La Corona que puedo dejar
La Corona que puedo dejar
Cuatro meses después de conseguir mi silla en la comisión, aprendo que cambiar siglos de tradición es mucho menos romántico de lo que parece.
Principalmente consiste en documentos.
Muchos.
Demasiados.
—Noventa y seis páginas.
Thorn me mira desde el otro extremo de la mesa.
—Noventa y dos.
Levanto el borrador.
—Hay cuatro páginas de anexos.
—Los anexos no cuentan.
—Dile eso a cualquier abogado.
La jurista sentada a mi izquierda, Mara Klein, levanta una mano.
—Los abogados apoyamos a la señora Salvatore.
—Por supuesto —murmura Thorn.
Llevamos tres horas reunidos.
La sala de la comisión ya no me resulta extraña.
Al principio entraba aquí y sentía la necesidad absurda de recordar por qué tenía derecho a ocupar mi silla.
Ahora simplemente dejo el bolso, abro la computadora y pregunto quién arruinó mi borrador durante la noche.
Normalmente Thorn.
A veces Mara.
Una vez fui yo.
No lo admitiremos públicamente.
Sobre la mesa está la primera reforma completa que enviaremos al Consejo.
Estatuto Continental de Autonomía Posterior al Rechazo.
El nombre es terrible.
La norma no.
Por primera vez, si el Consejo la aprueba, una persona que acepte un rechazo tendrá garantizados derechos mínimos independientemente de la manada donde viva.
Documentación propia.
Acceso a cuentas y patrimonio.
Representación legal.
Alojamiento temporal.
Traslado seguro.
Prohibición de confinamiento territorial.
Protección frente a represalias.
Y la cláusula que todavía me hace detenerme cada vez que la leo:
La persistencia del vínculo no genera derechos sobre la otra persona una vez que el rechazo ha sido aceptado.
Arthur.
Ya no pienso en él cada vez.
Eso también significa algo.
Blackwood completó los primeros tres meses como territorio piloto.
No sin problemas.
Hubo resistencia.
Dos consejeros territoriales dimitieron.
Un grupo tradicionalista acusó a Arthur de debilitar la autoridad Alfa.
Él respondió publicando cada resultado del programa.
Cuarenta y dos solicitudes de asesoramiento.
Nueve salidas territoriales.
Tres reconciliaciones voluntarias.
Ninguna desaparición.
Ninguna represalia confirmada.
Tres reconciliaciones.
Ese dato fue importante.
Porque demostró algo que llevaba meses intentando explicar.
Dar a una persona capacidad real de marcharse no destruye los vínculos.
Solo permite saber cuáles existen porque alguien decidió quedarse.
—Quiero cambiar este párrafo —digo.
Mara se inclina.
—¿Cuál?
—El de reconciliación.
Thorn suspira.
—Otra vez.
—Sí.
—Ya lo revisamos.
—Está mal.
—Lo escribiste tú.
—Entonces yo estaba equivocada.
Mara sonríe.
—Me gusta trabajar contigo.
—Gracias.
Thorn cierra los ojos.
—¿Qué propones?
Leo:
—“Las partes podrán solicitar la restauración voluntaria de derechos de convivencia una vez transcurrido un periodo de evaluación de noventa días.”
Dejo el documento.
—No quiero “restauración”.
—¿Por qué?
—Porque suena como si los derechos antiguos hubieran estado esperando.
Mara asiente lentamente.
—¿Nueva constitución?
—Exactamente.
—Eso obligaría a realizar contratos nuevos.
—Sí.
Thorn me observa.
—Más burocracia.
—Más elección.
Silencio.
Sé que gané antes de que responda.
—Redáctalo —dice finalmente.
Sonrío.
—Gracias.
—No sonrías.
—Estoy siendo cordial.
—Estás disfrutándolo.
—Muchísimo.
Mi teléfono vibra boca abajo sobre la mesa.
No lo miro.
Hace cuatro meses lo habría hecho.
No porque Cassian me controlara.
Porque yo seguía acostumbrándome a la intensidad del vínculo marcado.
Si él estaba inquieto, yo lo sentía.
Si yo estaba agotada, él aparecía con comida.
Si cualquiera de los dos tenía una emoción demasiado fuerte, el otro pasaba quince minutos preguntando qué ocurría.
Aprendimos.
No a cerrar el vínculo.
A no convertir cada sensación en una emergencia.
Ahora puedo sentirlo.
Lejos.
En alguna reunión de la Corona.
Concentrado.
Ligeramente irritado.
Probablemente alguien está hablando demasiado.
Normal.
Liora se mueve.
Él.
—Sí.
Bien.
—También.
La palabra ya no me molesta.
Salgo de la comisión a las cuatro y treinta.
A las cuatro y cuarenta y cinco estoy en Virelli.
A las cuatro y cuarenta y siete Lucía entra en mi oficina sin tocar.
Algunas cosas jamás mejoran.
—Necesito saber si puedo reservar diciembre.
Ni siquiera levanto la vista.
—No.
—No sabes para qué.
—Contigo nunca importa.
—Eso fue ofensivo.
—Experiencia.
Lucía deja una carpeta sobre mi escritorio y se sienta.
—Necesito organizar vacaciones.
—Organízalas.
—Pero si vas a coronarte en diciembre, necesitaré bloquear fechas.
Mi mano se detiene sobre el teclado.
La miro.
Ella sonríe.
—Ah.
—No hay coronación.
—Todavía.
—Lucía.
—Solo pregunto.
—No. Estás investigando.
—Soy eficiente.
—¿Quién te dijo algo?
—Nadie.
—Niccolas.
