Epílogo- Me elegí
Epílogo- Me elegí
Dos años después de mi coronación, descubro que ser Reina no evita que una niña de ocho años vomite sobre tus zapatos durante una visita escolar.
Tampoco evita que tu esposo —no, todavía no esposo; técnicamente seguimos sin casarnos, para desesperación de Lucía y diversión personal mía— se entere antes que tú y aparezca dispuesto a evacuar medio edificio.
—Estoy bien.
Cassian mira mis zapatos.
Después a la pequeña que, completamente recuperada, sostiene la mano de su maestra con una expresión de horror.
Después otra vez mis zapatos.
—Te vomitaron encima.
—Gracias por el informe.
—Podría haber sido una infección.
—Comió cuatro porciones de pastel.
La maestra asiente, pálida.
—Cinco.
Miro a la niña.
—Eso cambia las cosas.
Ella baja la cabeza.
—Lo siento, Reina Anabella.
Mi corazón se aprieta un poco.
Todavía ocurre.
No por el título.
Por la forma en que los niños lo dicen como si fuera algo normal.
Me agacho frente a ella.
Cassian hace un movimiento.
Lo siento.
No dice nada.
Muy bien.
Ha avanzado.
—Primero —digo—, puedes llamarme Anabella cuando no estamos en una ceremonia.
La niña mira a su maestra.
La mujer parece no saber si aquello está permitido.
—Está permitido —aclaro.
Los ojos vuelven a mí.
—Segundo, los zapatos se limpian.
Mira otra vez el desastre.
—Son bonitos.
—Eran bonitos.
Sus labios tiemblan.
—Tercero...
Me acerco un poco.
—La próxima vez deja una porción de pastel para alguien más.
La niña se ríe.
Eso rompe la tensión.
La maestra también.
Cassian no.
Está demasiado ocupado observando mis zapatos.
Me pongo de pie.
—No.
Él levanta la cabeza.
—¿Qué?
—No vas a llamar a nadie.
—No iba a hacerlo.
El vínculo vibra.
Mentira.
—Cassian.
—Podrían limpiarlos profesionalmente.
—Voy a tirarles agua.
—Eso puede dañar el cuero.
Lo miro.
—¿Desde cuándo sabes algo sobre cuero?
—Desde que investigué.
Cierro los ojos.
—¿Investigaste mis zapatos?
—No específicamente.
—Eso no mejora la respuesta.
La niña vuelve a reír.
Cassian la mira.
Ella se esconde detrás de su maestra.
Yo sonrío.
—Majestad, está asustando a una menor.
Su expresión cambia inmediatamente.
—No estoy haciendo nada.
—Tu cara.
La maestra se muerde el interior de la mejilla para no reír.
La niña asoma otra vez.
Cassian suaviza los hombros.
—El pastel estaba bueno.
Ella asiente.
—Mucho.
—Entonces lo entiendo.
La pequeña sonríe.
Bien.
Progreso.
Dos años atrás, probablemente habría solicitado una revisión sanitaria completa del edificio.
Ahora solo lo está pensando.
La comisión se reunió por primera vez hace dos años y tres meses.
Iba a durar doce meses.
Naturalmente, seguimos trabajando.
No porque fracasáramos.
Porque funcionó demasiado bien.
Después del Estatuto de Autonomía Posterior al Rechazo llegaron otros.
Protección de patrimonio individual dentro de vínculos.
Derechos de consortes humanos.
Protocolos independientes de salida territorial.
Limitaciones al uso de autoridad Alfa dentro de relaciones de Mate.
Procedimientos obligatorios de denuncia para personal de residencias Alfa.
Normas de recusación cuando líderes territoriales intervienen en asuntos familiares.
Y mi favorita:
Ningún vínculo espiritual sustituye el consentimiento legal o personal.
Esa generó seis meses de discusiones.
Vale estuvo a punto de sufrir un colapso en una audiencia.
Sobrevivió.
Lamentablemente.
Cuando la norma fue aprobada, Lucía envió una botella de champaña a la oficina de la comisión con una tarjeta.
PARA CELEBRAR QUE EL SENTIDO COMÚN FINALMENTE ES LEY.
Thorn la conserva enmarcada.
