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10. Mi angel enviado

Ronan 18+ — booknet.com · All chapters

10. Mi angel enviado

Alice

Llevaba cuatro días sin dormir.

Cerraba los ojos por la noche, tumbada en el borde de la cama, y oía respirar a Simon a mi lado, y no podía. Cada vez que él se movía, se me aceleraba el corazón. Cada silencio era una espera. Me quedaba mirando el techo hasta que empezaba a clarear por la ventana, y entonces me levantaba para hacerle el desayuno.

Tampoco comía.

Había comida en la nevera, por fin. Mucha. Simon se encargaba de que no faltara nada, y lo repetía cada día, con orgullo, como quien enseña un trofeo. Pero a mí se me cerraba la garganta. Me sentaba a la mesa, partía un trozo de pan y lo dejaba en el plato. Sabía a papel y a miedo.

Vivía con miedo.

No como antes. Antes era un miedo pequeño y constante, como un ruido de fondo. Ahora era un miedo con forma, con dientes. Me despertaba con él y me acostaba con él. Me seguía de habitación en habitación. Estaba en cada palabra de Simon, en cada mirada, en cada vez que me decía «cariño» con esa voz dulce que ahora me daba náuseas.

Y me dolía.

No la nariz, aunque también. Me dolía haber renunciado.

Esa mañana, Simon me puso el portátil delante, en la mesa de la cocina, y se quedó de pie a mi espalda. «Escribe», me dijo. Y yo escribí. Con los dedos temblando tanto que tuve que borrar tres veces. Por motivos personales. Con efecto inmediato. Él me dictaba cada palabra, tranquilo, mirando por encima de mi hombro. Cuando llegó el momento de pulsar enviar , me quedé quieta.

—Alice.

Pulsé.

Se fue. Mi primer trabajo. Lo único que había tenido en tres años que era mío, que no tenía su olor ni su voz, que me había hecho sentir que podía ser una persona. Se fue en dos segundos, con un clic, y yo me quedé mirando la pantalla con los ojos secos.

No lloré. Ya no me quedaban lágrimas.

Lo que sí me quedaba era una idea nueva, que llevaba días creciendo dentro de mí como una hierba mala, y que ya no podía arrancar: esa casa no era un hogar.

Era una cárcel.

Siempre lo había sido. Solo que yo me había acostumbrado tanto a los barrotes que había dejado de verlos. Había llamado a la puerta cerrada «seguridad». A la comida racionada, «austeridad». Al miedo, «respeto». Al silencio, «paz». Me había pasado tres años pintando de colores bonitos las paredes de una celda.

Y ahora que lo veía, no podía dejar de verlo.

Pero ¿qué podía hacer?

¿Adónde iba a ir?

Pensé en Milena. Y se me encogió el pecho. Simon me había quitado el teléfono la misma noche en que me rompió la nariz. Lo guardaba en el bolsillo interior de su chaqueta, apagado. Me había dicho que si volvía a ver su nombre en mi pantalla, iría él mismo a hablar con la madre de Milena. Y yo sabía que lo haría. Con su voz suave, con su sonrisa de reverendo. «Su hija es una mala influencia.» Y Milena, que siempre había dado la cara por mí, pagaría el precio.

Mi única amiga, y le había prohibido hablar con ella.

Pensé en mis padres, en el sillón de mi padre, en la Biblia sobre la mesa. Pensé en llamar a la puerta con la cara rota y una bolsa en la mano. Me imaginé a mi madre, con los labios apretados, mirando el reloj antes de mirarme a mí. Mi padre, con las manos cruzadas, en silencio. Tienes un hogar, Alice. Tienes un marido. Vuelve con él. Me lo habían dicho cuando me casé. Me lo habrían dicho mil veces más.

Nadie me iba a recibir.

Y entonces, sobre todo eso, estaba lo otro.

Ronan.

Cerraba los ojos y volvía a verlo. Me daban ganas de reír y de llorar a la vez. Había venido a buscarme. A mi casa. Ronan O'Sullivan, el hombre más rico que yo había conocido ¿Por qué?

No tenía sentido. Lo repasaba una y otra vez y no lo entendía. ¿Tanto le importaba como secretaria? Una semana. Llevaba una semana trabajando para él. Yo era su asistente, una más, una de la lista de las que habían pasado. Había mil mujeres mejores en Londres. Más rápidas, más guapas, más bien vestidas. Yo me tropezaba con las alfombras. Yo derramaba el agua. Yo ni siquiera sabía sostener una taza.

