9. Un plan
Ronan O´SullivanA las seis y media estaba en la oficina.
Ni yo mismo supe por qué. Llegué antes que el guardia de seguridad rotara su turno, antes que nadie. Me serví un café de la máquina, que sabía a plástico quemado, y me senté en mi mesa a esperar.
A las seis y cuarenta y cinco, ni rastro de Alice.
A las siete, nada.
A las siete y cuarenta y cinco, miré la puerta. Ni café ni pasos ni dos golpecitos suaves. Solo el silencio. Cogí la taza vacía y la dejé a un lado.
A las ocho menos diez llamé por el interno.
—Recursos humanos.
—Helga. ¿Ha avisado Alice de algo?
—Buenos días, Ronan.
—Buenos días. ¿Ha avisado?
—Llamó a primera hora, sí. —Escuché el ruido de unos papeles—. Dice que está enferma. Una gripe, creo. No ha podido venir.
—¿Gripe?
—Eso ha dicho. Se le oía fatal. —Hizo una pausa—. ¿Pasa algo?
—No.
—Ronan.
—No pasa nada. Era para saber, nada más.
Colgué.
Una gripe. Era perfectamente normal. La gente se pone enferma. Los resfriados no avisan. Ayer mismo la había visto con los ojos hinchados y la cara pálida, y pensé que había llorado, pero a lo mejor ya venía incubando algo. Muy normal.
Entonces, ¿por qué me apretaba el pecho?
Pasé la mañana mirando el reloj. Callum entró hacia las once con una carpeta, la dejó sobre mi mesa y se quedó de pie, sin irse.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada. —Se encogió de hombros—. Es que hoy no has gritado a nadie. Ni siquiera a mí.
—Tengo mucho trabajo.
—Ya.
—Callum.
—Ya me voy.
Cuando salió, abrí el correo de Alice, el que ella gestionaba en mi nombre, y vi que todo estaba al día. Agenda ordenada, llamadas anotadas, informes archivados. Había dejado hasta una nota en mi pantalla.
Reunión con Oslo: jueves, 10:30. Documentos en la carpeta azul. Mi propia letra me parecía fea y torpe al lado de la suya.
Alice, la que no se olvidaba de nada, había organizado hasta su propia ausencia.
Me guardé el móvil en el bolsillo y salí a comer solo. No tenía hambre. Volví a las dos, y su silla seguía vacía. La lámpara apagada. El vaso de plástico con bolígrafos, exactamente donde lo había dejado.
Me quedé un rato de pie, mirando ese sitio.
Y me di cuenta de que lo había echado de menos. Esa silla. Esos dos golpecitos. El café. Una semana. Una puñetera semana, y mi cuerpo ya había aprendido el ritmo de su presencia, como se aprende el sonido de una canción.
Lo dejé pasar. Me dije que al día siguiente volvería y todo seguiría igual.
Al día siguiente, tampoco.
Llegué a las siete menos veinte. Esta vez ni me molesté en disimular. Me quedé de pie junto a la ventana de mi despacho, con los brazos cruzados, mirando el ascensor. Cada vez que se abrían las puertas, me daba un vuelco el estómago. Primero un mensajero. Luego dos administrativos de contabilidad. Luego el de la limpieza. Ella no.
A las ocho llamé al interno otra vez. Helga no contestó. A las ocho y media, tampoco.
A las nueve entré en su zona y abrí el cajón de su escritorio, sin saber qué buscaba. Un paquete de pañuelos. Una libreta pequeña con su letra apretada. Un bolígrafo azul. Una barra de cacao para los labios. Nada más. Ni una foto, ni una nota, ni una sola cosa que dijera quién era ella cuando salía de allí.
Cerré el cajón.
A las diez en punto sonó mi teléfono, era la extensión de recursos humanos.
—Dime —respondí corto.
—Ronan. —La voz de Helga sonó distinta.
—Helga, ¿qué ha pasado?
—Alice ha renunciado.
Me quedé de piedra.
—¿Cómo que ha renunciado?
—Ha mandado un correo hace diez minutos. Renuncia irrevocable, por motivos personales, con efecto inmediato. No ofrece más explicaciones. Ni una línea. Tampoco da un número de contacto nuevo, y el que tenemos está apagado. —Oí cómo respiraba por la nariz—. Ha renunciado así, sin causa aparente.
—No puede ser.
—Pues lo es.
—Habrá un error. Ella no…
—¿Qué le hiciste de nuevo a esa muchacha, Ronan?
Lo dijo de mala gana, con reproche. Esa voz que ha visto demasiadas cosas y no se las traga. Detrás de las palabras, vi un rostro muy concreto: el de Helga mirándome por encima de las gafas, cruzada de brazos.
