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Capítulo 3.

Silver Hell. 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo 3.

Las leo. Les están gustando estos dos????

***

3

Bianca.

Siempre supe que iba a morir demasiado joven. Lo comprendí cuando a los cuatro años me diagnosticaron miocardiopatía hipertrófica, y años después entendí que esta era una enfermedad de predominancia genética, la cual era reconocida especialmente porque el ventrículo izquierdo de mi corazón estaba más engrosado que el del resto de las personas.

No debería sonar como algo malo, pero lo era. Las paredes gruesas hacían que la cavidad de mi corazón fuese más pequeña y este luchara incesantemente para bombear sangre, de tal forma que se volvía doloroso y mecánico. También desde muy joven supe que no había cura o tratamiento que volviera mi corazón a su tamaño original; por el contrario, como fui diagnosticada tan joven, estaba claro que, mientras yo crecía, el problema en cuestión se volvería grande conmigo por el desgaste. Ya había escuchado cientos de veces las advertencias sobre una posible muerte súbita cardiaca.

Estaba claro que mi corazón iba a detenerse en algún momento, y ya había hecho las paces con aquella realidad.

Morir no sonaba tan mal.

Sin embargo, cuatro días después de conocer a Alesso y tres días después de mi cumpleaños número dieciocho, me molestó saber que mi corazón estaba a punto de colapsar, y no necesariamente por mi enfermedad, sino por lo que le estaba escuchando a mi padre Becob y a uno de sus consejeros, Ardamil.

—Ese bastardo vendrá esta noche a verla y quiero que todo sea perfecto; no puedo darme el lujo de hacer que él cambie de opinión sobre el acuerdo.

—Me parece justo —respondió Ardamil—. La verdad, no pensé que fuese a aceptar.

—No es imbécil, Alesso es mil veces más ambicioso de lo que lo fue su padre, y siempre que tenga la oportunidad de expandirse más y más, lo hará.

—¿Y ya le avisaste a Nina? —Me quedé estática cuando escuché el nombre de mi hermana—. ¿Le avisaste que se va a casar con Alesso Di’Carper?

La forma en que mi corazón casi se detuvo por un segundo en mi pecho me resultó dolorosa, mientras intentaba de alguna u otra manera asegurarme de qué estuviera escuchando bien y rogaba para que la respuesta fuese «no».

No quería que fuese verdad lo que mis oídos estaban registrando, ni la manera en que mi corazón me dolía por ello.

¿Nina y Alesso…?

Dios.

—No tengo nada que avisarle a esa inservible —fue la respuesta de padre, el cual parecía aborrecer a Nina más que al resto—. Apenas llegue él en la noche, la haré bajar, y después de ahí ella tendrá que acceder a mis órdenes.

—¿Estás seguro de que accederá?

—Lo hará —padre no dudó, pero su consejero sí. Y es que para nadie que estuviera allí en casa era un secreto el hecho de que, de todas, Nina era la más rebelde.

No le gustaba obedecer y jamás lo haría, sin importar las consecuencias.

—Lo único que importa es que Alesso accedió a una boda con ella —resaltó—. Después de ahí, nada más me interesa.

Me quedé allí escuchando detrás de la puerta por lo que pareció una eternidad; lo hice mientras me recordaba a mí misma cuál era el proceso indicado para respirar y calmar las pulsaciones de mi corazón, pero no podía hacerlo. No podía respirar porque de repente sentía que mi mundo y mis planes se estaban deshaciendo en mis manos, y todo lo que calculé en mi cabeza ya no tenía sentido.

No lo haría porque el hombre del que estaba enamorada —el que había conocido años atrás— había accedido a casarse con mi hermana.

Mi propia hermana.

Estaba mal por donde lo viera, y no solo porque me estaba doliendo —demasiado—, sino porque sabía que Nina no quería esto, y más allá de eso, ella era demasiado joven y…

—Dios —susurré, y me alejé de la puerta mientras comenzaba a ver borroso—. Dios.

La mansión estaba totalmente en silencio, pero aquello no era una anomalía; de hecho, era una regla que no podía romperse, porque incluso los sirvientes se esforzaban por pasar desapercibidos alrededor de Becob Blinder y el resto —mamá, mis hermanas y yo—. También entendíamos que no ser vistas era una regla de oro, y ninguna se atrevía a llamar la atención si no quería pagar las consecuencias.

