LNCrawler

Capítulo 4.

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Capítulo 4.

4

Alesso.

Sabía que la cúpula de la Santa, todo su consejo, no estarían felices con aquello de que accediera a comprometerme y, posteriormente, casarme con una siciliana.

Gregok estaría furioso.

Él, siendo el líder del consejo y la orden que me rodeaba a mí y a toda la familia de Calabria, no le gustaría saber que finalmente accedí a tener un matrimonio, y este sería nada más y nada menos que con la hija de uno de nuestros enemigos más antiguos. Pero me daba igual; todo el mundo sabía cómo era yo cuando tomaba una decisión. A pesar de que el consejo de la Santa estaba ahí para darme panoramas y apoyarme en estrategias, al final del día, quien ponía las reglas y decidía cómo ejecutarlas era yo, y lo que opinara el resto me daba igual, porque mi poder no lo había cimentado alrededor de las opiniones de otros.

—Madre —recibí una llamada de ella justo cuando iba de camino hacia la mansión de Becob en una de las camionetas blindadas. Ya llevaba mucho tiempo ignorando sus llamadas y sabía que eso solo la molestaría más—. ¿Sucedió algo?

—¿No puedo llamar a mi hijo para saber cómo está? —preguntó con su tono de voz firme, pero una nota dulce y profunda.

Gilda Di’Carper era una mujer de armas tomar, siempre lo había sido, y no por nada —sin importar que fuese mujer y que a todo el mundo no le gustase—, ella tenía una participación importante en mi mundo, en mi consejería. Era inteligente, aguerrida y con un temple firme.

—Estoy bien —la tranquilicé y jugué con el anillo en mi dedo medio—. Un poco ocupado, si lo preguntas.

—¿Cuándo vas a volver?

—Mañana.

Solo a mi madre le permitía que me cuestionara cosas, y era solo por ello. Porque era mi madre.

—Bien, me parece justo. Hay una cosa de la que quiero hablarte.

—¿Sobre qué cosa?

—Lo hablaremos cuando vengas —zanjó—. Solo quería saber si estás bien; me preocupo por ti, hijo mío. No quiero que estés haciendo locuras.

—En realidad me estoy portando muy bien.

—Te conozco, mi querido. Portarte bien no es lo tuyo.

Guardé silencio por un momento y no pude evitar preguntarme cómo era que mi madre, después de todo, seguía queriéndome como lo hacía —porque sí creía en su cariño—. Se me hacía raro que pudiera hacerlo, teniendo en cuenta de que yo había sido el encargado de darle los dos momentos más trágicos de su vida.

—Todo está en orden, despreocúpate —la calmé—. Te llamo luego, adiós.

Colgué la llamada y no dije mucho, ya que al otro día estaría de regreso en San Luca, y ese mismo día tendría una reunión en Aspromonte para hablar de un problema que estaba teniendo con cárteles más pequeños. Debía enfocarme en aquello, pero, al menos por esa noche templada en la isla de Sicilia, iba a joder un rato y conocer realmente a mi próxima presa.

Quién sería mi prometida, Nina Blinder.

—¿Estás seguro de esto? —me preguntó Evrem cuando finalmente llegamos a la mansión—. Esa chica no me dio buena espina.

Las comisuras de mis labios se habían curvado ante las palabras del pelirrojo, mientras lo miraba de soslayo.

—Es una pequeña criatura, ¿qué podría salir mal?

—Te escribió una carta dejando en claro que podía traicionar a su papá y, aparte, me confundió contigo —su mirada azul dio con la mía—. Si me lo preguntas, para mí, todo está muy mal.

—Te estás volviendo amargado —señalé—. La chica solo está jugando, déjala.

Evrem solía tener un tipo de humor muy similar al mío; era por ello que siempre nos habíamos llevado demasiado bien él, yo y nuestro otro primo Selvio, pero este último estaba ahora más apartado por intereses conflictuados con Evrem. Un drama entre ellos dos que prefería ignorar porque no me importaba.

—No digas que no te lo advertí —fue lo último que me dijo, justo cuando yo me bajaba de la camioneta y alisaba las arrugas imaginarias de mi traje hecho a medida de color verde muy oscuro—. Está loca.

—Estás exagerando.

Sí, estaba demasiado loca —pense con humor oscuro— cuando, después de llegar a la mansión del estúpido de Becob, nos vimos en la descabellada tarea de esperar al imbécil como si él hubiese olvidado quién era yo; y mientras sucedía eso, sin más, se confirmaron las palabras de Evrem.