Tu puesto sigue ahí. Cuando quieras. Para lo que sea.

Esas palabras me daban vueltas en la cabeza.Y lo peor era que, cuando las recordaba, algo se me encendía por dentro. Una cosa pequeña, caliente, que no se parecía en nada al miedo. Y entonces me daba más miedo todavía.

Porque Simon se había dado cuenta.

Esa misma tarde después del portazo, se sentó frente a mí en la cocina y me miró en silencio durante un minuto entero.

—¿Quién es ese hombre?

—Mi jefe.

—Tu antiguo jefe. —Se inclinó hacia delante—. ¿Qué tienes con él?

—Nada, Simon. Nada. Lo juro.

—¿Y por qué viene a mi casa a buscarte?

—No lo sé.

—No me mientas.

—No lo sé.

Me miró. Yo aguanté. No sé de dónde saqué la fuerza. Y al final, para mi sorpresa, él se echó hacia atrás, soltó el aire por la nariz, y no dijo nada más.

No me pegó. Esa noche no, ni la siguiente, ni ninguna de las que vinieron. Y eso era lo más retorcido de todo. Se mostraba amable. Casi tierno. Me traía infusiones. Me preguntaba si me dolía. «Fue un accidente, Alice. Tú me provocaste. Pero no volverá a pasar si te portas bien.»

Si te portas bien.

Tampoco me dejaba salir. Ni a la esquina. Los moratones estaban en su apogeo, negros, verdosos, y él se aseguraba de que nadie los viera. Las cortinas siempre echadas. La puerta con doble llave. Cuando el vecino llamó una tarde para preguntar si necesitaba algo, Simon abrió con su sonrisa limpia y contestó que su mujer estaba con gripe, muy contagiosa, que no se molestaran.

Así pasaron cuatro días.

Hasta esa tarde.

Estaba en la cocina pelando patatas cuando Simon entró y se quedó mirándome. Dejé el cuchillo y me limpié las manos en el delantal.

—Ven aquí.

Me acerqué con miedo. Me cogió la barbilla con dos dedos, con suavidad, y me giró la cara hacia la luz. Me examinó en silencio y yo contuve la respiración.

—Ya casi no se nota la hinchazón —dijo.

Era verdad. La nariz había bajado. Todavía me dolía al tocarla, y todavía respiraba mal, pero ya no parecía de otra persona. Los moratones habían pasado del negro al amarillo, y bajo los ojos solo quedaba una sombra violácea.

—Mañana vamos a casa de tus padres —dijo.

Se me paró el corazón.

—Quieren verte. Hace semanas que no vamos. Mi padre también estará. Comeremos todos juntos. —Soltó mi barbilla—. Te taparás eso con un poco de polvo. Maquillaje, lo que tengas. No quiero preguntas.

—No tengo maquillaje.

—Te compraré uno.

—Vale.

—Y sonreirás. Y dirás que estás bien. Que has pasado un poco de gripe. ¿Entendido?

—Sí, Simon.

Salió de la cocina.

Me quedé de pie, con el delantal en las manos y el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que se oiría.

Mi madre.

Algo pequeño y tembloroso se abrió dentro de mi pecho. Tal vez podría hablar con ella a solas. Un minuto. Solo uno. En la cocina. En el pasillo, cuando Simon y mi padre se quedaran en el salón. Quizá podría cogerle la mano, mirarla a los ojos, y decirle lo que pasaba. Que tenía miedo. Que no podía más. Que me había roto la nariz.

Y ella me ayudaría.

Después de todo, era mi madre. Me había tenido en brazos. Me había cantado canciones cuando tenía fiebre. Me había enseñado a rezar. Tenía que ayudarme. Tenía que creerme.

Tenía que hacerlo.

La casa de mis padres olía igual que siempre. Al cruzar la puerta, el olor me envolvió como un abrazo, y por un segundo, solo un segundo, se me aflojaron los hombros.

Duró lo que tarda en cerrarse una puerta.

—Alice, qué delgada estás —dijo mi madre, besándome en la mejilla sin mirarme demasiado—. Pasen, pasen. La cena está casi lista.

