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4. ¿Por qué me cuesta tanto decirlo?

Ronan 18+ — booknet.com · All chapters

4. ¿Por qué me cuesta tanto decirlo?

Alice

Llegué a las seis y veinte, veinticinco antes de los quince que el señor O'Sullivan exigía. No quise arriesgarme.

El guardia de la entrada me miró de arriba abajo, miró el papel que Helga me había dado el día anterior, y me dejó pasar sin decir nada. Subí en el ascensor sola, mirando mi reflejo en el espejo del fondo. La misma falda marrón, la misma camisa blanca, la misma trenza. Era lo único que tenía.

Mi escritorio estaba delante de la puerta del despacho, grande, ordenado, con una lámpara y un ordenador que parecía más caro que todo lo que había en mi casa. Me senté con cuidado, como si pudiera romperlo, y abrí la carpeta que había dejado la antigua asistente.

Ayer había pasado ocho horas leyéndola. Contactos, protocolos, plantillas de correo, claves de acceso. Todo con una pulcritud que daba envidia. Pero al final, escondido en una subcarpeta con un nombre que me hizo sonreír, había un documento más. Cosas que solo las asistentes debemos saber del ogro Ronan O´Sullivan.

Lo abrí otra vez para repasarlo.

Para quien venga después de mí:

1. Café solo, sin azúcar, a las 7:45. Si llega antes, no se lo ofrezcas. Si llega después, tampoco. Déjalo en la mesa y desaparece.

2. No le gusta que le lleven la contraria delante de otra gente. Díselo después, a solas, con calma. Y casi siempre tendrá razón, aunque le cueste admitirlo.

3. Habla mucho y fuerte, pero casi nunca dice lo que siente. Si grita, no es contigo. Si se queda callado, ahí sí que ha pasado algo.

4. Es insoportable. Pero no es mala persona. Dale tiempo.

5. Cuando te pida enviar un ramo con una frase para sus amantes siempre escribe esto: "Eres increíble, pero ahora mismo mi trabajo no me deja espacio para nadie. No es por ti y tu mereces el cielo, fue un placer haber coincidido contigo”

Suerte. La vas a necesitar.

Leí el último punto tres veces.

A las seis y cuarenta y cinco en punto, dejé el café sobre la mesa del despacho vacío. Ronan no había llegado.

A las siete y diez, sí.

Lo oí antes de verlo. Una voz al teléfono, riéndose, saliendo del ascensor con una seguridad que solo él podría tener. Traía gafas de sol, aunque fuera estaba nublado, el traje impecable aunque la corbata colgara sin anudar del cuello, y un olor a perfume de mujer que no era el suyo. Colgó al verme.

—Ah. Tú.

—Buenos días, señor O'Sullivan.

—Llegaste puntual.

—Usted dijo quince minutos antes.

—Ya sé lo que dije. —Se quitó las gafas y me miró, y por un momento pareció a punto de añadir algo. Pero caminó pasando frente a mí, abrió la puerta del despacho y se paró en seco al ver la taza humeante sobre su mesa, yo ya estaba parada detrás de él.

—Café solo, sin azúcar. —Tragué saliva—. Si prefiere otra cosa, lo cambio.

Me miró la taza. Me miró a mí. Volvió a mirar la taza.

—¿Quién te ha dicho cómo me gusta el café?

—La señorita Whitfield dejó una nota.

—Eleanor. —Dijo el nombre como quien pronuncia una palabra en un idioma que ya no habla—. Claro que sí.

Se acercó a su escritorio, tomó la taza, le dio un sorbo. No hizo ningún comentario, pero se sentó sin quejarse, lo cual ya era mucho.

El resto de la mañana fue una montaña rusa.