—No puedo revelar fuentes.
—Fue Niccolas.
—Eso es una acusación grave.
—¿Qué hizo?
Lucía intenta mantener la cara seria.
Fracasa.
—Cassian pidió informes sobre protocolos modernos de coronación.
Cierro los ojos.
No estoy enfadada.
Eso es lo irritante.
Hace meses habría interpretado inmediatamente que estaba planeando algo sin mí.
Ahora conozco mejor al hombre.
Probablemente está leyendo.
Investigando.
Pensando.
Y probablemente intenta hacerlo en secreto porque sabe que si me entrega cincuenta documentos antes de que yo decida algo, voy a empujarlo desde un balcón.
—No significa que esté organizando nada.
—Lo sé.
—Entonces deja de hacer esa cara.
—¿Qué cara?
—La de dama de honor autoproclamada.
Lucía se lleva una mano al pecho.
—¿Habría boda antes?
—Fuera.
—¿Después?
—Lucía.
—Pregunta logística.
—Ni siquiera estamos comprometidos.
Su cara cambia.
Oh, no.
—No.
—No dije nada.
—Tu cara gritó.
—Solo iba a señalar que llevan cuatro meses marcados.
—Eso no crea un cronograma.
—Claro.
—Y no todas las relaciones necesitan matrimonio.
—Por supuesto.
—Deja de asentir así.
—Estoy siendo comprensiva.
—Estás siendo insoportable.
—Eso también.
Vuelvo a la computadora.
Lucía permanece sentada.
La siento mirando.
—¿Qué?
—Nada.
—Dilo.
—¿Quieres ser Reina?
La pregunta ya no me produce la reacción que habría provocado cuatro meses atrás.
Eso es lo primero que noto.
No me cierro.
No busco una salida.
Solo pienso.
—No sé.
Lucía inclina la cabeza.
—Eso no es verdad.
La miro.
—No sé si quiero aceptar ahora.
—No fue lo que pregunté.
Silencio.
Maldita sea.
—¿Quieres ser Reina?
Respiro.
Mi oficina está tranquila.
Afueras, el equipo de Virelli sigue trabajando.
Mi nombre está en la puerta.
Mi empresa sigue siendo mi empresa.
Nadie me pidió renunciar.
La comisión ocupa dos días completos de mi semana y partes irritantes de muchos otros.
Voy a Beaumont casi todos los fines de semana.
A veces Cassian viene conmigo.
A veces voy antes.
Tengo una habitación allí que ya nadie llama “la habitación de Anabella” porque mis cosas han colonizado demasiados espacios para que el concepto siga teniendo sentido.
Liora llama manada a Beaumont.
Casa.
Nuestra.
Yo todavía vivo parte de la semana en Silvercrest.
Trabajo.
Viajo.
Discuto con Cassian.
Duermo con él.
Paso días sin verlo cuando nuestras agendas no coinciden.
Y sobrevivo.
Más que eso.
Estamos bien.
No desaparecí.
—Creo que sí —digo.
Lucía deja de sonreír.
—Ah.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Emocionarte.
—No estoy emocionada.
Sus ojos están húmedos.
—Eres terrible mintiendo.
—Aprendí de ti.
Me reclino en la silla.
Decirlo en voz alta hace algo.
No terror.
No presión.
Solo realidad.
—Creo que quiero ser Reina.
Lucía permanece callada.
Eso es raro.
—Pero no quiero dejar Virelli.
—No lo hagas.
—No quiero abandonar la comisión.
—No lo hagas.
—No quiero vivir toda mi vida con una agenda diseñada por otras personas.
—Definitivamente no lo hagas.
—No quiero convertirme en una versión política de Cassian.
—El continente no sobreviviría a dos.
Sonrío.
—Y necesito saber que puedo renunciar.
Lucía no bromea esta vez.
—Entonces asegúrate de poder hacerlo.
—Legalmente puedo.
—No pregunto por legalidad.
Eso me detiene.
—¿Qué preguntas?
Lucía se encoge de hombros.
—Si tú vas a permitirte hacerlo si algún día deja de hacerte feliz.
Miro hacia la ventana.
Eso es más difícil.
Porque conozco mi patrón.
Responsabilidad.
Utilidad.
Quedarme porque otros dependen.
Soportar un poco más.
Justificar.
Intentar reparar.
—No lo sé.
Lucía asiente.
—Entonces quizá esa sea la conversación que falta.
—¿Con Cassian?
—Contigo.
Maldita mujer.
—Te odio.
—No es verdad.
—Un poco.
—Eso acepto.
Se levanta.
—Entonces ¿reservo diciembre?
—No.
—Enero.
—Fuera.
—Solo necesito vestidos con tiempo.
—Lucía.
Sale riéndose.
Yo me quedo sola.
Y la pregunta permanece.
¿Puedo aceptar una Corona sabiendo que también podría dejarla?
No legalmente.
Emocionalmente.
Esa noche Cassian llega a casa después de las nueve.
No penthouse.
Casa.
La palabra ya ocurre sola.
Estoy en el sofá revisando correos cuando el ascensor se abre.
Cassian sale con el saco sobre un brazo y una expresión de hombre que pasó demasiadas horas escuchando a personas que no le agradan.
Liora despierta.
Él.
Sonrío.
—Mala reunión.
—Horrible.
—¿Vale?
Se detiene.
—¿Cómo sabes?
—Tu irritación aumentó aproximadamente un treinta por ciento cuando dije su nombre.
—El vínculo es invasivo.
—Te lo advertí.
