11. Latidos acelerados
Ronan O´SullivanOliver llamó a las diez menos veinte de la noche.
Yo estaba en el sofá de mi casa, con el móvil sobre la rodilla, sin haber encendido ninguna luz. Llevaba horas así. Sin cenar, sin moverme, mirando la pantalla negra como si pudiera hacerla sonar con la mente. Cuando vibró, tuve que mirarla dos veces para creerlo.
—Dime.
—Ya lo tenemos. Lo han traído a comisaría hace diez minutos, tal como quedamos. Orden de comparecencia, multas, citación. Todo legal.
—¿Y ella?
Oliver tardó en contestar.
—Estaba con él. Mi compañero dice que tenía la cara blanca y los ojos llorosos. Que cuando le preguntó si estaba bien, tardó una eternidad en contestar. Y que Hartley le apretaba el brazo mientras ella decía que sí.
Cerré los ojos.
—Se le notaba el miedo —siguió—. Mi compañero se ofreció a escucharla. Ella no quiso hablar. Pero le pidió que no lo dejaran salir esta noche.
—No lo dejen salir pronto Oliver, ese maldito hijo de puta debería estar ahí en la cárcel.
No oí nada más.
Colgué sin despedirme. Cogí mi chaqueta, y salí. No recuerdo como sali de casa. No recuerdo el ascensor, ni el garaje, ni el semáforo en rojo que me salté en el cruce de Kensington. Solo recuerdo el volante y una frase que se repetía dentro de mí como un latido:
no la dejes sola. No la dejes sola.Tardé veinte minutos. Menos de lo que había tardado nunca.
Aparqué mal, medio subido a la acera. Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón en la garganta, y mientras subía pensé en lo que iba a encontrar. Quizá nada. Quizá una puerta cerrada, sin respuesta. Quizá su voz diciéndome que me fuera, que no tenía derecho, que me ocupara de mis asuntos. Quizá miedo. Porque Alice tenía miedo de todo, y yo era un hombre que había aparecido en su vida sin que nadie lo invitara. Podía echarme. Tenía todo el derecho.
Y si lo hacía, no me iría.
Eso lo había decidido en el coche. Fuera lo que fuera lo que dijera, haría lo que hiciera falta para que entendiera una cosa: que ahí no podía quedarse. Que estaba en peligro. Que esa casa era un lugar donde le pasarían cosas peores, y que yo no iba a permitirlo.
Llamé a la puerta.
Oí pasos. Una pausa larga.
La puerta se abrió ligeramente, ella me miró por la abertura y luego la puerta se abrió completamente.
No me dio tiempo a hablar.
Alice se lanzó contra mí.
Fue un impacto pequeño, ligero, como el de un pájaro contra un cristal. Sus brazos me rodearon la cintura con una fuerza que no sabía que tenía, y su cara se hundió en mi pecho. Sentí su pelo en mi barbilla. Sus manos agarradas a mi chaqueta. El sollozo que le salió del cuerpo fue tan hondo que me sacudió a mí también.
Y yo me quedé quieto.
Tieso como una estatua, con los brazos abiertos a los costados, sin saber qué hacer con ellos. Me había preparado para mil cosas. Para gritos, para portazos, para silencios. Para una mirada de reproche. Para un «váyase». Pero no para esto.
Nadie se había abrazado a mí así nunca.
Había tenido mujeres. Cientos, si somos sinceros. Mujeres que me abrazaban para conseguir algo, para sentirse deseadas. Ninguna se había agarrado a mí como si yo fuera lo único firme en un mundo que se estaba cayendo.
Alice temblaba. Lo sentía en todo el cuerpo, en las costillas, en los hombros, un temblor sin control, como el de un animal herido. Respiraba a trompicones contra mi camisa.
Levanté los brazos despacio. No sabía cómo hacerlo. Con una mano le toqué la espalda, apenas, con la punta de los dedos, como quien toca algo que podría romperse. Y entonces ella se quedó quieta.
Fue como si despertara.
Se apartó de golpe, tan rápido que casi tropezó con la puerta. Se tapó la boca con las dos manos. Tenía los ojos enormes, enrojecidos, la cara empapada.
—Lo siento —balbuceó—. Lo siento, lo siento muchísimo, señor O'Sullivan. No sé qué me ha pasado. Perdóneme. No debería haberlo… Lo siento, de verdad, lo siento…
—Alice.
—Ha sido una locura, perdóneme, yo no…
—Alice.
Le tomé el rostro con las dos manos.
Con suavidad, con muchísimo cuidado. Esquivé el moratón con los pulgares, que ya estaba amarillo en los bordes, y la obligué a mirarme. Estaba helada. Y ardía a la vez.
—Cálmate —dije en voz baja—. Respira. Estoy aquí. Nada malo va a pasar.
—Usted no lo entiende…
—Lo entiendo mejor de lo que crees.
Su respiración se fue calmando poco a poco. Sus ojos, clavados en los míos, buscaban algo. Una trampa tal vez.
