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Capítulo 2.

Silver Hell. 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo 2.

2

Alesso.

—Llevamos alrededor de cinco años sin tener problemas reales —estaba repitiendo Becob Blinder, mientras yo solo pensaba en lo satisfactorio que sería aplastar su cabeza con mi bate y sacar cada una de sus vísceras ahí encima de la mesa, frente a sus propios hombres—. Necesitamos seguir de la misma manera, una guerra ahora no sería lo más sensato, no cuando las pérdidas serán cruciales y, más allá de eso, ganaríamos la atención internacional.

—Ya hay un acuerdo de paz —quien respondió fue Evrem y lo hizo con un tono de voz aburrido—. No se está derramando sangre, ¿cuál es el punto?

Evrem no solo era mi mano derecha y la persona en quien más confiaba, sino también mi primo por línea paterna. Habíamos estado juntos desde que tenía memoria, ya que él, siendo mayor por un año nada más, siempre vivió cerca de la propiedad central de los Calabria y todo lo que habíamos hecho alguna vez, lo hicimos juntos.

Era el único que tenía permitido hablar por mí y lo estaba haciendo en aquel instante, mientras yo me mantenía callado, sopesando todo a mi alrededor y comprobando qué tan rápido podría acabar con la vida de todos ahí —siempre que estaba aburrido me gustaba pensar en ello—. En cómo podía tener el destino de muchos en mis manos y qué tan rápido los haría gritar si de alguna u otra manera se me daba la gana.

Por otro lado, Evrem me dijo que no era necesario que fuese hasta aquella reunión —ya que tomarme la molestia estaba de más—. Pero siempre me gustaba estar en todo. No me agradaba quedarme atrás mientras otros hacían las cosas por mí y, además, nada era más divertido que ver la estúpida cara de Becob y oírlo casi rogando continuar con una tregua, cuando ya estaba más que claro que le habían llegado rumores últimamente de que yo no andaba muy feliz con treguas innecesarias y eso solo podía significar que iba a comenzar a crear problemas.

Tres años siendo el Don de la mafia calabresa ya había sido tiempo suficiente para que muchos comenzaran a conocerme y, en medio de mi silencio o cuestionamientos, ellos ya sabían leer que había algo que no me estaba gustando y cuando algo no le gustaba a Alesso Di'Carper, eso sí era realmente un problema.

Sí o sí, todo debía de gustarme siempre. No cedía y tampoco mermaba, no por nadie.

—Llegamos a muchos acuerdos con Giulio antes de su muerte y…

—Los acuerdos que hayan pactado con mi padre, más de tres años atrás, no tienen absolutamente nada que ver conmigo, Becob —lo silencié con rotundidad, mientras veía el anillo grueso de plata brillar en mi dedo medio de la mano izquierda. Mi anillo de líder supremo—. Es verdad que llevamos más de tres años de calma, pero yo no lo sigo viendo como una tregua. Era más bien un momento de enfriamiento mientras yo me hacía cargo de otros asuntos y, como ya me desocupé de aquello, ahora me voy a enfrascar en esto y seré directo —lo miré a los ojos y no hice un solo ademán de tocar las bebidas o comidas que habían puesto para nosotros ahí—. Quiero nuevos términos y otros ofrecimientos. Quiero ver qué están dispuestos a dar por la paz o, en su defecto, qué es todo lo que estás dispuesto a perder en medio de una guerra.

No había necesitado absolutamente nada de los sicilianos por mucho tiempo, hasta que descubrí por muy buenas fuentes que estaban asfixiados no solo con cuestiones económicas, sino también con altercados con los rusos. Tenían demasiados enemigos a su alrededor y, cuando supe que estaban dispuestos a hacer una tregua con los rusos y ofrecerles más a cambio para no llegar a la guerra, entendí que era mi momento para tomar más también.

Al caído siempre se le debía caer con fuerza y algún día yo iba a adueñarme también de todo aquel territorio del sur. Todo sería mío y no habría frontera alguna más allá de mis leyes y yo, sin embargo, mientras los veía a ellos caer y aprovechaba la noción para volcarme encima y exigirles más, fui directo.

