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5. ¿Por que me aceleras el pulso?

Ronan 18+ — booknet.com · All chapters

5. ¿Por que me aceleras el pulso?

Ronan O´Sullivan

Llevaba cuatro días intentando pillarla en un error y no había manera.

No es que fuera por maldad. Bueno, un poco sí. Es lo que haces cuando llevas dos semanas sobreviviendo a una procesión de asistentes inútiles y de pronto aparece una que parece hacerlo todo bien: sospechas. Buscas la trampa. Esperas el momento en que el ordenador se le llene de ventanas abiertas, el calendario se le desmorone y venga a decirme con la cara pálida que se ha olvidado de algo importante.

Ese momento no llegaba.

El lunes le pedí un informe de las emisiones evitadas por el parque de Aberdeen, convencido de que tardaría una tarde entera en encontrar los datos. Me lo dejó sobre la mesa en cuarenta minutos, ordenado, con tabla comparativa y todo. El martes le encargué que reorganizara la agenda de la semana siguiente, que era un desastre que ni yo entendía. Cuando volví de comer, tenía los huecos marcados en tres colores y una nota al margen: Reunión con Oslo coincide con el viaje a Edimburgo. Propongo moverla al jueves. ¿Le parece? Esta mañana, cuando fui a pedirle el contrato de los suministradores daneses, ya estaba abierto en mi pantalla, con los puntos que yo iba a tachar ya subrayados en amarillo.

Estaba un paso por delante de mí. Siempre. Y lo hacía en silencio, sin presumir, como quien no sabe que lo que hace es difícil.

Lo más irritante era que ni siquiera lo disfrutaba. Cuando yo asentía, ella soltaba el aire con un alivio tan evidente que me daban ganas de decirle que podía dejar de actuar como si la fueran a fusilar.

Pero había otra cara de Alice. Una que no salía en los informes.

Alice Winterfeld, la mujer que no olvidaba un solo número de teléfono, era un desastre andante.

El primer día se tropezó con la alfombra del pasillo. El segundo, con una papelera que llevaba en el mismo sitio desde hacía años. El tercero, se le cayeron las gafas al agacharse a recoger una carpeta, y cuando fue a cogerlas las empujó de una patada sin querer hasta debajo del archivador. La vi allí de rodillas, con la falda larga y la trenza deshecha, palpando el suelo a ciegas, y me quedé en la puerta del despacho sin saber si reírme, ayudarla o ir al baño a bajar mi erección, maldita sea, no tenía nada de sensual, pero por algún puto motivo me puso duro verla en esa posición. Al final hice lo segundo, y ella se puso roja hasta las orejas.

—Gracias, señor… Ronan. Perdón. Perdón. Lo siento.

—Si dices "perdón" una vez más, te descuento la hora.

—Perdón. Es decir… gracias.

Se tapó la boca con la mano y yo tuve que fingir un ataque de tos.

Hoy era viernes. Y hoy, mientras ella tecleaba en su escritorio y yo me paseaba por delante con el móvil en la mano, fingiendo que miraba una cosa en el aire, supe que no podía quitarme del todo la idea de ayer.

Ayer me había ido a las tres de la tarde sin dar explicaciones. Callum seguía preguntándome adónde había ido, y yo seguía sin tener una respuesta digna. Había visto un anillo barato con un hilo enrollado en la base. Había oído un "sí" que no sonaba a "sí". Y había sentido algo que se parecía demasiado a la rabia y que no tenía ningún derecho a sentir. La mujer era casada. Era mi empleada. Era, para colmo, una criatura vestida como si acabara de bajarse de una carreta del siglo diecinueve.

Y aun así.

—Alice.

—¿Sí?

—Necesito que envíes un ramo de flores.

—Claro. ¿A quién va dirigido?

—A Charlotte Beaumont. —Hice una pausa para recordar la dirección. Había que reconocer que Charlotte tenía un ático precioso en Chelsea, y una lengua aún más hábil—. Rosas rojas, dos docenas. Que lleguen antes del mediodía.

Alice tomó nota sin levantar la vista.

—¿Quiere que añada una tarjeta?

—Sí. Escribe… —Me llevé la mano a la barbilla. Esto era algo que había hecho tantas veces que el texto me salía de memoria—. "Anoche fue memorable. Que estas rosas te recuerden lo bien que lo pasamos. Cuídate mucho, preciosa."