No sé por qué.
Probablemente porque después de dos años conmigo perdió parte de su respeto por las instituciones.
Blackwood sigue participando como territorio piloto en varias reformas.
Arthur continúa como Alfa.
No hablamos.
No porque exista rencor.
Porque no lo necesitamos.
Sé que se casó hace algunos meses.
No con Tatiana.
Tatiana sigue cumpliendo condena.
No pregunté detalles.
La mujer se llama Evelyn.
Es una sanadora de otro territorio.
Lo sé porque la noticia apareció en un informe regional y porque Lucía me llamó aproximadamente cuarenta segundos después.
Mi reacción fue extrañamente sencilla.
—Espero que sean felices.
Lucía se quedó callada tanto tiempo que pensé que había perdido señal.
No había.
Solo estaba esperando algo más.
No llegó.
Porque no existe.
Arthur pertenece a una vida que recuerdo.
No a la que quiero volver.
Y eso finalmente dejó de parecer una victoria.
Es solo verdad.
Mi nombre sigue estando en la puerta de Virelli.
Eso fue una pelea.
No con Cassian.
Con el Consejo.
Naturalmente.
Seis meses después de mi coronación, un grupo de consejeros propuso que la Reina debería abandonar cargos ejecutivos privados para evitar conflictos de interés.
Entendía el argumento.
No la solución.
Así que hicimos algo mucho más complicado.
Separación patrimonial.
Auditorías públicas.
Recusaciones obligatorias.
Transferencia temporal de algunas decisiones corporativas cuando Virelli negocia directamente con territorios bajo autoridad de la Corona.
Más trabajo.
Menos comodidad.
Más libertad.
Cassian leyó el sistema completo.
Después dijo:
—Es excesivo.
Lo miré.
—¿Excesivo?
—Sí.
—Tú tienes cuarenta y tres protocolos para elegir seguridad durante un viaje.
—Eso es distinto.
—Claro.
—Lo es.
—Bien.
—No uses esa palabra contra mí.
No abandoné Virelli.
Tampoco trabajo setenta horas semanales como antes.
Eso no fue decisión de la Corona.
Fue mía.
Me costó más.
Aprender a delegar me pareció inicialmente una forma corporativa de abandono.
Después comprendí que una empresa que depende de mí para cada decisión está mal diseñada.
Eduardo se rió durante veinte minutos cuando se lo dije.
Martín pidió que lo pusiera por escrito.
Traidores.
Ahora trabajo cuatro días completos en Virelli.
Uno y medio en la comisión.
El resto de la semana es teóricamente para la Corona.
En la práctica, la Corona invade todo.
También yo invado todo.
Estamos empatados.
Lucía se casa en cuatro meses.
Eso constituye actualmente la crisis más grave de nuestro círculo social.
No porque dude.
Porque quiere trescientos invitados.
Después quinientos.
Después ciento veinte.
Ahora volvió a trescientos.
Niccolas insiste en que deberían escapar y casarse solos.
Sí.
Niccolas.
Eso también ocurrió.
Nadie lo vio venir.
Excepto todos.
Ellos aseguran que empezaron a salir un año después de mi coronación.
Mienten.
Yo encontré mensajes sospechosos mucho antes.
Cassian sostiene que no sabía nada.
También miente.
No porque lo haya ocultado.
Porque en asuntos que no involucran seguridad, política o amenazas directas, el hombre puede ser sorprendentemente inútil.
—Se gritaban constantemente —dijo cuando finalmente se enteró.
—Exactamente.
—Pensé que se odiaban.
—Exactamente.
Todavía no entiende.
Lucía y Niccolas son agotadores.
Perfectos el uno para el otro.
Theo tiene ocho años ahora.
Sigue convencido de que necesito un segundo lobo.
No abandonó la campaña.
El dibujo está enmarcado en la sala de Beaumont.
Cassian perdió esa batalla.
A veces los niños preguntan por qué hay un lobo blanco que no existe.
Theo responde:
—Todavía.
Eso preocupa a Cassian.
A mí me divierte.
Mireille pasa aproximadamente la mitad del año en Beaumont y la otra mitad viajando.