Llevaba el maquillaje cubriendo mis moretones. Dos capas de base, un poco de polvo, un toque de color en los pómulos. Me lo había puesto delante del espejo del baño, con las manos temblando, mientras Simon me miraba desde la puerta. «Más. Ahí todavía se ve.» Me picaba la cara.

Nos sentamos a la mesa. Mi padre en la cabecera, con su camisa blanca y su corbata oscura. A su derecha, el reverendo Hartley, grande y sereno, con las manos cruzadas. Simon a mi lado, tan cerca que su rodilla rozaba la mía. Mi madre iba y venía de la cocina con las fuentes.

Rezamos antes de comer. Cerré los ojos y no oí una sola palabra de la oración.

Simon esperó a que sirvieran el segundo plato.

—Quería hablaros de una cosa —dijo, en el tono de quien lleva días ensayando—. Con mucho dolor, pero creo que es mejor que lo sepan.

Se me heló la cuchara a medio camino de la boca.

—Alice no ha estado bien últimamente.

Mi padre levantó la vista. Mi madre dejó de servir.

—No quiero que lo tomen a mal. La quiero, y eso lo saben todos. Pero ha estado muy descuidada. Ausente. Desobediente. —Suspiró con una tristeza admirable—. Cuando tuve que viajar por trabajo, me dejó la casa sola durante horas. Salía sin permiso. Y no solo eso. Se puso a trabajar en una oficina, a mis espaldas, sin decírmelo, rodeada de hombres que no conocemos de nada.

Mi madre jadeó. Se llevó una mano al pecho, con el cucharón todavía en la otra, y yo vi cómo le temblaba.

—Cuando volví —siguió él—, no había comida en la mesa. No había nadie en casa. Tuve que esperar a que ella se dignara regresar. Y cuando le pedí explicaciones, me contestó mal. Me levantó la voz.

—Simon —dije en voz baja.

—Déjame terminar, cariño.

Mi padre me miraba. Con esa mirada que yo conocía desde niña, la del dedo levantado, la del reproche mudo que dolía más que cualquier grito. Me sostuvo los ojos un segundo, y luego, despacio, negó con la cabeza.

Ni una pregunta. Ni un «¿es verdad, hija?». Ni siquiera un «¿por qué?».

El reverendo carraspeó. Había escuchado todo con las cejas ligeramente alzadas, con una calma de piedra. Se limpió la boca con la servilleta y habló con voz grave.

—Hay que orar, hijos míos. Orar lo suficiente. —Me miró—. Alice, tú debes orar más. Hace tiempo que no te veo en el primer banco. La iglesia es el refugio de las mujeres, y tú la has abandonado. Y debes dejar de tener ciertas amistades que solo te traerán cosas malas. —Hizo una pausa —. El que anda con malas compañías acaba con malos pensamientos. Un hogar se sostiene con oración, obediencia y humildad. Nada más.

—Amén —murmuró mi padre.

—Amén —dijo Simon.

Yo bajé la mirada al plato. La comida se me enfriaba. Nadie me preguntó si tenía hambre.

Después de cenar, los hombres se retiraron al salón. Me quedé en la cocina con mi madre, recogiendo platos. El grifo goteaba.

Ella fregaba sin mirarme. Tenía la espalda tensa y los labios apretados.

—Me has avergonzado, Alice.

Dejé el trapo que tenía en la mano.

—¿Yo?

—¿Cómo se te ocurre ponerte a trabajar sin que tu marido lo supiera? ¿Salir de casa, andar por ahí con extraños? ¿Qué van a decir en la iglesia? ¿Qué van a pensar de nosotros? —Se giró por fin, con las manos mojadas—. El hijo del reverendo. Un hombre que lo tiene todo. ¿Es que no te das cuenta de lo que tienes?

—No hice nada malo, mamá.

—Hiciste mucho.

—Me estaba muriendo de hambre.

Mi voz salió baja, firme, y me sorprendió oírla. Mi madre parpadeó.

—Cada vez que Simon desaparece una semana, o dos, por trabajo, o por lo que sea, me deja sin una libra. Sin nada. Y no hay comida en la casa. Llevo meses así, mamá. Meses. Dos días sin comer, tres. Se lo he dicho y se ríe. No tuve otra forma. Tuve que buscar trabajo porque mi marido me dejó sin nada que llevarme a la boca.