—¡Nada! —solté, más fuerte de lo que quería—. Nada, Helga, te juro que nada.
Sentí cómo me ardían las orejas. Lo dije sin pensar, sin dudar, como quien rechaza una acusación injusta. Y a la vez, en el mismo segundo, algo dentro de mí tembló.
Nada.¿Nada? Le había gritado en la oficina. Había levantado una hoja de papel delante de su cara. La había visto encogerse como una niña. Le había pedido perdón, sí, pero un perdón no borra el miedo. Y la había llevado a casa, en coche, y le había preguntado si su marido le pegaba, y ella había dicho que no con tres noes seguidos.
¿Nada?
—Ronan —dijo Helga, ya con otra voz—. ¿Sigues ahí?
—Sí.
—Si ha pasado algo, tienes que decírmelo.
—No ha pasado nada.
—De acuerdo.
Una pausa larga.
—Voy a intentar localizarla —añadió—. Y tú, mientras tanto organízate como puedas, de nuevo me pondré en campaña para buscarte nueva asistente.
—¡NO! —exclamé.
—¿No quieres una nueva asistente? —preguntó Helga.
—No, no busques aun, intentaré hablar con Alice —contesté y ella hizo un silencio largo al otro lado.
—Ok, bueno, tu me avisas, Ronan.
Colgó.
Me quedé de pie, con el teléfono en la mano, mirando una pared vacía.
Después me senté.
Han pasado muchas secretarias por esta oficina, si contamos las suplencias de Eleanor, las candidatas rechazadas, las de la agencia. Las he despedido. Nunca me quitó el sueño ninguna. Nunca me acordé de una cara cinco minutos después de ver la espalda.
Si Alice quería irse, que se fuera. Hay decenas de mujeres que matarían por trabajar para mí, con mejores currículums y menos tropiezos. Podía tener otra asistente en una semana. Debería haberme dado igual.
Pero no era eso lo que me apretaba el pecho.
Alice no era una secretaria más. Era la que, con una excusa inventada y una mentira mal contada, había salido corriendo de mi oficina como alguien que huye de un incendio…
Algo no cuadraba. Algo no había cuadrado desde el principio.
Una gripe. Una renuncia sin motivos, sin despedida, así como así.Yo sabía que pasaba algo en la vida de Alice. Lo había sabido desde el primer día, desde el temblor de sus manos, y había preferido mirar hacia otro lado. Pero ya no iba a quedarme sin saber qué era.
Me levanté y tomé la chaqueta del respaldo del sillón, me la puse sin molestarme en abrocharla, y salí de mi oficina.
Bajé hasta el estacionamiento y me apresuré a subirme a mi auto, sentía un fuerte golpeteo en mi pecho y no entendía porque.
Aparqué en doble fila frente al portal y ni siquiera me molesté en cerrar bien el coche.
Un hombre mayor, con chaleco de punto y una escoba en la mano, barría los escalones de la entrada. Levantó la vista al verme bajar del coche.
—Buenos días —dije. Me acerqué casi sin darme cuenta de que caminaba deprisa—. Estoy buscando a una chica. Alice. Lleva gafas, falda larga, el pelo trenzado.
El hombre no preguntó quién era yo ni para qué la buscaba. Me miró de arriba abajo, miró mi traje, mi coche y se apoyo contra la escoba.
—Segundo piso —dijo—. Puerta izquierda.
—¿La conoce?
—Todos la conocemos. —Se encogió de hombros, y por un momento pareció a punto de añadir algo más. Pero se limitó a bajar la voz—. Es una buena chica.
No hizo falta que dijera más.
Subí las escaleras de dos en dos. En el segundo rellano me paré. Delante de mí había una puerta de madera marrón, con una mirilla de latón y un felpudo gastado que ya no decía nada. Oí un televisor al fondo, muy bajo.
Respiré hondo. Una vez, dos veces.
No sabía qué esperaba encontrar. No sabía qué iba a decirle. Hacía tres días era un hombre que no se subía a un coche para ir tras una empleada. Ahora estaba delante de una puerta desconocida, con las manos sudadas, con el corazón latiéndome en las sienes.
Llamé.
Pasaron unos segundos. Oí pasos. Una cadena que se corría. El chasquido de una cerradura.
La puerta se abrió apenas.
Y ahí estaba.
Alice abrió los ojos de par en par al verme. Se quedó inmóvil, con la mano en el borde de la puerta, sin respirar. Llevaba un jersey gris que le quedaba enorme, el pelo suelto sobre los hombros, sin trenzas. Y en medio de la cara…
Me quedé sin aire.