Llevaba un buen tiempo sin ser golpeada —el hematoma verde en mi cara que ya estaba comenzando a desaparecer lo indicaba—, y por «un buen tiempo» me refería a una semana. Llevaba una semana sin ser golpeada, y eso era toda una odisea porque, bueno… yo era la favorita para sacar ciertas frustraciones.

Lo era. Y en ese instante, mientras absorbía las palabras que había escuchado y veía cómo las puertas se cerraban en mi cara, deseé no sentir el dolor tan atroz que estaba sintiendo en mi pecho, y estuve segura de que lo cambiaría mil veces por el dolor físico.

Yo aceptaría cualquier cosa. Bofetadas, puños, patadas, empujones… Cualquier cosa, menos lo que estaba sintiendo en ese momento, porque de repente, sin más, me sentí perdida. Rota.

¿Por qué había pedido a Nina si yo me ofrecí en su lugar? ¿Si yo era más apta teniendo en cuenta su edad? ¿Por qué…?

Terminé de subir rápidamente las escaleras para llegar a la parte alta de la mansión, pero no me fui directamente hacia mi habitación, sino que corrí hacia un lugar en donde solía esconderme cuando sentía que el mundo se volvía demasiado para mí.

La habitación de mi hermana mayor, Genneva.

Había algo en su pulcra, olvidada pero perfecta habitación que calmaba los desastres que solían haber dentro de mí. Hacía dos años que no sabía nada de ella, aparte de que había sido comprometida a un socio de papá y ahora ella estaba haciendo su vida de casada. Realmente le pedía a Dios, con toda la fe de mi alma, que estuviera bien y que fuese feliz.

Ella lo merecía.

Genneva y yo fuimos muy unidas cuando estábamos pequeñas, ya que, siendo las mayores, llegamos a coincidir en demasiadas cuestiones; pero después, mientras fueron pasando los años, ella simplemente se volvió lejana a mí —a todo el mundo, más bien— y se convirtió en una joven callada, retraída y demasiado fría, con unas barreras tan altas que nunca las pude pasar y…

Ella era tan distante que una noche, mientras yo dormía y estaba en medio de una de mis crisis del corazón, la escuché pedirle a la vida, o a quién sabe quién, que mi corazón simplemente se detuviera, que dejara de palpitar. Nunca le dije nada sobre eso y tampoco le pregunté por qué me había deseado muerta, porque, siendo consciente y realista, yo también muchas veces había pedido a la vida que simplemente detuviera mi corazón.

Que me dejara partir.

Sí, me rompió saber que mi hermana mayor me quería muerta, pero no la juzgué; y, de hecho, dos años después de que ella simplemente hubiese partido y ya no supiera nada de su persona, seguía queriéndola sin llegar a saber si el cariño era correspondido o no.

Pero no importaba. Lo hizo cuando me encerré en su cuarto, me subí a su cama y abracé una de las almohadas empolvadas que había ahí. Lo hice mientras cerraba los ojos y me repetía una y otra vez que lo iba a soportar.

Alesso, el hombre que había conocido hacía cuatro años atrás en Mesina, sí iba a casarse, pero no sería conmigo. Sería con mi hermana menor y… yo lo iba a soportar.

Lo haría sin importar que había pasado los últimos años pensando en él y en todo lo que lo escuché hablar en aquel sótano.

Lo imaginé muchas veces, demasiadas. El saber cómo sería nuestra vida y cómo él era diferente a otros hombres que había conocido ahí en la mafia porque, evidentemente, él no quería lastimar mujeres; él era bueno con ellas y, si yo me casaba con su persona, en mis sueños, en mis divagaciones, estaba segura de que no me haría ninguna clase de daño y, más allá de eso, me ayudaría a ayudar a quienes más amaba.

Porque al desear casarme con alguien del talante de Alesso Di’Carper, claramente lo hacía por mí, pero eso no era todo. También lo hacía por mis hermanas e incluso por mi madre, porque quería ayudarlas a salir del lugar en donde estábamos encerradas.

Pero él no me quería a mí. Él quería a Nina.

