2. Algunos suplican una salvación
AliceEl reloj de la cocina marcaba las cuatro y media de la tarde y yo seguía mirando la nevera como si de tanto mirarla fuera a aparecer algo dentro. No había nada. Un bote de mostaza, medio limón arrugado y una botella de agua. Llevaba así desde el lunes.
Cinco días. Simon llevaba cinco días fuera, otra vez por "trabajo", otra vez sin dejarme ni un billete antes de irse, como si el hambre fuera algo que se le pudiera olvidar a alguien igual que se olvida cerrar una ventana.
Cerré la puerta de la nevera despacio, con cuidado, aunque no hubiera nadie para oírla. Llevaba tanto tiempo moviéndome así, como pidiendo perdón por ocupar espacio, que ya ni siquiera me daba cuenta de que lo hacía.
Me senté en una silla de la cocina porque de pie se me iba la cabeza. Dos días sin comer nada de verdad, un par de galletas rancias el domingo, y el cuerpo empieza a pasarte factura de una forma que no tiene nada de digno: te tiemblan las manos, ves motas blancas si te levantas rápido, y piensas en comida todo el rato, incluso en cosas que nunca te han gustado, un plato de arroz, un trozo de pan duro, cualquier cosa.
Tenía veinticinco años y llevaba tres casada. Los primeros meses me dije que era normal, que todos los matrimonios necesitan un tiempo de ajuste, que Simon estaba bajo mucha presión siendo el hijo del reverendo Hartley, que Dios pone a prueba a quien más quiere. Me lo dije tantas veces que durante un tiempo hasta me lo creí.
Nadie me preguntó si quería casarme con él. Bueno, alguien lo preguntó, técnicamente: mi padre, la noche antes de la boda, con la puerta entornada y la voz baja, como si hacerlo en voz baja lo hiciera menos definitivo. "¿Estás contenta, Alice?" Yo tenía veintidós años, no había salido nunca de la congregación, no había tenido un solo trabajo, un solo beso que no fuera de Simon, una sola tarde que fuera solo mía. No sabía lo que era estar contenta. Dije que sí porque decir que no habría sido peor: habría sido decepcionar a todo el mundo, al reverendo, a mis padres, a la propia idea que tenían de mí.
Los últimos dos años han sido un infierno tan silencioso que ni siquiera tiene ruido. Simon me ha sido infiel más veces de las que puedo contar, y cuando se lo dije una vez, solo una, me contestó que, si un hombre se busca fuera lo que no encuentra en casa, la culpa es de la mujer que no supo darle un hogar. No me pegó nunca. Eso también me lo repetía como si fuera un consuelo: no me pega. Pero hay palabras que dejan la piel intacta y te destrozan igual, y Simon las conocía todas. Gorda cuando engordaba dos kilos. Sosa cuando me quedaba callada. Inútil cuando algo salía mal, aunque no tuviera nada que ver conmigo.
—Tu sitio es esta casa —me decía, tranquilo como quien está seguro de tener razón—. La cocina, el hogar. Eso es lo que Dios espera de ti. Lo demás son ideas del mundo, y el mundo no te va a salvar cuando yo no esté.
Yo había terminado el bachillerato con buenas notas. Mis padres, antes de la boda, me pagaron un curso de secretariado ejecutivo, con mecanografía, con archivo, con todo, pensando quizás que me vendría bien tener algo propio antes de convertirme en la señora Hartley. Nunca lo usé. Simon me lo dejó claro el primer mes de casados: con él no hacía falta que trabajara, ni que estudiara nada más. Eso no era cosa de mujeres. Y yo, que llevaba toda la vida aprendiendo a obedecer antes que, a pensar, guardé el diploma en una carpeta al fondo de un cajón y no volví a mirarlo.
Tampoco me maquillaba. No tenía ropa que me sentara bien, solo cosas anchas, largas, sin forma, porque según Simon una mujer que se arreglaba era una mujer que buscaba que la miraran, y solo las pecadoras buscaban eso. Llevaba las gafas todo el día, aunque me dolieran las sienes de usarlas tantas horas, porque no tenía dinero propio para lentillas y pedírselo a Simon significaba escuchar por qué necesitaba yo verme bien si no iba a ningún sitio.
El timbre sonó a las cinco menos cuarto y me sobresaltó tanto que se me revolvió el estómago vacío.
Era Milena.
