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1. No puedes dejarme

Ronan 18+ — booknet.com · All chapters

1. No puedes dejarme

RONAN O´SULLIVAN

Eleanor entró a mi oficina sin tocar, como hacía siempre, y supe que algo andaba mal antes de que abriera la boca. En tres años había aprendido a leerla: si traía la tablet pegada al pecho, buenas noticias. Si la traía colgando de una mano, como si pesara, malas.

La traía colgando.

—Ronan, necesito hablar contigo un momento —sí, porque Eleanor no solo era mi eficiente asistente hace tres años, era una gran amiga por circunstancias extrañas de la vida que nos cruzó.

—Habla mientras firmo esto. —Ni siquiera levanté la vista del contrato. Kilbride Energy estaba a dos firmas de cerrar el parque eólico de Aberdeen y no pensaba perder el ritmo por lo que fuera que le hubiera arruinado la mañana a mi asistente.

—Prefiero que me mires.

Eso sí me hizo levantar la cabeza. Eleanor no pedía nada. Eleanor resolvía. En tres años nunca le había escuchado un "prefiero".

—Te escucho.

—Renuncio.

Dejé la pluma sobre la mesa.

—Es una broma.

—Me caso, Ronan. Ya lo sabes. Danny consiguió el trabajo en Perth y nos vamos en tres semanas.

—¿Perth como en Australia?

—Perth como en Australia.

Me reí. No de gracia, sino porque no supe qué otra cosa hacer con la cara.

—Lloviste con el aviso, ¿no te parece? Tres semanas.

—Te aviso desde hace tres meses que Danny estaba postulando. Solo que tú nunca escuchas nada que no tenga que ver con megavatios.

Eso me dolió más de lo que hubiera admitido en voz alta. Porque tenía razón, y porque en tres años Eleanor Whitfield había sido la única persona en mi vida que sabía exactamente cómo me gustaba el café, qué reuniones podía cancelar sin consultarme y cuáles no, cuándo mentirle a mi madre por teléfono y cuándo pasarle la llamada de una vez. Sabía manejarme. Y la gente que sabe manejarme no crece en los árboles.

—Te voy a subir el sueldo. Te voy a triplicar.

—Me voy a vivir al otro lado del mundo, Ronan. No es una cuestión de sueldo.

—Podrías trabajar remoto.

—Son ocho horas de diferencia y quiero tener hijos con mi marido, no mandarte agendas a las tres de la madrugada por el resto de mi vida.

No tenía respuesta para eso. O sí la tenía, pero era alguna variación de "no te vayas" que sonaba patética incluso dentro de mi cabeza, así que me quedé callado, mirando el contrato de Aberdeen como si fuera a firmarse solo.

—Te dejo todo ordenado —volvió a decir como si eso solucionara todos mis problemas—. Contactos, protocolos, hasta un documento de "cosas que Ronan nunca va a leer, pero debería". Vas a estar bien.

—Obviamente voy a estar bien. Voy a conseguir a alguien mejor que tú.

Sonrió, porque las dos sabíamos que era mentira, y salió de la oficina dejando la puerta abierta, algo que jamás hacía.

Me quedé mirando el hueco de la puerta un buen rato.

La agencia me mandó a Priya el lunes siguiente.

Veintitrés años, currículum impecable, dos masters. Duró cuatro horas.

—Señor O´Sulliva el café.

Lo dijo temblando, y la taza se le fue de la mano antes de que terminara la frase. Café hirviendo sobre el informe financiero que había tardado dos días en preparar para la junta.

—¿Está nerviosa?

—Un poco, sí.

—¿Por qué?

—Porque usted es... —se detuvo, tragó saliva— es usted.

—Eso no es una respuesta, es un problema. Si no puede sostener una taza de café frente a mí, no va a poder decirme que no cuando lo necesite, y en este trabajo hay que decirme que no todo el tiempo.

Se largó a llorar. No de forma dramática, sino en silencio, mirando el desastre en la mesa, y por un segundo sentí algo parecido a la culpa. Le firmé el finiquito esa misma tarde con un bono que no le debía, y ella se fue agradeciéndome entre lágrimas, lo cual me pareció el colmo del absurdo.

Vanessa llegó el miércoles y aguantó dos días.

