Elegida
Elegida
Cassian
He visto ejércitos formarse bajo mi mando.
He presidido funerales de Estado.
He firmado acuerdos que modificaron fronteras, condenado Alfas por traición y recibido juramentos de hombres que habrían preferido arrancarse un brazo antes que inclinar la cabeza ante otro.
Nada de eso me preparó para la posibilidad real de que mi madre asesine a un funcionario de protocolo con una carpeta.
—Lo hablamos —dice Mireille.
El hombre frente a ella, Aldric, lleva veintisiete años trabajando para la Corona y probablemente nunca ha deseado jubilarse tanto como esta mañana.
—Majestad, comprendo, pero la entrada tradicional de la Reina...
—No soy Majestad.
Aldric cierra los ojos un segundo.
Error.
—Señora Beaumont...
—Tampoco.
Niccolas, a mi lado, bebe café.
—Va a morir.
—Probablemente.
—¿Intervenimos?
—No.
Mi madre levanta la carpeta.
Aldric retrocede.
—La señorita Salvatore ha solicitado entrar sola —continúa Mireille—. La ceremonia aprobada establece que entrará sola. El Rey estará esperando en el estrado.
Aldric me mira.
Mala idea.
—Majestad...
—Mi madre tiene razón.
Su rostro pierde algo más de esperanza.
—Pero simbólicamente...
—Ese es exactamente el problema —responde Mireille.
Miro el reloj.
Cuarenta y tres minutos.
Anabella está en la casa principal con Lucía y dos asistentes que ella misma eligió. No me permiten entrar.
No porque exista una tradición.
Porque Anabella dijo que no.
Acepté.
Muy mal.
Pero acepté.
Mi lobo ha pasado las últimas dos horas recorriendo el interior de mi cabeza.
Mate.
Reina.
Nuestra.
No.
No “nuestra Reina”.
Reina porque quiere.
Suya primero.
El lobo considera estas distinciones gramaticales inútiles.
Yo no.
—¿Estás respirando? —pregunta Niccolas.
Lo miro.
—Sí.
—No parece.
—Tengo experiencia.
—En respirar.
—En eventos.
—Este no cuenta.
Eso es cierto.
Lo odio.
La ceremonia ocurre en Beaumont.
Anabella insistió.
No en la capital.
No en la sede del Consejo.
Aquí.
La misma manada que la recibió cuando todavía entraba preguntándose qué esperaba todo el mundo de ella.
El lugar elegido es el gran claro al norte de la residencia, ampliado para recibir invitados sin convertirlo en un anfiteatro real.
No hay trono.
Eso generó tres semanas de discusiones.
Anabella ganó.
Naturalmente.
Hay una plataforma baja de madera.
Dos atriles.
La corona sobre una mesa.
Nada más.
Yo no me siento por encima de nadie.
Ella tampoco.
Los representantes territoriales ocupan la primera sección.
Después miembros del Consejo.
La comisión.
Virelli.
Amigos.
Familia.
Y alrededor, Beaumont.
La manada no está separada detrás de barreras.
Otra discusión que Anabella ganó.
Theo está en primera fila con un traje que evidentemente detesta.
Lleva un dibujo doblado dentro del bolsillo.
Me informó esta mañana que se lo entregará a Anabella “cuando termine de ser Reina”.
No intenté corregir la formulación.
Mi madre finalmente deja marcharse a Aldric.
El hombre huye.
Niccolas sonríe.
—Sobrevivió.
—Por poco.
—Mireille se ablandó con los años.
Mi madre se gira.
—Puedo escucharte.
—Lo sé.
—Entonces eres estúpido.
—Eso también lo sé.
Mireille se acerca a mí.
Ya no lleva la Corona desde hace años, pero incluso ahora hay momentos en los que todo el mundo parece olvidarlo cuando ella entra en una habitación.
O en un bosque.
Me mira.
Ajusta mi corbata.
—Está torcida.
—No.
—Sí.
—Anabella la ajustó hace una hora.
—Entonces la arruinaste después.
Probablemente.
Mireille termina.
Después toca mi mejilla.
—Tu padre estaría orgulloso.