Vale sigue bajo vigilancia política después del intento de destitución, aunque ya no tiene fuerza suficiente para causar un problema serio. Ahora se dedica principalmente a utilizar procedimientos para ralentizar reformas.
Una molestia.
No una amenaza.
Eso me gusta.
No todo enemigo necesita terminar muerto o encarcelado.
Algunos pueden simplemente perder.
Cassian deja el saco.
Se acerca.
Besa mi frente.
Después mi marca.
Costumbre.
Mi cuerpo responde igual que siempre.
Otra cosa que no mejora.
—¿Comiste?
—Sí.
—¿Qué?
—Pasta.
—¿De verdad?
—No.
Me mira.
—Anabella.
—Una ensalada.
—Eso no es cena.
—Tenía pollo.
—Eso es una ensalada con argumentos.
Empiezo a reír.
—Siéntate.
Cassian se quita la corbata.
—Voy a preparar algo.
—No tengo hambre.
—Yo sí.
—Eso es distinto.
—Puedes acompañarme.
—Manipulador.
—Compañía.
Va hacia la cocina.
Lo sigo.
Porque quiero.
Me siento sobre la encimera mientras él busca ingredientes.
Esta vez encuentra todo.
Crecimiento real.
—Lucía sabe que estás leyendo protocolos de coronación.
El cuchillo se detiene.
Ah.
—Niccolas.
—Eso dije.
Cassian cierra los ojos.
—Voy a matarlo.
—No.
—Le pedí discreción.
—¿Por qué?
—Porque no quería que pensaras que estaba planeando algo.
—¿Estás planeando algo?
—No.
Lo dice inmediatamente.
Le creo.
El vínculo ayuda.
No hay culpa.
Solo irritación.
—Entonces ¿por qué los lees?
Cassian deja el cuchillo.
Me mira.
—Porque dijiste que querías saber qué significaría.
Lo recuerdo.
Cuatro meses atrás.
Después de mi votación.
Le dije que no quería decir que no.
Que quería información.
—Podías habérmelos dado.
—Pensé hacerlo.
—Pero.
—Eran ciento ochenta páginas.
Sonrío.
—Me conoces.
—Demasiado.
—¿Qué descubriste?
Cassian observa mi cara.
—¿Quieres hablar hoy?
—Sí.
Algo en él cambia.
Atención absoluta.
No entusiasmo.
No quiero saber cuánto control requiere.
—Bien.
Se lava las manos.
Deja de cocinar.
—Podemos comer después.
—Eso fue serio.
—Lo es.
Voy hacia el comedor pequeño.
No el formal.
Nunca usamos el formal.
Cassian se sienta frente a mí.
No a mi lado.
Negociación.
Claro.
—Empieza —digo.
—La Corona actual tiene siete obligaciones formales vinculadas a la Reina.
—¿Siete?
—Antes eran diecinueve.
—Mireille.
—Principalmente.
Sonrío.
—Bien.
—La primera es representación en determinadas sesiones del Consejo.
—¿Obligatoria?
—Actualmente sí, seis por año.
—Podría vivir con eso.
—La segunda es participación en el consejo territorial Beaumont.
—No quiero voto automático.
Cassian asiente.
—Eso también pensé.
—No te adelantes.
—Lo siento.
Anota mentalmente.
Puedo sentirlo.
—Podría tener voz sin voto —digo— salvo que fuera elegida por la manada para un puesto concreto.
—Tiene sentido.
—Siguiente.
—Supervisión tradicional de programas sociales de la Corona.
Hago una mueca.
—No.
—Yo tampoco lo entiendo.
—No quiero “programas de la Reina”.
—Podrían pasar a fundación independiente.
—Sí.
—Tercera...
Seguimos.
No durante diez minutos.
Durante casi una hora.
Protocolo.
Presupuesto.
Residencia.
Viajes.
Representación internacional.
Seguridad.
Acceso a información clasificada.
Conflictos con Virelli.
Mi participación en la comisión.
Algunas cosas me gustan.
Otras me parecen absurdas.
Varias necesitan reformas aunque yo nunca acepte la Corona.
Al final tengo nueve páginas de notas.
Cassian tiene una expresión sospechosamente feliz.
—No te emociones.
—No lo estoy.
—Marcado.
—¿Qué?
—El vínculo te delata.
Suspira.
—Estoy intentando.
—Lo sé.
Guardo silencio.
La pregunta importante todavía no apareció.
Cassian lo siente.
—¿Qué falta?
Lo miro.
—Renunciar.
Su expresión cambia.
No demasiado.
Pero lo siento.
Dolor.
Miedo.
Su lobo se levanta.
No para impedir.
Para escuchar.
—Quiero saber exactamente cómo dejo de ser Reina.
Cassian respira.
—Actualmente, renuncia formal ante el Consejo y la manada Beaumont.
—¿Necesito aprobación?
—No.
—¿Pueden rechazarla?
—No.
—¿Tú?
Silencio.
—No.
—Quiero que eso esté escrito de forma imposible de interpretar.
—Lo estará.
—Y quiero que la renuncia a la Corona no afecte nuestra relación.
Cassian me mira.
—Nunca.
—Sé lo que tú quieres.
—Legalmente tampoco.
—Quiero verlo.
—Te mostraré la norma.
Asiento.
—También quiero saber qué ocurriría si tú dejaras de ser Rey.
Cassian se recuesta.
—Yo seguiría siendo Alfa Beaumont salvo que también renunciara.
—¿Y yo?
—Si fueras Reina, dejarías de serlo conmigo.
—Automáticamente.
—Sí.
—Eso me gusta.
Él sonríe.
—¿Por qué?
—Porque significa que el título pertenece al trabajo, no a mí.