Después de toda una vida ligada a la Corona, descubrió que le gusta desaparecer durante semanas con dos amigas y regresar con objetos completamente innecesarios.
La última vez trajo una estatua enorme de un caballo.
Cassian preguntó dónde pensaba ponerla.
Mireille respondió:
—En tu casa.
Ahora hay un caballo de piedra frente a la residencia secundaria.
Cassian lo detesta.
Yo lo llamé Arturo.
Él no me habló durante once minutos.
Valió la pena.
—Fue de mal gusto —dijo después.
—Muchísimo.
—¿Entonces por qué?
—Porque tu cara fue excelente.
—Cruel.
—Precisa.
Mireille todavía me recuerda una vez al mes que puedo renunciar.
No porque crea que quiero hacerlo.
Porque prometió que nadie convertiría mi permanencia en una expectativa silenciosa.
Al principio me molestaba.
Después comprendí.
Cada vez que me dice:
—Si un día ya no quieres esto, te vas.
Algo dentro de mí responde:
—Hoy sí quiero.
Y quizá esa sea la razón por la que sigo aquí.
La Corona cambió.
No por mí sola.
Eso es importante.
Las reformas más duraderas fueron las que dejaron de depender de mi historia.
Ahora cualquier consorte puede conservar apellido.
Profesión.
Patrimonio.
Residencia propia.
Puede renunciar unilateralmente.
Puede mantener un vínculo de Mate sin ocupar cargo político.
Puede ocupar cargo sin jurar obediencia personal al monarca.
Las futuras Reinas no tendrán que negociar las cosas que yo negocié.
Eso me gusta más que cualquier retrato oficial.
Aunque el retrato también fue una guerra.
El pintor quería una pose tradicional.
Yo quería estar de pie.
Cassian quería estar conmigo.
El Consejo quería una Corona visible.
Al final el cuadro muestra a Cassian sentado, yo de pie a su lado y la Corona apoyada sobre una mesa.
Lucía dijo que parece que estoy a punto de despedirlo.
Theo dijo que Cassian parece cansado.
Mireille dijo:
—Perfecto.
Ahora está colgado en una sala oficial.
Cada vez que lo veo sigo pensando que mi nariz quedó extraña.
Mi relación con Cassian también cambió.
No de la forma que imaginaban los periódicos.
No nos volvimos una pareja real impecable.
Gracias a Dios.
Seguimos discutiendo.
Bastante.
Hace tres semanas casi dormí en otra habitación porque autorizó un cambio de Seguridad durante un viaje sin consultarme.
—Era una modificación operativa.
—Afectaba mi agenda.
—No afectaba tus decisiones.
—Me enteré por un guardia.
—Sí.
—Eso es exactamente el problema.
Discutimos cuarenta minutos.
Cassian se disculpó.
Después yo me disculpé por comparar su estilo de administración con una dictadura con buenos trajes.
No completamente.
Solo por el tono.
El vínculo marcado no elimina los conflictos.
Los vuelve imposibles de esconder demasiado tiempo.
Si estoy furiosa, él lo sabe.
Si está herido, yo lo siento.
Aprendimos una regla.
Sentir no significa comprender.
Preguntar sigue siendo obligatorio.
Eso probablemente salvó nuestra relación más veces que cualquier destino.
A veces Cassian necesita estar solo.
Eso también lo aprendí.
El hombre que parecía incapaz de dejarme cinco metros ahora puede decir:
—Necesito una hora.
Y yo no pienso que está alejándose de mí.
Le doy una hora.
A veces dos.
Después aparece.
Normalmente con café.
Yo también necesito distancia.
Cuando digo:
—Quiero dormir sola esta noche.
Su lobo todavía actúa como si hubiera declarado una guerra.
Cassian responde:
—Bien.
La palabra ya es completamente nuestra.
Al día siguiente casi siempre terminamos desayunando juntos.
No porque tengamos que reparar algo.
Porque seguimos queriendo.
No estamos casados.
Todavía.
Eso necesita explicación porque media población continental parece tener una opinión.
Cassian me propuso matrimonio ocho meses después de la coronación.
No con un estadio.
No con la manada.
No durante un evento.
En la cocina.
Naturalmente.
Yo estaba comiendo cereal.
