierro los ojos.

—Niccolas.

—No fue Niccolas —dice mi madre.

Abro los ojos.

—Entonces...

—Tengo internet, Cassian.

Anabella ríe.

Traición.

Mireille camina directamente hacia ella.

No habla de la marca.

Primero la abraza.

—Felicitaciones.

Anabella se queda quieta un segundo.

Después corresponde.

—Gracias.

—Vi la votación.

—¿Toda?

—Por supuesto.

Mireille se aparta.

—Arendt siempre fue irritante.

—Madre.

—¿Qué? Votó no.

—Puede hacerlo.

—No dije que no pudiera. Dije que es irritante.

Anabella sonríe.

—En eso estamos de acuerdo.

Entonces Mireille mira la marca.

No toca.

Solo mira.

Sus ojos se humedecen.

—Y por esto también.

Anabella lleva una mano al cuello.

—Gracias.

Mi madre la observa.

—¿Feliz?

—Sí.

—¿Segura?

—Sí.

Mireille asiente.

Eso es todo.

No pregunta por Corona.

No pregunta por ceremonia.

No pregunta por boda.

Nada.

Mi gratitud es tan fuerte que probablemente ella la percibe en mi cara.

—No hagas eso —dice.

—¿Qué?

—Parece que esperabas que me comportara mal.

—Historial.

—Tienes razón.

Anabella ríe.

Mireille gira hacia mí.

Mira mi cuello.

Su expresión cambia.

—Ella también te marcó.

—Sí.

—Bien.

Anabella empieza a reír más fuerte.

Yo miro a mi madre.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres? ¿Un discurso?

—No.

—Entonces bien.

—Todo el mundo está usando esa palabra incorrectamente.

Mireille se acerca.

Toca mi mejilla.

Por un segundo deja de ser la antigua Reina.

Solo mi madre.

—Te ves feliz.

Me quedo quieto.

No sé cómo responder a eso.

Ella sonríe.

—Era hora.

Anabella deja de reír.

El vínculo se llena de emoción.

Mi madre mira entre nosotros.

—¿Cuándo van a Beaumont?

—Este fin de semana —digo.

Al mismo tiempo Anabella dice:

—Tal vez este fin de semana.

Silencio.

Mireille me mira.

Anabella también.

—Tal vez —corrijo.

—Aprende rápido —dice mi madre.

—Está en entrenamiento —responde Anabella.

—Excelente.

—La cena será de diez personas.

Mireille guarda silencio.

Demasiado.

Anabella cruza los brazos.

—Diez.

—Claro.

—Mireille.

—Doce.

—Diez.

—Once.

—¿A quién agregas?

—A mí misma.

—Ya estabas incluida.

—Entonces diez.

Anabella sonríe satisfecha.

Mi madre me mira.

—Es buena.

—Lo sé.

—Estoy aquí.

—También lo sé.

Anabella toma otra porción de pizza.

—Continúen.

Mireille se sienta.

—¿Queda comida?

Le acercamos la caja.

Y así, sin ninguna ceremonia, la antigua Reina se entera de que su hijo está marcado mientras come pizza con la mujer que acaba de conseguir una silla diseñada para ser independiente de él.

Mi padre habría encontrado todo aquello absurdamente adecuado.

Después de que mi madre se va, Anabella se queda de pie junto a la ventana.

Yo recojo las cajas.

—Cassian.

—¿Sí?

—He estado pensando.

Eso nunca introduce algo pequeño.

—¿En qué?

No se gira.

—En la Corona.

Mis manos se detienen.

Mi lobo también.

No digo nada.

No quiero cometer un error.

Anabella mira las luces de Silvercrest.

—No voy a aceptarla ahora.

Mi pecho siente algo que no quiero nombrar.

No decepción.

Tal vez deseo postergado.

—Bien.

La palabra sale tranquila.

Y esta vez es exactamente correcta.

Anabella gira.

—Pero ya no quiero decir que no.

Eso es diferente.

Completamente.

Mi lobo avanza.

No.

Quieto.

—¿Qué quieres decir?