Nina Blinder estaba demente, y eso, en vez de molestarme, me entretuvo. Me encantaban las cosas que lograban tomar por completo mi atención, y ella lo hizo cuando apareció de la manera más impresentable en que alguien se había presentado ante mí en los últimos casi cuatro años. Tras llevar esa mirada de medianoche a mí y repararme, se acercó de forma muy furiosa a Evrem y, confundiéndole aún con mi persona, comenzó a encararlo y a decirle quién sabe qué cosa, porque no le presté atención a sus palabras; solo me fijé en su persona, en que iba vestida con un pijama morado y en que, de manera directa, ella mintió en su carta.

No era dulce, tranquila, alegre y ni mucho menos algo pasible. Esa cosa era un vendaval de carácter, y no pude dejar de verla, ni siquiera cuando su padre apareció, la abofeteó por grosera, ella cayó de bruces al piso y, tras ponerse de pie, pidió perdón y se marchó. Lo hizo mientras yo no dejaba de mirarla y la diversión se incrementaba dentro de mí.

Era tremenda.

—Disculpen por eso —Becob no estaba muy feliz, y poco le importó golpear a su hija frente a nosotros. Me tenía sin cuidado, pero eso solo demostraba la clase de atrabanco que era—. La castigaré por eso.

Evrem se mantuvo en silencio, y supe que, si pudiera hablar en ese instante, me diría que abortáramos el plan y simplemente me alejara de la caótica joven sin más; pero yo no era de abortar planes y mucho menos de huir. No cuando estaba a punto de tener mi plaza en Sicilia y menos cuando me hallaba tan entretenido.

—¿Por qué no pasamos directo a la sala? —ofreció el imbécil—. ¿Quieren beber algo o…?

—No tengo tiempo que perder —corté con firmeza—. Vine a conocer a su hija y a pactar una fecha. Después de eso, simplemente me voy.

No me iba a ir por las ramas; verle la cara a él era aburrido a tal grado que preferiría meter mi mano en una trituradora antes de tener que seguir escuchándolo.

—Bien, entonces hagamos esto rápido —asintió—. Llama a Nina —le dije al otro hombre que lo estaba acompañando, y casi bufé por todo el protocolo.

Si en vez de haberla golpeado y mandado lejos simplemente le hubiese dicho que estaba frente a su futuro prometido y esposo, ya nos habríamos ahorrado muchos minutos desperdiciados.

Sin embargo, después de una pausa densa de silencio en donde solo esperé, y para calmar mi impaciencia imaginé lo divertido que sería desmembrar a Becob, vi cómo por uno de los pasillos venía el otro sujeto con una chica —demasiado joven— y, al verla, supe de inmediato que yo también había caído en un error.

Lo hice cuando le envié señas a mi guardaespaldas para que detuviera en su venir al otro, y la joven, mientras yo miraba a Becob y le preguntaba:

—¿Qué es esto?

Me miró confundido.

—¿Qué?

Mis ojos volvieron hacia la chica de cabello corto y, negando, volví a mirar a Becob.

—¿Quién es?

—Mi hija Nina —respondió con un deje de impaciencia que trató de controlar, pero no pudo—. Pensé que deseabas conocerla.

—¿Nina? —enarqué una ceja.

—Sí.

¿Ella era la verdadera Nina? ¿Fue la que siempre me ofreció?

Abrí la boca para decir algo, tratando de sopesar la información que tenía en mi cerebro y cómo yo llegué a la conjetura de que Nina era la problemática de cabello largo y ojos de azul oscuro; pero entonces, bordeando la realidad, de repente fui consciente de que nunca había escuchado el nombre de la otra y solo hice la conjetura de que la joven que abordó a mi primo era la misma que me había ofrecido este bastardo.

—Si esta es Nina —quien habló fue Evrem—. ¿Quién es la otra?

—¿Cuál?

—La que golpeaste.

—Bianca —dijo con desagrado—. La grosera de hace unos minutos es mi hija Bianca, la mayor.

—Por lo que se ve, esa ni siquiera es mayor aún —el pelirrojo volvió a mirar hacia la distancia en donde estaba la otra chica con cara de desagrado.

¿Todas eran así de temperamentales?

—Da igual —Becob lo descartó—. Podemos hacer el compromiso ahora y esperar la mayoría de edad para la boda.