—Llevo dos días llamándote al móvil, Alice. Dos días. —Entró sin esperar a que la invitara, como hacía siempre, con una bolsa de la compra en la mano—. Como no contestabas he pensado que o estabas muerta o Simon te había quitado hasta el teléfono, y la verdad, no sabía cuál de las dos me daba más miedo.
—Se ha quedado sin batería. —Mentira. Lo había apagado el segundo día, cuando ya no soportaba mirar la pantalla y no ver ningún mensaje suyo preguntando si había comido.
Milena me miró de arriba abajo, con esa cara que pone cuando decide no discutir una mentira porque ya sabe que es mentira.
—¿Cuánto hace que no comes algo de verdad?
No contesté a tiempo, y con Milena el silencio siempre ha dicho más que cualquier palabra mía.
—Joder, Alice.
Sacó pan, queso, fruta, una lata de sopa, todo lo que había podido meter en dos bolsas en la tienda de la esquina, y en menos de diez minutos tenía delante un plato de sopa caliente que me temblaban tanto las manos que casi no podía sostener la cuchara. Comí despacio, porque Milena me lo pidió, porque decía que si comía demasiado rápido después de tanto tiempo me sentaría mal, y me lo dijo con esa mezcla de cariño y hartazgo que lleva usando conmigo desde hace más de un año.
—¿Dónde está Simon?
—De viaje. Trabajo.
—¿Qué trabajo, Alice? Es comercial de seguros, no es piloto de líneas aéreas. ¿Cuántos días lleva fuera esta vez?
—Cinco.
—¿Y te ha dejado dinero?
No hizo falta que contestara. Milena dejó la cuchara en la mesa con un golpe seco, se pasó las manos por la cara, y durante un momento no dijo nada, solo me miró, y en esa mirada había tanta rabia que me dio vergüenza, aunque la rabia no fuera contra mí.
—Llevo un año diciéndote lo mismo. Un año, Alice. Que esto no es un matrimonio, que esto es una jaula. Y cada vez me dices lo mismo, que es tu marido, que hay que aguantar, que Dios sabe lo que hace.
—No sé hacer otra cosa, Milena. No sé... —se me quebró la voz y odié que se me quebrara, odié llorar delante de alguien, porque llorar también era algo que Simon me había enseñado a avergonzarme de hacer—. No he trabajado nunca. No tengo dinero mío. No tengo a dónde ir. Si me voy de esta casa no tengo ni para el autobús.
—Tienes un diploma de secretariado metido en un cajón cogiendo polvo, eso es lo que tienes. Y me tienes a mí.
—Mis padres no me van a apoyar. Para ellos esto es un matrimonio bendecido por el reverendo Hartley. Si les cuento la mitad de lo que pasa aquí me van a decir que rece más.
—No te estoy preguntando por tus padres. Te estoy preguntando si quieres seguir así.
Miré el plato de sopa vacío, la bolsa de la compra todavía a medio vaciar sobre la encimera, mis propias manos, delgadas, sin anillo puesto porque hacía semanas que se me había caído de lo flaca que estaba y no le había dicho nada a Simon por miedo a lo que dijera. Pensé en los dos días sin comer, en la mostaza y el limón arrugado, en tres años enteros de hacerme pequeña para que él tuviera sitio de sobra.
—No —dije, y fue la primera vez en tres años que lo decía en voz alta—. No quiero.
Milena no sonrió, no me abrazó, no hizo ningún gesto grande. Solo asintió, como si llevara meses esperando exactamente esa palabra y por fin hubiera llegado.
—Vale. Pues empecemos por algo pequeño. Necesitas dinero propio antes que nada, aunque sea poco, aunque sea para empezar. Ayer vi un cartel en la agencia de empleo donde trabaja mi prima, buscan a alguien con experiencia en secretariado, urgente, bien pagado. Por lo visto el dueño de la empresa ha echado a tres personas en una semana y están desesperados.
Me reí, una risa rara, floja, que me salió de dentro sin permiso.
—¿Quién echa a tres personas en una semana?
—Ni idea. Pero mientras pague, a mí me da igual que sea el mismísimo diablo.
No sabía todavía que casi lo era.
Aquella noche, por primera vez desde que podía recordar, me dormí sin rezar para que Simon volviera pronto. Recé, en cambio, para tener el valor de presentarme a esa entrevista y que me dieran el trabajo.
Segundo capítulo, ¿que les parece el libro? Dias de actualizacion: intercalado, dia de por medio. Abrazos.