6. Instinto de supervivencia
Ronan O´SullivanLlamé a Helga a las ocho del lunes.
Me dije que era una gestión administrativa. Que un jefe responsable comprueba que los papeles estén en regla. Que no tenía nada de raro marcar la extensión de recursos humanos antes de haberme tomado el primer café.
—Helga.
—Buenos días a ti también, Ronan. Qué efusivo.
—Buenos días. —Me aclaré la voz—. Quería saber si Alice ha firmado ya el contrato.
—Sí. Hace una hora. Ha venido a las siete menos cuarto, la pobre, con cara de que iba a una ejecución. Lo hemos leído entero, cláusula por cláusula, y lo ha firmado sin discutir ni una coma. Ya está archivado.
—Bien.
—Hizo falta explicarle dos veces lo del sueldo. No se lo creía. Me preguntó si no habría un error con los ceros. —Helga soltó una risita suave—. Me ha dado mucha ternura, la verdad.
No dije nada. Se me había quedado una imagen en la cabeza: Alice sentada frente a Helga, con los hombros encogidos, mirando una cifra que para otros sería un sueldo normal y que para ella era una puerta.
—Ronan.
—Dime.
—Quería decirte una cosa. —había cambiado de tono—. Me alegro de que le hayas dado la oportunidad. De verdad. Sé que no lo tenías claro, que me montaste una escena y todo. Pero esa muchacha lo necesitaba más que nadie que yo haya entrevistado, y tú has hecho bien en dársela.
Sin darme cuenta, sonreí.
Una sonrisa de verdad, absurda, plantada en medio de mi cara, con el teléfono pegado a la oreja y el despacho vacío. No supe por qué. Nadie me veía, y aun así sentí un calor incómodo en la nuca, como si me hubieran pillado robando.
Carraspeé.
—Tampoco ha sido para tanto. Cumple bien.
—Ya lo sé.
—Es eficiente. Eso es todo.
—Claro, Ronan.
—Tengo que colgar. Tengo una reunión.
—Claro, claro.
Colgué. Me quedé mirando el teléfono unos segundos, preguntándome qué demonios acababa de pasar. Después me dije que nada, y me puse a trabajar.
A las diez y media teníamos la reunión con el equipo de Edimburgo en la sala de juntas, y Alice estaba allí, al fondo de la mesa, con su libreta, su portátil y esa postura de colegiala asustada que, curiosamente, ya no me parecía tan ridícula. Tomó notas sin parar durante hora y cuarto. Cuando alguien le hacía una pregunta, contestaba en voz baja y con precisión. Una vez corrigió una cifra que yo había dicho mal, y lo hizo con tanta educación que nadie se dio cuenta de que acababa de corregir al jefe.
Cuando terminó la reunión, los de Edimburgo salieron en tropel, y ella se levantó a recoger los vasos.
—Deja eso —dije.
—No me cuesta nada.
—Para eso hay gente. Ve a imprimir las actas, que Callum las quiere antes de comer.
—Enseguida.
Salió de la sala con su portátil, con la libreta en la mano. Yo me quedé recogiendo mis cosas. Callum, que había esperado a que la puerta se cerrara, se dejó caer en una silla y estiró las piernas con aire de quien tiene un chisme.
—Qué buena asistente es tu Alice.
—¿Mi Alice?
—Bueno, la tuya, la de la empresa, lo que sea. —Se rio por lo bajo—. En serio, Ronan, no sé cómo lo haces. Hay que tener un estómago a prueba de bombas para trabajar ocho horas al día con eso. La ropa, las gafas, la trenza. Parece la tía solterona de alguien. Pensé que la habías contratado por lástima, o como castigo, o para que Helga te dejara en paz. Dime que no vas a…
No terminó.
Yo ya había dejado el bolígrafo sobre la mesa. Muy despacio. El golpe del plástico contra la madera sonó más fuerte de lo que debía.