—Debías haber venido aquí. —Lo dijo con impaciencia, como si le explicara algo evidente a una niña tonta—. Esta es tu casa. Habríamos puesto un plato en la mesa. Tu esposo es un hombre bueno, Alice. Jamás haría nada que te lastimara.

Algo se me rompió por dentro. Sin ruido.

—¿Ah, no?

—Alice…

Me llevé las manos a la cara. Con los dedos, despacio, empecé a frotarme las mejillas, la nariz, los pómulos. El polvo se desprendía como harina. La base se corría. Me limpié con la manga del vestido, con fuerza, hasta que me ardió la piel. Y entonces levanté la cabeza.

El moratón estaba ahí.

Amarillo, verde, violeta. Bajaba desde el puente de la nariz hasta debajo de los ojos, como una mancha de tinta. Hinchado todavía. Con una costra pequeña, seca, sobre el hueso.

Mi madre dio un paso atrás.

—¿Y esto? —dije—. ¿Esto qué es? ¿Te parece que esto es no lastimarme?

—Alice…

—Mírame. Mírame, mamá.

Me miró. Se le llenaron los ojos de algo que no supe leer. Se quedó con la boca entreabierta, sin aire.

—Simon es un maldito.

—¡Alice! —Se llevó la mano al pecho—. No maldigas a tu esposo. Ni en esta casa.

—Sí lo haré. —Las palabras salían solas—. Lo maldeciré mil veces. Mil veces maldito el día en que me obligaste a casarme con él. Yo tenía veintidós años, mamá. No había vivido nada. Nadie me preguntó si lo quería. Y tú eres mi madre. Deberías sentir vergüenza al ver a tu hija así. Pero qué vas a decir tú, si has vivido toda tu vida en esta cárcel, igual que yo, con papá.

El silencio cayó como una piedra en agua quieta.

Mi madre bajó la vista a sus manos. Se las secó despacio en el delantal. Luego las unió como quien reza.

No contestó.

Y eso me dolió más que cualquier palabra.

—No, mamá. —La voz se me quebró, pero seguí—. Estoy cansada. Estoy muy cansada de vivir en ese infierno con un hombre al que conozco menos cada día. Que tú hayas aguantado tanto tiempo a papá no significa que yo tenga que soportar esto. No quiero acabar como tú.

Levantó la cabeza de golpe, herida.

—Te lo advierto —dije—. A la menor oportunidad, me iré de ese infierno.

—No tienes nada. —Su voz era un susurro tenso—. No tienes dónde ir, Alice. Ni dinero, ni trabajo, ni casa. Simon no lo permitirá. Tu padre tampoco. ¿Adónde piensas ir? ¿A la calle? Lo que debes hacer es orar. Orar mucho por tu matrimonio, para que Dios te dé fuerzas.

Solté una carcajada baja, seca, que no sabía que tenía dentro.

—¿Y mientras yo ruego por tener más fuerzas, a Simon qué le dicen? ¿Eh? —Di un paso hacia ella—. Porque yo no veo que nadie le diga que ore para no pegar ni maltratar a su esposa. A él nadie le pide fuerza. A él le dan cena y lo felicitan.

Mi madre abrió la boca para contestar. Vi cómo le cambiaba la cara. Por un instante, un solo instante, creí ver algo detrás de sus ojos. Un miedo viejo, una pena profunda. Una mujer que se asomaba por una ventana muy pequeña.

—Alice, yo…

La puerta de la cocina se abrió.

Simon apareció en el umbral, con la chaqueta ya puesta y el abrigo en el brazo. Sonreía. Pero era la sonrisa de siempre, esa de cartón que no llegaba a los ojos.

—Hora de irnos, Alice. Despídete de tu madre. Es tarde.

Mi madre se alisó el delantal. Recuperó la postura. Se secó los ojos con el dorso de la mano, rápido, como quien borra una prueba. Y cuando se volvió hacia él, ya era otra.

—Claro, hijo. Vuelvan pronto.

No me besó. Ni siquiera me miró.

Cogí mi bolso de la silla. Me puse el abrigo. Salí detrás de Simon, con la cara descubierta y el moratón a la vista, y cuando mi padre me abrió la puerta de la calle, tampoco me miró.