Su expresión cambia.
Interés.
—Explícate.
Pienso.
—Durante años pensé en Luna como identidad.
No cargo.
No función.
Identidad.
Futura Luna.
Mate del Alfa.
Todo estaba mezclado.
—Si acepto ser Reina, necesito que sea algo que hago.
No lo que soy.
Cassian permanece inmóvil.
—Soy Anabella —continúo—. Dirijo Virelli. Integro una comisión. Soy tu Mate. Soy parte de Beaumont. Puedo ser Reina.
Levanto un hombro.
—Pero si un día dejo de hacerlo, ninguna de las otras cosas desaparece automáticamente.
El vínculo se llena de una emoción tan profunda que tengo que detenerme.
—Cassian.
—Lo siento.
—No. Está bien.
Esta vez sí.
—Solo es mucho.
Él toma mi mano sobre la mesa.
—Eso es exactamente lo que quiero.
—No puede ser exactamente. Nunca lo hablamos así.
—Quiero decir que no quiero que una Corona te consuma.
—¿Aunque eso signifique que puedas dejarla?
Veo cómo duele.
No lo oculta.
—Sí.
—¿Aunque el Consejo se vuelva imposible?
—Sí.
—¿Aunque Beaumont te necesite conmigo?
—Ellos me tienen a mí.
—¿Aunque el continente prefiera una pareja real estable?
Su pulgar roza mi mano.
—El continente sobrevivió antes de ti.
—Eso fue poco romántico.
—Estoy intentando ser preciso.
Sonrío.
—Me gusta.
—Anabella.
Su voz baja.
—Si aceptas, quiero que sea porque puedes dejarlo.
Mi garganta se cierra.
Exactamente.
Eso.
—Mireille me dijo algo parecido hace meses.
—Mi madre te dice demasiadas cosas.
—Tu madre es sabia.
—Eso solo la alienta.
—Dijo que la libertad no está en decir siempre que no.
Cassian recuerda.
Lo veo.
—También puede ser un sí —murmura.
Asiento.
—Creo que finalmente lo entendí.
El silencio cambia.
Cassian no habla.
No se atreve.
Eso casi me hace reír.
—Puedes preguntar.
—No.
—¿No?
—No voy a convertir esta conversación en una decisión.
Maldito hombre.
—¿Y si ya es una decisión?
Se queda inmóvil.
Su mano deja de moverse.
El vínculo explota.
Esperanza.
Miedo.
Deseo.
Su lobo.
Corona.
Mate.
Nuestra.
Demasiado.
—Anabella.
—Todavía no dije nada.
—Lo sé.
—Entonces respira.
Lo hace.
Una vez.
Muy mal.
—Cassian.
—Estoy respirando.
—Como una persona que está a punto de sufrir un infarto.
—Estoy bien.
—Palabra prohibida.
Eso lo hace reír.
Gracias.
Necesito que esto no se convierta en ceremonia antes de tiempo.
Me levanto.
Él me sigue con la mirada.
Camino hasta la ventana.
Silvercrest abajo.
La ciudad donde reconstruí mi vida.
Donde aprendí a existir sin manada.
Donde conocí a un Rey que supo quién era yo antes de que yo supiera qué significaba él.
—Durante meses tuve miedo de que aceptar la Corona demostrara que no aprendí nada —digo.
Cassian no interrumpe.
—Arthur me rechazó y yo perdí todo el futuro que había construido alrededor de ser Luna. Después pasé años demostrando que no necesitaba eso.
Virelli.
Mi dinero.
Mi apartamento.
Mis decisiones.
—Y funcionó.
—Sí.
—Quizá demasiado.
Me giro.
—Empecé a pensar que necesitar algo era peligroso.
Cassian me observa.
—Una manada.
Asiento.
—Un Mate.
—Sí.
—Una casa compartida.
—Sí.
—Una marca.
Toco mi cuello.
Sonríe apenas.
—Sí.
—Y ahora una Corona.
Mi corazón late más rápido.
Pero no de miedo.
—No necesito ser Reina.
—Lo sé.
—Eso es importante.
—Mucho.
—Pero quiero hacerlo.
Cassian deja de respirar.
De verdad.
—Quiero aceptar la Corona.
Nada ocurre.
Él no se levanta.
No me abraza.
No sonríe.
Solo me mira.
Eso dura demasiado.
—Cassian.
—Estoy intentando no hacer algo que lamentes.
Empiezo a reír.
—¿Qué cosa?
—No sé.
—Eso es preocupante.
—Mi lobo quiere aullar.
—Puede hacerlo después.
—Quiere llamar a mi madre.
—Definitivamente no.
—Quiere...
Se calla.
—¿Qué?
—Nada.
—Cassian.
—Comprar cosas.
Entrecierro los ojos.
—¿Qué cosas?
—No importa.
—¿Una corona?
—Ya existe.
—Eso no me tranquiliza.
—Joyas.
—No.
—Lo sé.
—Un vestido.
—No elegiría tu vestido.
—Gracias a Dios.
—Flores.
—¿Por qué flores?
—No sé. Está desorganizado.
Empiezo a reír tan fuerte que tengo que apoyarme en la ventana.
Cassian finalmente sonríe.
La tensión se rompe.
—Tu lobo es muy poco útil en eventos.
—Nunca afirmó lo contrario.
Me acerco.
Cassian se levanta.
Todavía espera.
No me toca hasta que yo rodeo su cintura.
Entonces me abraza.
Fuerte.
No demasiado.
Exacto.
El vínculo se llena de una emoción que no puedo separar.
Amor.
Orgullo.
Alivio.