—Que antes cada vez que pensaba en ser Reina, mi primera reacción era buscar razones para rechazarlo.

Asiento.

—Ahora quiero saber qué significaría de verdad.

No me muevo.

—No lo que el Consejo dice.

—Bien.

—Ni lo que hizo tu madre.

—Bien.

—Ni lo que tú imaginas.

Eso duele un poco.

Probablemente se nota.

Anabella sonríe.

—También quiero saber eso.

—Ah.

—Pero después.

Me acerco despacio.

—¿Qué necesitas?

—Tiempo.

—Lo tienes.

—Información.

—La tendrás.

—Y quiero seguir trabajando en la comisión antes de decidir.

—Sí.

—Quiero ver si puedo sostener Virelli, la comisión, Beaumont y nuestra relación sin sentir que estoy desapareciendo.

Mi pecho se aprieta.

—Si empiezas a desaparecer...

—Lo notaré.

—Y yo te lo diré.

—Eso también.

Se acerca.

—No quiero que me protejas de querer la Corona.

La frase me golpea.

Fuerte.

—¿Qué?

—Creo que últimamente estás tan concentrado en no presionarme que cada vez que menciono el tema retrocedes.

Tiene razón.

—No quiero influirte.

—Ya influyes en mí.

Me quedo inmóvil.

—Cassian, te amo.

Otra vez.

Mi cerebro deja de funcionar brevemente.

Anabella suspira.

—Concéntrate.

—Estoy intentando.

—Eres una parte de mi decisión. Por supuesto que influyes.

—Eso puede ser peligroso.

—También puede ser normal.

Silencio.

—No necesito que desaparezcas de la conversación para que la elección sea mía.

Ah.

Algo se acomoda.

—¿Quieres saber qué imagino?

—No hoy.

Claro.

Me río.

—Cruel.

—Quiero dormir tranquila esta noche.

—¿Mis ideas son tan malas?

—Probablemente incluyen demasiadas personas y edificios.

—Hay edificios necesarios.

—Eso temía.

Me abraza.

Yo la rodeo.

—Algún día —dice.

No sé a qué se refiere exactamente.

Corona.

Conversación.

Boda.

Todo.

Nada.

No pregunto.

—Algún día —respondo.

El vínculo se calma.

Esa noche Anabella duerme primero.

Yo permanezco despierto unos minutos.

No por preocupación.

No completamente.

Miro su marca.

Después la mía.

Pienso en la silla que consiguió esta mañana.

Yo no se la di.

No podía.

Eso la hace más importante.

Durante años confundí amor con la capacidad de colocar cosas a los pies de alguien.

Protección.

Recursos.

Poder.

Soluciones.

Con Anabella tuve que aprender algo mucho más difícil.

Hay cosas que no debo darle.

Su libertad.

Su carrera.

Su voz.

Su silla.

Porque ya son suyas.

Mi trabajo no es entregárselas.

Es no ponerme delante.

Incluso cuando podría.

Especialmente cuando podría.

Anabella se mueve dormida.

Su mano encuentra mi pecho.

El vínculo se llena de una calma tibia.

Casa.

No sé si viene de Liora.

De ella.

O de mí.

Tal vez ya no importe tanto.

Mañana la comisión empieza a existir.

Después vendrá Blackwood.

Las reformas.

Beaumont.

La pregunta de la Corona.

Algún día, quizá, otra pregunta que todavía no tengo derecho a convertir en plan.

Matrimonio.

Mi lobo se despierta.

Sí.

No.

Se ofende.

Lo ignoro.

Miro a Anabella.

Hoy entró sola a una sala en la que todos sabían con quién dormía, quién la había marcado y qué Corona podía algún día llevar.

Y salió con algo que no dependía de ninguna de esas cosas.

Su propia silla.

Sonrío.

Quizá esa sea la razón por la que, si algún día acepta sentarse junto a mí en un trono, podré creerle cuando diga que lo eligió.

Porque ya la vi elegir un lugar donde yo no podía ponerla.

Y quedarse allí por sí misma.

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