De repente, todo tuvo sentido en mi cabeza de por qué la otra —la que ahora sabía que se llamaba Bianca— había estado tan furiosa. Ella pensaba que Evrem, o más bien yo, había escogido a su hermana menor.

—Quiero ver a la otra —mi tono de voz fue firme, mientras me refería a la explosiva, a Bianca.

—¿Por qué? —Becob me miró con desconfianza—. Si es por la falta de respeto, ten por seguro de que será castigada.

No respondí.

—Ahí está la hija que te ofrecí, y es ella quien será tu esposa.

No volví a darle ni una sola mirada a la joven, a Nina; no me interesaba.

—Hazme una reunión con la otra.

—Ten por seguro de que la voy a corregir —repitió—. No olvidará jamás la falta de respeto que tuvo con ustedes y…

Nadie me decía que no a mí, y no iba a comenzar a hacerlo este bastardo; por ello mismo, con expresión sobria y voz tranquila, respondí:

—Teniendo en cuenta de que fue a mí y a mi primo a quien nos faltó al respeto, seré yo quien la corrija, es lo justo —no le gustó—. Serías un pésimo socio si me niegas el derecho de hacerme respetar.

No le importaban sus hijas, eso estaba claro por la manera como las trataba y las ofrecía, pero aquello también me tenía sin cuidado. De repente, lo único que quería era hablar con la otra, e iba a hacerlo.

—Bien —accedió—. Te concederé una reunión corta con ella y, después de eso, hablarás con Nina. Tu futura prometida.

No respondí ante eso; simplemente esperé hasta que el imbécil me llevó a una lujosa biblioteca que tenía sillones de cuero, y una vez que llegué ahí, me senté casualmente en uno de estos y le hice señas a Evrem y Héctor para que me esperaran en la sala.

Obedecieron.

Lo hicieron mientras mi mirada caía en un cuenco de chocolates que había en el centro de la mesa, y estirando una mano para tomar todo el recipiente, simplemente esperé. Lo hice hasta que la puerta de la biblioteca se abrió y apareció ella.

No Nina, como creí que se llamaba; Bianca .

Seguía con su mismo pijama y la bata abierta. Iba descalza, y su cabello largo y ondulado seguía siendo un desastre húmedo.

Bien.

Ella se detuvo en seco cuando me vio, y la vi tragar saliva con fuerza, mientras mis ojos la detallaban y pensé que se intimidaría y simplemente se quedaría ahí de pie, pero no lo hizo. Caminó hasta donde estaba yo y —sin mi permiso, con total osadía— se sentó en el sillón frente a mí, y tras una breve pausa, soltó una profunda respiración.

—Perdón —dijo, y me sostuvo la mirada con una firmeza que no solía ver en otros hombres—. Fui grosera hace un rato y quería ofrecerle una disculpa a usted y a Alesso Di’Carper.

Las comisuras de mis labios se curvaron.

—Yo solo… me dejé llevar por el impulso.

Nuestros ojos volvieron a trabarse, y supuse que ella pensó que no iba a responder nada, pero ladeando brevemente mi cabeza, me encontré repitiendo:

—Se dejó llevar por el impulso.

Se quedó estática al oír mi voz y frunció el ceño como si algo la hubiese confundido, pero antes de que pudiera decir algo, agregué:

—¿Por qué impulso te dejaste llevar precisamente, Bianca? —la tuteé sin miramiento alguno porque ser cortés me daba igual, y ella se estremeció al escuchar su nombre en mi boca.

—Yo… —aclaró su garganta—. No sé si puedo ser sincera; creo que me meteré en problemas.

—Bueno, técnicamente ya estás en problemas —señalé—. Siempre he pensado que, ya habiendo metido la mano, puedes meter el brazo completo.

—¿A qué te refieres?

—Si ya lo arruinaste, termínalo de arruinar —la empujé—. ¿Qué importa?

Asintió, y alejando el flequillo de sus ojos con un gesto que supuse que eran nervios, dijo:

—Alesso Di’Carper es un imbécil, y me da igual que sea tu jefe —aclaró—. ¿O es tu hermano?

La diversión me rodeó aún más.

—El pelirrojo es mi primo.

—Y un imbécil —repitió—. De todas maneras, mi padre ahora me va a golpear, entonces lo diré: es un imbécil y mala persona.

—He escuchado eso muchas veces.

Asintió.

—Es vergonzoso; le di una carta y le expliqué los motivos de por qué debo de ser su esposa, y aun así él escogió a mi hermana.

