Capítulo 1.
Hermanas, espero que este primer capítulo les guste y gracias por estar aquí apoyando a Alesso y Bianca. Como siempre, agradecería si me dejaran su voto y sus comentarios. Ya comenzamos esto ahora sí <3<3***1Bianca.Pensé que iba a morir antes de mis dieciocho años.
Lo tuve muy claro en mi mente y no sentí miedo —hacía mucho tiempo había dejado de hacerlo—. Estaba segura de que de todas mis hermanas, de ellas, yo sería la primera en morirme y de igual manera hice las paces con aquella realidad porque sabía que había dos cosas inevitables en mi vida: morirme y que mi corazón no estuviera sano.
Mi corazón no servía de nada.Estaba bien y, de un momento a otro, simplemente dejaba de funcionar de manera correcta, todo se volvía borroso, distante, doloroso y yo caía. Caía en el abismo y estaba la duda de si iba a volver a despertar o no, porque la miocardiopatía era así y no existía cura —y pensándolo bien, esto de no saber si iba a despertar o no de mis desmayos era ciertamente… entretenido. Era como una especie de ruleta rusa y mantenía la vida un poco más apasionante—, eso quería pensar yo.
Pero la cuestión era que no había muerto en mi última recaída.
No lo había hecho y muchas personas pensarían que era por obra de Dios, pero yo pensaba que era algo más… sinuoso. Era el destino.
Mi corazón comenzó a fallar tres semanas antes de mi cumpleaños, pero no morí porque el destino me tenía para cosas más importantes y era para aquel día. Era para conocer finalmente de frente a Alesso Di’Carper.
El hombre del que estaba enamorada.
—¿Qué estás haciendo? —Nina, mi hermana menor, entró a mi habitación justo cuando yo me estaba maquillando un hematoma que tenía en mi mejilla izquierda.
—Maquillarme —respondí con calma, concentrándome en mi misión y haciendo todo lo posible por verme presentable, hermosa.
Sabía que de todas mis hermanas, yo era la menos… agraciada. Lo había escuchado muchas veces. Genneva, la mayor y la cual hacía dos años ya no vivía con nosotros, era la más hermosa. Parecía irreal —rubia, ojos grises y piel de porcelana—. Nina, quien era menor que yo por dos años, le seguía en belleza. Era pelinegra y con cabello corto, pero sus rasgados ojos casi celestes y mejillas pecosas la hacían diferente, atrayente. Después le seguía Elizabeth, era la más joven, yo le llevaba cuatro años y era la que más se parecía a mí. Ambas teníamos una mirada azul oscura y un largo cabello negro. Pero ahí en donde la cabellera de Eli era lacia, la mía era totalmente ondulada como la de Genneva y siempre solía usar flequillo, pero no por gusto.
Era para ocultar la pequeña cicatriz que tenía al borde de mi frente y que me recordaba sucesos traumáticos que ahora deseaba ignorar. Era como si el cabello enfrente pudiera esconder, como si de una cortina se tratase, los recuerdos que desde pequeña me habían marcado.
No funcionaba, pero me gustaba fingir que sí.
—¿Esto es porque sabes que Alesso Di’Carper vendrá, no? —me preguntó Nina, la cual siempre había sido demasiado inteligente para ser real.
—Tal vez —la evadí y me miré en el espejo, organizando mi vestido y no pasando por alto el hecho de que al menos había sido la que heredó un mejor busto—. O solo es porque quiero estar hermosa un día antes de mi decimoctavo cumpleaños.
—Mientes —señaló—. Esto es porque sabes que él viene.
Sí, lo sabía y todo esto era un gran asunto para mí. Sabía que la mafia siciliana y la calabresa llevaban alrededor de cinco años de buen trato y buscando mermar de alguna u otra manera la violencia, pero desde hacía tres años que Alesso asumió su poder como Don de su familia y asesinó a su propio hermano Giulio —eso decían las malas lenguas—. Se rumoraba que la posible alianza pudiera llegar a su fin por cuestiones de que Alesso no estaba muy feliz con lo que se le había otorgado anteriormente en los acuerdos de paz.