No esperaba eso.
Mi pecho se cierra.
—De ella.
—De los dos.
Miro hacia el claro.
Los invitados empiezan a ocupar sus lugares.
—Él habría discutido algunas reformas.
—Muchísimo.
—Especialmente la renuncia.
—Habría dicho que era innecesaria.
Sonrío.
—Sí.
Mi madre también.
—Y después habría firmado.
Eso me hace reír.
Exactamente.
Mi padre creía en la elección con la arrogancia de un hombre que tardó años en comprender que elegir a alguien no significaba tomar decisiones por esa persona.
Yo heredé demasiado de él.
Lo bueno.
Lo malo.
La capacidad de aprender tarde.
Mireille mira hacia la residencia.
—¿Nervioso?
—No.
—Mentiroso.
Niccolas asiente.
—Muchísimo.
—Nadie te preguntó.
—Estoy aquí como testigo histórico.
—Estás aquí porque eres familia.
Su expresión cambia.
Solo un segundo.
—También.
Mi madre mira entre nosotros.
—No arruinen esto peleando.
—Él empezó.
—Tienes treinta y seis años.
—Casi cuarenta —agrega Niccolas.
Lo miro.
—Voy a despedirte.
—No puedes.
—Sí puedo.
—Anabella lo impediría.
Probablemente.
Eso es preocupante.
Y extrañamente agradable.
La ceremonia empieza a las once.
No con música real.
Con la manada.
Anabella eligió una pieza compuesta por una joven de Beaumont, mitad humana, mitad loba, que estudia música en Silvercrest.
Cuerdas.
Piano.
Nada marcial.
Nada que suene a conquista.
Estoy en la plataforma cuando todos se ponen de pie.
No debería mirar hacia la entrada.
Lo hago.
Mi lobo desaparece.
No literalmente.
Solo deja de hacer ruido.
Anabella aparece entre los árboles.
Sola.
El mundo se reduce.
He visto el vestido.
No puesto.
Solo bocetos.
Anabella rechazó blanco.
Demasiado nupcial.
Rechazó rojo porque Lucía dijo que parecía “un mensaje diplomático con amenazas”.
Terminó eligiendo azul oscuro.
Casi negro bajo la sombra.
No es un vestido enorme.
No tiene una cola absurda.
La falda cae limpia.
Las mangas llegan a sus muñecas.
El cuello deja visible mi marca.
Eso fue intencional.
Lo sé porque me lo dijo.
No para legitimarse.
Para no esconder una parte de su vida en el mismo momento en que entra en otra.
Su cabello está recogido.
No lleva tiara.
Solo pequeños pendientes que pertenecieron a su madre.
Anabella Salvatore.
No una fantasía de Reina.
Ella.
Lucía camina unos metros detrás, no junto a ella.
No para entregarla.
Para acompañar hasta donde Anabella pidió.
Después se detiene.
Anabella sigue sola.
Mi cuerpo quiere bajar de la plataforma.
Ir hacia ella.
Mi lobo está de acuerdo.
No.
Ella pidió esto.
Así que espero.
Y nunca en mi vida esperar me pareció tan parecido a amar.
Anabella avanza entre la gente.
Beaumont no se inclina.
Todavía no.
Eso también fue decisión de ella.
Nadie lo hará hasta después de que acepte el cargo.
No es Reina antes de elegirlo.
El Consejo tuvo problemas con eso.
También perdió.
Theo agita una mano.
Anabella lo ve.
Sonríe.
La solemnidad de medio continente sufre una lesión irreparable.
Perfecto.
Cuando llega frente a la plataforma, me mira.
Solo a mí.
No al Consejo.
No a la Corona.
A mí.
El vínculo se abre.
Nervios.
Muchos.
Amor.
Determinación.
Y debajo:
Bien.
Sonrío.
Ella entrecierra los ojos.
Mi lobo casi ríe.
Sube los tres escalones.
Se coloca a mi lado.
No detrás.
No un paso más abajo.
A mi lado.
La música termina.
Silencio.
El presidente del Consejo se acerca al primer atril.
Thorn ocupa una silla en primera fila con el resto de la comisión.
