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7. Mi infierno ha vuelto

Ronan 18+ — booknet.com · All chapters

7. Mi infierno ha vuelto

Alice

No me fui a las cinco menos diez.

Ronan me lo había dicho. Me había dado permiso. Pero al salir de su despacho me senté en mi mesa, abrí el documento y corregí la tabla. No porque me lo hubiera pedido, sino porque necesitaba hacer algo con las manos. Si me quedaba quieta, empezaba a temblar.

Cambié el 14 por el 41. Revisé el resto de las cifras tres veces. Imprimí las actas de nuevo. Y mientras la impresora tragaba y escupía las hojas, pensé en lo que había pasado, y se me volvió a cerrar la garganta.

Me había cubierto la cara.

Delante de él. Sin pensarlo. Mis brazos habían subido solos, como habían hecho siempre, como si tuvieran memoria propia. Ronan estaba gritando, con la hoja en alto, y yo no había visto a mi jefe: había visto una mano levantada. Y el cuerpo me había obedecido a mí misma antes de que yo pudiera decirle que no, que esto es otra cosa, que este hombre no es Simon.

Lo peor no fue el susto. Lo peor fue su cara cuando abrí los ojos. Estaba pálido. Tenía los ojos abiertos de par en par y la mano en el aire, congelada, como si no la reconociera. Parecía un hombre que acaba de ver algo en un espejo que no esperaba ver.

Y después dijo: Yo soy el que tiene que pedirte perdón, Alice. No tú.

Me quedé mirando la impresora mucho rato.

Nadie me había pedido perdón nunca. Ni mi padre cuando me golpeaba para “disciplinarme” solo decía mi madre “es por tu bien Alice”. Ni el reverendo Hartley. Ni Simon, ni una sola vez en tres años. Me di cuenta de que no sabía qué se hacía con una disculpa. Se me había quedado en las manos como un objeto caro que no sé dónde guardar.

Cuando por fin cogí mi chaqueta de lana y mi bolso, el edificio estaba casi vacío. Eran las seis y diez.

Al salir, el cielo se había caído.

No había otra forma de decirlo. A las seis de la tarde estaba tan oscuro como si fuera medianoche, un gris casi negro, que se pegaba a los edificios. La lluvia no caía: se descargaba, con furia, golpeando el asfalto con tanta fuerza que rebotaba. Los coches pasaban levantando oleadas de agua. Las farolas ya estaban encendidas.

Me quedé un momento bajo el toldo de la entrada, con el bolso apretado contra el pecho. No tenía paraguas. Nunca lo tenía. En mi casa, un paraguas era algo que se compraba con dinero que yo no tenía.

Respiré hondo y salí.

En diez pasos me empapó la chaqueta, la falda, la trenza. Las gafas se me llenaron de gotas. Caminé con la cabeza gacha y los ojos entrecerrados, pegada a las paredes, esquivando los charcos sin éxito. A los cincuenta metros tenía los zapatos encharcados. A los cien, el agua me había atravesado las medias y me corría por los dedos de los pies, helada, haciendo ese ruido horrible, chof, chof, a cada paso.

Llegué a la parada con la respiración entrecortada y los dientes castañeando.

Era una marquesina de cristal, con un banco metálico y un panel electrónico que parpadeaba. Busqué mi línea. Y entonces lo vi.

18:00 — En parada. 18:35 — 25 min.

El autobús de las seis ya había pasado. Hacía diez minutos, quizás. Ese día había salido más tarde de lo habitual y se me había escapado, justo por quedarme corrigiendo una tabla que nadie me había pedido corregir.

Suspiré. Un suspiro largo, cansado, que me salió del fondo de los pulmones.

—Bien —murmuré, a nadie—. Toca esperar.

Me senté en el banco, con las piernas juntas y el bolso sobre el regazo. El viento soplaba tan fuerte que la lluvia entraba de lado, a pesar del cristal. Me azotaba la cara, el cuello, las manos. La marquesina me resguardaba lo justo para no ahogarme, pero no lo bastante para no calarme hasta los huesos.