Una guerra iba a comenzar y padre no era tonto. Becob Blinder sabía que a diferencia del padre de Alesso, el ya difunto Don Giulio VI, no podría pactar acuerdos nuevos con Alesso. No sin que este le reprochara todo y deseara siempre más, porque esa era una de las maneras como en Sicilia se le conocía a él: El Don insatisfecho. El Don sanguinario.
Alesso siempre deseaba más y yo, desde que lo escuché, también quería más. Lo quería a él.
—Necesitas dejar esa obsesión, Bianca —Nina llegó hasta mí y éramos casi de la misma altura—. Ni siquiera lo conoces realmente.
—Sí lo conozco.
—Haberlo escuchado hablar un par de veces no significa que lo conozcas.
—En realidad, sí —debatí—. He escuchado mucho sobre él y ya lo conozco más que muchas otras personas.
Incluso lo conocía a él más que a mi hermana Genneva, la cual en los últimos años de convivencia cambió demasiado conmigo.
De todas mis hermanas yo era la que más solía salir de casa. Lo hacía porque mi abuela Isidora, la mamá de mi mamá, siempre me llevaba consigo a sus viajes —tenía la hipótesis de que se portaba muy bien conmigo porque sabía que iba a morir más temprano que tarde —. Y en uno de esos viajes, cuatro años atrás, cuando me llevó a conocer la puerta de Sicilia, la ciudad de Mesina, y en donde estaba nuestro puerto, fue ahí en donde comenzó mi historia de romance imaginaria.Lo hizo porque Mesina solo estaba separada de Calabria —lugar de donde provenía Alesso— por un angosto mar que estaba lleno de límites para una mafia y para la otra. Se suponía que cada quien tenía que estar de su lado, pero no fue así, porque una de esas noches en donde yo tenía que estar en la casa de la ciudad de mi abuela descansando, yo me había escapado para conocer un poco de la gran y extenuante ciudad y, caminando por muchos callejones que me llevaron a callejuelas más pequeñas, terminé por un sector oscuro que estaba desolado y no sentí miedo —de igual manera mi estúpido corazón iba a matarme prontamente—, yo solo seguí hacia adelante, hasta que di con un baldío que parecía tener en su interior una cantina, pero no fue eso lo que me llamó la atención. Lo que lo hizo fue que cuando rodeé el lugar —el baldío, la cantina— escuché voces provenir de una pequeña ventana o, más bien, una rejilla que había en una pared baja y que daba a lo que parecía ser un sótano.Eran voces masculinas y tenían un acento diferente al mío. Por un rato no entendí qué estaban hablando y me dispuse a irme, hasta que escuché un apellido.Era el apellido detrás de las iras de mi padre y sus aliados.Di’Carper.Yo no sabía mucho sobre aquellos asuntos porque, siendo realista, no me interesaba y tampoco era como si tuviera permitido que lo hiciera, pero muchas veces escuché los gritos de Becob Blinder maldiciendo una y otra vez a esta gente —a pesar de que estuvieran supuestamente en son de paz— y era imposible que no supiera quiénes eran.¿Pero qué hacían ahí?Siempre había sido demasiado curiosa para ser real. Me gustaba escuchar cosas que se suponía que no debía y no sé si fue eso lo que me hizo quedarme a escuchar esa noche, casi madrugada, ahí, o fue el sonido de una voz en especial.Una voz serena, rotunda y muy varonil.—No voy a ser parte de eso cuando tenga el poder —dijo él, ¿quién era él? No lo sabía, pero necesité escucharlo—. Apenas tenga el control absoluto, habrá una gran línea roja alrededor de esa mierda de la trata de blancas. Por donde mires eso, no hay nada autoritario y proactivo en abusar de eslabones débiles.—Eso genera demasiado dinero, Alesso —murmuró otra voz y yo solo me quedé con lo que dijo él, Alesso—. Lo sabes perfectamente, La Santa no lo permitirá.—Ya tomé la decisión, Selvio. No voy a ensuciarme las manos con esas bajezas cuando podemos adentrarnos en otras cosas. Además, es estúpido teniendo en cuenta de que las agencias internacionales han estado poniendo su foco por acá. Seguir utilizando mujeres y menores para estas cosas no va conmigo —zanjó—. Van a tener un Don con carácter y para demostrárselos, no necesito entrar al mundo de la venta y compra de débiles mujeres. Déjale eso a los necesitados y fracasados.—Tu hermano Giulio no opina lo mismo.