Me sentí perdida, triste y algo desechada. Humillada. Pero dejé que aquella sensación me durara por unos minutos mientras seguía abrazando la almohada de Genneva; después de eso, tras tomar una hondo respiración y sentir cómo mi corazón se regulaba, me obligué a sentir algo más que autocompasión por mí misma. Sentí rabia.

Lo hice, y maldije en mi mente a Alesso Di’Carper. Lo hice mientras pensaba en su cabello rojo y mirada azul, pero me costó volcar todas mis emociones hacia ese sentir, porque, desde aquella noche bajo la lluvia, había algo más que volvía a mi mente cuando intentaba concentrarme en imaginar mi futuro y mi supuesta cercana boda.

Pensé en el otro hombre que conocí.

El de cabello oscuro y mirada gris. No era importante en ese momento, pero su rostro y sus ojos se despertaron una vez más en mi mente, y quise desecharlo con la misma fuerza que deseaba enviar al demonio a Alesso y su maldito ser.

Ojalá nunca lo hubiese escuchado. Ojalá nunca le hubiese dado una estúpida carta contándole las razones por las que teníamos que casarnos y…

—Ay, no —susurré en voz baja y cubrí mi rostro de manera mortificada; lo hice cuando entendí lo que significaba todo esto y…

¡Él iba a casarse con mi hermana, mi hermana iba a casarse con él y ambos ya sabían que yo siempre estuve enamorada de su persona! ¡Estaba enamorada del que sería el prometido y, eventualmente, el esposo de mi hermana menor!

—Ay, Dios —me senté, y de manera nerviosa alejé el flequillo de mi frente mientras comenzaba a hiperventilar—. Dios, no, qué vergüenza.

Aparte de lo rechazada y adolorida que me estaba sintiendo, esto también era sumamente bochornoso porque, cuando ellos estuvieran casados e hicieran su vida a futuro, siempre sabrían que yo había sido la loca que le había escrito una carta a él para decirle que fuese mi esposo y…

La vergüenza comenzó a envolverme más y más, y justo cuando estuve a punto de entrar en una crisis o algo por el estilo, llamaron suavemente a la puerta de la habitación de Genneva y, tras una pausa, esta se abrió lentamente y reveló a mi hermana de catorce años.

Elizabeth .

—Aquí estás —dijo suavemente al verme, y no pasé por alto que traía un plato en su mano con lo que parecía ser un pastel—. ¿Estás bien? —preguntó, entrando del todo y cerrando la puerta tras de sí—. Te ves pálida.

Tragué saliva con fuerza y asentí mientras la miraba a ella y mentalmente le repetía una y otra vez a mi corazón que no estuviera a punto de entrar en una de sus crisis.

Lo conocía. Conocía a mi corazón más que nadie, y sabía de manera certera cuándo estaba a punto de comenzar a fallar.

—Todo bien, Eli. Todo bien —aclaré mi garganta—. ¿Me necesitabas?

Me observó unos segundos y, siendo tan dulce como lo era siempre, asintió y me ofreció el plato con el pastel.

—Sé que cumpliste el siete, pero quería desearte un feliz cumpleaños hoy también, Bia —sus mejillas se sonrojaron—. Lamento no haberte podido dar un regalo antes; es que… no tenía qué darte.

Sentí un nudo llegar a mi garganta cuando tomé el plato y vi el pastel, porque esto era un gran obsequio teniendo en cuenta de que nunca recibía nada para mi cumpleaños.

—Gracias —le sonreí—. ¿Lo hiciste tú?

Asintió.

—No es el mejor porque tuve que hacerlo deprisa, pero…

Elizabeth amaba hornear. No podía hacerlo muy seguido porque claramente estaba prohibido, pero cuando lo hacía, a pesar de que era joven, todo le salía demasiado bien; y lo comprobé cuando, a pesar de mi falta de apetito, llevé una cucharada a mi boca y probé el exquisito chocolate.

—Me encanta —aseguré—. El mejor que he comido.

Sonrió feliz.

—Le puse poca azúcar porque sé que te hace daño.

—Gracias —dejé el plato a un lado y me puse de pie—. Gracias por hacerme un detalle, Eli.

La atraje hacia mí y la abracé con fuerza, mientras mi mano acariciaba su largo y lacio cabello. De todas, ella era la más dulce, sensible, y siempre quería protegerla. Quería hacerlo como no pude con las otras y menos conmigo misma.

