Capítulo 6: Caos
David
El silencio en el comedor es infernal, siempre me ha gustado el silencio, pero este se siente diferente. Los tres pequeños e Isabella no han dejado de mirarme ni un segundo mientras desayunamos o bueno, yo desayuno y sus miradas ya me incomodan mucho. Me muevo incómodo en mi silla y bebo un trago de café, siento sus miradas y respiro hondo poniéndome de pie arreglando mi traje deseando ya salir de la casa, subir a mi auto y llegar a la empresa porque sí, es mejor ir al trabajo y nadar entre tiburones que sostener esas miradas incómodas.
—¿Ya te vas papá? —se preocupa Lia y entrecierro los ojos mirándola, al instante ella lleva una mano cubriendo su boca y su nariz, gesto que comienzo a odiar y que me da muy malas sensaciones, doy un paso hacia ellos, pero Isabella se acerca.
—Preparé tu almuerzo —dice con una enorme sonrisa moviéndose rápido y acercándose a mí —eché en tu maletín este y también merienda —sigue sonriendo mirando mis ojos —ya vete David, seguramente tienes largas y aburridas reuniones que
—Ya me iba —murmuro mirando sus ojos y alejándome un poco, paseo la vista por los cuatro, todos sonriendo demasiado y parecen desesperados, desesperados porque yo salga de la casa y respiro hondo, ideas mías, sí, es eso y pensando así tomo mis cosas y camino hacia la puerta principal. Cuando salgo escucho risas dentro, muevo mi cabeza negativamente y solo voy hacia el auto, subo a este, miro hacia la casa y ahí están, los cuatro en la puerta, vigilando que arranque el auto, bufo y eso hago a toda velocidad sin entenderlos, pero bueno, Isabella nunca ha sido normal.
Llegar a la empresa fue rápido a pesar de la distancia, dejar de pensar en Isabella, no, ella no sale de mi cabeza, su sonrisa, su forma de actuar y dios, su manera de vestir cuando va a dormir me provoca dolor de cabeza. Paso las manos por mi rostro en plena reunión mientras escucho al director de finanzas hablar y si he logrado comprender algo ha sido todo un milagro. Miro mi reloj deseando ya que la reunión acabe aunque dios, tengo otra y suspiro, apenas son las diez de la mañana. Cuando la reunión acaba camino con prisa hacia mi oficina.
—Nera —mi secretaria me mira cuando digo su nombre —lleva el contrato que firmaremos con los nuevos socios a mi oficina —ordeno y me doy la vuelta.
—Pero señor —su voz me detiene —le di ese contrato ayer —agrega y la miro frunciendo el ceño y entonces lo recuerdo. Desesperado entro a mi oficina y voy hacia mi escritorio, rebusco en este, pero no encuentro nada y tomo mi maletín, tampoco está dentro de este y paso las manos por mi rostro intentando hacer memoria hasta que algo se activa dentro de mí, cambié de maletín porque el otro se había ensuciado y bufo negando con la cabeza, perfecto, tendré que volver a la casa para entonces regresar a la empresa y hacer esa reunión en donde si o si debo conseguir que firmen el dichoso contrato.
Treinta segundos, ese es el tiempo que asumí me tomaría entrar a mi casa, tomar el contrato y salir, pero cuando detengo el auto y bajo de este lo primero que noto es la música, música, hay música en mi casa y frunzo el ceño porque esta se escucha bastante alto. Camino despacio, tan despacio que parece una película de misterio o mejor, de terror porque tengo miedo de entrar por la puerta, puerta en donde hay un enorme arco de globos de todos colores en esta y trago en seco mirando esto como si fuera de otro planeta. Miro hacia todos lados creyendo haberme equivocado de casa, pero no es así, es mi casa y entonces todo llega a mi mente, Isabella insistiendo con una fiesta, los niños actuando con misterio, sus ganas de que hoy saliera de casa y entonces empujo la puerta. Confeti, eso es lo primero que veo por todos lados y serpentinas, hay en cada espacio de la casa, incluso en esa lámpara de cristal que costó más que mi primer auto. Aprieto los puños y cuando escucho el grito doy un paso atrás, aparece un niño que no conozco corriendo, disfrazado de dinosaurio que corre con un pastelito en sus manos y es perseguido por otros.