—Ya sabemos aquí que prontamente lo que opine o deje de opinar él no tendrá importancia.Mi corazón se había acelerado mientras escuchaba aquella conversación y no solo porque estaba confundida de que estuvieran hablando de un nuevo Don de aquella lejana mafia, porque se suponía que había uno que estaba anciano pero seguía vivo. Sino que fue más por escuchar las palabras de ese tal Alesso.Por escuchar la firmeza en su voz y la manera como dejó en claro de que no necesitaba ejercer poder sobre mujeres inocentes para que lo reconocieran como el nuevo líder, ya que su especialidad no era aquella. Esto no debió ser nada del otro mundo, pero yo había crecido en un sistema en donde las mujeres éramos… nada.Nada para hablar, opinar, desear o existir… Solo estábamos ahí para ser silenciadas y maltratadas una y otra vez, bajo los intereses estrictos de quien gobernara nuestros hogares y fue por eso mismo que no pude evitar estar cautivada al escuchar a un hombre tomar una postura tan diferente.Una postura que era de un mundo ajeno a lo que se veía en mi propio hogar, porque desde joven yo solo conocía de abusos hacia mi propia madre, a mis hermanas e incluso a mí.Me quedé ahí escuchando esa primera noche y me fui cuando todo se volvió silencio. Sin embargo, volví la noche siguiente y ellos estaban de nuevo ahí —eran tres y al parecer ese era sus sitio de reuniones—. Escuché tres tipos de voces diferentes y traté de acercarme más a la rejilla para ver si alcanzaba a verlos y lo único que logré ver, por medio de los eslabones, fue el reflejo de un cabello rojo, mientras Alesso volvía a hablar de otra cosa.No sabía de qué, pero solo pude quedarme con el sonido de su voz y la imagen de su cabello rojo y estaba segura de que nunca en la vida había conocido a un hombre pelirrojo y me obsesioné aún más.A tal punto que a partir de ahí, cada noche, antes de irme a dormir, soñé con sus palabras, con el tono de su voz y con el reflejo de su cabello particular. Lo hice y, siendo tan obsesiva como solía ser cuando algo llamaba mi atención, comencé a ir cada noche para ver si lograba escucharlo, pero la tercera, cuarta y quinta vez no tuve suerte porque al parecer no habían vuelto y creí que nunca más sabría de él, hasta que un día antes de mi regreso a casa, volví y entonces ahí estaba de nuevo.—Es un niño, pero no confío en él —estaba diciendo una de las voces—. Te puede traicionar más adelante.—Lo sé, Evrem. Lo sé —ahí estaba de nuevo Alesso y mi corazón se había acelerado al oírlo—. Pero últimamente ando aburrido, una traición para subir el ánimo no nos viene mal, ¿eh?Había algo jovial en él. Era como si lo conociera, era como si dentro de él hubiese un hombre demasiado duro que hablaba de gobernar y tener todo sin importarle qué, pero al mismo tiempo, un hombre que se interesaba lo suficiente para no querer abusar de pobres o personas más débiles a su persona y quizás era contradictorio teniendo en cuenta la brutalidad de aquel mundo mafioso, pero en mi cabeza tenía mucho sentido.Esa era la percepción que tenía de él y me quedé con aquella por mucho tiempo, incluso cuando volví a casa. No teníamos acceso a internet y no podía intentar buscarlo para saber más de su persona, pero en el silencio de casa, en la densidad de los castigos y en la bruma de los dolores personales, desde aquella primera vez que lo oí, no dejé de pensarlo nunca.Ni siquiera cuando, meses después, escuché una conversación de mi padre con su mano derecha, en donde se hablaba de la muerte de Giulio VI —papá de Alesso— y de cómo era que Giulio VII —hermano de Alesso— debía subir como Don al poder, pero en menos de un mes todo aquello cambió, ya que Alesso cometió fratricidio contra su propio hermano y se hizo con el nuevo líder de una de las mafias más brutales y poderosas de Italia.Escuché todo aquello en mi cabeza y por años recolecté más y más información, hasta que casi cuatro años después, ahora, finalmente iba a conocerlo en persona —en el paso de aquellos años, desde que él se había hecho del poder, había escuchado varias conversaciones suyas con mi padre y aquello me había enamorado aún más, porque su carácter para menospreciar a Becob nunca me pasó por desapercibido, como tampoco lo hizo la manera como solía arrinconarlo para hacerlo ceder en lo que él deseaba—. Me tenía mal.Tan mal que cuando supe que habría una cena de negocios y que Alesso no se intimidó e incluso aceptó que fuese en un territorio que no era el suyo —dejando en claro que no le tenía miedo ni a Dios—. Supe que sería en casa y esta era mi oportunidad no solo para verlo, sino para darle mis razones.Las razones del porqué debía de ser su esposa.—No quiero que salgas lastimada, Bianca —Nina me atrajo de nuevo al presente—. Yo sé que para ti esto es importante de alguna extraña manera, pero… todo lo has creado en tu cabeza, ese hombre no viene aquí a buscar esposa.