—Bia…

—¿Sí?

Me alejé para ver su rostro, y vi un poco de duda en su mirada azul.

—¿Qué pasa? —pregunté, y sentí un poco de miedo crecer dentro de mí antes de preguntarle—. ¿Alguien te hizo algo? ¿Papá lo hizo o…?

Me daba pánico todo lo relacionado con ella y Nina. Tenía miedo de que él llegara a lastimarlas como lo hizo con Genneva y…

—Ya cumpliste dieciocho, y puede que pase lo de Genn —miró sus manos—. Puede que papá te deje ir de viaje como ella a conocer el mundo, o que te haga casar con algún socio y tengas que irte.

No respondí.

—Si eso llegara a pasar, ¿tú podrías prometerme algo?

Quise decirle que no estaba cerca de absolutamente nada como un matrimonio, pero su preocupación era tan real que solo asentí.

—Seguro, ¿qué es?

—Si llegas a casarte y tienes que irte… ¿podrías no olvidarte de nosotras? —sus palabras me dieron de lleno en el pecho—. Sé que no podrías volver acá, pero… ¿podrías al menos llamarnos? ¿Llamarme?

—Claro que sí, Elizabeth —alejé el cabello de su bonito rostro—. Yo siempre voy a estar aquí, no voy a olvidarlas —asintió aliviada—. Pero no tienes que preocuparte por eso ahora; no hay ningún plan de boda para mí.

—Solo quería asegurarme de que no vas a olvidarme como Genneva.

Me dolió que dijera eso; lo hizo porque, a pesar de que Genn siempre había sido distante y demás, estaba segura de que ella nunca quiso alejarse directamente de nosotras. Su vida había sido difícil, y su propio padre —nuestro padre— la quebró desde que era demasiado joven para asimilarlo.

—Genneva llamará algún día —fue mi respuesta—. Ella probablemente ahora está ocupada porque sabes que padre le permitió vivir su sueño de ballet, pero algún día llamará, ya verás.

Asintió no muy segura de mis palabras, pero antes de que ella pudiera decir algo o yo lograra regresar al pastel que me había hecho, la puerta de la habitación se abrió bruscamente y mi madre, Bella Blinder, apareció detrás de esta.

Siempre me había parecido que mamá se veía demasiado frágil para ser real. Era delgada, con el cabello oscuro y una mirada clara que parecía estar llena de ira cuando se centraba en mí. Normalmente mamá era más paciente con Elizabeth y Nina, pero esa paciencia se evaporaba totalmente cuando se trataba de mí, y ese día no fue distinto cuando entró al lugar y, tras posar sus ojos en mí, preguntó:

—¿Dónde está Nina?

Tardé un momento en procesar el tono de su voz para saber si estaba molesta o más bien furiosa, pero antes de que yo pudiera responder, ella miró a Elizabeth.

—Ve a tu habitación, ahora —le ordenó.

—Pero mamá…

—Hazme caso, Elizabeth —pidió—. Por favor, ve.

Mi hermana me ofreció una mirada y, tras una pausa, obedeció y simplemente se marchó, dejándome a solas con mi madre, la cual terminó de acortar la distancia entre nosotras dos.

—¿Dónde está Nina? —repitió.

—No lo sé, mamá. Yo…

Antes de que pudiera terminar de hablar, levantó la mano y me pegó una bofetada tan fuerte que probé mi propia sangre en mi lengua, mientras cerraba los ojos y trataba de absorber el golpe y lo que sentí tras aquel.

—¿No sabes? —siseó, y enredó su mano en mi barbilla, obligándome a verla—. ¡Eres la hermana mayor! —casi gritó—. ¿Cómo no vas a saberlo? ¿Qué te he dicho sobre vigilarla a ella?

La miré en silencio, sintiendo cómo mi corazón comenzaba a descontrolarse y, a pesar de que mis ojos ardieron con lágrimas contenidas, no lloré ni mucho menos. Solo la observé como lo hacía siempre cuando ella tenía un ataque de ira y se desquitaba conmigo.

