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3. No juzgues un libro por su portada

Ronan 18+ — booknet.com · All chapters

3. No juzgues un libro por su portada

Alice

Llegué a las oficinas de O´Sullivan Energy media hora antes, no porque fuera puntual por naturaleza, sino porque llevaba tanto tiempo sin nada que hacer con mis días que no supe calcular bien el tiempo del autobús y me planté allí sin saber muy bien qué hacer con las manos.

Me quedé un momento en la acera, mirando mi propio reflejo en el vidrio oscuro de la entrada del edificio, la falda marrón hasta los tobillos que había sido de mi madre, la camisa blanca abotonada hasta el cuello, la trenza tirante, las gafas que no me terminaban de gustar, pero eran las únicas que tenía. Llevaba el currículum en una carpeta de plástico, tan fino que me daba vergüenza, dos líneas de bachillerato y un curso de secretariado que había hecho hacía tres años y nunca había usado. Sabía, antes incluso de entrar, que no me iban a contratar. Pero Milena me había dicho que fuera de todas formas, que una entrevista no cuesta nada, y yo ya no tenía mucho más que perder.

Me recibieron en recepción, dos mujeres que parecían una muñeca barbie, tan hermosas y perfectas que me sentí un patito feo. Me dieron un carnet de visitante y me mandaron al decimo octavo piso, departamento de recursos humanos.

Allí me recibió una asistente, vestida tan perfectamente que me daba vergüenza de nuevo mi ropa. Me hizo pasar junto a su jefa, la directora de recursos humanos, una mujer de unos cincuenta años, pelo corto y gris, gafas de pasta colgando de una cadena sobre el pecho. Se presentó como Helga, y me hizo sentar frente a su escritorio con un gesto que no era exactamente amable pero tampoco frío, más bien el de alguien que ha entrevistado a demasiada gente como para perder el tiempo con formalidades.

Bajó las gafas hasta la punta de la nariz y me miró de arriba abajo, despacio, sin disimular. Sentí que se me subían los colores a la cara.

—Alice Winterfeld —leyó en voz alta, mirando el papel—. Veinticinco años. Bachillerato y un curso de secretariado ejecutivo de hace tres años. Sin experiencia laboral. —Levantó la vista—. Es un currículum muy corto para el puesto que tienes que cubrir.

—Lo sé. —No se me ocurrió ninguna forma de disimularlo, así que no lo intenté—. No he trabajado nunca fuera de casa. Pero aprendí mecanografía, taquigrafía, gestión de agendas, todo lo que enseñaban en el curso, y lo aprendí bien. Solo que nunca tuve la oportunidad de usarlo.

—¿Y por qué ahora sí?

No supe qué contestar a eso sin contar más de lo que quería contar, así que me quedé callada un segundo de más.

—Necesito el trabajo —dije al final. Era la verdad más simple que tenía.

Helga no anotó nada, no hizo ningún gesto, solo me sostuvo la mirada un rato como si estuviera decidiendo algo que no tenía que ver con el papel que tenía delante.

—¿Cree que pueda con el trabajo? —me preguntó.

—Daré lo mejor de mí, se lo prometo. Solo necesito una oportunidad. —Bajé la mirada a mis propias manos, juntas sobre el regazo, y sentí la vergüenza subir otra vez a mi rostro—. Pero si me queda grande el puesto, lo entenderé.

Se hizo un silencio que se me hizo eterno. Cuando levanté la vista, Helga se había quitado las gafas del todo y me miraba de una forma distinta, como si hubiera encontrado algo que no esperaba encontrar.

—Eres perfecta —dijo, y se puso de pie tan rápido que la silla chirrió contra el suelo—. Vamos, te presentaré a tu jefe inmediatamente, antes de que me siga llamando cien veces al día pidiendo una asistente. Por amor de Dios, resiste y no renuncies, sea quien seas.

Abrí los ojos de par en par. No esperaba un sí, y mucho menos un sí tan rápido, tan sin condiciones, y por un segundo pensé que había entendido mal.

Pero ya estaba caminando hacia la puerta, y no me quedó más remedio que seguirla.

Era hora de conocer al jefe.