Fuera hacía frío.

En el coche, con la ventanilla fría contra la sien, entendí lo que había venido a aprender. Que no iban a salvarme. Ni mi madre ni mi madre. Que, si alguien iba a sacarme de allí, tenía que ser yo, yo era la única que podía salvarme.

Simon no dijo nada durante los primeros diez minutos.

Conducía despacio, con las dos manos en el volante y la vista fija en la carretera. La radio estaba apagada. Yo miraba por la ventanilla las farolas pasar, una tras otra, sin verlas.

Sabía que se estaba preparando. Lo conocía. Cuando Simon guardaba silencio era porque estaba eligiendo las palabras, como quien elige un cuchillo.

—¿De qué hablastes tu madre y tú?

Lo preguntó con la voz de siempre, tranquila, casi indiferente. Pero apretó el volante.

—De nada.

—Estuvieron mucho rato en la cocina.

—Me contaba algo de la iglesia. —Seguí mirando por la ventanilla—. Cosas de las mujeres del coro.

—¿Qué cosas?

Me volví hacia él. Lo miré por primera vez desde que habíamos salido de la casa.

—¿Por qué? —dije—. ¿Tienes miedo de que le haya dicho que me pegaste?

Simon giró la cabeza un segundo hacia mí. Tenía los ojos muy abiertos y la mandíbula rígida. Después volvió a mirar la carretera. Respiró hondo por la nariz.

—No empieces, Alice.

—Solo te lo pregunto.

—De nuevo te estás comportando como una mujerzuela. Me levantas la voz, me desafías, me hablas con ese tono. —Soltó las palabras despacio, una a una—. ¿Es que no tienes vergüenza?

—Levante o no levante la voz, siempre seré lo peor para ti. Si hablo, soy una mujerzuela. Si callo, soy una floja. Si como, soy una glotona. Si no como, soy una ingrata. —Me encogí de hombros—. Ya me da igual, Simon. Sinceramente. Lo que pienses de mí, o lo que dejes de pensar, me da exactamente igual.

—Alice…

—Porque lo único que tengo contigo es una cárcel.

—Eres una malagradecida —escupió—. Una malagradecida. Te lo doy todo. Te doy un hogar. Te doy comida. Te cuido. Te trato como a una reina, ¿y tú me dices que vives en una cárcel?

Solté una carcajada.

Corta, seca, desagradable. No me reconocí en ella. Salió de un sitio muy hondo, de un lugar al que no había bajado nunca, y me dejó un sabor amargo en la lengua.

—¿Me cuidas? Creo que tienes la realidad bastante alterada, Simon.

—¿Cómo dices?

—Que si me trataras como a una reina, no me habrías roto la nariz. —Hablaba con una calma que me asustaba—. Y me dejarías ser libre. A las reinas no se las encierra con doble llave. A las reinas no se las deja sin comer. Así que deja de intentar mostrarte ante mí como el esposo perfecto y abnegado, porque tú y yo sabemos lo que eres de verdad.

Había dicho demasiado. Lo supe por cómo se le hundieron las mejillas.

Simon dio un volantazo seco y detuvo el coche en el arcén. Las ruedas rechinaron sobre la grava. Se giró hacia mí.

No gritó. Esa fue la parte más aterradora.

—Cuando lleguemos a casa vas a recibir un castigo que no olvidarás jamás.

Sentí que algo frío me bajaba por la espalda.

—Y tu nariz no será lo único que se rompa esta vez. —Se acercó un poco, hasta que pude ver los puntitos oscuros de sus pupilas—. Te voy a romper la boca. Por hablarme así. Por atreverte.

Me quedé inmóvil.

El valor que había sentido hacía un minuto, esa llamarada breve, se apagó de golpe. No se fue poco a poco. Se desplomó, como un edificio cuando le quitan una columna. Se me secó la garganta. Los latidos me retumbaban en los oídos con tanta fuerza que no oía nada más.

Intenté respirar. No pude.

—Simon —conseguí decir, o creí que lo decía.

No salió ningún sonido.

Él me miraba. Con una expresión extraña, casi satisfecha. Como quien contempla un vaso que ha caído al suelo y se ha roto exactamente como esperaba.