—Simplemente di qué es lo que deseas de este acuerdo y, aparte de ello, te diré si lo acepto o no, y si en el caso de no hacerlo, cuáles serán las consecuencias.

—No queremos guerra, Alesso.

—Ya me dijiste eso —tarareé mis dedos sobre la mesa y enarqué una ceja—. ¿Eso es lo único que estás pidiendo?

—No.

Evidentemente.

—Soy reconocido como un hombre de mecha corta, impaciente como nadie y no es un rumor y mucho menos una mentira que exploto al segundo uno de no estar satisfecho con lo que escucho. Por eso, simplemente sueltan tus cartas y desde ahí veremos si me hiciste perder el tiempo viniendo hasta acá o no.

Pude leer en sus ojos el odio. Becob me odiaba y eso me alimentaba, me divertía porque a él, al igual que a muchos, aún les costaba procesar el hecho de que alguien que era visto demasiado joven para estar en el poder —tenía veintisiete— los tuviera tan arrinconados como en aquel momento, dejando en evidencia que no importaban los años de experiencia o la edad que sobrellevaras, porque quien nació para gobernar, gobernaba y eso era lo que estaba haciendo yo con puño de acero.

—Sé que deseas una plaza clave aquí en Sicilia. Quieres poner una base de operaciones para poder tener control en alguna parte del territorio con manejo geopolítico y yo puedo cederte una plaza por fuera de mi propia frontera.

Eso llamó mi atención inmediatamente, porque era lo que realmente quería. Quería el ingreso al fuerte de Sicilia para poner a uno de mis hombres de confianza aquí. Quería hacerlo de manera pacífica para no levantar las sospechas de otros y, al mismo tiempo, nivelarme en lugares en donde no tenía tanto acceso, para lograr tener vigilado todo el sur.

—Es traición a los tuyos permitirle acceso a Alesso de aquella manera. Claramente lo harás a escondidas porque no te lo permitirían. ¿Por qué estás arriesgando tanto? ¿Qué vas a pedir a cambio? —cuestionó Evrem y el resto de la sala se quedó en silencio, mientras yo esperaba la respuesta, pero ya la tenía de alguna u otra manera clara.

Sabía que su tiempo se estaba acabando y no era necesariamente por mí. Era probable que dentro de su mismo poder hubiera gente traicionándolo y el hecho de estarme ofreciendo tanto solo significaba que quería mi respaldo para mantenerse en el poder.

Nadie atacaría a Becob Blinder o trataría de usurpar su poder si se llegaba a saber que estaba teniendo un nuevo tipo de acuerdos con Alesso Di'Carper, el Don sanguinario de Calabria.

Había muchos rumores sobre mí y, por ese mismo hecho, mucha gente no quería ser directamente mis enemigos y, lo más gratificante de todo, era que cada uno de esos rumores eran totalmente reales. Comenzando con el rumor de mi hermano y terminando con el rumor de su propio hijo, mi sobrino.

Mi ley era mi ley: no discernía y tampoco perdonaba. Yo solo actuaba y escuchar que podría obtener algo que me sería de mucho interés y beneficio, me agradó lo suficiente para dejar de pensar en aplastar su insignificante cabeza.

—Cederé una plaza, pero habrá condiciones claramente, no permitiré guerra dentro de mi lugar.

Yo no necesitaba permiso para desatar la violencia. Pero eso era algo que no iba a debatir en ese momento, porque carecía de importancia.

—¿Qué quieres a cambio? —repetí la pregunta.

Él se sentó más derecho y miró de soslayo al hombre que tenía a su lado, a quien deduje que era su mano derecha y, tras una pausa, finalmente respondió:

—Quiero tres cosas.

—Hombre codicioso —ironicé y sentí las comisuras de mis labios curvarse, mientras me recordaba a mí mismo lo divertido que era llevar a alguien a la orilla del precipicio, porque justo era lo que estaba sucediendo—. Déjame escuchar esas peticiones, entonces.

—Quiero la paz absoluta entre nuestras regiones y que se respeten los límites en cada lado. No quiero ver a tu gente atravesando el mar hacia Mesina —no dije nada, solo lo observé—. Quiero que me sigan respetando mi ruta segura alrededor de Mesina y que no tomen ni un solo por ciento de mis ganancias.