Él dejó una caja junto a mi taza.
La miré.
Después a él.
—¿Qué es eso?
—Ábrela.
—¿Por qué?
—Anabella.
—¿Es joyería?
—Sí.
—¿Por qué?
Cassian cerró los ojos.
—Tenía un discurso.
—¿Tenías?
—Ya no.
Abrí.
El anillo era precioso.
Demasiado.
Cassian estaba nervioso.
Muchísimo.
El vínculo prácticamente gritaba.
Lo miré.
—¿Quieres casarte conmigo?
—Sí.
—Eso podrías haber dicho.
—Estoy intentando.
Sonreí.
—¿Por qué?
Su expresión cambió.
No entendió.
—¿Por qué quieres casarte?
No era una prueba.
De verdad quería saber.
Cassian pensó.
Después dijo:
—Porque quiero seguir eligiéndote públicamente incluso si no necesito un contrato para hacerlo.
Eso fue bueno.
Demasiado.
Entonces preguntó:
—¿Quieres?
Pensé.
Y respondí:
—Sí.
Su lobo perdió la razón.
Después agregué:
—Pero no quiero casarme todavía.
La felicidad se convirtió en confusión.
Extraordinario.
—¿Qué significa eso?
—Que estoy comprometida contigo.
—Pero.
—Quiero esperar.
—¿Cuánto?
—No sé.
—¿Meses?
—Tal vez.
—¿Años?
—Puede ser.
Cassian cerró los ojos.
—Esto es tortura.
—Puedes retirar la propuesta.
Abrió los ojos inmediatamente.
—No.
—Entonces paciencia.
—Odio esa palabra.
—La necesitas.
Llevo el anillo.
Seguimos sin fecha.
A veces quiero casarme mañana.
Otras veces pienso en hacerlo dentro de cinco años.
Cassian ya dejó de preguntar.
Casi.
Lucía no.
Ella lleva una hoja de cálculo.
Eso es real.
Hay algo más que el mundo pregunta constantemente.
Hijos.
Por supuesto.
Una Reina marcada con un Rey Alfa aparentemente convierte mi útero en asunto de análisis social.
La primera vez que un periodista preguntó por un heredero, Cassian se volvió tan frío que Seguridad se preparó para intervenir.
Yo respondí:
—Mi calendario reproductivo no forma parte de las obligaciones públicas de la Corona.
La pregunta no volvió durante aproximadamente tres meses.
Después volvió de otra forma.
Siempre vuelve.
No estamos intentando tener hijos.
Tampoco decidimos que nunca los tendremos.
Algún día quizá.
Quizá no.
Por primera vez en mi vida, un futuro no definido no me provoca ansiedad.
Eso también es libertad.
No necesito llenar cada espacio con una decisión antes de estar preparada.
Cassian quiere hijos.
Lo sé.
Me lo dijo.
No como requisito.
Como deseo.
Yo creo que también.
Algunos días.
Después Theo pasa cinco horas en nuestra casa y reconsidero toda la especie.
Cassian dice que nuestro hijo no sería como Theo.
Yo digo que eso no puede garantizarse.
Él empezó a buscar estudios genéticos.
Lo detuve.
Esta noche no hay ceremonia.
No hay Consejo.
No hay comisión.
No hay prensa.
Solo Beaumont.
La manada organiza una carrera por el aniversario de mi coronación.
Yo intenté impedir que llamaran aniversario a algo que ocurrió hace dos años.
Perdí.
Mireille organizó cena.
Lucía llegó con Niccolas.
Theo trajo otro dibujo.
Cassian fingió que no estaba emocionado.
Normalidad.
Después de cenar dejamos la casa.
Me cambio en la misma cabaña del límite norte.
Todavía existe.
La primera vez que entré allí me temblaban las manos.
Hoy estoy discutiendo con Lucía desde el teléfono porque quiere modificar la distribución de mesas de su boda.
—No.
—Pero si pongo a los Beaumont...
—Lucía.
—Una cosa.
—Voy a transformarme.
—Cinco minutos.
—No puedo sostener un teléfono con patas.
—Eso es falta de compromiso.
Cuelgo.
Me desnudo.
Dejo la ropa.
