Capítulo 4: Raro
David
“¿Y si digo que no?”
La pregunta se queda flotando dentro del auto durante todo el trayecto, tan pesada que puedo sentirla instalada en el asiento del copiloto, con las piernas cruzadas y el vestido rojo. Ese maldito vestido rojo que me hace apretar el volante con las dos manos. Dentro del auto, el silencio es tan denso que casi se puede cortar con un cuchillo. Isabella mira por la ventana, con el codo apoyado en la puerta y la barbilla en la mano, fingiendo que el paisaje le parece fascinante pero yo sé que no. Ella disfruta todo esto y me muevo incómodo con ganas de responder, de decirle que si no acepta se rompe el contrato, de decirle que no tengo que darle explicaciones o decirle cualquier cosa, solo que abro la boca y la cierro sin decir nada. ¿Qué se supone que diré? ¿Que no soporto la imagen de la mano de Marco en su brazo? ¿Que cuando lo vi pegado a ella en esa pista de baile, con esa sonrisita de seductor barato, sentí algo parecido a las ganas de arrancarle el brazo y devolvérselo envuelto en papel de regalo? Es ridículo, sé que lo es y lo peor, no sé lo que sucede conmigo ahora mismo, aunque si, si sé lo que pasa, es una cuestión de orgullo, de imagen.
—¿Vas a contestarme o piensas conducir hasta Canadá? —pregunta Isabella de pronto, sin mirarme.
—Estoy pensando.
—Qué raro, pensé que ya lo tenías todo muy claro —aprieto más el volante.
—Isabella.
—¿Sí, esposo? —la palabra me hace tensar mi mandíbula con rabia.
—Cállate —ella solo sonríe y vuelve a mirar por la ventanilla y yo piso el acelerador queriendo llegar ya a la casa.
Al llegar a la casa la encontramos en completo silencio. Respiro hondo y dejo las llaves, luego aflojo un poco mi corbata y camino hacia las escaleras para ir hacia mi habitación y fingir que esta noche nunca existió, solo que la luz del salón me permite ver algo en el sillón y me detengo por completo. En el sofá, sentados muy juntos, con las piernas colgando y los ojos pesados de sueño, están Liam, Lia y Luca. Muy despiertos, a esta hora y en pijama. Con un montón de hojas de colores desparramadas sobre la alfombra.
—Deberían estar dormidos hace horas —susurra Isabella que se acerca y hago lo mismo. Luca es el primero en vernos y se pone de pie sosteniendo una hoja contra su pecho.
—Papá —dice bajito —te esperábamos —me quedo inmóvil, Lia también se levanta y Liam la sigue con cara de sueño, los tres me miran y odio notar que hasta en los gestos se parecen a su madre.
—Hicimos dibujos —explica Lia, estirando uno hacia mí —Para la cena, pero no llegaste —bajo la vista, es un dibujo torpe, de líneas temblorosas y cuatro personas tomadas de la mano frente a una casa o bueno, eso parece y algo se mueve dentro de mí.
—Es el mejor —dice Liam que extiende otro —El mío tiene un dragón —sonríe.
—Y el mío un perro —murmura Luca mirando mis ojos.
—Y el mío tiene a Isa —termina Lia que le sonríe a esta e Isabella sonríe encantada mientras yo me quedo callado sin saber qué decir.
—Es para agradecer la fiesta —comenta Liam y entrecierro los ojos, mi mirada va hacia Isabella que baja la suya tensa y suspiro, dios.
—¿Fiesta? —frunzo el ceño y los tres se me quedan viendo —¿qué fiesta? —ellos hacen silencio, luego miran a Isabella y entonces bajan sus miradas —A la cama —ordeno con la voz más ronca de lo que pretendía —Todos a dormir, es tarde. —agrego antes de alejarme yendo rápido hacia mi habitación.