Nunca culpé a mamá por desquitarse únicamente conmigo cuando estaba frustrada —sabía que jamás agredió a Genneva, Nina o Elizabeth—. Esa parte oscura de ella estaba solo reservada para mí, pero nunca la odié porque sabía que ella también venía de un contexto demasiado violento. Mi padre, como jefe de la mafia siciliana, siempre había sido demasiado duro y la maltrató muchas veces por nunca haberle dado un heredero varón, y supongo que a partir de ahí y de todo lo que ella había sufrido desde joven, desarrolló una impotencia que únicamente desquitaba conmigo.

Mamá fue indiferente con Genneva, de vez en cuando le prestaba atención a Elizabeth y, sin duda alguna, amaba a Nina. Tenía solo ojos para ella, y estaba bien. Aún así, a diferencia de mis hermanas, mamá a mí me odiaba —o más bien me aborrecía—; podía verlo en la forma en que me miraba.

—¿Cuántas veces tengo que repetirte que quiero que supervises que Nina no se meta en problemas? —siseó—. ¿Por qué no me haces caso?

—Perdón, mamá —dije—. Perdóname.

Eso la molestó aún más; que me disculpara la hizo llenarse de más enojo, y volvió a abofetearme antes de enterrar sus uñas en mi barbilla y decirme:

—Ojalá ese estúpido corazón se te detenga de un momento a otro —el odio llenó aún más sus ojos—. Solo le pido a la vida que me conceda la oportunidad de ver cómo ese corazón se para y…

De repente, mientras ella seguía hablando, bajó una mano y golpeó fuertemente el centro de mi pecho con su puño cerrado, haciéndome retroceder, mientras sentía la manera en que aquel inservible órgano se aceleraba ante el golpe y lo que yo estaba sintiendo. Fruncí el ceño cuando un dolor comenzó a atravesarme desde lo más profundo de mi interior, casi desgarrando músculos, tendones y huesos. Lo hizo, y traté de abrir la boca para decir algo, pero nada salió de mí.

Nada aparte de dolor, y solo pude sostenerle la mirada a mi madre, la mujer que me dio la vida. Quise preguntarle: «¿Por qué? ¿Por qué ella me odiaba a mí más que al resto? ¿Qué había hecho aparte de nacer? ¿De existir?

Pero no pude pronunciar ni una sola palabra, no cuando todo comenzó a volverse borroso a mi alrededor; y entonces, lo último que escuché fue que ella dijo:

—Ojalá tu padre te hubiera escogido a ti en vez de Nina. Ojalá.

Todo se volvió negro y no hubo nada más.

**

Me desperté sintiendo cómo alguien acariciaba mi cabello, y cuando abrí los ojos y logré enfocarme alrededor de todo, descubrí que seguía en la habitación de Genneva, en su cama.

Yo misma había llegado ahí antes de desmayarme, y quien estaba acariciando mi cabello era Nina. Lo estaba haciendo de manera distraída mientras observaba un punto fijo de la pared, totalmente perdida en sus pensamientos.

—No sabía que también la extrañabas —fue lo primero que dijo, y se alejó de la cama—. Pero no debes preocuparte, yo haré que volvamos pronto con Genneva. Las cuatro estaremos juntas.

La miré en silencio por unos segundos antes de llevar la atención hacia la ventana y ver que afuera estaba totalmente oscuro; y al volver a ver a mi hermana y notar que llevaba ropa elegante, recordé todo lo que había pasado antes y mi corazón se aceleró, mientras me sentaba con prisa y… ¿Ya se habían comprometido?

—¿A dónde vas? —le pregunté, y me puse de pie tratando de no lucir débil.

—A ninguna parte, creo —se encogió de hombros—. El inservible de Becob dijo que quería verme más tarde.

Quise pedirle que no llamara a padre así porque se metería en problemas, pero sabía que no me obedecería.

—¿Y no te dijo para qué quiere verte?

—No, Bianca —llevó su mirada casi celeste a mí—. ¿Por qué?

—Por nada —comencé a caminar hacia la salida—. Necesito una ducha, yo… te veo después.

Estaba adolorida, confundida y muy molesta. Demasiado. Normalmente hacía todo lo posible por no molestarme, pero lo que estaba sintiendo dentro de mí era volcánico y se quedó por muchas horas en mi pecho, incluso mientras tomaba una rápida ducha y trataba de repetirme a mí misma que no podía controlar esto.

