LNCrawler

Capítulo 5.

Silver Hell. 18+ — booknet.com · All chapters

Capítulo 5.

5

Alesso.

—Bianca no era parte del trato, Alesso —me repitió Becob a través de la llamada, mientras yo estaba en la oficina de mi gran mansión en San Luca, observando todo el panorama desde el último piso del gran y opulento lugar.

Observé desde los altos y blindados ventanales cómo en medio de la noche se extendían los acantilados y el mar, en un profundo y austero azul oscuro. Todo estaba en silencio; la mansión siempre era así a menos que yo decidiera lo contrario y, en aquella ocasión, solo por culpa del imbécil de Becob era que no podía continuar teniendo todo tan denso y sumido a mi presencia.

No había dejado de llamarme desde hacía tres días atrás, cuando estaba de regreso a San Luca y le informé que iba a casarme con su hija, pero no con la llamada Nina, sino con la insolente de ojos oscuros y corazón defectuoso: Bianca.

Había hecho que me averiguaran todo sobre ella y pese a que Becob era muy cuidadoso con la información alrededor de su familia, la joven no había mentido sobre su diagnóstico y era real. Tenía un corazón arruinado, uno que se iba a detener en poco tiempo, y eso me servía aún más. No estaba interesado en amarrarme en un matrimonio de años ni mucho menos, y teniendo en claro que ella pecería pronto, era mi mejor opción a tomar mientras me adueñaba del puerto en Sicilia.

No iba a mentir, desde que había llegado de nuevo a Aspromonte no había vuelto a pensar en la joven descarada. Mis pensamientos se habían ido directamente a la cuestión de que estaba siendo traicionado por alguno de mis contadores, ya que hubo un colapso en la línea de blanqueamiento entre Zúrich y Milán, y debido a esto, cientos de millones de euros habían sido congelados e inmovilizados, y la única manera de lograr hacer algo con ese dinero era que yo volviera a renegociar con banqueros corruptos que me tenían hasta la mierda.

Ese dinero no tendría que haber sido detectado ni mucho menos. Se suponía que era una sombra, y el simple hecho de que las autoridades hubiesen podido detectarlo sólo significaba que alguno de los contadores había hecho algo mal o me había traicionado directamente, y ambas eran opciones pésimas para mí y lo serían prontamente para la orden de la Santa, la cual comenzaría a señalar la gran pérdida de dinero y cómo era posible que se me hubiese salido de las manos.

Tenía la buena vista de casi todo el Consejo —yo me aseguré de que fuese de tal manera—. Había eliminado, sin importarme absolutamente nada, a todos aquellos que representaban una adversión a mi poder justo después de que mi padre murió y yo asesiné a mi propio hermano. Sabía cuán patriarcas y arrogantes eran muchos de ellos, ya que siempre habían pertenecido a la familia Calabria y eran mucho más antiguos que yo. Si fuese por mí, habría disuelto todo aquel consejo, pero había guerras que había que saber cómo tomarlas y esa era una que no valía la pena en ese entonces.

Tenía muchas cosas por hacer y todas estas necesitaban mi presencia pronta, pero ahí estaba, en medio del trece de diciembre, escuchando las quejas de Becob y permitiendo que él trajera de regreso a mi mente el recuerdo de una hija en particular.

Lo hizo y no pude evitar que las comisuras de mis labios se curvaran mientras recordaba la manera en que habló mal de mi persona y tuvo el descaro de decir que nos conocíamos y que aquella era una cuestión entre los dos. No había ninguna cuestión entre ella y yo antes de habérmela encontrado por primera vez bajo la lluvia, pero si a ella le gustaba mentir y ser una demente, fácilmente podía seguirle el juego.

Me encantaba jugar, y más cuando los juegos ponían sobre la mesa la estabilidad mental de alguna persona.

—Pues ahora está sobre la mesa —le respondí finalmente a Becob—. La quiero a ella, no a la otra.