Miedo.
—Estoy segura —digo.
—No iba a preguntar.
—Mentiroso.
—Lo estaba pensando.
—Lo sé.
Apoyo la cabeza contra su pecho.
—Pero tengo condiciones.
Su risa vibra debajo de mi oído.
—Por supuesto.
—Muchas.
—Esperaba eso.
—Quiero reformar el juramento.
Cassian se aparta apenas.
—Sí.
—No voy a jurarte obediencia.
Su expresión es casi ofensiva.
—¿Eso existe?
—En la versión tradicional.
—Lo eliminaremos.
—No solo para mí.
Él comprende.
—Para futuras Reinas y consortes.
—Sí.
—De acuerdo.
—El juramento será al territorio, a las leyes y a la protección de derechos de la manada.
—Sí.
—No al Rey.
—Sí.
—Quiero mantener Salvatore.
—Nunca pensé lo contrario.
—Profesionalmente y legalmente.
—Sí.
—Seguiré en Virelli.
—Sí.
—La comisión.
—Sí.
—Seguridad se coordina conmigo, no me informa después.
Una mueca.
—Sí.
—No puedes suspender mis actividades por “riesgo” sin un protocolo definido.
—Eso habrá que negociar.
Lo miro.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. No espero ganar todo.
Cassian sonríe.
—Eso sí es nuevo.
—No abuses.
—Continúa.
—Quiero un mecanismo formal de renuncia.
—Lo redactaremos.
—Y quiero que sea público antes de mi coronación.
Él frunce el ceño.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que solo yo tenga una salida.
Silencio.
—Toda persona que ocupe un rol de consorte o Luna debería tenerla.
Cassian me mira durante varios segundos.
—Vas a reformar la Corona antes de usarla.
—Sí.
—Mi padre te habría adorado.
Mi garganta se cierra.
—¿Eso es bueno?
—Mucho.
Lo beso.
Lento.
Sin desesperación.
No es un final.
Eso es lo extraño.
Aceptar la Corona no se siente como llegar a ninguna parte.
Solo como abrir otra puerta.
Cuando nos separamos, Cassian apoya su frente contra la mía.
—¿Cuándo quieres hacerlo?
—No sé.
Su lobo protesta.
Me río.
—Escuché eso sin escucharlo.
—Está decepcionado.
—Puede esperar.
—¿Semanas?
—Probablemente.
—¿Meses?
—Tal vez.
—Anabella.
—No negociamos fechas todavía.
—No estoy negociando.
—Tu vínculo está haciendo una tabla.
—Eso es discriminación.
Sonrío.
—Quiero primero terminar el primer paquete de reformas de la comisión.
Cassian piensa.
—La votación es en seis semanas.
—Exactamente.
—Después.
—Sí.
—En Beaumont.
No es pregunta.
Lo pienso.
La manada.
Mi primera carrera.
Mireille.
La casa.
Theo diciendo que soy pequeña.
Liora diciendo nuestra .
—Sí.
El vínculo se llena de alegría.
—Pero pequeña.
Cassian se queda callado.
—Define pequeña.
—No.
—Necesito parámetros.
—No quiero diez mil personas.
—Eso es extremadamente pequeño para una coronación continental.
—Cassian.
—Podemos reducir.
—Mucho.
—Cinco mil.
Lo miro.
—Estoy bromeando.
—No es verdad.
—Un poco.
—No quiero un espectáculo.
Su expresión se suaviza.
—Entonces no lo será.
—Quiero la manada.
—Sí.
—Mi familia.
—Sí.
—La comisión si quieren ir.
—Sí.
—Representantes territoriales necesarios.
—Sí.
—Y el Consejo porque legalmente no podemos lanzarlos a un lago.
—Correcto.
—¿Cuántos?
Cassian piensa.
Demasiado.
—No respondas todavía.
—Excelente.
—Quiero disfrutar cinco minutos antes de convertir esto en logística.
—Bien.
La palabra.
Nuestra palabra.
Lo abrazo otra vez.
Mireille llega cuarenta minutos después.
No porque Cassian la llame.
Porque yo lo hago.
Eso importa.
Aparece todavía con ropa de cena y una expresión preocupada.
—¿Ocurrió algo?
—No.
Mira a Cassian.
—Entonces ¿por qué tu hijo parece haber bebido seis cafés?
—No bebí café.
—Peor.
La invito a sentarse.
Cassian permanece de pie detrás de mí.
Puedo sentirlo conteniéndose.
—Tomé una decisión —digo.
Mireille me observa.
No mira mi cuello.
No mira a Cassian.
A mí.
—Quiero aceptar la Corona.
Su rostro cambia.
Primero sorpresa.
Después emoción.
Los ojos se humedecen.
Pero no se levanta.
No celebra.
—¿Estás segura?
Sonrío.
—Sí.
Mireille asiente.
—Entonces me alegra.
Eso es todo.
Y es perfecto.
Después mira a su hijo.
—Puedes respirar.
Cassian exhala.
Yo empiezo a reír.
—¿Se nota tanto?
—Desde el ascensor.
Mireille se acerca.
Me toma las manos.
—¿Sabes qué quieres cambiar?
—Muchas cosas.
Su sonrisa aparece.
—Por supuesto.
Le cuento.
El juramento.
La renuncia.
La continuidad profesional.
Los roles institucionales.
La independencia.
Mireille escucha y cada tanto asiente.
Cuando termino, se queda callada.
—¿Demasiado? —pregunto.
—No.
—Tu cara dice algo.
—Estoy pensando que tardamos treinta años en cambiar algunas de esas cosas.