A Evrem no le gustó aquello, pero se mantuvo callado.

—Y, por último, quiero que te cases con mi hija —eso sí me tomó por sorpresa—. Quiero que te cases con mi hija Nina.

La mirada de mi primo buscó la mía y enarcó una ceja hacia mí, mientras leía en su expresión un «¿qué carajo?». Antes de que yo me riera bajamente, lo hice porque no era estúpido y entendía por qué el imbécil estaba ofreciendo tanto.

—A ver, déjame entenderlo mejor —mi mirada lo incomodó, lo supe—. ¿Quieres subir tu estatus a cambio de que me case con tu hija?

—Es un intercambio justo —fue su respuesta—. Una plaza en el territorio a cambio de que desposes a mi hija.

Casarme no estaba en mi panorama, era una ridiculez para mí, a pesar de que el consejo de la Santa —mi círculo privado de estrategas que venían por años fortaleciendo la mafia calabresa— llevaban tiempo recordándome que necesitaba efectuar lazos y tener un primogénito. Me daba igual eso. Me fastidiaba la idea de tener una mujer fija en mi mundo e incluso me aburría eso de pensar en tener hijos. Yo no estaba para esas cosas y era por ello mismo que las mujeres iban y venían en mi vida siendo simplemente un borrón o una diversión de un par de horas, que no solían ocasionar distracciones o problemas. No quería casarme y ahora, el imbécil sin más me estaba ofreciendo un punto geográfico que me interesaba, pero a cambio de que me casara con la que deduje que sería una inservible de su linaje.

Antes de que yo pudiera decir algo sobre el asunto, una mujer que había estado sentada al final de la mesa, a la cual ni siquiera le presté demasiado atención porque era demasiado pequeña y frágil, habló y supe entonces que era la esposa de Becob.

—Nina es demasiado joven para él —miró a su esposo—. Ella no…

Con una sola mirada la silenció y no tuve que ser adivino para saber que era un matrimonio abusivo, ya que ella se encogió en su silla.

—¿Por qué sigues aquí, Bella? —le preguntó—. Vete.

Obedeció de manera inmediata y no le envié ni una sola mirada. Seguí enfrascado en el hombre que tenía frente a mí.

—Cásate con mi hija y tendrás la plaza —repitió—. Sabes perfectamente que es un acuerdo beneficioso.

De cierta manera sí y yo lo sabía, pero antes de que pudiera responder a eso, Evrem recibió una llamada y, tras mirar quién era, frunció el ceño y me miró.

—Es mi madre, ya regreso.

Salió sin decir nada más y lo seguí por unos segundos con la mirada, antes de volver a mirar al sujeto que tenía enfrente.

—¿No es demasiado arriesgado el darme a tu hija? —pregunté queriendo confrontarlo con burla—. Ya has escuchado todo sobre mí, lo que soy y lo que suelo hacer. No tengo distinción entre hombres y mujeres.

—Será tu esposa, con tal de que no la asesines porque sería violar un acuerdo, la manera como decidas tratarla en tu matrimonio es problema de ustedes, no mío. Solo hay que saber cómo corregir a una mujer, eso es todo.

En este mundo estaba totalmente justificado o más bien normalizado la violencia de los esposos hacia sus esposas. Tenía hombres de confianza muy cercanos a mí que eran pésimos con sus parejas y, a pesar de que no solía meterme en ello porque no era de mi incumbencia, la verdad era que no me interesaba conseguir una relación para ejercer control y violencia. Lastimar a los débiles no era de mi agrado. No me hacía sentir bien conmigo mismo, por más contradictorio que sonara, porque todos mis enemigos —a los cuales sí disfrutaba destrozar— no tenían nada de débiles y mucho menos de inocentes. No sabía controlarme. Toda mi vida se había basando en violencia desde que tenía uso de memoria y no estaba seguro de cómo sería mi comportamiento alrededor de una mujer que supuestamente iba a ser mi esposa.