Me llevé la mano al cuello. Hiperventilaba. Lo supe por el mareo, por los puntos negros que me bailaban delante de los ojos, por el sabor a metal en la boca. Me aferré al borde del asiento con las dos manos. Tenía la piel helada y sudada.

Respira, Alice. Respira.

La voz de Milena, lejana, como si viniera de otra habitación. Cuenta hasta cuatro. Aguanta. Suelta.

No podía contar.

Lo único que podía pensar era en lo que me esperaba en esa casa, a veinte minutos de allí. Y en que no iba a haber nadie más que pueda ayudarme.

Dios, nunca te he pedido nada, pero, ayúdame, envía a tu ángel y que me proteja de Simon.

Oró Alice en silencio mientras se acercaban al edificio.

Simon aparcó en su sitio de siempre, Apagó el motor. Yo no me moví.

Tenía las manos agarradas al asiento y las piernas tan flojas que no sabía si podría sostenerme. La respiración me había vuelto poco a poco, a bocanadas cortas, pero el temblor seguía ahí, en las rodillas, en las manos, en los dientes. Miraba el portal. A dos pasos de mí. Y sabía todo lo que me esperaba.

No quería bajar.

—Baja —dijo Simon.

No me moví.

—Alice.

—No quiero.

Lo oí soltar el aire. Abrió su puerta, salió, la cerró con fuerza. Rodeó el coche con pasos rápidos. Vi su silueta y sentí que el corazón se me subía a la garganta.

Mi puerta se abrió de golpe.

Me agarró del brazo con tanta fuerza que me hizo daño. Tiró de mí hacia fuera sin miramientos, a tirones, y yo salí tropezando, con el bolso colgando de una mano y los zapatos resbalando sobre el asfalto mojado.

—Simon, por favor —supliqué.

Tenía las lágrimas ya corriéndome por las mejillas, sin que me diera cuenta de cuándo habían empezado a caer.

—Por favor. Por favor, no. Hablemos. Yo… lo siento. Retiro lo que he dicho. Por favor…

—Cállate y camina.

Dio un paso hacia el portal arrastrándome con él.

Y entonces dos figuras salieron de la sombra.

Dos hombres con uniforme oscuro, chalecos reflectantes, linternas colgadas del cinturón. Se plantaron delante de nosotros con tanta naturalidad que Simon casi chocó contra el más alto. A unos metros, en la esquina de la calle, vi un coche con las luces apagadas. Un coche blanco y azul.

Policía.

Los dos nos miraron. Primero a Simon. Luego a mí. Luego a la mano de él, apretada sobre mi brazo. Y por último a mi cara, pálida, con los ojos llorosos. Se hizo un silencio muy raro.

—¿Simon Hartley? —preguntó el más alto.

Simon se enderezó. Soltó mi brazo, o más bien lo aflojó sin soltarlo del todo. Y su cara cambió en un instante. La rabia desapareció y apareció la otra, la que usaba con los demás: serena, correcta y amable.

—Sí, soy yo, oficial. ¿Sucede algo?

El policía no contestó. Se volvió hacia mí.

—Señorita, ¿se encuentra bien?

Abrí la boca. No me salió nada. Tenía la garganta hecha un nudo, los ojos llenos de agua, y la mano de Simon apretándome, justo por encima del codo, en el punto exacto donde dolía.

—Sí, se encuentra bien —se adelantó Simon con una sonrisa—. Mi mujer ha tenido un día largo, está un poco…

—Se lo he preguntado a ella —cortó el oficial—. No a usted. Así que cierre la boca.

Simon parpadeó y luego me apretó el brazo más fuerte. Di que sí.

—Sí —susurré—. Estoy bien.

Apenas fue un hilo de voz. El policía me miró un segundo más de la cuenta, con los ojos entornados, sin creerme. Pero no insistió. Se volvió otra vez hacia Simon.

—Señor Hartley, ¿es usted el propietario de un Ford gris, matrícula…? —Leyó un número en una tableta pequeña.

—Sí, es mío.

—Tengo aquí una orden de comparecencia pendiente a su nombre. Tres multas de tráfico sin abonar, una inspección técnica caducada hace dos años y una citación judicial que no ha sido atendida. —Hizo una pausa, sin mirar la pantalla—. Se envió por carta certificada en dos ocasiones. Y se le ha intentado localizar sin éxito.