No podía controlar el hecho de que mi hermana se fuese a comprometer con el hombre con el que había estado fantaseando por tanto tiempo. No era su culpa, era mía y, sin duda alguna, era culpa de él: de Alesso Di’Carper.

Él había hecho esto porque, de todas las opciones que tenía y de lo que yo le ofrecí, había decidido fijarse en mi hermana y…

¡Eso me tenía mal!

Terminé de confirmarlo cuando tuve puesto mi pantalón y mi blusa de pijama morada —sí, era mi color favorito—, y estaba por secar mi largo cabello oscuro justo cuando escuché la gravilla del exterior sonar seguidamente y, a pesar de que estaba lejos, eso solo significaba una cosa.

Estaban entrando camionetas.

Él sí había venido a comprometerse con ella. Con mi hermana.

Yo era reconocida por pensar en mi accionar. Siempre estaba pensando alrededor de todo, y no solo por mí, sino por mis hermanas, porque temía que mis actos les generaran algunas consecuencias. Sin embargo, aquella noche, después de todo lo que había sentido, vivido y escuchado, ya no quise pensar en mis acciones.

Yo solo quise actuar; y, recordándome lo ilusa que había sido al darle la carta y lo mucho que él habría tenido que burlarse de mí al saber que no iba a escogerme, me puse una bata encima de mi pijama, dejé mi cabello mojado totalmente suelto y, sin importarme nada, simplemente salí de la habitación. Caminando por los pasillos que iban directo a las escaleras, las bajé, busqué la sala principal y, cuando llegué allí, sin más, me encontré con que ellos ya habían ingresado.

Alesso y el hombre misterioso de cabello oscuro y ojos grises —quizás eran hermanos o algo cercano, ya que compartían cierta similitud—. Al lado de ellos se encontraba lo que parecía ser un guardaespaldas gigante, y frente a estos estaba la mano derecha de mi padre, excusándose unos segundos, ya que Becob estaba en una llamada de emergencia, pero saldría pronto.

Alesso iba con un traje totalmente negro y elegante que resaltaba con su cabello rojo; sin embargo, a su lado, el otro —a diferencia de la vez anterior, que iba con un traje de dos piezas color vino tinto—, el pelinegro ahora llevaba un traje de un profundo color verde muy oscuro y sin corbata, que peleaba con la oscuridad de su mirada. No pasé por alto que tenía dos botones de su camisa desabrochados casualmente, dándole un toque maligno pero despreocupado. Él fue el primero en verme bajando por las escaleras, y cuando lo hizo, creí ver cómo la comisura de su labio se curvaba brevemente, mostrando un hoyuelo en su mejilla, mientras yo terminaba de llegar hasta donde estaban ellos y…

—Señorita Blinder —la mano derecha de papá intentó detenerme—. ¿Qué hace aquí? Vuelva arriba y…

Lo rodeé sin mirarlo a los ojos, y justo cuando estuve por hacerme frente al pelirrojo para enfrentarlo, su gran guardaespaldas se puso en mi camino; pero por el rabillo del ojo vi el movimiento de cabeza que le hizo el pelinegro —iba a volver a tenerlo plasmado en mi cabeza después de aquella noche, y seguía sin saber cuál era su nombre—. El guardaespaldas se movió justo cuando estuve frente al pelirrojo, el cual me observó con el ceño fruncido.

—Supongo que tengo que decir: «Hola, buenas noches» —saludé llena de tensión y alejé el flequillo de mis ojos—. Bien, hola. Lamento aparecer así, pero había algo que deseaba decir. Que tenía que decirte, Alesso.

Un silencio tenso llenó la sala, y el hombre de mi padre me tomó por el brazo para intentar alejarme, pero me zafé irritada y mantuve mi mirada en la mirada azul del pelirrojo, dispuesta a decir lo que pensaba.

—¿Cómo se atreve? —le pregunté sin pudor alguno y mucho menos miedo. Podía ser el rey de quién sabe dónde, y en ese momento de cólera me daba igual—. Le di la carta, le expliqué las razones y aún así… ¿Cómo se atreve, Alesso Di’Carper? —sentí mis mejillas sonrojarse debido a la misma rabia que estaba sintiendo, y me dio totalmente igual las consecuencias—. ¡Es mucho mayor! —exclamé—. ¿No se podía fijar en otra mujer?