Me eché la trenza al hombro. Estaba tan empapada que goteaba. Me miré las manos, moradas del frío, y pensé en mi casa vacía, en la nevera sin nada, en la ducha caliente que tendría que esperar tres cuartos de hora más. Pensé en Simon. Pensé en Ronan

Y entonces, entre el rugido de la lluvia, oí un motor.

Un coche se detuvo frente a la parada, plateado, grande, tan limpio que el agua resbalaba sobre la carrocería como sobre un cristal pulido. Un coche de esos que yo solo había visto en los anuncios.

La ventanilla del conductor bajó.

—¡Alice!

Me quedé quieta.

—¡Alice! —repitió la voz, más fuerte—. ¡Sube, rápido!

Me limpié las gafas con la manga de la chaqueta, que estaba igual de mojada, y no sirvió de nada. Tuve que acercarme, parpadeando, inclinándome hacia la ventanilla, hasta que reconocí la mandíbula, esos ojos claros que me miraban desde dentro con una expresión urgente.

Ronan.

Mi corazón dio un vuelco tan raro que tuve que apoyarme en el cristal de la marquesina.

No era la primera vez en esa semana. Cada vez que lo tenía cerca me pasaba lo mismo: el estómago se me revolvía, las manos me sudaban, se me secaba la boca. Era como tener un enjambre dentro del pecho. Lo había atribuido al nerviosismo, al miedo a equivocarme, a la novedad de tener un trabajo.

Pero esa noche, bajo la lluvia, entendí algo que me desconcertó.

No era miedo.

Ni siquiera después de lo del despacho. Ni después de que levantara la mano. Mi cuerpo, que reaccionaba a la sombra de un portazo, que se encogía ante el eco de un grito, no le tenía miedo a Ronan O'Sullivan. Por alguna razón que no conseguía explicar, mi jefe no me provocaba miedo. Me provocaba nervios. Otro tipo de nervios. De esos que revuelven el estómago y hacen que quieras mirar y apartar la vista al mismo tiempo.

No sabía qué hacer con eso.

—¡Voy a empaparle el coche, señor! —grité, por encima de la lluvia.

—¡Me importa un carajo! ¡Sube!

Fue una orden. Para mí, una orden era una sentencia. Toda mi vida había obedecido a órdenes dichas en ese tono, sin discutir, sin pensar, porque discutir costaba más caro.

Pero esta vez, mientras abría la puerta y subía a su lado en el asiento de cuero, empapada, goteando sobre una lujosa e impecable tapicería no sentí que obedecía por miedo.

Sentí que obedecía porque alguien se había parado a recogerme.

Cerré la puerta. El ruido de la lluvia desapareció de golpe y fue sustituido por un silencio raro. La calefacción me calentó las mejillas heladas. Me temblaban las manos tanto que no sabía dónde ponerlas.

Un charco empezó a formarse bajo mis pies, sobre la alfombrilla impecable. Me ardían las orejas.

—Lo siento —susurré, mirando el suelo—. Lo estoy estropeando todo. Le pagaré la limpieza, de verdad…

—Alice.

—Es que está todo mojado y…

—Alice. Mírame.

Levanté la vista.

Ronan me miraba con una expresión que no sabría describir. No había enfado. No había burla. —Estás helada, no te preocupes por eso, es una tontería—dijo.

Alargó el brazo hacia el asiento trasero, cogió una toalla blanca impecable doblada con cuidado, y me la puso sobre las manos, sin tocarme, sin rozarme. Sus manos se quedaron a un palmo de las mías.

Después puso el coche en marcha.

—¿Dónde vives? —preguntó.

Abrí la boca para contestar. Y me di cuenta de que, por primera vez en tres años, no quería que nadie supiera cuál era la casa a la que volvía.