—Termina esa frase.
Callum sonrió, todavía sin darse cuenta.
—Era una broma, hombre.
—Termínala. Dime qué ibas a decir sobre ella.
La sonrisa se le fue borrando. Me miró de arriba abajo, con las cejas fruncidas, como quien intenta reconocer una cara que cree haber visto antes.
—Joder, Ronan. Tranquilo.
—Estoy tranquilo. —No lo estaba—. Esa mujer lleva una semana ocupándose de este desastre de oficina sin cometer un solo error. Se levanta antes que nadie y se va después que nadie. No le debe nada a ninguno de los dos, y si tienes algo que decir sobre su trabajo, me lo dices a mí. Pero de cómo se viste o cómo se peina, no vuelves a hablar. Ni delante de ella ni a sus espaldas. ¿Me has entendido?
Callum levantó las manos en señal de paz.
—Te he entendido.
—Perfecto.
—Es que… —Se rascó la barba—. Hemos hecho mil bromas así, tú y yo. Mil.
—Lo sé.
—Nunca te ha molestado.
Hubo un silencio. Callum me estudió con una atención incómoda, y yo vi cómo empezaba a hacer cuentas. Preferí no esperar el resultado.
Salí de la sala de juntas con paso rápido.
Y fue ahí, en la puerta, donde ocurrió.
Alice venía de frente, de vuelta de la impresora, con un taco de hojas pegado al pecho, la libreta encima y la mirada fija en el montón de papel. Lo vio venir tarde. Yo salía, ella entraba; en el umbral había una franja de suelo recién encerado, de esos que los de limpieza dejan brillantes los lunes, y el zapato gastado de Alice no sabía lo que era un buen agarre.
Resbaló.
El taco de papeles voló. Alice pegó un gritito ahogado y se fue hacia atrás, con los brazos abiertos, y yo la cogí antes de pensar. La sujeté de la cintura y de la espalda, y la atraje contra mi pecho con un movimiento seco que la dejó pegada a mí de arriba abajo.
Silencio.
Los papeles seguían cayendo a nuestro alrededor, uno a uno, como hojas de otoño.
Nos quedamos mirándonos.
Ella tenía las dos manos en mis pechos, con los dedos agarrotados. Yo la sostenía con las dos manos en la parte baja de su espalda, notando el calor que atravesaba la lana de su chaqueta. Su respiración, agitada, me rozaba la barbilla. Debajo de las gafas, vi cómo se le agrandaban los ojos.
Y entonces se le cayeron las gafas.
Fue un golpe seco contra el suelo. Alice parpadeó, desorientada, y sin los cristales delante, por primera vez, la vi de verdad.
Sus ojos eran de un color que no habría sabido describir hasta ese instante. Miel claro, casi amarillo, de esos que parecen encenderse cuando les da la luz de una ventana. Grandes. Con las pestañas largas, oscuras, que hasta entonces los cristales habían escondido. La nariz pequeña, recta, ligeramente respingona en la punta. Una boca pequeña, de labios llenos, entreabierta de sorpresa, que se estaba poniendo más roja a cada segundo.
Me costó recordar cómo se respiraba.
—Perdón —susurró. Tenía las mejillas encendidas, desde la barbilla hasta el nacimiento del pelo—. Lo siento muchísimo, yo… se me han caído las… no veo bien sin ellas…
—Lo sé.
—Siempre me pasa…
—Lo sé, Alice.
Se separó un poco, tanteando el aire. Yo me agaché sin soltarla del todo, recogí las gafas del suelo, y ella se quedó quieta, esperando con los ojos entrecerrados, tan vulnerable que me dolió.
Se las puse yo.
No lo pensé. Levanté las manos, deslicé la montura por su nariz, la coloqué detrás de las orejas, y al hacerlo mis nudillos rozaron la piel de sus mejillas. Era suave. Muchísimo más suave de lo que había imaginado. Cálida y casi febril, como la de una niña con fiebre. Se estremeció. Lo noté en la punta de los dedos, un temblor leve que le recorrió la cara entera.
