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8. Faltas de respeto y disciplina

Ronan 18+ — booknet.com · All chapters

8. Faltas de respeto y disciplina

ALICE

—Mi marido ha tenido un pequeño accidente.

Lo dije mirando el suelo, con el bolso ya colgado del hombro. Me sorprendió lo bien que me salió. Sin temblar. Como si hubiera nacido sabiendo mentir.

—¿Qué tipo de accidente? —preguntó Ronan.

—Nada grave. Se ha caído, creo. Me ha llamado un vecino. Necesito ir, por favor. Si pudiera salir antes, yo recupero las horas, me quedo mañana más tarde, lo que haga falta…

—Alice.

—Por favor.

No me creyó. Lo vi en sus ojos, esos ojos que ya me leían mejor de lo que me gustaba. Se quedó callado un momento, con la mandíbula tensa, y yo pensé que iba a preguntarme otra vez. Que iba a decir dime la verdad . Y no sabía qué haría si lo decía.

—Mandaré a uno de los choferes que te lleve—dijo.

—No, no, por supuesto que no. Voy en autobús.

—No fue una pregunta —dijo tajante y por un momento agradecí porque así llegaría lo bastante rápido a casa.

Apretó los labios. Después asintió despacio, y se apartó de mi escritorio para dejarme pasar.

El trayecto en auto duró apenas veinte minutos. Los pasé repitiendo en mi cabeza lo que iba a decir. Perdona. Salí a comprar. Se me hizo tarde. Perdona. Perdona.

Al abrir la puerta de casa, lo oí antes de verlo.

—¿Dónde estabas?

Estaba en la cocina, de pie, con las manos apoyadas en la mesa. Seguía con el traje de viaje y la corbata torcida. Había abierto la nevera y la había dejado abierta, con la luz encendida.

—Simon, perdona, yo…

—Te he preguntado dónde estabas.

Bajé la mirada. El corazón me golpeaba tan fuerte que me mareaba.

—He salido un momento.

—He llegado a mi casa, después de una semana de trabajo, con hambre, cansado, y me encuentro la casa vacía y la nevera vacía. ¿Qué clase de mujer eres? ¿No sabes cuál es tu obligación? Tu único sitio es esta casa. Tu único trabajo es tener la comida lista cuando yo llego.

—No había comida —dije.

Se hizo un silencio.

No sé de dónde salió. Fue como si la frase se hubiera escapado sola de debajo de una piedra. Lo vi parpadear, desconcertado.

—¿Qué has dicho?

—Que no había comida. —respondí —. No había nada, Simon. Llevo una semana sin nada. Tú no me dejaste dinero cuando te fuiste. Sin dinero no puedo comprar. ¿Cómo quieres que haga la comida si no hay con qué…?

No terminé.

Porque su mano había impactado contra mi mejilla, me giró la cara de lado y me dejó la piel ardiendo, y el silencio que vino después fue el más largo de mi vida.

—¿Cómo te atreves a levantarme la voz? —Su respiración era pesada. Se miró la palma de la mano un segundo, como si no la reconociera, y luego volvió a mirarme con una mezcla de rabia y desafío—. A tu marido. A tu cabeza. Dios te va a castigar por esto, Alice. Dios castiga a las esposas que no respetan a sus maridos.

Me llevé los dedos a la mejilla. La notaba caliente e hinchada y tragué saliva, mis ojos ya se habían aguado.

—Contéstame otra vez —dijo en voz baja—. Dónde estabas.

Esa voz baja era peor que los gritos. Siempre lo había sido.

Estaba tan nerviosa que me flaqueaban las rodillas. Pensé en mentirle. Pensé en decirle que había ido a casa de Milena, a la iglesia, al mercado. Cualquier cosa. Pero él lo sabría. Siempre lo sabía. Y había un cansancio dentro de mí, una especie de agotamiento hondo, que ya no tenía fuerzas para inventar.

—He ido a trabajar.

Simon me miró sin entender.

—¿A qué?

—He encontrado un trabajo. De secretaria. —Hablaba despacio, escogiendo cada palabra como quien pisa sobre hielo—. Necesitábamos el dinero, Simon. Tú no me dejabas nada, y yo… no podía seguir así. Pasé hambre. Me estaba muriendo de hambre en esta casa.

Se quedó inmóvil.

Luego empezó a reírse. Una risa corta, seca, sin una pizca de alegría.