Estaba seguro de que la enviaría al demonio en la primera ocasión que tuviera la oportunidad y me hubiese hastiado por su presencia e incluso su voz. Pensando aquello, pero sin dejar de prever lo de tener acceso a Sicilia, me puse de pie y mis guardaespaldas que estaban a mis espaldas se pusieron más en alerta, mientras yo decía: —Lo pensaré. Ya después tendrás una respuesta.

No esperé palabra suya, simplemente me giré para salir del lugar, siguiendo el camino por donde vi salir minutos atrás a Evrem y me sumergí en el pensamiento o más bien en la recriminación de si iba a arriesgar un poco de paz mental por atarme a una desconocida.

Ya lo veríamos.

Yo estaba en contra de muchas cuestiones que iban ligadas a ejercer violencia, sobre todo la sexual contra mujeres y por ello no trabajaba con la trata. No porque fuese su defensor número uno y me importara su trascendencia como tal, sino porque me incomodaba el simple hecho de explotar a débiles. Pero en esta ocasión, pensando siempre primero en mí y en lo que deseaba conseguir, llegué a la conclusión de que podría someter a la hija de ese despropósito a un infierno al casarse conmigo, si, al final de cuentas, se terminaba de consolidar aún más mi trono ya consolidado.

No pensaba en otros cuando se trataba de pensar en mí. Yo estaba en la cima y no hacía distinción por absolutamente nadie, ni siquiera mi propia familia y, teniendo aquel pensamiento claro y decisivo, me moví hacia uno de los pasillos que daba a una salida que supuse que usó Evrem y, dándole la orden a mis guardaespaldas de que me esperaran afuera y comenzaran a calentar los motores de las camionetas blindadas, llegué a la puerta del lugar, escuchando la lluvia en el exterior y cuando abrí esta, no solo me encontré de frente con la tempestad, sino con un desastre de joven.

Un desastre de cabello largo y oscuro, que llevaba su vestido morado totalmente empapado y tenía una mirada azul tan oscura y profunda que cuando se fijó en mí, pensé inmediatamente en el azul herrumbroso del cielo a medianoche.

No sabía quién era ni qué hacía ahí, pero ella me devolvió la mirada con la misma sorpresa, como si se hubiese quedado sin aire y, antes de que pudiera soltar algún comentario sobre su apariencia y el hecho de que estuviera ahí, ella comenzó a preguntarme por «Alesso Di'Carper», comenzó a preguntar por mí mismo y no estaba seguro de por qué ella me estaba buscando a mí, pero antes de que lograra decir alguna palabra, por el otro lado vi salir a Evrem y ella cambió inmediatamente el foco, lo hizo cuando se interpuso en el camino del pelirrojo.

—A ti te estaba buscando, Alesso Di'Carper —dijo y, de manera casi cómica, la mirada azul clara de mi primo dio conmigo, mientras trataba de procesar el hecho de que acababa de ser abordado por una joven demente. Ella siguió hablando y solo pude prestarle atención al final—. Sé que no me conoces del todo, pero tú y yo debemos hablar. Hablar de nuestro futuro matrimonio.

—¿Qué? —Evrem la miró como si estuviera a punto de cuestionarle qué tipo de anfetaminas consumía, pero ella simplemente le ofreció un desastroso sobre.

—Léelo antes de decir cualquier cosa —estaba de espaldas a mí y solo pude observarla en silencio, preguntándome si esto era real o no—. Ya después búscame, te estaré esperando cuando quieras hablar de la boda.

Ella volvió a girarse para verme, como si antes de marcharse necesitara que sus ojos cayeran sobre los míos y le devolví la mirada, esta vez enarcando una ceja, mientras ella se apartaba el flequillo oscuro de los ojos y, tras una pausa, negó brevemente y así como llegó, de manera rápida y despistada, se marchó.

Lo hizo dejando un sobre de propuesta de matrimonio.

—Dime que esto es una broma —dijo Evrem con malhumor, mientras se acercaba a mí y secaba el agua de su rostro—. Dime que una niñata no acaba de confundirme contigo.

Las comisuras de mis labios se curvaron.

—Lo hizo, para tu buena suerte —respondí—. ¿Cómo te sentiste siendo yo por unos segundos?