Cierro los ojos.
Liora aparece.
No tengo que buscarla.
Nunca más.
El cambio fluye.
Huesos.
Músculos.
Piel.
Pelaje.
No dolor.
Libertad.
Salgo.
Cassian ya está esperando.
Su lobo negro es enorme.
Todavía.
Molestamente.
Liora se acerca.
Toca su hocico.
Mate.
Él.
Nuestro.
Casa.
Las palabras llegan más suaves ahora.
No porque tengan menos importancia.
Porque ya no necesita repetirlas para convencerse.
La manada empieza a correr.
Nosotros también.
Liora se separa inmediatamente de Cassian.
Va con Mara.
Después con un grupo de jóvenes.
Cassian no intenta seguir.
Eso me hace feliz.
Lo siento por el vínculo.
Él lo sabe.
Corre con Niccolas.
Yo voy con la manada.
Después sola.
Después junto a ellos.
No existe posición correcta.
Nunca existió.
Solo tardé años en descubrirlo.
Más tarde, cuando todos regresan, me quedo en el bosque.
Liora no quiere volver todavía.
Yo tampoco.
Corremos más lejos.
Hasta una colina desde donde se ve parte de Beaumont.
Casas.
Luces.
La residencia.
El centro médico.
La escuela.
Vida.
Cambio.
Me siento sobre la hierba desnuda durante unos minutos antes de vestirme.
No hay nadie cerca.
No me importa.
La noche es cálida.
Liora permanece conmigo.
Recuerdo otra noche.
Años atrás.
Yo intentando llamarla.
Nada.
Silencio.
Pensé que se había ido.
Pensé que Arthur había destruido algo que jamás recuperaría.
Me equivocaba.
No porque el dolor no fuera real.
Lo fue.
Porque confundí perder una versión de mí con perderme entera.
—Estamos bien —susurro.
Liora se mueve.
Bien.
Sonrío.
La palabra aparece tantas veces en mi vida que ya tiene historia.
—Sí.
Escucho pasos detrás.
No necesito girarme.
Cassian.
Lo siento.
Se detiene a varios metros.
No se acerca hasta que yo digo:
—Puedes venir.
Entonces lo hace.
Está vestido otra vez.
Trae mi ropa.
—La olvidaste.
Miro hacia abajo.
—Claramente.
—Podrías resfriarte.
—Soy loba.
—Eso no elimina biología.
—No empieces.
Me entrega la camisa.
Me visto.
Después me siento.
Cassian se sienta a mi lado.
No pregunta por qué me quedé.
Eso también lo aprendió.
Pasan algunos minutos.
—Dos años —dice finalmente.
—Dos años.
—¿Te arrepientes?
Lo miro.
La pregunta ya no me sorprende.
Una vez al año la hace.
No para torturarse.
Porque prometimos no convertir la permanencia en algo automático.
Pienso.
Corona.
Comisión.
Virelli.
Manada.
Él.
Yo.
—No.
Cassian asiente.
—¿Tú?
—De ti, no.
Entrecierro los ojos.
—¿De qué sí?
—De permitir que mi madre eligiera los arreglos florales.
Me río.
—Eran horribles.
—Lo sé.
Silencio.
—¿Y de la Corona? —pregunta.
—Tampoco.
—¿La comisión?
—Pregunta después de la próxima votación.
Sonríe.
Apoyo la cabeza sobre su hombro.
—¿Y de la marca?
Mi mano va al cuello.
La marca ya no se ve nueva.
Forma parte de mi piel.
—No.
—¿De mí?
Levanto la cabeza.
—Eso ya lo preguntaste.
—No específicamente.
—Eres insoportable.
—Preciso.
Lo beso.
Lento.
Familiar.
No menos intenso.
Diferente.
Más profundo porque ya conozco la forma de regresar después de una pelea.
La forma en que se queda callado cuando está herido.
Cómo prepara café cuando quiere disculparse antes de encontrar palabras.
Cómo intenta arreglar objetos que no sabe arreglar.
Cómo duerme mejor si mi pie toca su pierna.
Cómo todavía mira mi marca algunas mañanas con la misma expresión de la primera semana.
Lo conozco.
Y sigo aquí.