Lucía tiene los ojos húmedos.
Niccolas probablemente también, aunque fingirá alergia.
Mireille no intenta ocultarlo.
El presidente empieza.
—Nos reunimos hoy para reconocer la decisión libre de Anabella Salvatore de asumir...
La palabra importa.
Reconocer.
No conceder.
El discurso oficial es breve.
Porque Anabella lo redujo de seis páginas a una y media.
Estoy casi seguro de que Aldric todavía llora por ello.
Se mencionan sus obligaciones.
Sus derechos.
Las reformas aprobadas.
Su continuidad en Virelli.
Su posición independiente en la comisión.
El mecanismo unilateral de renuncia.
Cada punto se lee en voz alta.
No como condiciones privadas.
Como precedente.
Desde hoy, cualquier futura persona que acepte un cargo de consorte de la Corona tendrá los mismos derechos.
La renuncia no podrá afectar matrimonio, vínculo, patrimonio privado, custodia, residencia elegida ni profesión.
Mi padre habría discutido.
Después habría entendido.
Anabella mira hacia la manada mientras se lee.
No hacia mí.
Me gusta.
Debe escuchar esto como propio.
Finalmente llega el juramento.
Aldric se acerca con el documento.
Lo entrega a Anabella.
No a mí.
Ella toma posición frente al atril.
La manada permanece en silencio.
Yo conozco las palabras.
Las revisamos juntos.
Pero escucharlas en su voz cambia todo.
—Yo, Anabella Salvatore, acepto libremente ejercer el cargo de Reina Consorte mientras mi conciencia, mi voluntad y mi capacidad me permitan servir con integridad.
No “hasta la muerte”.
No “para siempre”.
Mientras elija hacerlo.
Mi pecho duele.
—Juro proteger las leyes que preservan la autonomía de nuestra gente, respetar la dignidad de cada miembro de la manada y de cada territorio bajo la Corona, y utilizar la autoridad que se me confía como responsabilidad, nunca como derecho sobre otros.
La manada escucha.
Theo también, aunque probablemente comprende solo la mitad.
—Juro servir sin renunciar a mi propia voz y escuchar sin exigir obediencia donde corresponde elección.
Eso fue suyo.
Completamente.
—Juro que ninguna tradición estará por encima de la seguridad, la libertad y la dignidad de las personas a quienes esta Corona existe para representar.
Silencio.
Después la última línea.
Anabella me mira.
No debería.
No forma parte del protocolo.
Lo hace igual.
—Y acepto recordar que una Corona puede ser retirada sin que la persona debajo de ella pierda su nombre.
No respiro.
Mireille se lleva una mano a la boca.
El presidente del Consejo guarda silencio un segundo.
Después pregunta:
—¿Acepta estas responsabilidades por voluntad propia, sin coerción de la Corona, el Consejo, la manada o su vínculo de Mate?
La pregunta fue otra reforma.
La respuesta llega clara.
—Sí.
Mi lobo ruge.
No en voz alta.
Apenas.
Anabella lo siente.
Su boca tiembla.
El presidente se aparta.
Ahora llega la Corona.
La antigua.
La que usó mi madre.
La que usaron mujeres antes que ella.
No diseñamos una nueva porque Anabella no quería fingir que la historia empieza hoy.
Mireille se acerca a la mesa.
Durante un segundo pensé que ella sería quien se la entregaría.
Tampoco.
Toma la caja.
La abre.
Después simplemente la gira hacia Anabella.
Una mujer mostrando a otra un objeto.
No transmitiendo autoridad.
Anabella mira la Corona.
La conozco bien.
Plata oscura.
Piedras claras.
Más sencilla que la mía.
Aun así pesa.
La he sostenido.
Sé cuánto.
Anabella también lo sabe.
La tomó una semana atrás para probarla.
Dijo:
Pesa demasiado.
Mi madre respondió:
Esa es la idea.
Anabella dijo:
Entonces también cambiaremos eso algún día.
Mi madre sonrió.
Ahora Anabella la toma con ambas manos.
El claro entero contiene el aire.
Ella la observa.
No a mí.
No necesita mi permiso.
Levanta los brazos.