Tenía la nariz hinchada, el doble de su tamaño normal, de un color entre morado y verdoso que se extendía como una mancha de tinta hacia las mejillas. El moratón le bajaba por debajo de los dos ojos, negro en el centro, amarillo en los bordes, y un corte pequeño, ya seco, le marcaba el puente. Tenía un labio partido. Los párpados, inflamados, apenas le dejaban abrir del todo la mirada.
Algo frío y violento me subió desde el estómago.
—Alice —conseguí decir.
—Señor O'Sullivan. —Su voz era un hilo apenas audible—. ¿Qué hace usted aquí?
Se me apretaron los dientes tanto que me dolió la mandíbula. Sentí la rabia crecer por dentro, espesa, como una marea que sube. No era la rabia de cuando se me cae un contrato. Era algo que no había sentido nunca. La que se siente cuando alguien ha hecho daño a una persona que no puede defenderse.
—¿Qué te ha pasado? —pregunté entre dientes.
—Nada. —Intentó sonreír, y se le abrió el labio partido. Hizo una mueca—. Me caí. Resbalé en… en la cocina, y me di con el aparador. Soy muy torpe, ya lo sabe, es una tontería…
—¿Te has caído?
—Sí.
—Y tampoco has ido a un médico.
—No hace falta. No es nada.
La miré. Ella evitó mi mirada. Y entonces vi lo que no había querido ver desde el principio: los ojos se le movían hacia atrás, hacia la oscuridad del pasillo, cada pocos segundos, rápidos y furtivos. Como un animal que vigila su espalda. Hablaba bajito, tan bajo que tuve que inclinarme para oírla. Con la mano libre se sujetaba la muñeca de la otra, para que no le temblara.
—Renunciaste —dije—. ¿Por qué?
—No puedo seguir trabajando con usted, señor, yo…
—Mentira.
—Es verdad. He pensado que…
—Alice, mírame.
—Yo… no puedo, de verdad, lo siento muchísimo, le agradezco todo lo que…
—Alice, ¿quién es?
La voz vino de dentro.
A Alice se le fue el color de la cara de golpe. Se quedó rígida. La mano que sujetaba la puerta se le abrió y se le cerró otra vez. Y antes de que pudiera decir una palabra, la puerta se abrió de par en par.
Un hombre apareció en el umbral.
Era alto, de mi estatura más o menos, un poco más bajo, con el pelo castaño bien peinado de esa forma aburrida de los que salen en las revistas de las iglesias.
Se colocó delante de Alice, tapándola con medio cuerpo. Como se cierra una puerta para esconder lo que hay dentro.
—¿Qué desea? —preguntó.
Lo miré de arriba abajo, despacio.
—Soy el jefe de Alice —dije, con una calma que no sentía—. Quería saber por qué no ha ido a trabajar.
Le sostuve la mirada. Él me la sostuvo a mí.
Fueron unos segundos largos. Largos de verdad. Dos hombres midiéndose en un pasillo estrecho, sin mover una pestaña.
—Ella no volverá a trabajar —dijo al fin.
—Eso tendrá que decírmelo ella.
—Ya se lo digo yo. Soy su marido. —Ladeó la cabeza—. Y me pregunto por qué un jefe se toma la molestia de venir hasta aquí a buscar a una empleada que ni siquiera lleva dos semanas en su empresa. ¿Tiene usted algo con mi esposa?
—¿Perdón?
Me salió con un gruñido.
—Lo que ha oído. —La sonrisa se le había borrado—. Mi esposa es una mujer casada y decente. No vuelva a mi casa a molestarla. No quiero que se acerque a ella. Ni usted ni nadie de su empresa. ¿Ha quedado claro?
Tenía las manos cerradas en puños. Respiré por la nariz, muy despacio, para no hacer una locura.
—Es ella quien tiene que decidir si desea o no trabajar, ¿no le parece?
—Anda —dijo él, volviéndose hacia Alice. Su tono cambió por completo. Se volvió suave, casi cariñoso, y eso me dio más asco que cualquier grito—. Dile, cariño. Dile que no vas a volver a trabajar.
Alice no se movió.
Estaba justo detrás de él, medio escondida en la sombra, con la cabeza gacha. Pude ver cómo le temblaban los hombros. Cómo se le hundían los dedos en la tela del jersey. Pude ver sus pies descalzos sobre el suelo frío, uno encima del otro, como una niña que quiere hacerse pequeña.
—Alice —dijo el hombre.