Hubo un silencio. El bolígrafo de Alice dejó de moverse.

—¿Algo más? —preguntó, muy bajito.

—Firma "R." Nada más.

—De acuerdo.

Escribió la tarjeta con una letra impecable. No dijo nada. Ni una ceja levantada, ni un suspiro. Pero tuve la incómoda sensación de que acababa de pasar un examen del que no sabía que me estaban corrigiendo.

—¿Tienes algo que decir? —le solté, más seco de lo que pretendía.

—No, señor, ¿Por qué tendría algo que decir al respecto?

¿Acaso no le molestaba que yo le enviara flores a una mujer? Pero ¿Por qué carajos debía molestarla eso? ¡Mierda Ronan!

—Pues no pongas esa cara —gruñí sin saber porque lo había hecho.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—La estás poniendo.

Entonces se le cayó el vaso.

No se le cayó exactamente. Lo que pasó fue que, al girarse para recoger el teléfono que acababa de sonar, rozó el borde del vaso de agua con el codo, se le fue de la mano y lo agarró al vuelo, o más bien casi lo agarró, lo hizo de tal manera que el agua salió disparada hacia arriba, hacia ella, y le empapó el pecho entero.

—¡Ay!

Yo estaba a un metro de su escritorio. La vi cerrar los ojos, apretar los labios, y levantar la barbilla con una dignidad resignada de quien ya está acostumbrada a que le pasen estas cosas. Después, abrió los ojos y miró su camisa.

Era una camisa distinta de las que había llevado esos días. Seda, de un azul claro, el color del cielo antes de llover. Un poco más ajustada que sus prendas anteriores, como si le hubiera pertenecido a otra persona. No era una prenda atrevida, pero la seda mojada tiene una cualidad particular: dejar de ser tela y convertirse en piel.

Se le pegó al cuerpo. Se volvió transparente. Y debajo, perfectamente dibujado, apareció lo que Alice llevaba más de una semana escondiendo bajo faldas largas y botones hasta el cuello.

Se me secó la boca.

Literalmente. Sentí cómo desaparecía toda la saliva, como si alguien hubiera abierto un grifo al revés. Yo, que había visto a más mujeres desnudas de las que podía contar, que me había acostumbrado a no sorprenderme por nada, me quedé de pie en medio de la oficina con el teléfono en la mano, incapaz de apartar la mirada y al mismo tiempo avergonzado de no poder.

No tenía ni idea. Ninguna. Todo ese tiempo, debajo de aquella tela interminable había esto.

—Mierda —dijo Alice. Después, aún más bajo—: Ay, Dios. Qué desastre.

Entonces se dio cuenta.

Lo supe por la forma en que se le abrieron los ojos, por cómo se miró otra vez el pecho y luego a mí, y por cómo se le subió el color de golpe, desde el cuello hasta la raíz del pelo. Se levantó de la silla tan rápido que la hizo girar y me dio la espalda con los brazos cruzados sobre el pecho, temblando entera.

—No mire —dijo, con la voz hecha un hilo—. Por favor, no mire.

—No estoy mirando.

Mentira. Ya había mirado. Lo que me sorprendió fue que, ahora que no podía verlo, la imagen seguía allí, clavada como un anzuelo.

Tragué saliva con dificultad. Me quité la chaqueta del traje, tres movimientos torpes que no eran propios de mí, y la extendí sin acercarme demasiado.

—Toma.

—No hace falta…

—Alice. Tómala.

Estiró una mano hacia atrás sin girarse. Le puse la chaqueta en los dedos, y ella se la echó sobre los hombros con un movimiento rápido, sin mirarme. Se la ajustó al pecho. Era enorme para ella; le llegaba casi hasta las rodillas.

—Lo siento muchísimo —murmuró—. Yo… la camisa no es mía, es de mi amiga Milena, me la prestó para que no… para que tuviera algo decente que ponerme. Y yo… la he estropeado. Y además le he… le he dado una escena. Qué vergüenza. Dios mío. Si quiere que me vaya, lo entenderé.

—No quiero que te vayas.

Lo dije demasiado rápido. Ella se quedó quieta.

—Quiero decir —carraspeé—, que estás en horario de trabajo, y que un vaso de agua no es motivo de despido. Ve al baño, sécate con lo que haga falta, y vuelve cuando quieras. Te cubro la agenda.