—Eso no significa que no podamos cambiarlas ahora.
—Exactamente.
Aprieta mis manos.
—Hay una cosa más.
—¿Cuál?
—No quiero colocarte la Corona.
Parpadeo.
No esperaba eso.
—Pensé que tradicionalmente...
—Tradicionalmente la coloca el Rey.
Miro a Cassian.
Él hace una mueca.
—Definitivamente no.
Mireille sonríe.
—Eso pensaba.
—¿Entonces quién?
—Tú decides.
La respuesta debería haber sido obvia.
No lo era.
Pienso.
—No quiero que parezca que alguien me entrega autoridad.
—Entonces quizá nadie debería colocártela.
Silencio.
Cassian nos observa.
Comprendo.
—Yo.
Mireille sonríe.
—Tú.
Algo dentro de mí se acomoda.
No Cassian colocándome una Corona porque me elige.
No el Consejo aprobando mi lugar.
No Mireille transfiriéndome su legado.
Yo.
Aceptándola.
—Me gusta.
Cassian también sonríe.
—A mí también.
—No tienes voto.
—Lo sé.
—Solo comprobaba.
Mireille ríe.
Al día siguiente, el mundo sigue igual.
Eso parece ser una costumbre.
No hay anuncios.
No hay titulares.
Todavía.
Voy a Virelli.
Discuto una adquisición.
Almuerzo con Lucía, que descubre la decisión porque yo se la cuento antes de que Niccolas pueda hacerlo y considera aquello una victoria personal.
—Voy a ser amiga de una Reina.
—Ya eres amiga del Rey.
—Sí, pero tú eres más divertida.
—No creo que Cassian aprecie eso.
—Cassian sabe.
Después voy a la comisión.
Trabajo cuatro horas sobre el estatuto de rechazo.
No menciono la Corona.
No necesito hacerlo.
Al final de la reunión, Thorn se queda mientras los demás salen.
—¿Señora Salvatore?
—¿Sí?
—Hay un rumor.
Suspiro.
—Ya.
—No quería mencionarlo durante la reunión.
—Gracias.
—¿Es cierto?
Podría fingir no saber.
No vale la pena.
—Voy a aceptar la Corona.
Thorn parpadea.
Después sonríe.
—Felicitaciones.
—Todavía no se anunció.
—Entonces felicitaciones privadas.
—Gracias.
Su sonrisa disminuye.
—¿Seguirá en la comisión?
—Sí.
—Bien.
—Eso fue rápido.
—Nos costó demasiado construir su silla.
Sonrío.
—No pienso abandonarla.
Thorn asiente.
—Entonces habrá críticas.
—Lo sé.
—Dirán que la comisión está presidida por la Reina.
—No la presido.
—Los titulares no serán tan precisos.
—Nunca lo son.
—Algunos pedirán su renuncia.
—Pueden pedirla.
Me observa.
—¿Y si el conflicto se vuelve real?
—Me recusaré cuando corresponda.
—¿Y si no basta?
Pienso.
—Entonces decidiré en ese momento.
Thorn asiente.
Eso es todo.
No promete protegerme.
No me pide garantías imposibles.
Trabajamos.
Esto también es parte de aprender a ser algo sin convertirlo en todo.
Dos semanas después, el Consejo aprueba el Estatuto de Autonomía Posterior al Rechazo.
Treinta y ocho votos a favor.
Siete en contra.
Cinco abstenciones.
Estoy en la galería cuando ocurre.
Arthur no.
Blackwood envió representante jurídico.
Eso me parece correcto.
Cuando Thorn anuncia el resultado, pienso en la chica que salió de Blackwood con una maleta.
No en Arthur.
En ella.
En mí.
Liora se acerca.
Nosotras.
—Sí.
La emoción sube.
No lloro.
Casi.
Lucía llora suficiente por ambas desde tres asientos más atrás.
Cuando salimos, hay prensa.
Demasiada.
Thorn responde primero.
Mara después.
Finalmente alguien me pregunta:
—Señora Salvatore, ¿considera esta reforma una reparación personal por lo ocurrido con su primer Mate?
Antes la pregunta me habría enfadado.
Hoy no.
—No.
—¿Por qué?
—Porque una ley que depende de mi historia sería demasiado pequeña.
Silencio.
—Esta reforma es para cualquier persona que necesite marcharse y no tenga los recursos que yo tuve.
Otra periodista levanta la voz.
—¿El Alfa Blackwood participó directamente?
—Blackwood participó como territorio piloto. El informe está publicado.
—¿Ha hablado con Arthur Blackwood?
—No.
—¿Planea hacerlo?
—No.
Fácil.
Sin dolor.
Siguiente.
—¿Es cierto que aceptará la Corona Beaumont?
Ah.
El murmullo cambia.
Thorn me mira.
Yo no esperaba anunciarlo aquí.
Pero tampoco quiero esconderlo.
Toco mi marca.
No por nervios.
Costumbre.
—Sí.
Las preguntas explotan.
Levanto una mano.
—Todavía no existe fecha oficial. Los detalles serán comunicados por la Corona y Beaumont cuando corresponda.
—¿Renunciará a la comisión?
—No.
Más ruido.
—¿No considera incompatible ser Reina y miembro independiente?
—Consideraría incompatible que mi silla dependiera del Rey.
—Pero será su consorte.
—Ya soy su Mate.
Silencio.
Buena respuesta.
No la había preparado.
—La estructura de la comisión no cambia porque yo acepte otro trabajo.
—¿Ser Reina es “otro trabajo”?
Pienso en Mireille.
En la Corona que puedo dejar.
—Sí.
La palabra aparece clara.