—Un trabajo. —Se pasó la mano por la cara—. Mi mujer. La mujer del hijo del reverendo Hartley, trabajando como una cualquiera en una oficina, rodeada de hombres. Yo lo sabía. Sabía que no se podía dejar sola a una mujer. En cuanto me doy la vuelta, se tuerce.

—No me he torcido…

—Una mujer decente no trabaja. —Caminó hacia mí, despacio—. Una mujer decente no sale de la casa en ausencia de su esposo, salvo para ir a la iglesia. Una mujer decente se queda donde Dios la ha puesto. ¿Cómo voy a mirar a mi padre a la cara? ¿Cómo voy a explicarle que mi mujer anda de oficina en oficina como una cualquiera?

—No es…

—Voy a hablar con tus padres. Y con el reverendo. —Se detuvo a medio metro—. Para que te den un escarmiento. Porque te estás desviando del camino recto, Alice, y yo no pienso permitirlo.

Cerré los ojos.

Los volví a abrir.

Hay un momento en que algo se rompe. No hace ruido. No hay señales. Pasas años doblándote, un poquito cada día, hasta que un día no te puedes doblar más.

—No voy a dejar el trabajo.

Lo dije en voz baja.

—¿Qué?

—No voy a dejar el trabajo, Simon. —Levanté la mirada. Me temblaban las manos, pero no las escondí—. Trabajar no me hace una mala mujer. Soy un ser humano. Tengo dignidad. Y tengo derecho a comer, a tener un sueldo, a no vivir con miedo en mi propia casa.

Durante un segundo, nadie se movió.

Después, Simon dio los dos pasos que nos separaban y me agarró de la nuca.

Con fuerza. Con toda la mano, los dedos se clavaron en la base de mi cráneo, apretándome hasta que me ardieron los ojos. Me obligó a mirarlo. Tenía la cara a pocos centímetros, los labios blancos, los ojos desorbitados.

—Esa mujerzuela amiga tuya no va a volver a poner un pie en esta casa —susurró—. Esa prostituta. Ella es la que te lleva por malos pasos. Te llena la cabeza de basura. Yo soy tu esposo. Yo decido lo que haces o no haces. ¿Me oyes? No me provoques, Alice. No sabes de lo que soy capaz.

—Suéltame, Simon.

—No sabes de lo que soy capaz.

—Suéltame.

No sé si fue la voz, o la mirada, o simplemente el hecho de que no bajé los ojos. Lo vi cambiar. Algo se le apagó por dentro, o se le encendió, no supe. Me empujó y mi cara se estrelló contra la esquina del aparador.

Oí el crujido antes de sentir el dolor, después, un destello blanco. Después, un calor espeso que me bajó por los labios y la barbilla.

Caí de rodillas.

No grité, me llevé las dos manos a la cara y las retiré llenas de sangre. Goteaba sobre el suelo de la cocina, sobre mi falda, sobre mis dedos. Tenía la nariz entumecida y respiraba por la boca.

Simon se quedó de pie encima de mí. Respirando fuerte. Me miró unos segundos, y luego se alisó la corbata.

—Ponte a hacer los quehaceres —dijo con la voz de siempre, tranquila y fría—. Que tu único lugar es la cocina. Y ya hablaré con tu padre para que recibas el escarmiento por andar de mujerzuela en ausencia de tu esposo.

Salió de la cocina. Oí sus pasos por el pasillo. Una puerta que se cerraba. El televisor, encendiéndose.

Me quedé de rodillas en el suelo, con las manos llenas de sangre.

Cogí un trapo de la encimera, me lo apreté contra la nariz y me quedé mirando la mancha roja que caía sobre las baldosas.

Oí la puerta de la calle cerrarse con un golpe.

Simon se había ido.

No sé cuánto tiempo pasé así, de rodillas en el suelo de la cocina, con el trapo apretado contra la cara. Me sangraba la nariz sin parar. La sangre me bajaba por la garganta y me hacía toser, y cada vez que tosía me explotaba un dolor agudo entre los ojos. Me quité el trapo para mirarlo. Estaba empapado.

Me puse de pie agarrándome a la encimera. Abrí el grifo y me eché agua fría en la cara, y el agua se tiñó de rojo antes de perderse por el desagüe. No me atreví a mirarme al espejo del pasillo. Volví a la cocina y me senté en una silla, con la cabeza echada hacia atrás, el trapo sobre la nariz, y por fin, cuando ya no había nadie que me viera, me deshice.

Lloré como no lloraba desde niña.

Y lloré porque la rabia, que debería haber llegado, no llegaba. Lo que llegaba era una pregunta que me daba vueltas por dentro: ¿qué voy a hacer?