Y se la coloca.
Ella.
Nadie más.
La Corona descansa sobre su cabeza.
Durante un segundo no ocurre nada.
Eso es perfecto.
Ninguna magia.
Ninguna fuerza divina.
Ninguna señal de la Diosa.
Solo una mujer sosteniendo el peso de una decisión que eligió.
Después el presidente dice:
—La Corona reconoce a Anabella Salvatore como Reina Consorte.
Silencio.
Una respiración.
Y Beaumont se inclina.
No todos al mismo tiempo.
Primero los responsables territoriales.
Después los ancianos.
Las familias.
Los guerreros.
El resto.
El Consejo.
Los representantes.
Miles de personas.
Anabella se queda quieta.
El vínculo golpea.
Miedo.
No.
No exactamente.
Emoción.
Demasiada.
Estoy a punto de tocarla.
Me detengo.
Ella me busca.
Entonces sí.
Extiendo la mano.
Anabella la toma.
No porque necesite mantenerse de pie.
Porque quiere que estemos juntos en ese segundo.
Miro a la manada.
Después a ella.
—Majestad —dice el presidente.
Anabella hace una mueca.
Casi invisible.
La siento.
Quiero reír.
No puedo.
Todavía.
—Puedes hacerlo —murmura sin mover apenas los labios.
—¿Qué?
—Emocionarte.
Ah.
Sonrío.
No puedo evitarlo.
Mi lobo aúlla.
Esta vez de verdad.
El sonido sale de mi pecho y se extiende por el claro.
Anabella abre los ojos.
La manada responde.
Cientos.
Después miles.
Lobos humanos levantando la voz antes de transformarse.
Un aullido enorme.
Profundo.
Beaumont.
Nuestra manada.
Liora aparece detrás del vínculo.
Casa.
Manada.
Nuestro.
Y después una palabra nueva.
Reina.
Anabella empieza a reír.
—¿Qué dijo? —pregunto.
—Nada.
—Anabella.
—Después.
Mentira.
Lo sabré.
Tengo tiempo.
El primer discurso de la nueva Reina dura cuatro minutos.
Eso provoca una crisis institucional entre los organizadores.
Yo lo considero perfecto.
Anabella se coloca frente al atril.
La Corona no parece tragársela.
Eso es lo primero que noto.
Sigue pareciendo ella.
—Gracias.
La multitud se calla.
—Voy a empezar diciendo algo que probablemente decepcione a varias personas: no tengo intención de prometer perfección.
Algunas risas.
Yo sonrío.
—Ya intenté ser perfecta para una manada una vez.
El silencio cambia.
Anabella no menciona Blackwood.
No necesita.
—No funcionó.
Más risas, más suaves.
—Así que esta vez prefiero prometer algo más realista.
Mira a Beaumont.
—Voy a escuchar.
Pausa.
—Voy a trabajar.
Otra.
—Voy a equivocarme.
Theo grita:
—¡Mi mamá también!
El claro explota en risas.
La madre de Theo parece querer desaparecer.
Anabella se lleva una mano al pecho.
—Gracias, Theo. Eso me tranquiliza.
Hasta el presidente del Consejo ríe.
Mi madre llora más.
Niccolas está grabando.
Voy a confiscar ese teléfono.
Anabella continúa:
—Y cuando me equivoque, espero estar rodeada de personas que me lo digan antes de que empiece a creer que una Corona convierte mis decisiones en verdades.
Ahora nadie ríe.
—No estoy aquí porque sea la mujer perfecta para un Rey.
Me mira.
—Y Cassian no me necesita para completar su autoridad.
Mi lobo protesta por razones que no comprendo.
Ignoro.
—Estoy aquí porque después de pensarlo, cuestionarlo, rechazarlo y volver a pensarlo...
Su sonrisa aparece.
—Elegí estar.
Ahí está.
El centro de todo.
—Y si algo quiero que defina este reinado, no es que la Corona tenga más poder.
Mira a la comisión.
A Thorn.
Después al Consejo.
—Es que cada vez más personas tengan suficiente poder sobre su propia vida para poder elegir quedarse.
Silencio.
Después aplausos.