—No seas ridículo.

Me reí.

—Esto es para mí —estiré la mano y tomé el sobre con la carta que le había dado la pelinegra—. A menos que desees seguir haciéndote pasar por mí y desposes a la hija de Becob.

—Que el arcángel San Miguel me libre —siseó—. Mejor vámonos.

Se giró para tratar de bordear el jardín para ir a buscar a los guardaespaldas y mis ojos volvieron a caer en la carta por unos segundos y, sabiendo que nada de lo que dijera ahí podría interesarme, de igual manera guardé esta en el interior de mi traje antes de volver a mirar al otro.

—¿Y qué te dijo mi tía? —pregunté por la llamada—. ¿Qué te puso de tan mal humor?

No respondió.

—¿Katerina?

—No la nombres.

—Bien —rodé los ojos—. ¿Tu madre dijo algo sobre tu hermanastra?

Hubo un denso silencio mientras terminábamos de acercarnos a donde nos estaban esperando y, cuando estábamos por llegar ahí, él volvió a hablar:

—Ella va a casarse.

—Mírale el lado positivo, va a desgraciar a otro —Evrem no respondió—. Después de esta reunión no tenemos nada más que hacer hasta mañana, ¿por qué no salimos a hacer algo divertido?

—¿Te refieres a buscar mujeres? —me miró con impaciencia.

—En realidad no, estaba pensando en algo más… tranquilo.

Una sola mirada a mí y entonces él negó.

—No, gracias. No confío en ti cuando dices que tienes algún plan tranquilo y mucho menos cuando estamos en suelo enemigo. No vamos a descuidar tu seguridad solo por uno de tus caprichos.

Me reí.

—Confía en mí. Pasaremos desapercibidos.

**

No fue un plan tan tranquilo en todo el sentido de la palabra.

Había escuchado que en las callejuelas de los alrededores más inmundicios de donde estábamos, personas en situación de calle peleaban entre ellos hasta matarse alguno —como en las peleas de gallos— por dinero. Terminé llevando a Evrem a ver este espectáculo y, pese a que estuvo de malhumor por las noticias que le dieron, terminó burlándose a mi lado al ver la manera como esos pobres incautos perdían la vida uno tras otro por unos cuantos euros.

No había nada que la sangre manchando el cemento no pudiera calmar.

Cuando estábamos saliendo del lugar, luego de ver casi una pequeña masacre y ambos mantenernos en incógnita bajo las viseras de nuestras gorras, estábamos por irnos cuando dos rubias se acercaron a nosotros.

—¿Ya se van, chicos? —preguntó una de ellas—. Es que voy a seguir la fiesta en casa y…

Dejé de escuchar por un momento, mientras sacaba mi teléfono de mi chaqueta de cuero oscura y revisaba las notificaciones para ver si había alguna información que hubiese pasado desapercibida las horas que estuve viendo el espectáculo, y cuando volví a prestar atención a las mujeres y a mi primo, el bastardo ya había hecho planes con las dos. Al mismo tiempo.

—Supongo que no estoy invitado, entonces —dije, pero no me interesaba jugar aquella madrugada—. Avísame cualquier cosa —lo miré a él—. Llama cuando estés en el hotel.

No iba a preocuparme por la seguridad de Evrem mientras se cogía a dos rubias. Él más que nadie sabía cómo cuidarse y, teniendo aquello claro, simplemente les di la espalda y comencé a caminar hacia la camioneta negra que me estaba esperando.

Cuando llegué al lujoso hotel que tenía cinco escuadras haciendo vigilancia alrededor, le dejé saber a mi jefe de seguridad que no quería que nadie me molestara a menos que fuese importante y, dejando aquella orden encima de la mesa, simplemente desaparecí para llegar al ático en donde me estaba hospedando.

Tenía que volver a San Luca para solucionar muchas cosas y lo supe aún más cuando salí de darme una larga ducha y recibí, a tan altas horas, una llamada de mi madre Gilda, pero la ignoré; ya después la llamaría. Lo que sí no logré ignorar, aparte de lo que propuso el imbécil de Becob, fueron las palabras de su hija y la carta.

