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El primer lunes de mi segunda vida

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey — booknet.com · All chapters

El primer lunes de mi segunda vida

El lunes llegó demasiado rápido.

A las seis y veinte de la mañana yo ya estaba despierta, sentada en el borde de la cama y mirando el traje que había dejado preparado la noche anterior como si fuera un enemigo con intenciones personales. Era azul oscuro, sobrio, elegante y, según Lucía, lo bastante serio como para que nadie sospechara que su dueña había inundado un baño apenas una semana antes.

—No fue una inundación —me defendí cuando ella apareció en mi puerta con dos cafés y una bolsa de medialunas—. Fue una falla hidráulica localizada.

Lucía me miró por encima del vaso.

—El agua llegó al pasillo.

—Localizada en un área amplia.

—Anabella.

—Estoy intentando reconstruir mi autoestima. No me quites esto.

Ella soltó una carcajada y entró sin esperar invitación. En menos de diez minutos había decidido que mi camisa estaba demasiado arrugada, que mi coleta era un crimen contra mi cabello y que los zapatos que yo había elegido daban “energía de mujer que va a pedir disculpas por ocupar espacio”. Los reemplazó por unos tacones negros de altura razonable que, según aseguró, no intentaban asesinar a nadie.

—Recuerda —dijo mientras me acomodaba el cuello de la camisa—: hombros atrás, mirada al frente y nada de contarle a tu jefe que casi te desmayaste de emoción cuando te contrató.

—Yo no casi me desmayé.

—Te golpeaste la cabeza contra su escritorio.

—Eso fue diferente.

—Claro. Fue una demostración de entusiasmo físico.

La miré.

—Empiezo a arrepentirme de haberte conocido.

—No es verdad. Me amas.

—Lo dijiste tú primero.

—Y tenía razón.

La puerta se cerró detrás de mí con su risa todavía resonando en el pasillo. Mientras bajaba en el ascensor, me observé en el espejo y traté de reconocer a la mujer que me devolvía la mirada. Seguía siendo yo. El mismo cabello castaño, los mismos ojos verdes, la misma costumbre de morderme el labio cuando estaba nerviosa. Pero había algo distinto, una especie de espacio vacío en el centro de mi pecho donde antes habían vivido Arthur, la manada y la certeza de saber exactamente quién se suponía que debía ser.

Liora continuaba en silencio.

A veces la llamaba apenas despertaba. Otras, antes de dormir. Nunca respondía.

Aquella mañana también lo intenté.

—Primer día —susurré—. Deséame suerte.

Nada.

El silencio dolió, pero no me detuvo.

*****

Virelli Global Language & Contracts ocupaba seis plantas de un edificio de vidrio en el centro financiero de Silvercrest. Las puertas giratorias parecían diseñadas para personas que sabían exactamente a dónde iban. Yo entré demasiado rápido, calculé mal el movimiento y casi salí nuevamente a la calle.

Me quedé dentro fingiendo que había sido intencional.

Nadie pareció notarlo.

Consideré aquello mi primera victoria profesional.

En recepción me entregaron una tarjeta de acceso, un manual de ciento doce páginas y una sonrisa amable que desapareció en cuanto la recepcionista vio que yo realmente pensaba cargar el manual completo.

—Está también en formato digital.

—Ah.

Miré el bloque de papel.

—Entonces esto es…

—Decorativo.

—Perfecto.

Mi supervisora directa se llamaba Camila Renshaw y tenía la clase de elegancia que hacía parecer que incluso sus silencios estaban organizados por colores. Era directora adjunta del Departamento de Contratos Internacionales, hablaba tres idiomas y, según su presentación, llevaba once años en la empresa.

—El señor Virelli tiene una tendencia a contratar por intuición —me explicó mientras recorríamos la planta—. Aquí preferimos demostrar las cosas con resultados.

La frase fue pronunciada con una sonrisa impecable.

Yo también sonreí.

—Me parece razonable.

—Su período de prueba es de tres meses.

—Lo sé.

—La mayoría de las personas que entran directamente a esta área tienen al menos cinco años de experiencia corporativa.

—También lo sé.

Camila se detuvo frente a un escritorio vacío.

—Entonces comprende que tendrá que esforzarse.

Miré el escritorio. Después a ella.

—Eso esperaba.

Algo en mi respuesta pareció decepcionarla. Tal vez esperaba que me justificara. Yo había pasado demasiados años explicando por qué merecía ocupar un lugar al lado de Arthur. No pensaba comenzar otra vez.

Mi primer encargo llegó a las nueve y siete.

Un contrato de distribución tecnológica entre una empresa alemana y una sociedad brasileña. Ciento ochenta y seis páginas. Dos anexos. Tres idiomas. Cuatro jurisdicciones posibles.