Era lo opuesto a Priya: segura, directa, con esa clase de confianza que en una sala de juntas resulta útil y en una asistente personal resulta peligrosa. El segundo día me encontré con que había reorganizado mi cena de negocios con los inversores canadienses para que incluyera, sin que yo se lo pidiera, una mesa para dos en un restaurante distinto, con vino que ella misma había elegido, "por si después querías quedarte charlando un rato, a solas".

—Vanessa.

—¿Sí?

—Está despedida.

—¿Por qué? —Ni siquiera se sorprendió. Eso me irritó más.

—Porque no la contraté para que salga conmigo en citas, la contraté para que me organice la agenda. Son cosas distintas.

—Pensé que te gustaría.

—No me importa lo que pensó que me gustaría. Me importa que haga lo que le pido, y punto. Y no me gusta que me trates como si yo fuera tu amigo. Esto no funciona así.

Se fue ofendida, como si el patán fuera yo por no querer coquetear con la persona que se suponía debía manejar mi calendario. Tal vez lo era. No tenía tiempo para pensarlo.

El viernes fue Colin, que confundió la reunión con el ministro de Energía con una llamada de rutina y la agendó para la misma hora que la firma final de Aberdeen. Me enteré cuando la oficina del ministro llamó preguntando por qué nadie se había presentado. Colin no lloró ni intentó nada raro. Solo se puso pálido, dijo "lo siento, señor O´Sullivan" tres veces seguidas, y se fue con la dignidad de alguien que sabe que no va a discutir el despido.

Tres secretarias. Una semana.

Para el martes de la segunda semana, mi escritorio parecía el after de una fiesta que nadie había disfrutado. Post-its pegados en el monitor con letra mía, ilegible incluso para mí. Dos teléfonos sonando al mismo tiempo. Un café frío que ni siquiera recordaba haber pedido.

—Ronan, la llamada con Oslo era a las nueve, son las nueve y veinte.

Mi socio, Callum, tenía esa cara que ponía cuando quería decir "te lo dije" sin decirlo.

—Lo sé, Callum. Estoy en eso.

—¿En qué, exactamente? Porque llevas nueve días sin asistente y esta empresa no se maneja sola.

—Se manejó sola durante nueve días, ¿no? Sigue en pie.

—Se manejó porque yo cubrí dos de tus reuniones y porque Eleanor, antes de irse, dejó todo tan ordenado que hasta un chimpancé podría seguir el protocolo. Pero el chimpancé eres tú, y no lo estás siguiendo.

No tenía forma de discutirle eso. Encontré la llamada con Oslo agendada, sí, pero en la carpeta equivocada, bajo el nombre equivocado, porque yo mismo la había movido dos días antes intentando "organizar" y ahora ni yo entendía mi propio sistema.

Esa noche me quedé solo en la oficina hasta después de las diez, algo que no hacía desde que Eleanor había entrado a trabajar conmigo, porque ella se encargaba de que nunca tuviera que hacerlo. Miré el escritorio, el desastre, los tres finiquitos que había firmado en cinco días, y por un momento sentí que parecía sospechosamente a estar perdido.

Treinta y ocho años. Dueño de una empresa que valía más de lo que la mayoría de la gente vería en diez vidas. Y no podía sostener una agenda sin que alguien más la sostuviera por mí.

Al día siguiente le llamé de nuevo a recursos Humanos. Agarré el teléfono

—Helga, necesito urgente una asistente con la falda larga y la lengua corta.

—Pero necesito otra persona. Ya.

—Ronan con todo respeto, ya te enviamos tres candidatos esta semana. No tengo postulantes que cumplan con el requisito que usted impone.

—Entonces envíeme un cuarto. Y esta vez busque a alguien que no llore, que no coquetee y que sepa leer un calendario. No puede ser tan difícil. No me importa que no tenga estudios técnicos o universitarios, con que sepa leer y escribir es suficiente.

Colgué antes de escuchar la respuesta. Afuera, Londres seguía su ritmo de siempre, suspiré hondo apretando mi cabeza con mis manos y exhalé hondo, por primera vez en nueve días sentí que necesitaba, de verdad, que alguien apareciera y me salvara de mí mismo.

No tenía idea de lo que se me venía encima.

¿LISTAS PARA CONTINUAR CON ESTOS LOCOS ISLANDESES? JAJA CONTINUAMOS CON RONAN, POR FAVOR VOTEN Y AGREGUEN A SUS BIBLIOTECAS.