Eso vale más que cualquier destino.
Cuando nos separamos, Cassian toca mi anillo.
—No.
Suspira.
—No dije nada.
—Tu cara.
—Algún día.
—Algún día.
—Podría ser mañana.
—No.
—El próximo mes.
—Cassian.
—Solo estaba explorando escenarios.
—Bien.
Se detiene.
Sonríe.
—Bien.
Reímos.
Desde la colina se ve una luz encendida en nuestra casa.
Nuestra.
La palabra ya no necesita explicación.
No porque no pueda marcharme.
La puerta sigue ahí.
Siempre.
Eso fue lo que cambió todo.
Puedo irme.
Por eso quedarme significa algo.
Durante años mi historia pareció girar alrededor de hombres que elegían.
Arthur eligió creerle a Tatiana.
Arthur eligió rechazarme.
Cassian eligió protegerme.
Después eligió dejarme ir.
Eligió esperar.
Eligió aprender.
Yo pasé demasiado tiempo mirando esas decisiones como si fueran los grandes movimientos de mi vida.
No lo eran.
Las importantes fueron otras.
Yo acepté el rechazo.
Yo me fui.
Yo reconstruí mi carrera.
Yo permití que Liora volviera a acercarse.
Yo regresé con Cassian.
Yo exigí límites.
Yo lo marqué.
Yo acepté una manada.
Yo tomé una silla.
Yo perdoné a Arthur.
Yo elegí una Corona.
Y sigo eligiendo.
Eso es lo que nadie me explicó cuando era una adolescente convencida de que encontrar a mi Mate significaba recibir un futuro terminado.
La Diosa no escribe finales.
Tal vez solo abre posibilidades.
—¿En qué piensas? —pregunta Cassian.
Miro las luces.
Después a él.
—En el prólogo de mi vida.
Frunce el ceño.
—Eso sonó extraño.
—Lo sé.
—¿Quieres explicarlo?
Sonrío.
—No.
—Cruel.
—Un poco.
Apoyo la mano sobre su pecho.
Su corazón.
Mi marca en su cuello.
Él.
No Rey.
No Alfa.
Cassian.
—Arthur fue mi primer Mate.
Su cuerpo se tensa apenas.
Nunca cambiará por completo.
Eso me divierte.
—Sí.
—Y me rechazó.
—Sí.
—Durante mucho tiempo pensé que esa era la peor cosa que podía pasarme.
Cassian guarda silencio.
—Después apareciste tú.
—Sí.
—Y pensé que la historia sería sobre encontrar al Mate correcto.
Algo cambia en sus ojos.
—¿No lo es?
Sonrío.
—No.
Su ceja se levanta.
Ofendido.
—Eres una parte importante.
—Generoso.
—Muchísimo.
Me río.
—Pero no eres el final.
Cassian me observa.
Comprende antes de que continúe.
Eso también es conocerse.
—Yo soy el final.
El vínculo se llena de amor.
No herido.
Orgulloso.
—Sí —dice.
Sin dudar.
Mi garganta se aprieta.
Miro otra vez Beaumont.
Casa.
Mi vida.
—Arthur me rechazó.
Cassian espera.
—Tú me elegiste.
Su mano toma la mía.
—Pero ninguna de esas dos cosas terminó definiéndome.
Liora se acerca.
Tranquila.
Completa.
—Porque al final fui yo quien eligió.
Cassian besa mis dedos.
—¿Qué elegiste?
La respuesta podría ser muchas cosas.
A él.
A Beaumont.
La Corona.
La comisión.
Virelli.
Mi loba.
Mi familia.
Mi futuro.
Pero debajo de todas existe una sola.
La primera que debí aprender.
La que hizo posibles las demás.
Sonrío.
—A mí.
Cassian también.
—Bien.
La palabra cae entre nosotros.
Perfecta.
Me levanto.
Le tiendo una mano.
—Vamos a casa.
Cassian la toma.
—Sí.
No camina delante.
Yo tampoco.
Bajamos juntos.
Y mientras las luces de Beaumont se acercan, Liora respira dentro de mí.
Casa.
No una jaula.
No un destino.
Una elección.
La mía.
Siempre la mía.
FIN

Final