—Eso es imposible. —Simon soltó una risita incrédula—. Yo nunca he recibido nada. Debe de haber un error.

—Puede ser.

—Es un error, claro que es un error. Yo no…

—Tendrá que declararlo en comisaría, señor Hartley.

—Pero…

—Y tendrá que acompañarnos ahora.

El segundo oficial, que no había dicho nada hasta ese momento, se movió. Fue rápido y tranquilo. Se colocó entre Simon y yo, le sujetó el brazo con una mano firme, y con la otra me liberó a mí de su agarre, sin brusquedad, como quien separa a dos personas que llevan demasiado tiempo pegadas. Sentí la sangre volver al brazo. Sentí cómo me hormigueaban los dedos.

—Esto es una locura —dijo Simon, y su voz había perdido el tono suave. Se le notaba el miedo, bajo la rabia—. Soy el hijo del reverendo Hartley. Conocemos al comisario de la zona. Esto se arregla con una llamada…

—Eso lo explicará en comisaría —repitió el oficial.

Simon me miró con un odio tan puro, tan desnudo, que se me heló la sangre. Era la mirada de quien acaba de entender que lo han dejado en evidencia. Y de quien está seguro de quién ha sido la culpable.

Esto lo vas a pagar.

No hizo falta que lo dijera. Lo leí en cada músculo de su cara.

El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho.

Lo metieron en la patrulla. Uno lo guiaba por la cabeza para que no se golpeara con el techo, como se hace con los detenidos. La puerta se cerró. A través del cristal, Simon seguía mirándome. No parpadeaba. No apartaba la vista ni un instante.

Yo me quedé de pie en la acera, abrazándome con los dos brazos.

—Señorita.

El oficial alto se había quedado a mi lado. Se había quitado la gorra y la sostenía con una mano. Era un hombre de unos cuarenta años, de cara cansada y ojos amables.

—¿Está segura de que se encuentra bien? —preguntó en voz baja—. Si hay algo que quiera decirme, puede hacerlo ahora. Ahora que él no está.

Lo miré.

Pensé en decírselo todo. En contarle lo de la nariz, lo del aparador, lo del hambre, lo de la llave. Pensé en señalarle el moratón y decir: esto lo ha hecho él. Pero se me cerró la garganta.

Negué con la cabeza. Mis hombros temblaban.

—Solo… —Mi voz era casi inaudible—. Llévenselo, por favor. Y no lo dejen salir esta noche.

El oficial entrecerró los ojos. Me observó unos segundos, con una atención que no era la de un hombre que cumple una orden, sino la de alguien que acaba de entender más de lo que le han contado.

—Haremos lo que podamos, señorita.

—Gracias —dije.

Y eché a correr.

Crucé los metros que me separaban del portal con el bolso apretado contra el pecho. Empujé la puerta con el hombro. Subí las escaleras de dos en dos, sin mirar atrás, hasta el primer rellano, hasta el segundo. Me quedé de pie frente a mi puerta, con las llaves en la mano. Temblaba tanto que tardé tres intentos en meter la llave en la cerradura.

Entré.

Cerré con llave. Eché la cadena. Me apoyé de espaldas contra la madera, y deslicé el cuerpo hasta quedarme sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho y los brazos alrededor de las piernas.

Una noche.

Solo tenía una noche.

<Gracias, Dios>

Luego me enderecé, me puse de pie con el corazón latiendo muy rápido y corrí a la habitación.

Saqué la maleta del armario con prisa y empecé a meter lo poco que tenía. Me temblaban tanto las manos que se me caían las cosas. No sabia a donde iría, solo sabía que aquí ya no podía quedarme, debía irme a cualquier parte, lejos de aquí, donde nadie me encontraría, donde Simón nunca me encuentre.

Entonces llamaron a la puerta.

Me quedé helada, con el corazón golpeándome las costillas. No sabía quién podía ser, y eso me daba más miedo. Si fuera Simon, entraría con sus llaves, sin tocar. No es el.

Me acerqué de puntillas y abrí solo una rendija, con la cadena puesta.

Era Ronan.

No lo pensé. Quité la cadena, abrí de golpe y, con un sollozo, me lancé contra él y le rodeé la cintura con los brazos, hundiendo la cara en su pecho. Y él se quedó rígido.

Llegó la ayuda.