—Cuéntame qué ha pasado —dije.
Dudó. Lo vi en cómo le temblaron los labios. Echó una mirada al pasillo, a las escaleras, a la puerta de abajo. Y luego, despacio, dio un paso atrás.
—Pase —susurró—. Rápido. Por favor.
Entré. Cerró con llave y echó la cadena. Se quedó apoyada contra la puerta, escuchando, con la cabeza ladeada. Yo no dije nada. Miré a mi alrededor: una cocina diminuta, una mesa de madera, una bombilla pelada. Y en el suelo del pasillo, la maleta, a medio llenar.
—Tengo miedo de que vuelva —dijo, sin mirarme—. De que lo suelten y vuelva, y le encuentre a usted aquí. Y a mí también. —Se frotó las manos como si tuviera frío—. No puedo quedarme Ronan. Esta noche me voy. No puedo estar aquí cuando vuelva.
Era la primera vez que me llamaba por mi nombre.
—¿Adónde?
—No lo sé. —Se pasó la mano por la cara, secándose las lágrimas con rabia—. A cualquier sitio. A la calle. A un centro de ayuda, si encuentro alguno abierto. Pero aquí no. Y no quiero que me encuentre. Ni él ni su padre, ni mi padre. Me lo dijo en el coche. Dijo que cuando llegáramos a casa… —Se le quebró la voz—. Y si la policía no hubiera llegado, si la policía no…
No pudo terminar.
Se tapó la boca. Los hombros le temblaban tanto que tuvo que agarrarse al respaldo de una silla. Lloró sin ruido, con los ojos cerrados, doblada sobre sí misma. Y yo la miré. Y sentí algo que no había sentido en toda mi vida: una rabia tan fría, que me dio miedo de mí mismo.
Me acerqué. Me agaché frente a ella, hasta quedar a su altura. Le aparté las manos de la cara con cuidado.
—¿Adónde irás? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.
Negó con la cabeza.
—No lo sé. —Se secó los ojos con la manga—. No tengo dónde ir. No tengo a nadie. Pero prefiero la calle que esta casa.
La miré un momento largo. Los ojos hinchados, la nariz rota, las manos pequeñas agarradas a la tela del jersey. Pensé en Eleanor, en las tres secretarias, en las noches vacías de mi ático, en todo lo que había sido mi vida hasta hacía un mes. En lo fácil que sería decirle
te buscaré un hotel, te pagaré un abogado, mañana hablaremos. En lo correcto. En lo prudente.
No lo hice.
—Ven conmigo —dije.
Alice se quedó quieta.
Me miró como si le hubiera hablado en otro idioma. Parpadeó una, dos veces abriendo la boca ligeramente.
—¿Qué?
—Ven conmigo.
—Solo por esta noche —me apresuré a decir.
Lo solté rápido, casi atropellándome, antes de que ella pudiera decir que no. Vi cómo se le tensaban los hombros, cómo daba un paso atrás con esa desconfianza que le salía sola.
—Mañana ya podrás ver adónde ir. Con calma, con la cabeza despejada. Nadie te va a presionar. Pero esta noche no puedes quedarte aquí, Alice. Él volverá y…
Me callé.
No hacía falta terminar la frase. Las dos sabíamos cómo acababa.
Ella tenía las manos apretadas contra el pecho. Me miraba con esos ojos hinchados, enormes, buscando en mi cara algún motivo para no fiarse. Yo me quedé quieto, sin acercarme, dejándole el espacio que necesitaba. Lo único que hice fue extender la mano hacia ella. Abierta, a media altura, con la palma hacia arriba.
—Toma tus cosas y vamos —dije en voz baja—. Es hora de que pongas un punto final a esto, Alice. Si no, tu destino va a terminar mal. Y yo no pienso ser cómplice de eso.
Ella miró mi mano.
Fueron unos segundos largos. Largos de verdad. Vi pasar por su cara mil cosas: el miedo, la duda, la costumbre de obedecer, la costumbre de no fiarse de nadie.
Se colocó un mechón detrás de la oreja. Un gesto mínimo, nervioso.
—Recogeré mis cosas —dijo.
Se agachó, cogió la maleta pequeña que había en el suelo y echó a correr hacia la habitación. Oí cajones, el roce de una cremallera, pasos rápidos. Una puerta de armario.
Yo me quedé solo en el pasillo.
Y me di cuenta de que estaba sonriendo.
Una sonrisa estúpida, torcida y sin motivo. Me llevé la mano a la boca como si pudiera borrarla. No pude.
¿Qué demonios te pasa, Ronan?No tuve respuesta. Y no me atreví a buscarla.
No habló durante el trayecto.
Iba con la maleta sobre las rodillas y las manos encima, agarrada con fuerza, la cabeza girada hacia la ventanilla. Un par de veces se miró el moratón en el reflejo del cristal. Yo conducía despacio, sin música, sin preguntas, dejándole el silencio. Era lo único que podía darle.