No aullidos.
Aplausos.
Crece.
Se extiende.
Anabella retrocede.
Me mira.
—Cuatro minutos.
—Tres cincuenta y ocho.
—¿Cronometraste?
—Por supuesto.
—Eres insoportable.
—Rey.
—Peor.
El micrófono sigue abierto.
El público escucha.
Silencio.
Después una oleada de risas.
Anabella cierra los ojos.
Yo también.
Excelente comienzo de reinado.
La recepción ocurre en los jardines.
No dura ocho horas.
Otra victoria de Anabella.
Dos y media.
Hay comida.
Música.
Representantes.
Manada.
Niños corriendo entre personas que administran regiones enteras.
Anabella se quita la Corona después de cuarenta y siete minutos.
Aldric casi sufre un colapso.
—Pesa.
Eso es todo lo que ella dice.
La deja sobre un soporte supervisado por seguridad y continúa hablando con una profesora de Beaumont sobre financiación escolar.
Reina sin Corona.
Exactamente lo que quería.
Yo intento acercarme tres veces.
Fallo.
Primero la intercepta Thorn.
Después Mireille.
Después Theo.
Theo gana.
—Ya terminaste —le dice.
Anabella se agacha.
—¿De qué?
—De ser Reina.
—No exactamente.
El niño frunce el ceño.
—Pero te sacaste la corona.
—Sigo siendo Reina sin ella.
Theo piensa.
—Eso es confuso.
—Mucho.
Él saca el dibujo.
—Te hice esto.
Anabella lo abre.
Desde donde estoy veo dos lobos.
Uno enorme y negro.
Uno marrón oscuro.
Entre ellos, una figura humana con una corona exageradamente grande.
Arriba hay otro lobo blanco.
Anabella lo señala.
—¿Ese quién es?
—El que todavía necesitas.
Ella empieza a reír.
—Cassian dice que no.
Theo mira hacia mí.
—Cassian se equivoca mucho.
Anabella se cubre la boca.
Mi madre, cerca, se gira para ocultar una risa.
Traidores.
Me acerco.
—Theo.
—¿Qué?
—No necesito otro lobo.
—No es para ti.
—Eso empeora.
Anabella me muestra el dibujo.
—Voy a enmarcarlo.
—No.
—Sí.
—Hay un lobo inventado.
—Es arte.
Theo asiente.
—Arte.
Dos contra uno.
Pierdo.
Otra característica de mi futuro.
Arthur Blackwood no está invitado.
No porque Anabella lo prohibiera.
Porque no había razón para invitarlo personalmente.
Blackwood tiene representación oficial, como todos los territorios.
Arthur decidió no venir.
Envió al vicealfa.
No hubo mensaje privado.
No hubo regalo.
Solo una nota institucional felicitando a la Corona y reconociendo las reformas aprobadas.
Anabella la leyó.
Dijo:
—Correcto.
Nada más.
Eso también es cierre.
No necesito que él vea esto.
Ella tampoco.
Nuestra historia no necesita un hombre del pasado observando para validar que terminó.
Sandra tampoco está.
Sigue reconstruyendo una vida mucho más pequeña que la que tenía.
Tatiana espera juicio.
Voss perdió suficiente influencia para convertirse en una nota al pie de conversaciones que antes dominaba.
Vale continúa protestando contra cualquier reforma que parezca haber sido inventada después de 1850.
El mundo no está perfectamente ordenado.
Me alegra.
Los finales perfectos siempre me parecieron sospechosos.
Esto es mejor.
Hay trabajo.
Conflictos.
Personas irritantes.
Elecciones.
Vida.
A las cuatro y diez consigo finalmente quedarme solo con mi Reina.
Cinco minutos.
Tal vez.
La encuentro detrás de la residencia, descalza.
Por supuesto.
El vestido sigue puesto.
La Corona no.
Está sentada sobre un muro bajo con una copa de agua.
Me acerco.
—Te escapaste.
—Cinco minutos.
—Eso pensé.
Me siento a su lado.
Anabella apoya la cabeza contra mi hombro.
No hablamos.
El vínculo es suficiente.
Cansancio.
Felicidad.