—Nina será más factible para ti. Esperaremos la mayoría de edad y celebraremos la boda.

Estirando una mano, abrí uno de los cajones de mi escritorio y extraje uno de mis puros antes de llevarlo directamente a mis labios, encenderlo y comenzarlo a fumar.

—Creo que no has entendido lo que te dije. No estoy negociando mi decisión. Ya decidí que Bianca será mi esposa y, si no es ella, no será ninguna de tus otras hijas.

—No puedes decir con cuál de mis hijas vas a casarte.

—Acabo de hacerlo; la quiero a ella.

Evrem pensaba que esto simplemente era una necedad mía y que no valía la pena arriesgarme a una ruptura de intereses con Becob por escoger a otra hija que no había sido la que él me ofreció, pero me tenía sin cuidado. Por donde lo viera, era más factible para mí casarme con Bianca y su irrespetuoso ser que con la otra.

—No sé qué te habrá dicho esa insolente —agregó—. Pero no es una buena idea y, así como la viste actuar, lo seguirá haciendo. Es irrespetuosa.

Y yo era peor de irrespetuoso. Yo era un infierno y ella había tenido el descaro de fingir conocerme, escribir una carta para mí, a mi nombre y, siendo peor aún, dársela a mi primo y continuar creyendo que él era yo, mientras hablaba mal de mí y de lo que era como persona.

—Deja que me preocupe yo por su persona necia —dije—. Cuando sea mi esposa veré si lo corrijo o no.

—Bianca no es una opción.

—Ahora lo es para mí y, teniendo en cuenta de que sabes cómo son los matrimonios, no te preocupes, no te culparé de nada que haga ella. Se lo cobraré todo a su misma persona.

Guardó silencio y no trató de decirme algo al yo insinuar que iba a lastimar a su hija si llegaba a ser una mala esposa. A él no le importaba aquello porque estaba acostumbrado a joder a su propia familia, pero no entraría en decirmientos de moral, teniendo en cuenta lo que había hecho yo.

Me daba igual; cada quien con su mundo y con sus demonios.

—A menos que haya algo que quieras decirme sobre Bianca y sobre el hecho de no poder ser mi esposa. ¿Hay algo? —cuestioné, y hubo una pausa.

Claramente no me diría sobre lo defectuosa que era su hija. No revelaría aquella debilidad porque sabía que podría usarla después en contra.

—Bianca no era el acuerdo, pero bien. Entonces que sea ella —respondió finalmente—. El compromiso será en enero.

Después de eso, el hijo de puta colgó y, bien, la cuestión ya estaba sobre la mesa. Iba a comprometerme y posteriormente casarme con Bianca Blinder, y ese ya era un acuerdo pactado, un acuerdo hecho.

Después de la llamada volví a revisar algunos informes que me había enviado Selvio, ya que él, siendo mi contador de alto impacto y quien manejaba a los otros, era quien debía responderme por el fallo que hubo en Milán.

Estaba entretenido revisando todo, justo cuando llamaron a la puerta de la oficina.

—Adelante.

Esta se abrió y reveló a dos personas. Una de las sirvientas de la mansión cargando una bandeja de comida y a mi madre, la cual venía vistiendo de manera elegante como siempre.

—Déjale todo sobre el escritorio —le ordenó a la joven, y esta obedeció antes de darme un asentimiento de respeto y después marcharse rápidamente.

Miré a mi madre, la cual a sus cincuenta años se veía perfecta. Era una mujer esbelta, elegante y dura, ya que siempre recogía su largo cabello negro con fuerza hacia atrás en un moño, dejando totalmente al descubierto sus facciones angulosas. Sin embargo, sin importar qué tan dura deseara verse Gilda Di’Carper, la verdad era que, al menos con sus hijos, era un amor.

—Necesitas comer puntualmente —señaló la bandeja con su mano repleta de anillos de diamante—. No todo es trabajo, hijo.