Por un segundo, los cristales volvieron a ponerse entre nosotros.
Y los ojos se me quedaron pegados a los suyos, a esa boca pequeña que no se atrevía a moverse.
Entonces recordé el anillo. El hilo. El "sí" que no sonaba a "sí".
La solté.
Di un paso atrás tan brusco que casi tropiezo yo también. Sentí el aire frío del pasillo en los brazos, en el pecho, en todas partes donde ella acababa de estar.
—Recoge eso —dije. Salió más áspero de lo que quería—. Los papeles. Tienes que… tener mas cuidado con los documentos.
—Sí, señor. Perdón.
—Deja de pedir perdón.
No esperé su respuesta. Crucé el pasillo con la espalda recta y la mandíbula tensa, pasé por delante de su escritorio sin mirarlo, entré en mi despacho y cerré la puerta de un portazo que hizo temblar el cuadro de la pared.
Me quedé de pie, con las manos apoyadas en la madera, mirando el suelo. Todavía notaba en la punta de los nudillos el calor de sus mejillas.
—Mierda —dije en voz alta, al vacío—. Mierda, mierda, mierda.
No volví a salir del despacho en toda la mañana.
Pedí que me trajeran la comida a la oficina, cancelé una reunión con un proveedor y le dije a Alice, por el teléfono, que no me pasara ninguna llamada que no fuera de un ministro o si alguien se estaba muriendo. Después me quedé mirando la pantalla sin leer nada. Cada vez que cerraba los ojos, veía lo mismo: unas gafas cayendo, una boca pequeña entreabierta, un color de ojos que no había sabido que existía.
A la una, Alice llamó a la puerta con el café. Lo dejó a mi derecha sin una palabra. Yo no levanté la vista. Ella tampoco esperó a que lo hiciera.
Esa fue toda nuestra conversación en cuatro horas.
A las cuatro y media me estaba doliendo la cabeza. Una presión justo detrás de los ojos, de esas que se parecen mucho a la rabia cuando no sabes contra quién dirigirla. Me había pasado el día entero discutiendo en silencio conmigo mismo. Que era una empleada. Que estaba casada. Que yo era su jefe. Que no había pasado nada. Que lo que sentía era solo cansancio, porque llevaba dos semanas durmiendo mal.
A las cinco menos veinte, Alice entró con las actas de la reunión de Edimburgo.
—Aquí están las notas, señor Ronan. Las he pasado en limpio. Si quiere que las envíe a los asistentes, solo tiene que decírmelo.
Las cogí sin mirarla. Ella esperó. Yo empecé a leer, y fui pasando las hojas rápido, con esa impaciencia de quien no busca información sino un pretexto.
Y lo encontré.
Tercera página, segundo párrafo.
La capacidad instalada del parque oeste ascenderá a 41 megavatios. Y debajo, en la tabla, 14.
Un error. Un número mal transcrito. Una transposición de dos cifras que cualquiera habría cometido a las cuatro de la tarde después de pasarse ocho horas escribiendo. En toda mi vida laboral, yo habría hecho mil veces cosas peores. Eleanor las hacía de vez en cuando, y yo me limitaba a tachar el número y escribir el correcto al lado.
—Alice.
—¿Sí?
—¿Qué es esto?
Ella se inclinó para mirar. Vi cómo palidecía.
—Es… es un error en la tabla. He escrito 14 en lugar de 41. Lo corrijo ahora mismo, no lleva ni un minuto, si me deja…
—¿Un minuto?
—Sí, yo…
—¿Esto es lo que entiendes tú por un trabajo bien hecho? —No sé de dónde me salió la voz. Más alta de lo que quería. Me levanté del sillón, sin darme cuenta—. ¿Crees que esto se manda a un cliente? ¿Crees que una cifra equivocada en un documento oficial es una tontería?
