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Prólogo.

Silver Hell. 18+ — booknet.com · All chapters

Prólogo.

Hermanas, espero que les guste el inicio de esta historia, estoy muy emocionada por darle la bienvenida a Alesso y a Bianca. Gracias por estar de nuevo aquí, y les agradecería si guardan la historia en su biblioteca, dejan su voto y me comentan que tal les parece esto y si están preparadas para iniciar esta aventura y leer el primer capítulo de estos dos. Las quiero mucho y, de nuevo, gracias por estar aquí. <3

***

Prólogo.

Lo odiaba.

Estaba segura de ello y me lo repetí una y otra vez ahí, viéndolo fijamente sentado en su trono en lo que él llamaba “su sala de juicio”, mientras me observaba con aquella expresión divertida y esa rara mirada que desde lejos parecía negra, pero al estar cerca, muy cerca, la realidad era que el color negro cambiaba por un gris humeante. Un gris que absorbía todo a su alrededor.

Realmente quería quedarme en eso de que lo detestaba, porque si lo hacía, era perverso en todo el sentido de la palabra, un psicópata que no tenía respeto por nada, ni nadie; y deseé aferrarme a esa sensación de odio dentro de mí, pero entonces él siguió observándome desde donde estaba sentado y, tras una pausa, sonrió.

Él sonrió revelando esos dos hoyuelos y el alma me cayó al piso, mientras apretaba las manos en puños y veía la manera descarada como dejaba a un lado el bate de madera que tenía rodeado con púas de metal y que siempre llevaba consigo cuando quería ser un despropósito de humano. Sin dejar de analizarme fijamente, sacó del interior de su chaqueta negra un puro habano, lo llevó entre sus labios, lo encendió y comenzó a fumar ante mí.

Hizo todo esto sin dejar de verme y supe que ese era su juego de control; me estaba retando a ser la primera en romper el silencio, pero no le daría el gusto. No hablaría y podía quedarme ahí toda la noche odiándolo y amándolo a la misma medida, mientras deseaba que se fuera al infierno de donde había salido.

—¿Por qué eres tan obstinada, corazón? —se mofó.

—No me llames así —respondí entre dientes—. Y menos si es para burlarte.

—Me estoy burlando, sí —sacó el puro de sus labios e inclinó brevemente la cabeza para botar el humo hacia un lado, mientras el reflejo de la iluminación de la gran habitación caía sobre la candonga de oro que tenía en su oreja—. Pero que me esté burlando de tu comportamiento no tiene nada que ver con el hecho de que seas o no mi corazón.

Se puso de pie y me quedé sin aliento —como si el tiempo continuara sin poder prepararme a todo lo que era él— por su altura y su porte. Cuando comenzó a caminar hacia mí y se detuvo totalmente frente a mi persona, tuve que retroceder un paso para levantar la mirada y poder verlo a los ojos.

—Porque lo eres —añadió con el mismo humor y me tensé cuando volvió a poner el puro entre sus labios, estiró una mano para tomar la mía y, pese a que intenté alejarme de él y de su tacto, porque hacía cosas en mí, utilizó su fuerza para impedir que me alejara. Llevando mi mano hacia el centro de su pecho, en donde la camisa estaba desabotonada y se podía ver un poco de su piel desnuda, puso la palma ahí y agregó—: Eres mi pequeño, molesto, amargado, problemático y bonito corazón. ¿Ves?

Dios, sí. Lo odiaba. Lo odiaba tanto y…

—Y ahora que ya sabes que eres mi corazón y que necesito que te comportes como es debido, vas a ser una persona más amable conmigo, Bianca. ¿Lo comprendes?

No iba a ser amable con él nunca. Ni ahora, ni después y, queriendo desesperadamente quitar esa sonrisa de sus labios y esa mirada de superioridad, dije lo único que sabía que lo haría caer.

—No vine aquí a discutir contigo.

—¿Ah, no? —enarcó una de sus oscuras cejas—. ¿Y a qué viniste entonces? ¿A besarme tal vez?

Mi mirada cayó en sus labios y tuve el impulso de patearlo, pero no lo hice.

—Vengo a informarte que me voy a divorciar. Quiero el divorcio.

La sonrisa jamás abandonó sus labios, pero su mirada se tornó dos tonos más oscura y supe que se había molestado.

—Vienes a informarme que te vas a divorciar —repitió—. ¿Y de quién te vas a divorciar precisamente, Bianca? —quiso saber—. De mí no puede ser, porque para que un divorcio sea consensuado se necesitan las dos partes y… ¿Adivina qué? —chasqueó la lengua—. De mí no vas a obtener jamás una firma. Nunca.

—No puedes obligarme a quedarme aquí.

—Ya lo estoy haciendo.

—Quizás no necesite tu firma, podría alegar un divorcio por causal de infidelidad.

—Es falso, nunca te he sido infiel.

—Ah, hablaba por mí, no por ti —se quedó estático—. Quizás no me he portado lo suficientemente bien, ¿quién sabe?

Guardó silencio. Mis palabras realmente lo silenciaron y pensé que explotaría o algo por el estilo, pero no lo hizo; simplemente me observó unos instantes y, sintiendo la tensión crecer aún más alrededor de los dos y bordearnos, me estremecí con fuerza cuando levantó su mano hacia mi rostro y con los nudillos de sus dedos acarició brevemente mi pómulo, antes de decir con voz baja y letal:

—¿Por qué insistes en ser mi enemiga si yo te quiero tratar como a mi esposa, Bianca? —tragué saliva con fuerza—. Deja de luchar conmigo porque si me pongo para la guerra, tú aquí no ganas.

—No te tengo miedo.

—Quizás debería esforzarme un poco más y por ahí derecho enseñarte lo que es el respeto —bajó su rostro hacia el mío y sus labios rozaron mis labios—. La única manera en la que vas a poder dejarme es después de la muerte y si estás entonces tan desesperada por huir de un matrimonio que tú misma rogaste una y otra vez, adelante —sacó la lengua y lamió fugazmente mi labio inferior—. Mátate y solo así podrás ser libre del calvario de ser mi mujer.

—No voy a darte el gusto de acabar con mi vida.

Sonrió, pero ya no había nada de diversión ahí.

—Entonces cállate y deja de sugerir que me estás siendo infiel, porque entonces tendrás que hacerte cargo de las consecuencias de lo que mis celos hagan en otros y eso te pondrá al mismo nivel de este demonio que tanto finges odiar —sentenció—. Vuelve a sugerir que me estás engañando y aplastaré cabezas con mi bate, las cortaré y las pondré en el centro de nuestra mesa para que, cada que veas a los inocentes sentenciados por tus mentiras y caprichos, recuerdes que ni en falacias tú puedes engañarme a mí.