Cuando amanece salgo de mi habitación y camino hacia el comedor recordando aún todo lo de ayer, por más que quise, no pude borrar nada de mi mente. Al llegar Isabella ya está en la mesa, con el pelo suelto y una taza de café entre las manos, observándome con una expresión demasiado tranquila para mi gusto e incluso sonríe al verme, yo solo tomo asiento.
—Buenos días —saluda y solo asiento con la cabeza hasta que un papel doblado aparece frente a mí en la mesa y levanto la vista.
—¿Qué es esto?
—Léelo —responde y bebe un sorbo de café con calma, dando un suspiro largo desdoblo el papel con desconfianza, está escrito a mano y el título me hace arquear una ceja.
NUEVAS CLÁUSULAS DEL CONTRATO (por si las reglas cambian) —la miro luego de leer eso y entonces bajo la mirada a la hoja para leer los siguientes puntos en vos baja:
1. Si el señor David exige fidelidad, la señora Isabella exige lo mismo, sin excepciones, sin “bailes románticos” y sin exnovias nostálgicas —este casi me hace reír pero me aguanto.
2. Prohibido arrastrar a Isabella fuera de una cena como si fuera un saco de papas.
3. Prohibido amenazar a invitados con quedarse con alguna parte de su cuerpo —alzo una ceja con este y aprieto mis dientes, ¿intenta defender al imbécil ese?
4. El señor David deberá sonreír, como mínimo, una vez por semana y con dientes.
5. La señora Isabella tendrá derecho a organizar una fiesta para los niños, que nunca han tenido una.
Termino de leer y leo la quinta cláusula otra vez, luego levanto la vista, Isabella solo sonríe como una niña tomando su café cargada de una inocencia que sé que no tiene y suspiro.
—¿Lo hiciste tú? —no dice nada —parece escrito por una cría de seis años —su mandíbula se tensa.
—Tú quieres cambiar las reglas y estas son las mías David —sonríe.
—¿Por qué te importa tanto lo del coqueteo? —suelto la pregunta y comienza a toser atragantada por el café, yo solo sonrío y ella busca mi mirada sin responder justo como yo ayer. Reviso el papel una vez más, todo me parece bien, pero tomo mi bolígrafo y tacho la quinta cláusula jugando a su juego.
—Esto no —digo sin mirarla —te dije que no quería fiestas ni que te hicieras amiga de mis hijos Isabella y eso sigue en pie, no haré una fiesta, ¿quedó claro? —miro sus ojos, pero los suyos están fijos en la puerta y cuando me giro ahí están ellos, los tres pequeños mirándonos tristes y niego con la cabeza cuando se alejan. Isabella me mira tensando su mandíbula.
—Nunca han tenido una fiesta de cumpleaños —insiste y suspiro.
—Ya te dije que
—Nunca han tenido una fiesta de ningún tipo David —alza la voz y aprieto los dientes. —Ellos quieren y necesitan que
—No —dejo claro viendo como se tensa.
—Sería algo pequeño —sonríe —ni siquiera lo notarás, microscópico —se acerca a mí cuando me pongo de pie —pequeñísimo David, los niños merecen
—Sé lo que merecen mis hijos —corto sus palabras cansado —Y lo que necesitan ahora es tranquilidad. No ruido, no caos, no veinte desconocidos en mi sala. Ni cumpleaños, ni reuniones pequeñas, ni una cosita de nada. ¿Quedó claro? —me pierdo en sus ojos esperando que diga algo.
—Como tú digas, David —murmura con voz dulce y entrecierro los ojos, pero ella solo sale del comedor sin decir más nada. ¿En serio aceptó tan fácil? Sonrío pensando en eso y voy directo a la salida mirando mi reloj, la empresa me espera aunque antes me detengo y miro hacia las escaleras que llevan a las habitaciones, seguramente Isabella está ahí en busca de los trillizos hablando con ellos y suspiro, bueno, ya le dejé claro que no quería fiestas y espero ella pueda respetar eso.