Pensé en irme. Pensé en coger el bolso, y salir por la puerta. ¿Adónde? A casa de Milena. Pero Milena vivía con su madre en un piso de una sola habitación, y Simon sabía dónde. Pensé en mis padres. Imaginé la cara de mi madre, el silencio de mi padre, el rezo. Aguanta, hija. Dios no da más de lo que podemos soportar. Pensé en la policía. ¿Y qué les diría? ¿Que mi marido me había empujado? Él diría que me había caído. Era el hijo del reverendo. Y yo, una mujer sin trabajo conocido, sin familia que me creyera, sin un solo testigo.

Pensé en Ronan.

Me tapé la cara con las manos.

Volví a llorar.

La llave giró en la cerradura una hora después.

Me enderecé de golpe. El cuerpo, por pura costumbre, se me encogió. Me limpié la cara con la manga y me quedé sentada en la silla, con la espalda rígida y las manos sobre las rodillas.

Simon entró en la cocina con cuatro bolsas de la compra.

No dijo nada. Pasó junto a mí, las dejó sobre la encimera y empezó a sacar las cosas una a una. Pan. Leche. Huevos. Un paquete de carne. Fruta. Verdura. Latas. Una bolsa tras otra, ordenando sobre la mesa más comida de la que yo había visto en semanas. Debería haber tenido hambre. Se me revolvió el estómago.

—Para que veas —dijo al fin, sin mirarme— que tu esposo es un buen proveedor.

Seguía de espaldas. Hablaba con la misma voz tranquila de siempre, ligeramente cansada, la voz de un hombre que explica algo evidente a un niño obstinado.

—Para que veas que no te falta nada. Que tienes todo lo que necesitas en esta casa. No necesitas salir a la calle a pedirle dinero a nadie. No necesitas servir a otros hombres. —Colocó una lata en el estante—. Tu sitio es aquí. Y yo me ocupo de que no te falte nada.

Lo escuchaba sin respirar.

—Desde hoy —continuó, volviéndose por fin hacia mí—, tienes prohibido salir sin mí, o sin tus padres. Para nada. Ni a la tienda, ni al mercado, ni a la esquina. Y mucho menos recibir visitas de ningún tipo. Ni de esa amiga tuya, ni de nadie. ¿Me has entendido?

No contesté.

—¿Me has entendido, Alice?

—Sí.

—Sí, ¿qué?

—Sí, Simon.

Asintió, satisfecho. Se acercó a mí y se agachó, y por un segundo creí que iba a tocarme la cara. No lo hizo. Me miró la nariz, hinchada y morada, con la sangre seca en las comisuras. —No toleraré tus faltas de respeto —dijo en voz baja—. No quiero tener que repetirlo. Tendré que disciplinarte, si hace falta. Y no lo hago por mí. Lo hago por ti. Es por tu bien, Alice.

Por tu bien.

Esas dos palabras me dieron más asco que el golpe.

—Límpiate eso —añadió, incorporándose—. Y prepara la cena. Y que no vuelva a oír ni una palabra de ese trabajo.

Salió de la cocina.

Me quedé sola, mirando la comida apilada sobre la mesa. Todo lo que había deseado esa semana, todo lo que había soñado, estaba ahí delante. Pero en ese momento me pareció una jaula. Cada bolsa, cada lata, un barrote.

Me levanté. Con las manos aún temblando, abrí un paquete de huevos. Rompí uno, y el pequeño ruido de la cáscara me pareció el más fuerte del mundo.

Hice la cena.

Puse el plato frente a Simon. Lo serví con cuidado, con la mano firme. Él comió sin hablar. Yo me quedé de pie junto a la encimera, sin probar bocado, con el pañuelo apretado contra la nariz, y observé a ese hombre. Su cuello, su mandíbula, el movimiento de su tenedor. Un hombre al que había besado el día de nuestra boda. Un hombre que me había prometido, delante de Dios, cuidarme.

Y entendí algo que llevaba años sin querer entender.

Que no había un momento en el que, si yo era más buena, más obediente, más callada, iba a tratarme de otra forma. Que el problema nunca había sido yo, era él. Y que cada día que pasaba en esa casa, él tendría una razón nueva para disciplinarme y que si no decidía hacer algo seria su juguete siempre.

Esa noche, Simon se durmió a las once.

Yo me quedé despierta en el borde de la cama, mirando el techo pensando en que voy a hacer.

Ay Alice, ¿hasta cuando? ¿que esperarás? ¿a que te mate?