Le di la dirección con voz de niña que repite la lección. Calle, número, distrito. Ronan la tecleó en el navegador sin decir nada, y el coche se incorporó al tráfico con una suavidad que me hizo sentir que flotábamos.

Fuera, la ciudad se deshacía bajo la lluvia. Los limpiaparabrisas iban y venían, iban y venían, con un compás hipnótico que me habría adormecido si no hubiera tenido el cuerpo entero en alerta.

La toalla me pesaba en las manos porque olía a él.

No me atrevía a mirarlo. Me concentraba en mis manos, apoyadas sobre el bolso, con los dedos entrelazados y las uñas ligeramente moradas. De la trenza me caía agua por la espalda, entre los omóplatos, y la sentía bajar por la columna como un dedo frío. Ronan había subido la calefacción sin que se lo pidiera. Pasaron cinco minutos. Diez.

Él no puso música. Tampoco habló de trabajo. Conducía con las dos manos en el volante con la mirada fija en la carretera y la mandíbula apretada. Y cada cierto tiempo, de reojo, yo lo veía abrir un poco la boca como si fuera a decir algo, y volver a cerrarla.

Hasta que, en un semáforo en rojo, giró la cabeza hacia mí.

—Alice.

—¿Sí, señor?

—¿Tu esposo, o alguien en tu casa…? —Se detuvo. Tragó saliva. Lo vi buscar las palabras, él, que siempre tenía las palabras a mano—. ¿Alguien te levanta la mano?

Me estremecí.

Fue un escalofrío largo, de los pies a la nuca, que no tuvo nada que ver con el frío. El mundo entero se encogió hasta caber dentro del coche. Oí mi propio corazón golpearme los oídos. Tragué saliva y volví la cara hacia él, con los ojos tan abiertos que me dolían detrás de las gafas, de repente la pregunta cayó sobre mí con todo su peso. Alguien la había hecho en voz alta. Alguien se había atrevido a ponerle palabras a lo que yo llevaba tres años sin nombrar.

Y lo único que sentí fue vergüenza.

Una vergüenza que me subió desde el estómago hasta las orejas. No podía contarle eso. No podía contarle a mi jefe lo que ocurría en mi casa, ni la cocina vacía, ni los gritos sin ruido, ni el hambre. No a él. Negué con la cabeza. Un gesto leve.

—No —dije. Y después, demasiado rápido, tropezándome con mi propia voz—: No, no, no.

Ronan no dijo nada. Solo me miró un instante, con una mirada tranquila y muy atenta, la de alguien que acaba de oír exactamente lo que esperaba y no quería oír. Después el semáforo cambió a verde, y volvió a mirar la carretera.

—Tu reacción —dijo al cabo de un rato, despacio—. Siempre pareces tener miedo.

—No… —Me froté las manos contra la falda mojada—. No, es que soy una mujer temerosa, es solo eso. Tengo muchos defectos, usted lo ha visto. Soy torpe, nerviosa, me asusto por todo. De verdad, no se preocupe por mí, señor.

Intenté sonreír. No me salió.

Lo que acababa de decirle era mentira a medias, como casi todo lo que decía en esos días.

Él conducía despacio. Más despacio de lo necesario.

—¿Y está todo bien en tu matrimonio?

La pregunta me cogió por sorpresa otra vez. La hizo con otro tono, más medido, casi cuidadoso, como quien extiende una mano sin saber si le van a morder.

Asentí. Una vez. Dos.

—Sí. Todo bien. Dentro de lo normal. —Hice una pausa para respirar, y las palabras me salieron como si las hubiera ensayado—. Es un matrimonio normal.

Ronan asintió, muy despacio.

No me creyó. Lo noté en la forma en que apretó el volante. En cómo se le marcaron los tendones del dorso de la mano. En cómo evitó mirarme, quizás porque sabía que, si me miraba, yo iba a derrumbarme, y él tampoco sabía qué hacer con eso.

No dijo nada más.