—Pero tengo que…

—Tienes que dejar de pedir perdón y ponerte seca. Eso es todo lo que tienes que hacer.

Por fin se giró. Con mi chaqueta de cuatro mil libras colgándole de los hombros como una manta, el pelo medio suelto, las gafas torcidas, el rostro rojo y los ojos brillantes de humillación y me miró un segundo. Un segundo en el que vi algo que no esperaba ver: no solo vergüenza, sino una especie de cansancio muy viejo, el de alguien que está tan acostumbrada a pedir disculpas por existir que no sabe qué hacer cuando nadie se las exige.

—Gracias —dijo.

Y se fue casi corriendo hacia el baño, tropezando con el borde de la alfombra por el camino.

Me quedé de pie junto a su escritorio. Sobre la mesa, el vaso volcado dejaba un charco que ya empezaba a gotear sobre la tarjeta de las rosas. La recogí antes de que se emborronara. Anoche fue memorable. Que estas rosas te recuerden lo bien que lo pasamos.

La leí otra vez.

Nunca me había parecido tan vacía.

Saqué el móvil, busqué el número de Charlotte, y cancelé la cena de esa noche con la primera excusa que se me ocurrió. No sé por qué. Tampoco quise averiguarlo.

A las cinco en punto, como cada día desde hacía una semana, oí dos golpecitos suaves en la puerta de mi despacho.

—Adelante.

Alice asomó la cabeza primero, luego el resto del cuerpo, con el bolso colgado del brazo y la chaqueta de lana gris que llevaba siempre doblada sobre el antebrazo. Se quedó junto a la puerta, sin entrar del todo. Era su forma de despedirse: aparecer, esperar a que yo levantara la vista, preguntar si necesitaba algo más, y marcharse. Nunca se lo había pedido. Simplemente lo hacía, como si le pareciera de mala educación irse sin avisar.

Lo curioso es que yo había empezado a esperar esos dos golpecitos, pero no podría admitirlo ni bajo tortura.

—¿Necesita algo más, Ronan?

—Sí. Entra y cierra la puerta.

Pasó medio segundo. Lo suficiente para que le cambiara la cara. Vi cómo se le tensaban los hombros, cómo agarraba el asa del bolso con las dos manos, y entendí que su cerebro acababa de tirar de todos los recuerdos posibles de la semana en busca de algo que hubiera hecho mal. Cuatro días de no equivocarse nunca, y seguía esperando el golpe.

—Es una buena noticia —añadí, antes de que se desmayara.

—¿Una buena noticia?

—Siéntate.

Obedeció. Se sentó en el borde de la silla, con la espalda recta, las rodillas juntas y el bolso encima, como si en cualquier momento la fueran a echar del local.

Me recosté en mi sillón y la miré. Esa trenza tirante. Esas gafas enormes. La falda gris que hoy llevaba, hasta los tobillos. Ninguna transparencia, ningún azul claro, ninguna seda. Solo lana y algodón por todas partes, lo bastante resistentes como para sobrevivir a un incendio. Y sin embargo, cada vez que la miraba, me costaba un poco más no ver lo que había debajo.

Aparté ese pensamiento con tanta fuerza que casi me hice daño.

—Mañana pasa a firmar tu contrato —dije—. Por un año.

Alice parpadeó.

—Has pasado la prueba. Cumples bien tus funciones. Llevas una semana sin olvidarte de nada, sin cometer un error serio, y estás siempre un paso por delante de mí, lo cual, por cierto, resulta un poco irritante. —Hice una pausa—. No tengo quejas.

Ella no dijo nada. Se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos detrás de las gafas, como si hubiera hablado en otro idioma.

Y entonces sonrió.

No fue una sonrisa pequeña, de esas tímidas que le había visto a veces, casi pidiendo permiso. Fue una sonrisa enorme, de oreja a oreja, que le iluminó la cara entera y le arrugó la nariz y la hizo parecer, de repente, diez años más joven. Tenía los dientes pequeños, blancos, un poco más grandes los de arriba, los cuales la hacían parecer más tierna aún. ¿Qué carajos? ¿mas tierna aun?

Me quedé mirándolos. Mirándolos de verdad, como un idiota, con el bolígrafo suspendido a medio camino de la mesa.

En toda la semana no la había visto sonreír así.