No me desanimé.
—Además…
—Algún día seré su esposa —fue todo lo que dije y la miré con intención.
—Es mucho mayor…
—Nueve años no son nada para mí, ya te lo he dicho antes.
Vi la preocupación en su mirada clara, pero no le presté atención. No porque ella no me importara, sino más bien porque Nina no podía entender cómo yo iba a solucionar nuestras vidas una vez me casara con Alesso.
Ella quiso decirme algo más, pero tras una pausa, negó y dijo: —Bueno, como sea, venía aquí a preguntarte si puedes ayudar a Elizabeth con su ropa, nada de lo que se pone le gusta y está a un segundo de entrar en crisis.
—¿Por qué no le ayudas tú?
Ella negó y ahí estaba de nuevo, Nina tenía una incomodidad alrededor de nuestra hermana menor.
—¿Puedes ayudarle tú? —insistió—. Para ella es importante.
Esta era Nina, siempre preocupada por Elizabeth y tratando de solucionarle todo, pero constantemente desde la distancia, como si necesitara que nunca nadie viera cuánto le interesaba su hermana.
—Sí, deja termino de organizarme e iré allá.
—Gracias —ella se giró para comenzar a salir de mi habitación, pero se detuvo y la escuché rebuscar algo encima de mi mesa de noche, antes de acercarse a mí y ofrecerme una pequeña pastilla rosada—. En cinco minutos debes tomarla —me recordó, dándome mi medicina del corazón—. No vaya a ser que veas a ese pobre infeliz y te mueras de la emoción.
Sonreí y la acepté, pero no antes de repetirme a mí misma que si no me había muerto antes, no lo iba a hacer ahora. No cuando estaba a nada de conocer a mi futuro esposo.
**
Elizabeth, Nina y yo no fuimos invitadas a la cena que celebró padre en la planta principal de la casa.
Se suponía que iba a ser una cena con la familia completa presente para mostrarle a los invitados que esto era un buen acto de fe, así como fue el de ellos ir hasta ahí, pero a última hora Becob decidió que la única que estaría presente, aparte de sus hombres de confianza, sería mamá y no nosotras.
Dijo algo sobre estresarse al ver tantas mujeres en una misma mesa.
No iba a mentir, mi corazón estaba prácticamente a nada de romperse porque había hecho todo mi esfuerzo para ver frente a frente por primera vez a Alesso, pero al parecer no iba a suceder. No, porque mi padre se avergonzaba lo suficiente de nosotras para desear mantenernos siempre en las sombras y por un instante casi llegué a deprimirme por aquello, justo cuando vi que una pequeña llovizna comenzó a rodear la mansión en aquella noche de diciembre y por la ventana de mi habitación vi algo.
Vi el reflejo de un cabello rojo y supe que era mi momento.
Realmente entendí que debía de actuar.
Abrí rápidamente mi mesa de noche y de ahí extraje la carta que había escrito para él, en donde le explicaba quién era yo, por qué teníamos que casarnos y cómo iba a funcionar nuestro matrimonio. Quizás sonaba un poco infantil, pero mis razones le iban a parecer bastante obvias una vez él las leyera y aquello era lo único que importaba.