Me pidió cinco cosas al mismo tiempo. Que reprogramara la llamada con Oslo, que localizara un contrato en una carpeta que no sabía cuál era, que le avisara a Callum de una reunión que ni siquiera estaba en la agenda, que le trajera un vaso de agua, que le dijera cuántos megavatios producía no sé qué parque. Hablaba rápido, sin mirarme, con los papeles en una mano y el teléfono en la otra. Yo anotaba todo en mi libreta táctil y contestaba con un "sí, señor" tras otro, intentando que no se notara cómo me temblaba el pulso.

Cometí un error a las once. Le pasé una llamada de un proveedor que él había dicho que no quería recibir, solo que no me lo dijo a mí, porque recuerdo cada cosa que me dice.

—¡Te dije que no pasaras a Hartmann!

—Lo siento, señor. No me lo había dicho a mí, lo habrá dicho antes, yo no…

—Da igual, da igual. —Se pasó la mano por la cara—. Ya está hecho.

—Lo siento mucho. No volverá a ocurrir. De verdad, perdóneme, ha sido un descuido imperdonable y yo…

—Alice.

Me callé.

—Deja de pedir perdón. —No lo dijo enfadado, sino cansado—. Ha sido una llamada. No has hundido la empresa.

Me quedé con la libreta apretada contra el pecho.

En mi casa, un error significaba una hora de sermón. Un portazo. Un golpe de las que se te quedan pegadas en la piel durante días. Que alguien me dijera "ya está hecho" y siguiera con su vida era algo para lo que no tenía ningún manual.

—Sí, señor —dije, muy bajito.

—Y deja de llamarme señor cada diez segundos. Me haces sentir viejo.

Mi cuerpo, que llevaba años obedeciendo órdenes, se relajó un poquito. Qué cosa más rara.

—Sí, se…

No levantó la vista. Pero me pareció ver que se le movía la comisura de la boca, solo un instante.

Cerca de las dos de la tarde, justo cuando mi jefe salió a darme un documento el estómago me rugió tan fuerte que me dio un vuelco el corazón. Tapé el ruido con la tos. Anoche solo me comí una manzana de las que mi amiga me había llevado, hoy tomé un te apurada. En mi bolso solo había un pañuelo de papel y las llaves de casa.

—¿No sales a comer?

—No tengo hambre —mentí.

—Es la una y media pasada. Tienes una hora de almuerzo, te lo dije yo mismo.

—Es que… he desayunado fuerte.

Me miró durante un segundo que se me hizo larguísimo. Tenía unos ojos claros, de un azul gris que daba la impresión de ver más de lo que enseñaba, y lo odié un poco por eso.

—Vale —dijo al fin, y volvió a entrar en el despacho.

Pensé que ahí se acababa.

Cuarenta minutos después, una chica de una cafetería dejó una bolsa de papel sobre mi escritorio. Dentro había un sándwich de pollo, una pieza de fruta y una botella de jugo natural de naranja.

—Yo no he pedido nada —le dije.

—Me han dicho que es para usted, señorita.

Abrí la puerta del despacho con la bolsa en la mano. Ronan estaba al teléfono, de espaldas, hablando de turbinas. Esperé a que colgara.

—Señor, creo que esto es para usted y me lo dejaron a mí. No se si usted lo ha pedido o se han equivocado.

—No se han equivocado. —No se giró—. Había pedido de más para la reunión de Callum, y se ha cancelado. No pienso tirar la comida. Cómetelo.

—Pero…

—Es una orden.

Por primera vez me miró sin burla, sin prisa, sin ese gesto de quien está evaluando el precio de una cosa. Solo me miró. Y entendí, con una claridad que me desarmó, que sabía perfectamente que no había creado lo que le dije sobre que no tenia hambre.

—Gracias —susurré.

—No me des las gracias. Acabas de empezar y ya me estás costando dinero.

Pero lo dijo sin dureza, y no supe qué hacer con eso.

Me lo comí en mi escritorio, despacio, cuidando de no hacer ruido con el papel. Fue el mejor sándwich de mi vida.

A las cinco en punto apagué el ordenador. Ronan seguía en el despacho, con la puerta entreabierta, escribiendo con el ceño fruncido. Dudé un segundo antes de llamar.