—¿Dónde está mi sofá? —murmuro mirando el salón vacío que no permanece así mucho tiempo porque una banda de criaturas diminutas llegan corriendo, saliendo de todos lados, niños, más de treinta juraría y camino un poco más adentrándome en la casa intentando no chocar con ninguno hasta que veo la fuente de chocolate, una enorme fuente y hay tres niños metiendo sus manos en esta y bebiendo directamente y entonces lo reconozco, de esos tres niños uno es Luca y me quedo mirándolo tenso, tiene chocolate hasta en sus cejas y ríe feliz con eso. Escucho otro grito, es de Liam que corre y su cabello está pintado de azul, lo sigue Lia riendo como una loca con su cabello suelto y merengue en toda su ropa y entonces Lia me ve, se detiene, toca a Liam y este también se detiene y entonces Luca también me encuentra con la mirada, la música sigue, pero ellos se han congelado y yo también.
—Papá… —susurra uno de ellos—... llegó temprano.
—¿Sorprendidos? —cuestiono con una calma aterradora, esa que uso en las juntas —Y qué casualidad. Yo también estoy sorprendido de ver mi casa convertida en una discoteca infantil. —tenso mi mandíbula, ellos siguen tensos mirándome aterrados y abro la boca, lleno de aire mis pulmones y
—¡ISABELLA! —grito con rabia, fuerza y desconcierto creyendo que al fin he conseguido hacerme con el control hasta que Isabella cruza una puerta cantando y al verme se detiene en seco y la música como si fuera magia se apaga. Lleva un delantal manchado de pastel y chocolate y sabrá dios que más y en una de sus manos una pistola de plástico de colores brillantes de esas que lanzan pintura. Nuestras miradas se cruzan y ni siquiera logro descifrar la suya porque veo de todo excepto vergüenza o culpa que es lo que debería sentir ahora o simplemente arrepentimiento, pero no hay nada de eso.
—David… —susurra con una vocecita dulce —Qué sorpresa verte tan… temprano. —su mirada va hacia el reloj.
—Isabella —hablo con los dientes apretados—¿Qué es todo esto?
—Esto… —mira a su alrededor como si recién se diera cuenta del caos— …es una reunión pequeña —sonríe y aprieto más mis dientes —Una cosita de nada. —abro la boca —Técnicamente —habla sin dejarme hacerlo a mí—no es lo que piensas, esto no es una fiesta. Es un evento recreativo y educativo para el desarrollo social de los niños. —acaba con una enorme sonrisa y me pierdo en su mirada pensando que no habla en serio.
—Debe acabar ya —gruño molesto y ella niega rápido —quiero que todos salgan y
—¡Nadie se va de aquí! —Isabella alza la voz —La fiesta continua David y —da un paso hacia mí, solo uno, pero ella acaba tropezando y sucede demasiado rápido, tropieza, levanta su mano y en segundos la pintura impacta en mi rostro, frío, espeso y escucho risas cuando cierro los ojos. Pintura verde, con un olor horrible y un sabor aún peor, las risas siguen, paso una mano por mi rostro con la mandíbula tensa y aprieto los puños mirando a una asustada Isabella.
—Dios —susurra dejando caer el arma.
—Ni él podrá ayudarte —mascullo, los niños la miran.
—Plan B —susurra, frunzo el ceño sin entender nada y todos salen corriendo de la casa dejándome en medio del caos con la pintura verde en todo mi rostro, traje y hasta en mi boca y aunque sé que es caer bajo salgo corriendo detrás de ella. Persigo a Isabella que corre como si fuera una niña más, pero es bastante lenta, toma el camino hacia la piscina y como un desquiciado la persigo y estiro mi brazo cuando la tengo cerca, ¿el problema? Al atraparla resbalo estando al borde de la piscina y acabo yéndome hacia esta y llevándola conmigo, ambos caemos, nos hundimos y antes de que pueda procesarlo Isabella lanza sus brazos hacia mí como si fuera un simple salvavidas, intento alejarla, pero se aferra, me hace tragar agua y acaba con sus piernas alrededor de mi cintura y sus brazos ahorcándome.
—¿No basta con hacer fiesta —mascullo —desobedecerme y lanzarme pintura? ¿Ahora también pretendes ahogarme? —mira mis ojos.
—No sé nadar —responde simple y tensa, yo también me tenso al darme cuenta de nuestra penosa situación. Ella está pegada a mí, con sus piernas alrededor de mí, mis manos por instinto han agarrado fuerte su cintura y su rostro está cerca, demasiado cerca del mío, tanto que siento cuando su respiración se acelera y me pierdo mirando sus ojos hasta que me doy cuenta de que todos los niños están rodeando la piscina y nos miran confundidos.
Continuará...