Chasqueé la lengua.

—¿Entonces estás envidiando a tu hermana?

Abrió su sonrojada boca y la volvió a cerrar, antes de negar con ímpetu.

—Nada de eso, pero está mal —siseó—. Ella es menor.

—Tú también sigues siendo demasiado joven.

—Pero ya tengo la mayoría de edad —peleó—, y… —jadeó como si su enojo estuviera creciendo—. Dios, da igual. ¿Por qué estoy hablando de esto contigo si se lo vas a ir a decir?

—¿Crees que se lo diré?

—Lo harás.

—Uhm.

—Pero no me importa.

—Bastante claro quedó.

Estaba molesta, y no sabía cómo algo así tan insignificante me tenía atrapado en ese momento, porque ella no era directamente interesante para mí, pero estaba jodida, era una demente caprichosa, y a mí me gustaba el capricho.

Yo era el capricho y la terquedad hecha hombre.

—Toma uno —le ofrecí uno de los dulces, y estiró la mano para tomarlo antes de abrirlo y llevarlo a su boca.

La observé en silencio por unos segundos, esperando a que algo sucediera; y cuando descubrí que el dulce no tenía veneno y ella no se estaba retorciendo, ahogándose en su miseria y muriendo, fue ahí cuando me atreví a tomar uno para mí y también lo llevé a mi boca.

Lo hice bajo su atenta mirada.

—¿Y para qué estoy aquí? —preguntó, tomando otro dulce—. Ya me disculpé contigo, ¿ahora tengo que disculparme con él?

—Es lo más probable —crucé una pierna sin dejar de verla—, y para que lo sepas, como consejo, necesitas ser muy buena con tu disculpa.

—¿A qué te refieres?

—Alesso es muy metódico con la gente que requiere su perdón. Vas a tener que esforzarte y verte lo suficientemente arrepentida por tu falta de respeto.

No se vio muy feliz y negó. Lo hizo, y por un momento simplemente se quedó en silencio, mientras yo seguía analizándola y no sabía por qué estaba ahí perdiendo mi tiempo, pero allí me encontraba.

—¿Es verdad todo lo que dicen de él?

—¿Qué cosa?

—Todas esas cosas malas… —bajó el tono de voz como si no deseara que la escucharan—. Dicen que… asesinó a su propio hermano.

—Ah, sí —llevé otra bola de chocolate a mis labios, y ella siguió el movimiento—. Le aplastó la cabeza con un bate repleto de púas.

—Es un hombre horrible.

—Y aun así le pediste ser tu esposo.

—Eso fue antes de saber que quería a mi hermana —negó—. Ya no quiero nada con él. De hecho, ¿sabes qué?

—¿Qué? —pregunté interesado, queriendo saber qué estaba a punto de salir de esa boca—. Alúmbrame.

—Hazme un favor —me tuteé con más descaro que antes, y sonreí.

—Por supuesto, el que tú quieras, Bianca —el sarcasmo fue suave y ella no lo detectó—. Justo hoy ando servicial.

—Pídele mi carta; ya no quiero nada que me vincule a él. Ya no me gusta.

No pude evitarlo, pero me robó ahora sí una risa baja. Lo hizo, y fue más divertido cuando me miró molesta.

—No te burles de mí.

No respondí de inmediato; solo la miré con más intención, y tras una pausa, agregué:

—Deberías tener cuidado con lo que juegas y con lo que pides, Bianca —me miró en silencio—. Ya tomaste la atención de Alesso, ¿qué tal que ya no quiera apartarla de ti?

— Se va a casar con Nina, no conmigo.

—¿Y?

—Ya no me interesa, es un mal hombre.

—Eso ya lo sabías antes de la carta.

—Da igual, ya no quiero ningún vínculo con él; y si es verdad que va a casarse con mi hermana y demás, es mejor que lo de la carta quede en secreto.

—¿Un secreto entre tú y Alesso? —asintió—. Eso le sonará muy entretenido. Ama los secretos, y más si son ajenos.

Siguió callada.

—Más teniendo en cuenta de que él tiene la prueba en donde explícitamente dijiste que tenías mucha información sobre tu padre para dar.

La mirada de ella se abrió demasiado al escuchar mis palabras, y sus mejillas se sonrojaron con fuerza antes de simplemente preguntar:

—¿Leíste la carta?

—Escuché algunas cosas de ella —mentí—. Algo sobre saber mucho sobre tu padre y algo también que estaba relacionado con dar herederos.