—Me voy, señor…. ¿Necesita algo más?

—No. —Ni levantó la vista—. Mañana, quince minutos antes.

—Sí. Hasta mañana.

—Alice.

Me detuve en la puerta.

—Lo has hecho bien.

Fue todo. No añadió nada más y yo tampoco. Salí con una sensación en el pecho que no reconocía y que me daba miedo y una emoción indescriptible, porque hacía tantos años que no la sentía que la había olvidado: era una felicidad de hacer algo mas que servir a mi esposo.

Cogí el autobús para volver. Durante todo el trayecto fui mirando por la ventanilla, ensayando en mi cabeza cómo le explicaría a Simon, si volvía, de dónde había salido el trabajo, y qué cara pondría cuando se enterara.

Al tercer día de trabajo, el teléfono vibró dentro del cajón de mi escritorio.

Ronan estaba encerrado en el despacho con Callum desde hacía una hora, con la puerta cerrada y yo terminaba de ordenar la correspondencia. Dudé. Me habían dicho que el teléfono no se usaba en horario de trabajo, o no me lo habían dicho, pero yo lo había entendido así. Aun así, el corazón se me aceleró de golpe.

Lo saqué despacio. Un mensaje. De Simon.

Me voy a retrasar unos días más. Ha surgido un problema en el trabajo.

Lo leí dos veces. Después una tercera, para asegurarme de que decía lo que decía.

Unos días más.

Sin darme cuenta, sonreí. Apreté el teléfono contra el pecho y cerré los ojos, y durante unos segundos me permití algo que no me había permitido en mucho tiempo: respirar hondo, sin miedo. Unos días más sin oír su voz. Unos días más sin ese silencio en el que se me encogía el estómago esperando a ver de qué humor llegaba. Qué clase de esposa se alegra de que su marido no vuelva, pensé, y la culpa llegó rápido, como siempre. Pero la alegría llegó antes, y esta vez fue más fuerte.

Alguien carraspeó delante de mi escritorio.

Abrí los ojos.

Ronan estaba allí, de pie, con una carpeta bajo el brazo y una expresión que no le había visto en estos tres días. Ni me había dado cuenta en que momento salieron con Callum del despacho.

—Está en horario de trabajo —sentenció—. No use el teléfono.

Se me secó la boca. Me ajusté las gafas con dedos torpes, y guardé el teléfono en el cajón como quien esconde una prueba.

—Lo lamento, señor. No volverá a ocurrir.

Me había vuelto a tratar de usted. Me pareció una tontería darme cuenta de eso, pero me di cuenta, y me dolió un poco. No se fue. Se quedó mirándome un segundo más de la cuenta, y entonces su mirada bajó hasta mi mano y miró mi mano.

Era fino, barato, con la base envuelta en un hilo de coser para que no se me cayera, porque seguía quedándome grande. Ni siquiera me había acordado de que lo llevaba puesto.

—¿Usted es casada? —preguntó.

Había querido decir que sí, como llevaba tres años diciéndolo, sin pensar, igual que se dice el propio nombre. Pero la palabra tardó en salir.

—Mmm… s… Sí.

Fue la primera vez en mi vida que no quise decirlo. No supe por qué. Me ardían las orejas.

Ronan asintió, despacio, como si hubiera confirmado una cosa que no le gustaba. Su mandíbula se tensó, después miró el reloj.

—Hasta mañana —dijo.

—Pero todavía son las cuatro de la tarde. ¿Necesita que…?

—Hasta mañana, Alice.

Pasó junto a mi escritorio sin volver a mirarme y se metió en el ascensor. Yo me quedé mirando las puertas cerradas del ascensor, y luego mi mano, el anillo, el hilo.

Casada.

Tres años diciendo esa palabra sin que me pesara. Y de pronto me pesaba como una piedra.

¿ALGUIEN ESTA CELOSO O QUE?