—No, señor, yo solo…
—¡Una semana! ¡Llevas una semana aquí y es la primera vez que te equivocas, y te equivocas justo en la cifra que no podía fallar! En lo mas importante.
—Lo siento muchísimo, de verdad, no volverá a…
—¡No me digas que no volverá a pasar, porque ya está pasando!
Rodeé la mesa. Seguía gritando, y cada palabra me salía más fuerte que la anterior, alimentándose de sí misma como una bola de nieve cuesta abajo. Ya no hablaba de las actas. Hablaba de la mañana. Me planté delante de ella. A medio metro. Levanté la hoja en alto, agarrada con mi mano derecha, para que la viera bien, para gritarle más fuerte, para que le entrara en la cabeza el tamaño de su error.
—¡Mira esto! ¡Mira lo que has…!
Se me quebró la voz.
Alice se había cubierto la cara.
No fue un gesto elegante. No fue un gesto pensado. Fue un movimiento instintivo, rapidísimo, de quien lo ha hecho cientos de veces. Subió los dos antebrazos cruzados delante del rostro, encogió los hombros hasta las orejas, dobló la cabeza hacia el pecho y se echó medio paso atrás, protegiéndose. Cerró los ojos con tanta fuerza que se le arrugó la nariz. Los codos le temblaban.
Esperando un golpe.
Me quedé mudo.
Con el brazo todavía en el aire, con la boca abierta, sin una palabra. Sentí algo frío que me bajaba por la espalda, vértebra a vértebra, como si alguien me hubiera derramado hielo por dentro de la camisa. El aire dejó de entrarme en los pulmones.
Alice respiraba rápido, corto, entrecortado. Un sollozo apretado le subía y le bajaba por el pecho, sin sonido, sin atreverse a salir.
Lo entendí en un segundo.
Entendí cuántas veces había visto a alguien levantar una mano delante de ella. Entendí por qué se encogía cuando alguien la rozaba. Por qué pedía perdón antes de que nadie le exigiera nada. Por qué temblaba al firmar un contrato, por qué se le caían las cosas, por qué comía como quien roba. Entendí cómo es una casa donde una mujer ha aprendido que el peligro llega por la voz y que no hay forma de pararlo.
Y entendí, con una vergüenza que me quemó la cara, que acababa de convertirme en eso.
Bajé el brazo despacio. Dejé el papel sobre la mesa como si fuera de cristal. Retrocedí un paso. Luego otro.
—Alice.
Nada. Seguía con los ojos cerrados.
—Alice —repetí, con una voz que no me conocía, muy baja, rota—. Mírame. Por favor.
Ella abrió un ojo. Luego el otro. Bajó los brazos lentamente, sin soltar del todo la postura de defensa, como si todavía no estuviera segura de que fuera a ser verdad. Tenía la cara blanca, las pestañas húmedas, las gafas torcidas. Parecía una niña pequeña que ha hecho algo malo y no sabe cuánto va a doler el castigo.
—Lo siento —susurró—. Lo siento muchísimo. Voy a corregirlo, no lo vuelvo a hacer, de verdad…
—No. —Se me cerró la garganta—. No tienes que disculparte.
—Pero el error…
—El error es una cifra. —Intenté sonreír y no pude—. Se tacha y se corrige. Eso es todo. Lo he dicho porque… porque he tenido un mal día. Y he pagado contigo algo que no tiene nada que ver contigo. Yo soy el que tiene que pedirte perdón, Alice. No tú.
Parpadeó, desconcertada. Era evidente que no tenía ninguna experiencia en escuchar esa frase.
Dudé un segundo. Después hice la pregunta, y me salió sin adornos, casi sin voz:
—¿Pensaste que iba a pegarte? ¿Quien te ha hecho tanto daño, Alice?
Pobrecita, esto muchas veces no es ficcion, es el dia a dia de muchas mujeres.