La fecha límite era el viernes.

Camila dejó la carpeta sobre mi mesa.

—No debe traducirlo completo. Ya existe una versión preliminar. Debe revisar coherencia terminológica, equivalencias jurídicas y riesgos de interpretación.

Abrí la primera página.

—¿Algo en particular?

—Todo.

Y se marchó.

A las once olvidé tomar agua.

A las doce olvidé almorzar.

A la una y media descubrí que alguien había traducido “best efforts” de tres formas distintas en el mismo documento.

A las dos encontré una cláusula que permitía a una de las partes modificar unilateralmente el precio ante una variación de costos superior al tres por ciento, pero la versión portuguesa ampliaba ese derecho a cualquier “alteración relevante”, un concepto mucho más abierto.

A las tres encontré otra inconsistencia.

A las cuatro dejé de sentir nervios.

Eso era lo que yo sabía hacer.

No necesitaba ser la mujer más fuerte de una habitación. No necesitaba derribar a nadie. No necesitaba que un Consejo considerara que mis capacidades eran lo bastante “físicas”. Solo necesitaba tiempo, concentración y un documento mal redactado.

A las seis y cuarenta, cuando la planta empezaba a vaciarse, Camila apareció junto a mi escritorio.

—¿Todavía aquí?

—Estoy terminando una matriz de riesgos.

Su mirada bajó a la pantalla.

—No se la pedí.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué la hace?

—Porque encontré doce diferencias que podrían cambiar la interpretación contractual dependiendo del idioma utilizado en una disputa.

Por primera vez durante el día, su expresión se modificó.

—¿Doce?

—Trece, si contamos una referencia cruzada que dirige al anexo equivocado, pero todavía no decidí si es un error de traducción o de redacción original.

Camila permaneció en silencio.

Yo también.

—Envíemelo antes de irse.

—Claro.

Se dio la vuelta. Avanzó dos pasos. Se detuvo.

—Señorita Salvatore.

—¿Sí?

—Almuerce mañana.

La vi marcharse.

Miré mi escritorio.

—Creo que eso fue afecto corporativo.

—Fue una advertencia médica.

La voz masculina me hizo levantar la cabeza.

Eduardo Virelli estaba de pie junto a la entrada del sector, sin saco, con las mangas de la camisa remangadas y dos vasos de café en la mano.

—Señor Virelli.

—Eduardo, después de las seis.

—¿Y antes?

—Depende de cuánto me hagan enojar.

Me ofreció uno de los cafés.

—Camila me dijo que encontró problemas en el contrato Weiss-Borges.

—Todavía estoy revisando.

—Camila no suele impresionarse.

—No parecía impresionada.

—Entonces lo estaba.

Sonreí antes de poder evitarlo.

Eduardo se apoyó en el borde del escritorio.

—¿Por qué relaciones internacionales?

La pregunta me tomó desprevenida.

—Porque cuando era niña creía que las guerras empezaban porque las personas no se entendían.

—¿Y ahora?

Pensé en Arthur. En Tatiana. En todas las conversaciones que había intentado tener y en todas las veces que la verdad había estado allí, frente a nosotros, sin que nadie quisiera mirarla.

—Ahora creo que muchas veces se entienden perfectamente. Simplemente quieren cosas distintas.

Eduardo me observó durante unos segundos.

—Eso es más útil que la mayoría de lo que enseñan en una universidad.

Bajé la vista al contrato.

—No sé si es más optimista.

—La experiencia rara vez lo es.

Se incorporó.

—Termine la matriz. Mañana quiero verla.

—¿Usted?

—Yo.

—¿Por qué?

Sonrió.

—Porque si realmente encontró trece problemas en un contrato revisado por cuatro personas, quizá contraté a alguien interesante.

Se alejó antes de que pudiera responder.

Me quedé mirando su espalda.

Después miré la pantalla.

A los veintiséis años, sin manada, sin Mate y sin loba, acababa de descubrir algo que nunca nadie me había enseñado.

Tal vez comenzar de cero no significaba no tener nada.

Tal vez significaba que, por primera vez, todo lo que construyera sería mío.

Y al día siguiente, cuando Eduardo Virelli leyera mi informe, iba a descubrir que el error número trece no era el más peligroso.

Había un decimocuarto.

Uno capaz de costarle millones a la empresa que había contratado nuestros servicios.

Y yo era la única persona que lo había visto.

*** Anabella acaba de descubrir que su talento puede ser un lugar propio, no una habilidad secundaria. Pero ahora apareció la primera verdadera amenaza profesional. ¿Creen que debería haber abierto la carta de Arthur?***