Ronan

Estaba al teléfono cuando Helga abrió la puerta sin llamar, cosa que ya me tenía acostumbrado, discutiendo con alguien de la naviera sobre un retraso en el envío de las turbinas para Aberdeen, y no levanté la vista hasta que oí que Helga carraspeaba de esa forma exagerada que usaba cuando quería que le prestara atención ya.

—Ronan, te presento a tu nueva asistente.

Levanté la vista.

Y me quedé con la boca abierta. Literalmente. Parpadeé varias veces, como si eso fuera a cambiar lo que estaba viendo, pero no cambió nada: seguía ahí, de pie junto a Helga, una mujer con una falda que le llegaba a los tobillos, una camisa abrochada hasta la garganta como si tuviera frío en pleno julio, una trenza tan tirante que parecía dolerle, y unas gafas que le tapaban media cara. Miraba el suelo. No a mí. El suelo.

Colgué el teléfono a mitad de una frase que le debía al hombre de la naviera.

Helga lo dijo con una calma que no le había visto en dos semanas, y eso fue lo que más me puso en guardia. La mujer a su lado no levantó la vista. Tenía las manos entrelazadas a la altura del estómago, apretadas, y aunque intentaba disimularlo vi cómo le temblaban. Nada exagerado. Un temblor pequeño, de quien lleva mucho tiempo aprendiendo a no ocupar espacio y ahora se ve obligada a ocupar un despacho entero.

No sé por qué me fijé en eso. Debería haberme fijado en la falda.

—Debe ser una jodida broma —susurré. Me recosté en la silla y crucé los brazos.

—Helga, necesito hablar contigo un momento.

—Ahora mismo estoy…

—Un momento. A solas.

Helga me sostuvo la mirada. Después se volvió hacia la chica y le sonrió, y fue una sonrisa de verdad, de esas que yo no recordaba haber visto en la oficina desde hacía meses.

—Espérame fuera, cielo. Siéntate donde quieras, no tardo.

—Sí, señora. —Fue lo único que dijo. Una voz bajita y tímida.

Salió sin hacer ruido. Helga cerró la puerta con una suavidad que no auguraba nada bueno, se giró hacia mí despacio y se cruzó de brazos exactamente igual que yo.

—¿Qué es eso, Helga?

—No comprendo, Ronan.

Helga llevaba en Ardmore desde el día en que se abrieron las puertas. Había sido amiga de mi padre, Declan, el hombre que levantó esta compañía cuando yo todavía llevaba el uniforme del colegio, y desde entonces me trataba como a un sobrino al que se le permite ser insoportable, pero no tanto. Era de las pocas personas en el mundo que me hablaban sin miedo.

—Esa mujer, señora… no sé qué es, pero no puede ser una asistente.

—¿Por qué no?

—¿Ya la has visto?

—La he visto, sí. Y tú también, por lo que veo, pero con otros ojos.

—Helga, por favor. Trabajo con inversores, con ministros, con gente que me mira a los ojos y negocia millones. Necesito a alguien que me represente. Que entre en una sala y…

—No juzgues nunca un libro por su portada. —Levantó un dedo antes de que yo pudiera replicar—. Tiene formación en secretariado ejecutivo. Sabe taquigrafía, gestión de agendas, archivo. Es lo que pedías, aunque no te lo diga el envoltorio. Dale una oportunidad. Y te lo digo ya, Ronan: no pienso buscarte otra asistente. Estoy hasta aquí. —Se llevó la mano a la frente—. Llevo dos semanas perdiendo el tiempo contratando a una detrás de otra, y no voy a preparar ni una liquidación más. Haz el esfuerzo y quédate con esta muchacha.

—Soy el jefe. Aquí mando yo.

—Me vale un comino. Si sigues así, yo también renuncio.

—Ni se te ocurra, Helga.

—Tiéntame.

Lo dijo sin levantar la voz y sin pestañear, y supe que no estaba farfullando. Helga no amenazaba en vano. Solté el aire por la nariz, me pasé una mano por el pelo y miré hacia la ventana, hacia Londres, que seguía a lo suyo sin enterarse de mis dramas.

—Las mujeres son unos demonios. Por eso no me casaré nunca.

—No te casas porque eres un mujeriego, Ronan.