Aparqué en el garaje del edificio. Subimos en el ascensor privado, de espejos. Ella evitó mirarse en ellos. Cuando se abrieron las puertas, directamente dentro de mi casa, oí cómo contenía el aliento.
Se quedó en el umbral.
Yo me adelanté, dejé mi billetera en la mesa del recibidor, me quité la chaqueta. Y fue entonces cuando me giré a mirarla.
Alice tenía la boca abierta.
Nunca había visto a nadie mirar mi casa de esa forma. Todos los que habían entrado allí lo hacían con una admiración calculada, medida, con esa sonrisa de «qué bonito» que se les pone a quienes quieren dejar claro que no se impresionan. Ella no. Ella miraba el salón enorme, los ventanales, el sofá en el que cabían diez personas, y su cara era la de una niña que acaba de entrar en un mundo del que no sabía que existía.
Se le habían abierto tanto los ojos que se le veía el blanco alrededor del iris. Los labios entreabiertos. Los dedos agarrando el asa de la maleta con fuerza, como si el suelo pudiera tragársela.
—Pasa —dije—. No tengas vergüenza. Estás en tu casa.
Ella tragó saliva.
—No… no puedo… —Su voz era un hilo—. Es demasiado. Yo no… Ronan, no sé si debería…
—Alice.
—Voy a ensuciarlo todo.
—Lo único sucio aquí es mi conciencia, y tú no puedes ensuciarla más de lo que ya está.
Se rio. Una risa breve, sorprendida, que se le escapó sin permiso. Se tapó la boca, como siempre. Pero sus hombros se aflojaron un poco, y dio un paso dentro. Luego otro.
Dejé la maleta junto al sofá. La senté yo mismo, con cuidado, en el borde, como a un pájaro al que no quieres espantar.
—Ponte cómoda —dije—. Te traeré un té.
Me fui hacia la cocina, cruzando el pasillo que separa el salón de la zona de servicio. Me quedé de pie junto a la encimera con las manos apoyadas en el mármol y respiré hondo. Me temblaban los dedos. Me di cuenta entonces de lo que estaba haciendo: había traído a una mujer casada, rota, asustada, a mi casa, a las once de la noche, por una decisión que no había pensado ni cinco minutos.
No me arrepentí.
Puse agua a hervir. Busqué en el armario la caja de té de tila que Eleanor compraba cada mes y que yo nunca había tocado. Preparé una taza grande, con miel. Mientras esperaba, abrí el cajón donde guardo las pastillas que me recetó el médico desde hace dos años, para los días en que el corazón y la mente se me desboca y no hay quien me pare.
Saqué una.
Volví al salón con la taza en una mano y la pastilla en la otra.
Alice estaba sentada en el sofá, justo en el borde, con las rodillas juntas y los pies sobre la alfombra. Con el abrigo todavía puesto. Alzó la vista cuando me acerqué y cogió la taza con las dos manos, agradecida. Dio un sorbo.
Le tendí la pastilla.
Ella la miró. Después me miró a mí. Y vi duda en su cara, una desconfianza instintiva de quien ha aprendido a no aceptar nada de nadie sin preguntar antes qué hay detrás.
Me senté en la mesa baja, frente a ella, y le enseñé el envase.
—Es solo un calmante —aclaré—. Mira. Lo tomo yo cuando estoy muy nervioso. Y esta noche creo que los dos lo necesitamos.
Esperé.
—Si prefieres no tomarla, no pasa nada. —Mantuve la voz baja, tranquila—. Eres tú quien decide.
Alice leyó el nombre en el envase, dudó un segundo más y se tomó la pastilla con un sorbo de té. Sus hombros bajaron apenas.
—Con esto dormirás bien y ya mañana decidirás que hacer, irte lejos, quedarte, es hora de que tomes las riendas de tu vida Alice, que digas basta y veas el valor que tienes—le dije—. Y no te preocupes por nada. Tu esposo pasará la noche en una celda, no volverá hasta mañana y espero lo mantengan incluso varios días allí.
Ella pestañeó varias veces.
—¿Cómo sabes que se lo llevó la policía?
Me quedé callado.
Maldita sea. Se me había escapado. La miré, y no pude evitarlo: se me torció una media sonrisa, culpable, que no supe esconder.
Alice me observó un largo momento. Vi cómo le cambiaba la cara: primero vi sorpresa, después sus labios empezaron a curvarse. Levantó la taza deprisa y bebió para tapar la sonrisa, pero se le notaba igual en los ojos.
Bajó la taza despacio.
—Gracias —dijo.
Solo eso. Pero me llegó hasta los huesos.
Alguien le acelera el corazon a nuestro irlandés. JAJAVamos a definir los dias de actualizacion para que ya tengan en cuenta: LUNES, MIERCOLES, VIERNES Y SABADO (EN CUALQUIER HORARIO DEL DIA)