Una ligera molestia en el cuero cabelludo.
—La Corona te lastimó.
—Pesa.
—Podemos modificarla.
—No hoy.
—Claro.
—Y no ordenes una nueva.
Maldición.
—No iba a hacerlo.
—Cavernícola.
—No tiene relación.
—Tu emoción aumentó.
El vínculo sigue siendo una traición.
—Solo consideré opciones.
—No.
—Bien.
Silencio.
Anabella sonríe.
—Ahora sí te gusta la palabra otra vez.
—Nunca dejó.
Su mano busca la mía.
Entrelaza los dedos.
Miro la marca de mi cuello reflejada apenas en una ventana.
La de ella.
El vestido.
Los pies descalzos.
Muy Anabella.
—¿Cómo se siente? —pregunto.
Piensa.
—Extrañamente normal.
Sonrío.
—Eso dijiste después de la marca.
—Quizá soy decepcionante en grandes eventos.
—No.
—Esperaba sentirme diferente.
—¿Y?
Anabella se encoge de hombros.
—Sigo queriendo quitarme este vestido, comer algo salado y dormir doce horas.
—Podemos hacer todo eso.
—También quiero revisar mañana el informe de implementación del estatuto.
—Eso puede esperar un día.
Me mira.
No orden.
Sugerencia.
—Quizá.
Eso es victoria suficiente.
—¿Te arrepientes?
La pregunta sale antes de que pueda detenerla.
Anabella no se ofende.
Piensa.
—No.
Mi cuerpo se relaja.
—Pero no quiero prometerte que nunca lo haré.
Me quedo quieto.
Ella continúa:
—No porque espere hacerlo.
—Lo sé.
—Solo no quiero volver a usar “para siempre” para hacer que una decisión parezca más valiosa.
La miro.
Eso debería asustarme.
Hace años lo habría hecho.
Ahora entiendo.
—Entonces no lo prometas.
Su expresión se suaviza.
—¿Tú?
Pienso.
—Hoy te elijo.
Anabella sonríe.
—Eso sí.
—Mañana también probablemente.
—Arrogante.
—Estadísticamente.
—Peor.
La beso.
No como Rey.
No como parte de una ceremonia.
Solo yo.
Su mano toca mi cuello.
Mi marca.
El vínculo se calienta.
—Tengo una pregunta —digo.
Anabella se aparta.
Alerta inmediata.
—¿Qué?
Matrimonio.
Mi lobo aparece.
No.
Todavía no.
Sonrío.
—¿Cuánto tiempo vas a tener el dibujo de Theo en nuestra sala?
Sus ojos se estrechan.
—Siempre.
—No.
—Sí.
—Hay un lobo blanco imaginario.
—Forma parte de la familia.
—No.
—La Reina decidió.
Me quedo inmóvil.
Ella sonríe lentamente.
—Ah.
—Eso fue abuso de poder.
—Puedes denunciarme.
—Lo haré.
—La comisión no tiene jurisdicción sobre decoración.
—Crearé un organismo.
Anabella se ríe.
—Rey tirano.
—Reina problemática.
La palabra se queda entre nosotros.
Reina.
No futura.
No posible.
No candidata.
Reina.
Ella no se encoge.
No desaparece.
Solo sonríe.
—Sí.
Mi corazón se detiene un segundo.
—¿Sí qué?
—Reina problemática.
—Definitivamente.
—Te advertí.
—Nunca me molestó esa parte.
—Mentira.
—A veces.
Me besa otra vez.
Al caer la noche, la manada se reúne para correr.
No estaba en el programa original.
Anabella lo agregó.
Naturalmente.
Las formalidades terminan.
Representantes se marchan.
Quienes quieren quedarse, se quedan.
Eso también me gusta.
Anabella cambia en la misma cabaña donde lo hizo meses atrás.
Esta vez no tiembla.
Yo espero afuera.
No porque necesite ayuda.
Porque quiero correr con ella.
Liora sale primero.
Marrón oscura.
Fuerte.
Mi lobo cambia.
Nos acercamos.
Ella toca su hocico contra el nuestro.
Después mira al bosque.