—No… —Su voz salió ronca y se aclaró la garganta. Levantó apenas la cabeza, y sus ojos se encontraron con los míos por un segundo. Un solo segundo. Había en ellos tanto miedo y tanta vergüenza que me dolió físicamente—. Ya se lo dije, señor O'Sullivan. He presentado mi renuncia. No volveré a trabajar en su empresa.
Cada palabra le costó un mundo. Se la veía en la cara.
Él sonrió, satisfecho.
Yo no me moví.
Podría haber dicho mil cosas. Podría haberle dicho a ese hombre lo que pensaba de él. Podría haber agarrado a Alice de la mano y sacarla de allí a rastras. Pero ella me había mirado, y en esa mirada había una súplica muda, desesperada, que lo cambiaba todo:
no hagas nada. Por favor.Entendí que, si me quedaba un segundo más, él iba a hacérselo pagar.
—Está bien —dije. —Entonces, no la molesto más.
—Eso es lo que le he pedido.
—Alice. —No miré a ese idiota. La miré a ella, solo a ella—. Tu puesto sigue ahí. Cuando quieras. Para lo que sea.
El dejó de sonreír.
—Buenos días —dijo.
Y me cerró la puerta en las narices.
El portazo retumbó. Después, silencio. Un silencio espeso, de esos que se te meten en los huesos. Me quedé de pie delante de la madera marrón, con la mirada fija en la mirilla.
No sé cuánto tiempo estuve allí. Debieron de ser segundos. A mí me parecieron horas. Tenía las manos tan apretadas que se me habían clavado las uñas en las palmas. La rabia me temblaba por dentro, sin salida, sin dónde ir.
Bajé las escaleras muy despacio. En el portal, el hombre de la escoba seguía allí. Me miró. Subí al coche. Cerré la puerta. Apoyé la frente en el volante.
—¿Qué carajos hago? —dije en voz alta.
Volví a la empresa sin saber cómo había llegado, subí en el ascensor mirando el suelo, y me encerré en mi despacho. Me senté en mi sillón y me quedé mirando la pared de enfrente, sin ver nada.
Pasaron una hora, dos, tres. No me moví. Alguien llamó a la puerta y no contesté. Oí a Callum hablar con la secretaria nueva de la planta, una chica que Helga había asignado de urgencia para cubrir el hueco, y ni siquiera levanté la cabeza.
Yo solo veía su cara.
La nariz hinchada, negra, rota. Los ojos amoratados. El labio partido.
Me caí.Me caí.
Solté una risa corta, amarga. Esa es la excusa más idiota que da una mujer que sufre maltrato. La más vieja, la más gastada, la que usan todas porque no son capaces de decir la verdad. Porque la verdad da vergüenza. Porque la verdad es peligrosa. Porque la verdad significa admitir que quien debía cuidarte es quien te hace daño.
Y yo lo había sabido.
Lo había sabido desde el primer día. Desde el temblor de las manos, desde el hambre mal disimulada, desde la forma de encogerse cuando alguien levantaba la voz. Desde ese día en que cubrió la cara con los brazos delante de mí. Yo lo había visto todo, y había preferido llamarlo
carácter ,
timidez ,
torpeza. Porque era más cómodo. Porque no era asunto mío.
Me levanté. Caminé hasta la ventana y apoyé las dos manos en el cristal.
No podía quedarme así. No podía sentarme a esperar que ella me llamara, porque no iba a hacerlo. Conocía a las mujeres como Alice. No piden ayuda. Piden perdón.
Saqué el móvil. Busqué un nombre en la agenda.
—Hayes.
—Oliver. Soy Ronan.
—Ronan O'Sullivan. —Se rio, con esa risa ronca que le conocía desde la secundaria—. Joder, qué sorpresa. ¿Te han puesto una multa? ¿Has atropellado a alguien?
—Necesito verte. Hoy.
La risa se le cortó.
—¿Es grave?
—Es importante.
—Estaré ahí en una hora —dijo.
Oliver Hayes era inspector en Scotland Yard desde hacía once años. Habíamos estudiado juntos en la secundaria, fuimos buenos amigos, el que me ayudó a sobrevivir a los primeros meses en un país que no era el mío, cuando todavía hablaba con acento y me llamaban
el irlandés. Después de eso cada uno siguió su vida y su carrera. No nos veíamos mucho. Dos o tres veces al año, una cerveza, un partido. Pero era de las pocas personas en las que confiaba y a quien ayudaría sin dudarlo.
Llegó a las seis, con gabardina y cara de cansancio. Se sentó frente a mí y se serví un whisky.
—Cuéntame.
Se lo conté todo. Desde el principio. Oliver me escuchó sin interrumpir, con los codos apoyados en las rodillas. Cuando terminé, se quedó un rato callado.