—Muchas gracias, señor —dijo. La voz le temblaba un poco—. De verdad. No sabe lo que significa esto para mí.

—No me agradezcas. Lo has hecho tú.

—Pero usted me dio la oportunidad.

—Te la dio Helga. Yo solo intenté echarte.

Se rio, y ese sonido se le escapó por la nariz. Se tapó la boca con la mano y volvió a quedarse seria, y lo lamenté en el acto. Quería que lo repitiera.

—Además —carraspeé, buscando un tono más neutro—, Helga te hará un adelanto de la nómina. No quiero que mi asistente se desmaye en mitad de una reunión por falta de comida. Sería mala imagen para la empresa.

Alice bajó la mirada. Le brillaron los ojos.

—Gracias —dijo, con un hilo de voz.

—Ya te he dicho que no me des las gracias.

—Es que no sé qué otra cosa decir.

—Pues no digas nada. Yo… espero que este año dé buenos frutos. Para los dos.

Aquello sonaba demasiado sincero. Me removí en el asiento y recuperé la compostura, esa que uso para las juntas y las cenas con ministros, la que me protege de todo.

Y quizá por eso, por pura costumbre, por el reflejo estúpido de no dejar a nadie ver mucho de mí, solté lo siguiente.

—Y espero que tu vida personal no interfiera en el trabajo. Habrá viajes, cenas, reuniones fuera de horario. A veces tendrás que quedarte hasta tarde, o salir de la ciudad con muy poco aviso. —Hice una pausa y, sin saber muy bien por qué, la miré directamente—. Por eso siempre prefiero a las solteras.

Lo dije a propósito. Quería ver su reacción. No sé qué esperaba. Que se encogiera de hombros, tal vez. Que dijera "no hay problema, mi marido es muy comprensivo". Que me soltara cualquier frase hecha con la que tranquilizarme y quedarnos todos en paz.

No fue eso.

Se puso rígida. Fue algo físico, casi instantáneo: se le fue el color de la cara, la sonrisa se le congeló y luego desapareció como si nunca hubiera estado, y las manos, que descansaban sobre el bolso, se cerraron tanto que se le marcaron los nudillos. Miró el suelo. Miró la mesa. Hizo un movimiento muy leve con el pulgar, como si estuviera girando un anillo que no podía girar porque llevaba un hilo de coser enrollado en la base.

—N… no —dijo—. No, no habrá problema.

Tartamudeó. Alice, que había sido capaz de contestarle a un ministro de Energía por teléfono sin que le temblara la voz, tartamudeó.

—Tengo disponibilidad total. Puedo quedarme hasta la hora que haga falta, y viajar, si es necesario. No… no hay nadie que… —Se detuvo. Respiró. Probó de nuevo—. Mi situación personal no interferirá con mi trabajo. Se lo prometo.

Lo dijo en el tono de quien repite una lección. Sin convicción. Sin ninguna seguridad.

Y no me gustó.

No me gustó nada. Sentí algo agrio en el estómago, esa sensación de haber tocado un nervio sin querer y de haber hecho daño. Y debajo, más hondo, una inquietud que no conseguía explicar. Una mujer casada que, ante la pregunta más sencilla del mundo, se encoge como si le hubieran levantado la mano.

—Alice.

—¿Sí?

—¿Va todo bien?

—Sí. Claro que sí. —Levantó la barbilla. Sonrió otra vez, pero esta vez era una sonrisa que yo conocía muy bien, porque la había visto en demasiadas caras. La sonrisa de los que han aprendido a decir que están bien—. Perfectamente. Es que… ha sido un día largo.

No le creí. Y supe que no iba a preguntar más, porque no tenía derecho. Era mi empleada. Era una mujer casada. Era, en el fondo, una desconocida con la que llevaba una semana compartiendo despacho.

—De acuerdo —dije —. Puedes irte.

—Gracias. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Se levantó. Y al llegar a la puerta, se detuvo un segundo con la mano en el pomo.

—Señor O'Sullivan.

Había vuelto al "señor" y al apellido. Cuando le dolía algo, siempre volvía al apellido.

—Dime.

—Nada, gracias —y con eso salió de mi despacho dejándome con el pulso acelerado.

JAJA CREO QUE ALGUIEN LE ACELERA TODO A RONAN. ESPERO LES ESTE GUSTANDO ESTA PRECIOSA HISTORIA.