—Eso te lo ha dicho mi madre, ¿no?

—Ella, más que nadie, te conoce. —Suspiró hondo, y por un momento me pareció más cansada de lo que quería aparentar—. Voy a dejar entrar a esa muchacha. Y tú vas a ser amable. Le vas a pedir las cosas con educación, por favor y gracias, como se le pide a un ser humano. No la espantes. Ellos también son personas, no robots sin sentimientos. Aquí el único que no tiene sentimientos eres tú.

Quise contestar. Tenía la respuesta preparada, de esas que me salen sin pensar. Pero la frase se me quedó a medio camino, y por primera vez en mucho tiempo no supe qué decir.

Helga abrió la puerta.

—Alice, cielo, pasa. El señor O'Sullivan te estaba esperando.

Mentira.

Alice entró despacio, como si el suelo pudiera ceder, y Helga le apretó el hombro un segundo antes de salir. La puerta se cerró detrás de ella y nos quedamos solos.

Seguía de pie, a dos metros de mi escritorio y seguía sin mirarme.

—Siéntate —dije.

—Prefiero quedarme de pie, señor, si no le importa.

—Como quieras.

Hubo un silencio incómodo. Yo, que sé llenar cualquier silencio con una broma, una orden o una mirada, no supe con cuál de las tres empezar.

—Me llamo Alice Winterfeld —dijo ella al fin, con esa voz bajita que parecía pedir permiso para existir—. Sé que no soy lo que esperaba. Lo noté en su cara cuando entré, y no se lo reprocho. Pero necesito este trabajo, señor O'Sullivan. De verdad lo necesito. Haré todo lo que usted ordene.

Tragué saliva.

Fue un reflejo estúpido, absurdo, que no pude controlar. Haré todo lo que usted ordene. Mi cabeza, entrenada durante años para convertir cualquier frase en otra cosa, la tomó al vuelo y le dio la vuelta en el peor sentido posible. Me quedé quieto, con la mandíbula tensa, hasta que me di cuenta de lo que estaba pensando.

Sacudí la cabeza, sin entender nada.

¿En serio, Ronan? ¿Con ella? Miré a la mujer que tenía delante: la falda hasta los tobillos, la camisa abrochada hasta el último botón, la trenza tirante, las gafas enormes. Parecía vestida por su tatarabuela. Yo, que podía elegir entre las mujeres más guapas de Londres con solo chasquear los dedos, acababa de tener un pensamiento indebido con una criatura que parecía salida de un convento del siglo pasado.

Debía de ser el cansancio. Dos semanas sin dormir bien y sin coger. No había otra explicación.

—Bien —dije, con más sequedad de la necesaria, y le extendí el IPad que era de Eleonor—. Esta es la agenda electrónica. Ahí encontrarás toda la organización: reuniones, llamadas, viajes, plazos. Fuera está tu escritorio. En el ordenador hay una carpeta completa que dejó mi antigua asistente, con contactos, protocolos y procedimientos. Léela entera. Sea lo que sea que no entiendas, me lo preguntas.

—Sí, señor.

—Te daré este día completo para que te familiarices con todo. Tu horario es de siete a cinco de la tarde, con una hora de almuerzo. Pero siempre quiero que estés aquí quince minutos antes de tu hora de entrada. Oficialmente empiezas mañana.

—Gracias, señor, por la oportunidad.

Levantó los ojos por primera vez. Eran de un color miel claro, muy claros, grandes, tristes y cansados, y se le habían humedecido. Me sostuvo la mirada un segundo, apenas uno, y después volvió a bajarla.

—No me agradezcas todavía —dije—. Tienes una semana de prueba. Después de eso, firmarás contrato.

—Entendido.

—Puedes irte.

Salió igual que había entrado, sin hacer ruido. Cuando la puerta se cerró me quedé mirando el sitio donde había estado de pie, con la sensación incómoda de haber dicho algo distinto de lo que quería decir.

Una semana de prueba. Era lo justo. Era lo que le habría dicho a cualquiera.

Entonces, ¿por qué me quedé tanto rato pensando en esos ojos?

Ay Alice, veremos que pasa cuando tu esposo se entere que tienes trabajo. ¿que opinan ustedes?