Como si fuese posible, y aumentando mi retorcida diversión de tener algo tan caótico como ella frente a mí, vi cómo sus mejillas terminaban de sonrojarse y apartaba de manera inmediata sus ojos.

—Pero, como dije anteriormente, ando bastante servicial. Confía en la buena honra; haré todo lo humanamente posible para que nada de lo que hay en esa carta se filtre, sin importar demasiado que le has faltado al respeto todo este tiempo al Don.

Asintió en silencio.

—¿De dónde es que dices que lo conoces? —pregunté curioso—. Hablaste de algo de eso en la carta.

—Es un secreto entre él y yo.

Levanté ambas cejas y llevé otro dulce a mi boca.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Qué curioso.

—Demasiado.

El silencio volvió, y la vi llevar sus ojos a la puerta, probablemente ansiosa de que entrara Evrem para disculparse por lo de antes. Mientras hacía eso, volví a reparar su rostro y no pasé por alto que tenía no solo el labio roto por el golpe que le había dado su papá, sino que tenía un hematoma en la parte superior de su mejilla que claramente era de varios días, ya que este tenía un tono más verdusco.

—Eso se ve doloroso —volvió a mirarme, y señalé con mi mirada sus golpes.

—Ya estoy acostumbrada —lo deshechó—. Pero no finjas, te vi divertido cuando mi padre me golpeó.

—¿Querías que me pusiera triste? —no respondió—. Después de todo, tu atención solo estaba en el pelirrojo, no en mí.

Abrió la boca y la volvió a cerrar antes de decir:

—Está mal burlarse de otros.

—Mi defecto, qué vergüenza.

No había nada de vergüenza en mí, claramente; burlarme de otros era mi pasatiempo favorito, justo como lo estaba haciendo con ella en ese instante. Mientras nos sosteníamos la mirada y sopesaba todo lo que había pasado anteriormente, estuve a punto de tomar mi decisión, pero primero pregunté:

—¿Estás enferma?

—¿Eso también te lo dijo Alesso?

—¿Qué tienes?

—¿Qué harías si te digo que alguna enfermedad de transmisión sexual?

Me reí.

—Transpiras virginidad por cada poro tuyo, Bianca —señalé sin ánimo de ofenderla, o quizás sí, me tenía sin cuidado—. Estoy segura de que el hombre que ha estado más cercano a tocarte se ha hallado a dos metros de distancia como mínimo.

Frunció el ceño.

—Tengo amigos hombres.

—¿Y eso te hace tener VIH?

—Claro que no.

—¿Entonces?

—Mi corazón está arruinado —cedió sin drama—. No sirve mucho, y en algún momento va a detenerse. ¿Feliz?

Solo la observé.

— Ahora, ¿crees que Alesso se tarde en venir o…?

—Déjame, lo llamo —me puse de pie y, ofreciéndole los dulces, le sostuve la mirada por un momento, analizando esa mirada cobalto. Tras esa pausa, simplemente comencé a caminar hacia la puerta de la biblioteca.

—¿Cómo es? —preguntó, y yo me detuve.

—¿Qué cosa?

—Tu nombre.

La miré por encima del hombro.

—Vance.

**

—No creo que sea buena idea —volvió a decirme Evrem mientras íbamos de regreso a San Luca en el jet privado y teníamos una partida de ajedrez—. Esa joven se ve que está loca, Alesso.

—Mírale el lado positivo —le dije mientras movía la reina y, aprovechando su descuido, le hacía jaque mate—. Está enferma; esa se muere rápido, y así nos evitamos dolores de cabeza.

—No lo sé.

Lo ignoré, justo cuando a mi teléfono entró una llamada de Becob y sabía que estaba ansioso. Había quedado de aquella manera cuando la noche anterior le informé que pensaría lo de la oferta de matrimonio porque ya no estaba tan seguro.

—Necesito una respuesta, Di’Carper —dijo—. Tengo la plaza dispuesta, pero…

—Voy a casarme con tu hija —lo silencié—. Haremos el anuncio del compromiso en un mes; ahora tengo otros eventos.

—Bien —accedió—. Aún tienes que conocer a Nina, pero eso puede ser después.

—Nada de eso. No me interesa conocer a tu hija Nina —zanjé con firmeza, teniendo ya mi postura y plan bastante claro—. Es con tu hija Bianca con la que me voy a casar. Será ella o ninguna.