—No puede ser esto real —respondió él rodando los ojos, y miró al pelinegro a su lado, que estaba observándome con un deje de… ¿diversión?

El enojo creció más en mi pecho, y una voz en mi mente me dijo algo sobre cómo había cambiado el tono de voz de Alesso desde la última vez que lo había escuchado realmente, pero no me centré en eso. En mi enojo, sí.

—Está mal lo que está haciendo, y me da igual si a nadie le gusta decirle las cosas —aclaré—. Quiero mi carta de regreso y olvide todo lo que dije. Eso ya no va más.

—Señorita… —comenzó a decir el pelirrojo, pero antes de que terminara sus palabras y yo pudiera hacer algo más demente como patearlo en la canilla, se escuchó una puerta cerrándose de fondo con fuerza y, un minuto después, salí de mi burbuja de ira cuando escuché la voz de muchas de mis pesadillas.

La voz de mi papá.

—Pero ¿qué estás haciendo? —Me congelé en mi lugar y, de repente, como si estuviera saliendo de un sueño —o más bien un trance que había surgido por la adrenalina y mis emociones—, me giré justo cuando Becob Blinder llegó a mí, y tragué saliva con fuerza cuando lo tuve frente a mi persona—. ¿Qué haces aquí abajo y vestida así? —su mirada me recorrió de arriba abajo con disgusto, y cuando llegó a mis pies, yo lo imité bajando la mirada y me tragué un gemido con fuerza cuando caí en cuenta de que no solo iba en pijama, sino que estaba totalmente descalza.

—Yo…

No supe qué decir; de repente perdí la valentía de encarar a un hombre como Alesso si al final de aquello, sin más, estaba mi padre.

—Yo…

—Vino a faltar al respeto aquí, señor —dijo la mano derecha de papá—. Ella…

No terminó de hablar. La mirada de mi padre se oscureció en menos de un segundo al escuchar la queja de lo que yo había hecho; y, sin importarle quiénes había ahí y con una agresividad que lo denominaba desde siempre, apretó sus labios en una fina línea de ira y, sin piedad alguna, levantó la mano y me golpeó tan fuerte y brutal en la mejilla, frente a todos los hombres que estaban ahí reunidos, que me mandó de bruces al piso, haciéndome jadear.

No sé qué me dolió más: si ser abofeteada de una manera tan brutal con toda la fuerza que caracterizaba a un hombre, o si el hecho de que Alesso Di’Carper —el hombre con el que había pasado tanto tiempo soñando y quien había escogido a mi hermana menor para comprometerse— estuviese presenciando la humillación en persona.

Dios, quería morirme.

—Levántate y pide perdón por abochornarme frente a los invitados.

Ni siquiera me lo pensé; no era tan estúpida como para llevarle la contraria.

—Lo siento —mi voz sonó baja.

—No te escuché —gruñó—. Repítelo y míralos a la cara.

Levanté la mirada y, sin saber por qué, al primero que miré fue al pelinegro, el cual seguía viéndome con la misma diversión oscura de antes. Tragando saliva con fuerza, me obligué a dejar de verlo a él, y entonces llevé mi atención al pelirrojo, el cual estaba totalmente serio, y repetí con una voz firme que no representaba el desastre emocional que era por dentro:

—Perdón por ser una irrespetuosa.

—Largo de aquí —siseó mi padre—. Espérame en mi oficina.

Volví a obedecer, y al entrar a la oficina y quedarme de pie frente a su escritorio como sabía que debía de hacerlo, solo maldije en voz baja y cerré los ojos tratando de gobernar mis emociones, sabiendo que iba a salir de ahí repleta de golpes.

Becob me mataría por esto, yo lo sabía. Lo entendía.

Sólo me quedé ahí callada, aceptando el que iba a ser mi destino; y luego de lo que me pareció una eternidad, la puerta de la oficina se abrió, pero cuando aquello sucedió y mi padre apareció con el rostro rojo e iracundo, en vez de atacarme, solo me miró con desprecio y dijo:

—Ve a la biblioteca.

—¿Qué…?

—Solo ve a la maldita biblioteca, y de una vez te lo digo: vuelve a arruinarlo y te pico viva.