El coche giró por una calle estrecha, oscura, con farolas viejas que parpadeaban. A ambos lados se alineaban bloques de ladrillo oscuro, con las ventanas enrejadas y los portales descascarillados. Se me encogió el estómago. Me dieron ganas de pedirle que parara allí mismo, en la esquina, que ya continuaba yo a pie. Que no hacía falta que viera el sitio.

No dije nada.

Ronan redujo la velocidad. Se detuvo frente al número que yo le había dado, junto a una acera inundada, frente a un edificio de cuatro plantas con la fachada manchada de humedad y un portal de madera con la pintura levantada. Detrás del cristal, las ventanas del primer piso estaban oscuras.

Apagó el motor.

Durante un momento, ninguno de los dos se movió. La lluvia golpeaba contra el techo del coche. Ronan miraba el edificio con una expresión que no logré descifrar: ni lástima ni sorpresa. Un hombre que lleva una vida entera acostumbrado a lo mejor, mirando un lugar donde nadie debería tener que vivir con hambre.

—¿Es aquí? —preguntó.

—Sí. —Tenía la garganta tan seca que apenas me salió la voz—. Gracias por traerme, señor. De verdad. No sé cómo agradecérselo.

—No me lo agradezcas.

—Le devuelvo la toalla mañana, limpia, se la…

—Quédatela.

Me quedé con la mano en la manija de la puerta, sin atreverme a abrir.

—Alice.

—¿Sí?

Ronan tardó en responder. Tenía los ojos fijos en el parabrisas, en el agua que resbalaba por el cristal, y las manos aún aferradas al volante.

—Si alguna vez necesitas algo —dijo al fin, sin mirarme—, lo que sea, me lo dices. ¿Entendido?

Se me hizo un nudo en el pecho.

Tuve que apretar los labios para que no se me notara. Asentí. Abrí la puerta.

—Buenas noches, señor —susurré.

Al día siguiente llegó lo peor.

La mañana había sido buena. De verdad buena. Ronan no había dicho una palabra de la noche anterior, y yo se lo agradecí en silencio. Me dio los buenos días, me pidió el café, y por primera vez en mucho tiempo trabajé sin esa piedra en el estómago. Incluso me sorprendí tarareando mientras archivaba unos papeles. Hacía años que no tarareaba.

A las dos de la tarde, abrí el cajón y saqué el teléfono. Hacía horas que lo tenía en silencio. Lo había apagado el volumen esa mañana, antes de salir de casa, por si acaso. Lo hacía siempre, desde que empecé a trabajar. Pero nunca lo miraba. Y ahora, no sé por qué, quise mirarlo.

Tenía cinco llamadas perdidas.

Todas de Simon.

Se me heló la sangre antes de abrir los mensajes. El cuerpo lo supo antes que yo. Las manos se me pusieron frías, la boca se me llenó de saliva amarga, y noté cómo me latía el corazón en el cuello, tan fuerte que me dolía.

Abrí el primero.

¿Dónde estás?

El segundo, diez minutos después.

Contesta maldita sea.

El tercero.

¿Dónde carajos estás? ¿Por qué no estás en la casa, que es donde debes estar? ¿Por qué no hay comida en la mesa? Eres una inútil, una floja y una dejada. Cuando llegues vas a saber lo que es bueno. Te quiero aquí en cinco minutos, no me hagas enojar más de lo que estoy.

Lo leí una vez. Luego otra. Me quedé mirando las palabras hasta que dejaron de ser palabras.

Había vuelto.

Se suponía que tardaría unos días más. Me lo había dicho en su mensaje, el que me hizo sonreír en medio de la oficina. Ha surgido un problema. Pero había vuelto antes, y yo no estaba. Y no había comida. Y el piso estaba vacío.

Sentí que me faltaba el aire.

Me levanté tan deprisa que la silla se fue hacia atrás y golpeó contra la pared. Crucé el pasillo con las piernas flojas, empujé la puerta del baño y me encerré en un cubículo. Me apoyé de espaldas contra la puerta, con el teléfono apretado contra el pecho. Respiré. O lo intenté.