¿Qué había escrito ahí?

Tomé el arruinado papel y, sabiendo que era una pérdida de tiempo y que podría estar haciendo otra cosa, me acerqué a la licorera y tomé una cerveza la cual destapé con mis dientes y, tras sentarme en mi cama, alcancé uno de mis habanos, lo llevé entre mis labios, lo encendí y cuando el humo se filtró hasta mis pulmones y logré relajarme, abrí la carta y leí la locura ahí escrita.

«Tengo cinco motivos por los cuales estoy a punto de convencerte de por qué tienes que casarte conmigo y lo vas a hacer si eres un hombre inteligente.

1. Necesitas una esposa y mejor una que sea lo suficientemente joven para que te dé herederos.

2. Estás haciendo negocios con mi padre, y aunque eres muy listo, te falta saber cosas de esta familia. Yo me sé todos sus secretos de memoria porque me aburro en las cenas y escucho detrás de las puertas. Casarte conmigo te da un mapa del tesoro, y además el gustazo histórico de restregarle a Sicilia entera que su líder perdió a su propia hija frente a ti.

3. Tenemos muchas cosas en común, aunque no las creas. Confía en mí y, antes de que te lo preguntes, estoy a un día de mi mayoría de edad, no me importa la diferencia

4. Si eres de los hombres que se aburren rápido de lo cotidiano y el matrimonio, necesitas saber que tengo un estimativo de vida hasta los veintitrés, entonces es probable que todo termine más rápido de lo que va a comenzar y no tendrás que aburrirte de estar toda la vida con la misma persona.

5. Soy súper simpática, divertida, sincera y te voy a caer bien, te guste o no. No te traigo dolores de cabeza y tengo un plus de personalidad. Casarte conmigo es básicamente llevarte a la hija más amigable, brillante y encantadora de tu peor enemigo. ¿Dónde más vas a conseguir un paquete así?

Sé que probablemente encontrarás todo esto extraño, pero…»

Dejé de leer inmediatamente la carta porque era demasiado para mí y parecía incluso una broma redactada, pero en lo que realmente pude quedarme fue en lo que ella acababa de confesar. Tenía probablemente algún tipo de enfermedad que acabaría con su vida más pronto que tarde y, si aquello era real, una vez tuviera la plaza en Sicilia y me cansara de ella, luego del matrimonio, podría simplemente usar su enfermedad para meses después quitarla de mi camino y no ser inculpado de traición ante aquello, porque el imbécil sabría que me había dado una hija defectuosa.

Inservible.

Ese fue el único pensamiento que tuve en mi cabeza por horas, justo cuando decidí irme a dormir y, al despertar, justo cuando los chefs me trajeron un gran banquete de desayuno y yo tuve en mi cabeza la mirada azul oscura de ella y las palabras de su carta, entonces fue ahí cuando lo acepté.

Llamé a Becob y, apenas respondió, dije:

—Quiero una plaza en el puerto de Catania para mi mercancía que sube desde el norte de África —mi tono de voz fue tranquilo—. Dame una plaza en la costa y entonces haremos el trato —volví a ver la carta que ella me había dado—. Da tu palabra de honor y me casaré con tu hija Nina.

—Trato hecho —dijo inmediatamente.

Bien.

Al menos ella no era un adefesio, ya había conocido a la pobre infeliz que tendría la desdicha de casarse con un hombre como yo y solo esperé una cosa: que mi paciencia no se acabara antes de que ella muriera por su extraña enfermedad.

Ojalá eso último sucediera pronto, porque ya la aceptación estaba sobre la mesa y yo iba a casarme con una Blinder.

Con Nina Blinder, su largo cabello ondulado y su oscuros ojos de medianoche.

De repente, mientras tomaba mi jugo de naranja y pensando de nuevo en ella bajo la lluvia, no pude evitar reírme entre dientes, divertido, ante lo que sería su sorpresa cuando descubriera que su esposo no sería Evrem y su cabello rojo, sino yo.

Sentí una satisfacción mórbida y aquello apenas estaba a punto de comenzar, pero ya quería verla jodida por su imprudencia y por hacerme una carta a mí, pensando en mi primo.