La manada empieza a correr.
Nadie espera que la Reina vaya delante.
Eso también fue aclarado después de que Aldric intentara organizar “posición tradicional de carrera”.
Mi madre lo amenazó otra vez.
Liora corre.
No junto a mí.
Primero va hacia Mara.
Después hacia varios lobos jóvenes.
Theo, en forma de cachorro, intenta seguirla.
Su madre lo intercepta.
Yo corro detrás de Niccolas durante algunos minutos.
Después lo supero.
Finalmente.
Él argumentará que no estaba compitiendo.
Mentira.
Liora aparece más adelante.
Reduce velocidad.
Me espera.
No porque tenga que hacerlo.
Porque quiere.
Corremos juntos.
No delante de la manada.
Dentro.
Ese es el único lugar que importa.
Mi lobo siente la Corona.
No como metal.
Como responsabilidad.
Siente a la manada.
A nuestra Mate.
Casa.
Liora responde.
Casa.
Y mientras atravesamos el bosque Beaumont bajo la luna, comprendo que nunca fui yo quien eligió a Anabella para este lugar.
Tampoco la Diosa.
Ni el Consejo.
Ni la manada.
Ella llegó.
Miró todo lo que podía ganar.
Todo lo que podía perder.
Todas las puertas abiertas.
Y eligió quedarse.
No sé si existe un juramento más poderoso que ese.
Más tarde, cuando todos duermen y la residencia finalmente está en silencio, encuentro la Corona de Anabella sobre una mesa.
No en una caja.
No encerrada.
Solo allí.
Junto a su teléfono.
Una carpeta de Virelli.
El borrador de la próxima reforma de la comisión.
Y el dibujo de Theo.
Sonrío.
Eso es ella.
Corona.
Trabajo.
Manada.
Ridiculez.
Todo en la misma mesa.
Anabella aparece detrás de mí con una de mis camisas puesta.
Nada más.
Mi lobo reconsidera todas las prioridades institucionales.
—¿Qué miras?
—Tu desastre.
—Está organizado.
—Hay una Corona junto a crayones.
—Exactamente.
Se acerca.
Mira los objetos.
—¿Te molesta?
—No.
—¿Seguro?
La miro.
—Me encanta.
Eso la sorprende.
—¿Por qué?
Tomo la Corona.
No se la coloco.
Solo la sostengo.
—Porque antes pensaba que esto tendría que ocupar el centro de tu vida.
Anabella toca una de las piedras.
—¿Y ahora?
Dejo la Corona otra vez.
Entre sus papeles.
—Ahora sé que tendrá que aprender a compartir espacio.
Su sonrisa aparece.
—Muy bien, Beaumont.
—Gracias, Salvatore.
—No cambies mi apellido.
—Jamás.
Su expresión se suaviza.
—Cassian.
—¿Sí?
Se acerca.
Sus brazos rodean mi cuello.
—Te amo.
Todavía me afecta.
Siempre.
—Te amo.
—Hoy.
Sonrío.
Entiendo.
—Hoy.
—Mañana veremos.
—Estadísticamente favorable.
—Arruinaste el momento.
—No.
Ella ríe.
La abrazo.
Sobre la mesa, la Corona permanece donde ella la dejó.
No sobre su cabeza.
No necesita estar allí para convertirla en Reina.
Eso también lo aprendí.
La marca no hizo que fuera mía.
La manada no hizo que perteneciera.
La Corona no hizo que fuera poderosa.
Anabella ya era todas las cosas que importaban antes de aceptar cualquiera de ellas.
Yo solo tuve la suerte de estar allí cuando decidió cuáles quería conservar.
Y quizá eso sea lo más cerca que voy a estar alguna vez de entender por qué la Diosa une a algunas personas.
No para decidir cómo termina su historia.
Solo para presentarlas.
Todo lo demás sigue siendo elección.
Anabella apaga la luz.
La Corona desaparece en la oscuridad.
Ella toma mi mano.
Y vamos juntos hacia nuestra habitación.
No porque tenga que seguirme.
No porque yo tenga que guiarla.
Solo porque esta noche queremos ir al mismo lugar.
Y eso basta.