—Para mí, sí.
Más preguntas.
No respondo todas.
No necesito.
Salgo.
Cassian está esperando en el auto.
No afuera.
Aprendió.
Entro.
Las puertas se cierran.
Lo miro.
Él me mira.
—“Otro trabajo”.
Sonrío.
—Lo viste.
—Todo el continente lo vio.
—¿Problema?
—No.
—Tu cara.
—Estoy intentando decidir si me ofende o me excita que describas mi Corona como empleo.
Empiezo a reír.
—Puede ser ambas.
—Probablemente.
Me toma la mano.
—Felicitaciones por la reforma.
Eso primero.
No la Corona.
Mi garganta se cierra.
—Gracias.
—Lo hiciste.
—La comisión.
—Tú también.
Asiento.
—Sí.
Esta vez puedo aceptarlo.
Cassian besa mis dedos.
—Blackwood emitió una declaración apoyando la aprobación.
Mi cuerpo se queda quieto.
—¿La leíste?
—Sí.
—¿Debo?
Cassian piensa.
—No.
Lo miro.
—¿Nada importante?
—Dice que espera que nadie vuelva a necesitar depender de la buena voluntad de un Alfa para marcharse.
Respiro.
—Eso basta.
—Sí.
Miro por la ventana.
No necesito buscar la declaración.
No necesito otra conclusión.
Arthur está haciendo su parte en una historia donde ya no necesita estar presente.
Eso está bien.
—¿A dónde vamos?
Cassian se queda demasiado quieto.
Lo miro.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Cassian.
—Mi madre organizó una cena.
Cierro los ojos.
—¿Cuántas personas?
—Doce.
Abro los ojos.
—¿Doce?
—Prometió.
—¿En serio?
—Sí.
—Estoy impresionada.
—Yo también.
—¿Quiénes?
—Mireille. Niccolas. Lucía.
—¿Lucía?
—Ella se invitó.
Naturalmente.
—Samuel. Helena. Theo y sus padres.
Sonrío.
—Theo.
—Insistió.
—¿Quién más?
Cassian menciona algunos nombres de Beaumont.
Personas que conocí durante la primera visita.
No consejeros.
No políticos.
Manada.
—Está bien.
—¿Bien?
—Sí.
Su satisfacción explota.
—Cavernícola.
—No dije nada.
—Tu vínculo gritó.
La cena termina con Theo sentado a mi lado explicándome por qué una Reina debería tener oficialmente dos lobos.
—Uno no alcanza —dice.
—Yo tengo a Liora.
—Pero Cassian tiene uno grande.
—Sí.
—Entonces necesitas otro.
Cassian, frente a nosotros, frunce el ceño.
—No funciona así.
Theo lo ignora.
—Podrías tener uno blanco.
—¿Por qué blanco?
—Porque sería bonito.
Considero.
—Buen argumento.
Cassian parece profundamente preocupado por la dirección de la conversación.
Mireille ríe.
Lucía está fotografiando discretamente el pastel.
Niccolas bebe vino.
Nada parece una cena previa a una coronación.
Perfecto.
Después del postre, Mireille golpea suavemente su copa.
Me pongo rígida.
Cassian también.
—No discurso —dice él.
—No es discurso.
—Madre.
—Una frase.
—Eso es literalmente el inicio de un discurso.
Mireille lo ignora.
Me mira.
—Cuando llegaste aquí por primera vez, no sabías dónde debías colocarte durante una carrera.
Recuerdo.
El bosque.
El miedo.
—Ahora tampoco sabemos dónde colocarás la mitad de los muebles después de que reformes la residencia real.
Todos ríen.
Yo también.
—Pero me alegra que vuelvas a elegir Beaumont.
No como Reina.
No como Mate.
—Como tú quieras venir.
La emoción me alcanza.
—Gracias.
Mireille levanta la copa.
—Por Anabella.
Eso es todo.
No por la futura Reina .
Anabella.
Las copas se levantan.
Theo levanta jugo.
Lucía llora.
—¿Estás llorando otra vez?
—Cállate.
Sonrío.
Cassian me mira.
El vínculo no necesita palabras.
Amor.
Casa.
Nuestra.
Yo.
Todo.
Más tarde salgo al bosque.
Sola.
Cassian no pregunta si puede venir.
Sabe.
Camino hasta el claro donde me transformé frente a la manada por primera vez.
La noche está tranquila.
Liora se mueve.
Correr.
—Todavía llevo vestido.
No importa.
—Para ti.
Me quito los zapatos.
Después dejo el vestido cuidadosamente sobre una roca.
Si Lucía supiera que estoy desnuda en un bosque horas después de anunciar que voy a ser Reina, convertiría esto en algún simbolismo insoportable.
Cambio.
La transformación ya no duele casi nada.
Liora toma el cuerpo.
Corre.
No hacia Cassian.
No hacia la casa.
Hacia el bosque.
Libre.
Los aromas entran.
Manada.
Territorio.
Hogar.
No porque no podamos irnos.
Porque podemos.
Eso es lo que finalmente comprendo.
Durante años pensé que libertad significaba no tener nada capaz de retenerme.
No necesitar.
No pertenecer.
No dar a nadie suficiente importancia para romperme.
Pero eso no era libertad.
Era miedo con mejores modales.
Liora corre más rápido.
La luna entra entre las ramas.
Casa.
Sí.
Manada.
Sí.
Mate.
Sí.
Reina.
Liora se queda en silencio.
Me río dentro de ella.
—¿Nada?
Elección.
La palabra llega.
No porque Liora comprenda política.
Porque me comprende a mí.
Elección.