Tres días, ese es el tiempo que ha pasado desde que le dije a Isabella que nada de fiestas y desde ese día estoy paranoico, veo cosas, siento cosas y todo me parece raro. Más de una vez he encontrado a Isabella hablando con los tres niños bien cerca sentados en el suelo y en círculo y cuando me han visto, solo se han callado, han dicho cosas incoherentes como que el día está hermoso cuando en realidad ha estado lloviendo aunque bueno, quizás solo son ideas mías. Y lo último fue ayer, cuando entré a la cocina en busca de agua y al verme, los tres niños se quedaron paralizados alrededor de la isla, inclinados sobre algo que escondieron detrás de la espalda con una rapidez espléndida que me dejó muchas dudas.
—Buenas tardes —dijo Luca, demasiado serio para su edad.
—Buenas tardes —respondió Liam, mirando al techo y alcé una ceja. Lía no dijo nada, solo se limitó a sonreír con los labios muy apretados y a taparse la nariz con una mano, gesto que conozco bien y que hasta su madre hacía cuando escondía algo.
—¿Qué esconden? —cuestioné notando lo nervioso que se pusieron.
—Nada —dijeron los tres al mismo tiempo.
—¿Qué tienes detrás de la espalda, Luca? —me crucé de brazos esperando.
—Una… tarea —alcé una ceja sin comprender.
—Tienes seis años.
—Es una tarea muy avanzada. —Los observé en silencio unos segundos de más, ellos me sostuvieron la mirada con una dignidad ridícula y finalmente, serví mi agua y salí de la cocina, aunque en el pasillo me detuve y escuché cómo explotaba un coro de risitas ahogadas. Claramente, eso no era normal o quizás yo estaba imaginando cosas.
Ahora camino hacia mi habitación con una revista en mis manos, es casi medianoche y el silencio en la casa es roto por un murmullo, uno que logra detenerme y frunzo el ceño, es en la sala de juegos y me acerco a la puerta con cuidado, sin lograr entender nada, pero escucho los sonidos y confundido llevo mi mano al picaporte de la puerta, muevo este y al instante todo se queda en silencio y eso sí que es raro.
—¿Isabella? —pregunto con la voz más tranquila que puedo fingir —¿Con quién hablas? —logro escuchar movimiento dentro, pero la puerta está bien cerrada y tenso mi mandíbula queriendo entrar tirando esta abajo, solo que mantengo la compostura.
—¡Con nadie! —me grita desde el otro lado —¡Estoy… rezando! —agrega y miro la puerta alzando una ceja, ¿escuché bien?
—¿Rezando? —cuestiono sin entender.
—Si David —dice con fastidio, pero sin abrir la puerta —¿acaso no sabes lo que es rezar? —bufo.
—¿En el cuarto de juegos? —me alejo de la puerta y las ganas de tirarla abajo se hacen más fuerte.
—Es más tranquilo —dice normal o bueno, como si fuera normal.
—Son las once y media —murmuro mirando el reloj.
—Dios no tiene horario —responde, me preparo para hacer caer la puerta, pero entonces ella sale, sonriendo, con su cabello suelto y un pijama demasiado ajustado, demasiado transparente que me hace aguantarle la mirada.
—¿Me vigilas? —cuestiona acercándose a mí, demasiado y acabo dando un paso atrás.
—No sabía que eras religiosa —frunzo el ceño, nadie de su familia lo es.
—Hay muchas cosas que ignoras de mi David —comenta mordiendo su labio y debo dejar de mirarla.
—Dudo que dios escuche tus oraciones —mascullo alejándome de ella.
—¿Dijiste algo? —cuestiona, pero no respondo y me apresuro a ir a mi habitación queriendo sacarme su imagen de mi cabeza.
Holaaa. ¿Creen que Isabella estuviera rezando? Jajaja bueno, en el próximo veremos qué hacía y qué planea junto a los trillizos. Los leo en los comentarios. Saludos!😅🤣