Eres una inútil.

Esas palabras no eran nuevas. Las conocía de memoria. Eran como una canción que me habían cantado tantas veces que ya la cantaba yo sola. Antes de que él abriera la boca, ya me lo decía yo. Inútil. Floja. Dejada. Torpe. Sosa.

Me tapé la boca con la mano. Me temblaba tanto que me castañeteaban los dientes contra los dedos. Empecé a llorar sin hacer ruido, con la espalda pegada a la puerta, resbalando poco a poco hasta quedarme sentada en el suelo frío del baño. Lloré por todo. Por el miedo. Por la rabia. Por lo bien que había estado esa mañana y lo rápido que se había acabado.

Me daba vergüenza llorar. Siempre me ha dado vergüenza.

Pensé en lo que haría Simon si llegaba tarde. Y descubría que tenía un trabajo…

No quise pensar en eso.

Tenía un contrato firmado. Un sueldo. Era lo único mío que había tenido en tres años. Si Simon se enteraba, me lo quitaría. Me diría que una mujer decente no trabaja, que mi sitio es la cocina, que Dios no lo quiere. Me haría llamar a Ronan para renunciar. Me haría quedarme sin nada otra vez.

Y esta vez, yo no sabía si iba a ser capaz de aguantarlo.

No podía perder ese trabajo. Eso lo supe con una claridad que me asustó. Lo supe en el cuerpo, en los huesos. No lo quería por el dinero. Lo quería por la mujer que era entre esas paredes, esa que sabía las cifras de memoria y que ponía bien el café y que podía levantar la cabeza.

Me sequé la cara con papel higiénico. Me miré al espejo del lavabo. Parecía una niña a la que han pillado haciendo algo malo.

Saqué el teléfono otra vez. Tenía una llamada más. Seis.

Escribí: Perdona, he salido a hacer un recado, voy para casa.

Lo borré.

Escribí: Lo siento, se me ha hecho tarde, ya voy.

Lo borré.

Escribí: Ya llego.

Lo mandé antes de pensarlo más.

Dos segundos después, el teléfono vibró en mi mano. Un mensaje nuevo. Dos palabras.

Más te vale.

Se me cerró el estómago. Cerré los ojos, apoyé la frente en el espejo frío, y me dije que podía con esto. Que había podido con cosas peores. Que solo tenía que llegar, sonreír, pedir perdón, preparar la comida y esperar a que se le pasara y hablar con él.

Eso era todo.

Pero había un problema. Uno que no había tenido hasta hacía una semana.

Para llegar a casa en cinco minutos, tenía que salir de la oficina ahora. A las dos y diez de la tarde. En mitad de la jornada. Sin avisar. Y tenía que decírselo a Ronan.

Me lavé las manos. Me eché agua en la cara. Respiré hondo, contando hasta cuatro, como me había enseñado Milena, y salí del baño con la espalda recta y la barbilla alta.

Ronan estaba de pie junto a mi escritorio.

Tenía una carpeta en la mano y la expresión de quien lleva un rato esperando. Me miró, y vi cómo cambiaba su cara. Fue rápido. Se le fue el gesto distraído, le apareció una arruga entre las cejas, y sus ojos recorrieron mi rostro como si leyeran una página.

—¿Alice?

—Si señor.

—Has llorado.

—No. —Me salió demasiado rápido, otra vez—. Es que… me ha entrado algo en el ojo.

Ronan no dijo nada. Dejó la carpeta sobre la mesa muy despacio. Bajó la mirada hacia el teléfono que yo apretaba con la mano derecha, con los nudillos blancos, y luego volvió a mirarme a los ojos.

—¿Qué ha pasado?

Abrí la boca y mentí.

Ay madre mia, ¿que creen que pasará ahora? Espero esten disfrutando de este hermoso libro.