Corremos.
Cuando regreso, Cassian está sentado en los escalones traseros de la casa.
Solo.
Naturalmente.
No vino a buscarme.
Eso importa más que debería.
Cambio detrás de los árboles.
Me visto.
Camino hacia él.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—Cuarenta minutos.
—Podías entrar.
—Podía.
—¿Estabas preocupado?
—Sí.
—Pero no viniste.
—No.
Me siento a su lado.
Cassian me entrega una manta.
Me cubro.
—Gracias.
—¿Estás bien?
Sonrío.
—Sí.
Bien.
De verdad.
Apoyo la cabeza sobre su hombro.
—Quiero fijar la fecha.
Su cuerpo se pone rígido.
—Ahora.
—No ahora mismo.
—Ah.
Me río.
—En seis semanas.
—¿Seguro?
—Sí.
—Después de la primera fase de implementación del estatuto.
—Sí.
—Eso sería...
Calcula.
—El veintisiete.
—Me gusta.
—A mi madre le dará un infarto.
—¿Por qué?
—Considera seis semanas poco tiempo.
—Puede sobrevivir.
—Probablemente.
Silencio.
—Veintisiete —repite.
—Sí.
Cassian toma mi mano.
—¿Quieres que lo anunciemos mañana?
Pienso.
—Sí.
—¿Corona tradicional?
—Con modificaciones.
—Por supuesto.
—Y quiero que hagamos público el nuevo mecanismo de renuncia el mismo día.
Su mano se aprieta apenas.
Dolor.
Otra vez.
No lo ignoro.
—¿Te sigue molestando?
—Sí.
—¿Quieres que lo quite?
Cassian gira hacia mí.
—No.
La respuesta es inmediata.
—Quiero que exista aunque me duela.
Mi garganta se cierra.
—Eso es amor.
Él sonríe.
—Espero.
—Sí.
—También es aterrador.
—Eso también.
Nos quedamos mirando el bosque.
—Cassian.
—¿Sí?
—No quiero una nueva Corona.
Frunce el ceño.
—¿Qué?
—La que existe.
—Era de mi madre.
—Y de otras antes.
—Sí.
—Quiero esa.
Su expresión cambia.
—Pensé que querrías algo propio.
—Lo será cuando la use.
Silencio.
—No necesito borrar a las mujeres anteriores para que el lugar sea mío.
Cassian me mira con algo que parece orgullo.
—Bien.
—La palabra.
—Esta vez está permitida.
Sonrío.
—Y me la colocaré yo.
—Sí.
—No tú.
—Lo sé.
—¿Te molesta?
Piensa.
—Mi lobo tiene opiniones.
—Naturalmente.
—Yo no.
Lo beso.
—Gracias.
—No me agradezcas por no coronarte como si fueras una propiedad.
—Eso fue sorprendentemente agresivo.
—Estoy cansado.
—Sentimental.
—No empieces.
Me río.
Después vuelvo a apoyar la cabeza sobre él.
Hace meses pensé que la Corona me daría miedo porque era demasiado grande.
Estaba equivocada.
Me daba miedo porque parecía imposible de soltar.
Ahora sé que no lo es.
Puedo usarla.
Trabajar con ella.
Cambiar lo que necesite.
Y si un día deja de pertenecer a la vida que quiero, puedo retirarla.
Quizá por eso finalmente estoy preparada para ponérmela.
No porque haya dejado de tener una salida.
Porque la salida sigue ahí.
Y aun así elijo entrar.
A la mañana siguiente, la oficina de la Corona publica un comunicado breve.
No lo escribe Cassian.
Lo escribimos juntos.
Lo revisa mi equipo.
Después Mireille.
Después yo otra vez porque Mireille agregó una coma innecesaria.
Anabella Salvatore ha comunicado formalmente su decisión de aceptar el cargo de Reina Consorte del territorio Beaumont y de la Corona Continental. La coronación tendrá lugar el día 27, en territorio Beaumont.
Debajo:
La ceremonia incorporará reformas institucionales destinadas a preservar la autonomía legal, profesional y personal de todos los futuros consortes de la Corona.
Y finalmente:
La aceptación de un cargo de consorte será, desde esta coronación, expresamente reversible mediante renuncia unilateral.
Leo la última frase.
Cassian está a mi lado.
—¿Lista?
No para ser Reina.
No para siempre.
No para ninguna promesa imposible.
Solo para enviar.
—Sí.
Publico.
Las notificaciones comienzan casi inmediatamente.
Lucía llama.
Niccolas envía diecisiete signos de exclamación.
Mireille manda un corazón.
Thorn escribe:
Espero que esto no reduzca sus horas en la comisión.
Sonrío.
Cassian recibe probablemente cien mensajes en treinta segundos.
No mira ninguno.
Me mira a mí.
—Ahora sí puedes emocionarte.
Se queda inmóvil.
Después sonríe.
Despacio.
Enorme.
Su lobo aúlla dentro del vínculo.
Liora responde.
Y yo río mientras Cassian me levanta del suelo con los brazos alrededor de mi cintura.
—¡Cassian!
—Me diste permiso.
—Para emocionarte, no para secuestrarme.
—Distinción menor.
—Bájame.
—No.
—Rey tirano.
—Futura Reina problemática.
La palabra ya no duele.
No pesa.
No me roba el nombre.
Me río.
—Anabella.
Cassian se queda quieto.
—¿Qué?
—Futura Reina Anabella.
Su expresión cambia.
Me baja.
Toca mi rostro.
—Siempre Anabella.
Eso.
Exactamente.
Siempre.
Y después, quizá, todo lo demás.