—Dame el nombre del bastardo.
—Simon Hartley —es lo único que sé.
—¿Dirección?
Se la di.
Anotó en una libreta pequeña, sin comentarios. Se levantó, me apretó el hombro y dijo:
—Voy a hacer averiguaciones. Te llamo esta tarde.
Se fue.
Esperé.
No hice nada. Revisé correos sin leerlos. Firmé papeles sin mirarlos. Cada diez minutos miraba el móvil. A las ocho y cuarto de la noche yo seguía en la oficina y mi telefono sonó.
—Dime.
—Ronan. Tu hombre es Simon Edmund Hartley. Treinta y un años. Agente comercial en una aseguradora. Sin antecedentes. Ni una denuncia, ni una multa, ni una discusión de bar. Cero.
—Eso es imposible.
—Es lo que hay. Es hijo del reverendo Edmund Hartley, de la Iglesia de la Gracia Renovada. Una familia muy conocida en esa comunidad. Son de esos a los que la gente va a pedir consejo. Muy respetados y queridos. Según me han dicho, un hombre recto, intachable. Trabajador, sin vicios, siempre en el primer banco de la iglesia.
Cerré los ojos.
—Ese es un maldito abusador —dije.
—Ronan…
—Esos son los peores, Oliver. Los que tienen buena fama. Los que nadie sospecha. Los que tienen una reputación que proteger. A esos nadie los denuncia, porque a ellos todos les cree.
—Lo sé. —Su voz era seria—. He visto cientos. Pero tienes que escucharme: si ella no lo denuncia, va a ser muy difícil.
—¿Difícil?
—Imposible, casi. Sin denuncia, sin parte médico, sin testigos, no puedo tocarlo. Un vecino que dice haber oído gritos no es nada. Una mujer que dice que se cayó, menos. Es su palabra contra la de un hombre sin una sola mancha. Si ella dice que no, no hay nada que hacer.
—¿Y sugieres que me quede sin hacer nada? —Apreté el teléfono hasta que me dolieron los dedos—. ¿Sabiendo que esa mujer puede estar sufriendo lo peor ahora mismo? ¿Sabiendo lo que le han hecho ya?
—No sugiero eso.
—¿Y sus padres? ¿Alguien de su familia? ¿No hay nadie que…?
—He hablado con un conocido de la parroquia. Su padre, el padre de ella, es un hombre muy estricto y religioso. Una de esas familias que no hacen preguntas. —Hizo una pausa—. Probablemente no saben nada. O, si lo saben, lo justifican. Siempre lo justifican, Ronan. «Es un buen hombre.» «Habrá tenido un mal día.» «Reza más y verás cómo se arregla.»
Me pasé la mano por el pelo, con fuerza, hasta tirarme de la raíz.
—Maldita sea.
Oí cómo Oliver respiraba al otro lado.
—Necesito que me hagas un favor —dije al fin.
—¿Qué deseas?
—Necesito que hagas algo y lo lleves preso.
—¿Perdona?
—Solo unas horas. Solo unas horas, Oliver. Lo que sea. Una infracción, un control, un papel pendiente, lo que se te ocurra. No me importa. Solo necesito que ese hombre pase unas horas lejos de esa casa. —Me temblaba la voz y no me molesté en disimularlo—. Necesito una oportunidad para hablar con ella. Para hacerle entender que no tiene por qué quedarse ahí. Que no está sola, que yo voy a ayudarla.
Hubo un silencio largo.
Después Oliver soltó una carcajada de las que se le escapan cuando alguien le pide algo disparatado.
—Estás loco.
—Lo sé.
—Esto no es legal.
—Lo sé.
—Mírate, Ronan. Nunca te había oído hablar así por nadie. ¿Quién es esa mujer?
—Mi asistente.
—Ya. —volvió a reir—. Tu asistente.
—Oliver.
—Vale, vale. —Suspiró—. Veré qué armo con mis camaradas. Hay un par que me deben favores. Y que conste que yo no me he enterado de nada de esto.
—Gracias.
—No me des las gracias todavía. Cuando tenga un plan, te aviso.
—Cuídate, O´Sullivan.
Colgó.
Dejé el móvil sobre la mesa. Me recosté en el sillón y miré el techo. Pensé en ella.
—Solo necesito una oportunidad, Alice —dije en voz alta, en el despacho vacío—. Solo una. Y te sacaré de ese infierno.
Lamento la demora en esta actualización, he estado un poco mal de salud, aqui voy recuperandome. Veremos que hace Ronan para ayudar a nuestra preciosa Alice.