Me lo repetí una y otra vez, mientras bajaba por las escaleras traseras de la mansión y hacía todo lo posible por no llamar la atención de la reunión que continuaba desarrollándose en el comedor principal. Había visto a Alesso por mi ventana —o al menos a su cabello—. Eso quería decir que había salido al exterior a recibir probablemente una llamada o a respirar, mientras que adentro continuaban varios de sus hombres, porque según lo que había escuchado de Nina, él había venido con alrededor de diez hombres y todos estaban ahí adentro.
Bien, había pensado mucho en cuál sería el momento indicado para verme con él y entregarle la carta, pero al parecer el destino seguía confabulando a mi favor, al nuestro y el del matrimonio, ya que él había salido por su propia voluntad y eso quería decir que era yo quien debía de buscarlo.
Salí al patio trasero por uno de los pasillos alternos y de manera inmediata, la lluvia me caló de pies a cabeza y traté de proteger la carta con mi cuerpo, mientras maldecía para mis adentros el no haberme puesto un abrigo.
Seguí rodeando parte de la propiedad, teniendo cuidado de no ser vista desde los ventanales de adentro y justo cuando estaba por correr hacia el lado izquierdo, que era el lugar en donde estaba en la parte alta mi ventana y por donde había visto el reflejo del cabello rojo, se abrió otra puerta que también daba a esa sección del jardín y, seguido a ello, por esta misma y como si se tratase de algo tóxico que succionó todo a mi alrededor, inclusive el oxígeno, salió un alto y bestial hombre que me dejó estática —bestial no solo por su tamaño, sino por lo peligrosamente atractivo que resultaba bajo la tormenta—. Llevaba un traje de dos piezas color vino tinto muy oscuro y me quedé sin aire, clavada en el piso, cuando por pura inercia, mis ojos se arrastraron por toda su figura antes de subir a su rostro y descubrir su mirada oscura, la cual no supe si estaba delimitada entre un negro absoluto o un gris ceniciento.
Avasallador.
Mi corazón comenzó a latir de una manera sobrenatural, algo que estaba segura de que no era apto para el mío, que era totalmente defectuoso, frágil. Abrí la boca para decir algo, pero volví a cerrarla, mientras los ojos de él me analizaban con pasmoso desinterés y al mismo tiempo yo trataba de procesar quién era y por qué me estaba sintiendo no solo sofocada, sino también llevada al límite.
Arrastrada a un lugar y espacio que no conocía.
—Ahora no —le dije en voz baja a mi corazón, cuando sentí que las palpitaciones aumentaron su ritmo y todo comenzó a verse un poco borroso—. Ahora no.
Aclaré mi garganta y, mientras él solo continuaba viéndome, alejé el flequillo mojado de mis ojos, tragando saliva con fuerza y tratando de recordarme qué era lo que estaba haciendo ahí, pregunté con voz baja y titubeante: —¿D-dónde está él?
No respondió, solo me analizó y me obligué a recomponerme y a recordar que estaba ahí buscando al único hombre que me había importado en el último tiempo. El hombre del que estaba enamorada desde hacía varios años atrás.
—¿Dónde está Alesso Di’Carper? —insistí, odiándome un poco por permitirme desenfocar ante la vista de aquel hombre—. Necesito…
Antes de que pudiera terminar de decir algo, por el otro lado vi salir una alta figura —por donde lo había visto desde mi ventana— y justo cuando mis ojos subieron hacia el rostro del otro hombre, que iba vestido de negro y vi su cabello rojo, sentí la emoción volverme a bordear y, costándome un poco dejar de lado al pelinegro frente a mí —pero lográndolo—, me alejé rápidamente de él y me acerqué al pelirrojo, el cual se detuvo al verme yendo hacia su persona y, apenas mi mirada dio con la suya, que era azul, dije en voz alta y firme:
—A ti te estaba buscando, Alesso Di’Carper —frunció el ceño al oír mis palabras y miró al otro hombre que estaba a mis espaldas, pero me dio igual y seguí adelante porque yo no sabía qué era la vergüenza y mucho menos la tibieza. Yo sabía a lo que iba—. Tú y yo tenemos que hablar —su mirada volvió a mí, mientras yo me esforzaba por calmar mi estúpido corazón—. Sé que no me conoces del todo, pero tú y yo debemos hablar. Hablar de nuestro futuro matrimonio.