—Me imagino que no —asentí y dejé de lado mi puro para tomar el vaso de jugo y llevarlo a mis labios—. Gracias.

Asintió y me analizó por unos segundos mientras yo le devolvía la mirada a esos ojos grises que eran idénticos a los míos.

—¿Vas a decir algo? —pregunté con curiosidad—. Te ves como si desearas hacerlo.

—¿Qué estuviste haciendo en Sicilia?

Las comisuras de mis labios se curvaron.

—Ya lo sabrás, madre.

—¿No confías en mí? —preguntó—. ¿No puedes decírmelo ahora?

—Prefiero que sea una sorpresa.

Asintió tras una pausa y, tras rodear el escritorio, llegó hasta mí y, ubicándose frente a mi persona, guió su mano a mi barbilla y levantó mi rostro para continuar viéndome.

—Puedes tener veintisiete años y, aun así, continúas siendo mi pequeño inquieto de siempre, Vance.

A veces solía llamarme “Vance” como cuando estaba pequeño, pero ese nombre saliendo de sus labios ya no me gustaba. Me recordaba el pasado y estaba seguro de que hacía lo mismo con ella.

—Me aterran tus sorpresas, querido —admitió—. Un día de estos vas a arruinar mi corazón. Lo harás porque sueles olvidar quién eres y las consecuencias de tomar malas decisiones.

—Nunca olvido quién soy, madre.

—Lo haces —reiteró—. No sólo olvidas quién eres y lo que haces, sino que pasas por alto quiénes están observando cada uno de tus movimientos y cómo te van a juzgar.

No dije nada.

—Llevas tres años siendo Don. Tres años en donde has podido mantener con puño de acero la sumisión de todos, pero a veces sueles olvidar que un castillo cae después de que sale una simple grieta y la primera piedra se desmorona. No somos inmortales en este mundo.

Tomando su mano, que estaba en mi barbilla, la alejé suavemente antes de llevarla a mis labios y besarla.

—Relájate, madre —fue mi respuesta—. Solo fui a Sicilia, no andaba por ahí vendiendo los secretos y poderío de mi propio imperio.

No dijo nada.

—Confía en mí.

Su mirada se suavizó brevemente y sintió —antes de suspirar—.

—Supongo que estoy un poco paranoica.

—Está bien.

No podía juzgar a mi madre por su comportamiento y sus dudas; no tenía derecho a refutarle absolutamente nada cuando yo había sido el culpable de muchos de sus dolores.

—Come —señaló la comida y se alejó para darme espacio mientras se sentaba en el sofá del otro lado de la oficina—. Hice que el chef preparase tu platillo favorito.

No tenía demasiado apetito y tenía muchas otras cosas en las cuales adentrarme, pero si verme comer le generaba gusto a ella, lo haría.

—También venía a decirte otra cosa —añadió cuando me vio devorar mi pasta con ostras—. Ya sabes que se viene Navidad y todo eso.

—Uhm.

—Voy a celebrarla por lo grande y tu hermana y yo pensamos en hacer una fiesta acá en casa. Algo muy tradicional e invitar a la familia Calabria. A todos los socios.

—Está bien.

—Pero eso no es todo —la miré y esperé a que terminara—. ¿Recuerdas a mi medio hermano Lautaro?

—¿El que vive en Latinoamérica?

—Sí.

—Ajá.

—Su hija menor, Visenza, quiere venir un tiempo de viaje acá a Europa porque hace tiempo no visita Italia, y pensé en darle hospedaje acá en la fortaleza —me sonrió—. Es tu prima, no creo que haya problema con eso y es una buena chica.

Normalmente no me gustaba tener muchas personas en casa. En la gran mansión solo vivíamos yo, mi madre, Evrem, mi hermana y su esposo Jaz —el cual era parte del consejo de la Santa y un magnate importante en las islas—; ellos ahora estaban viviendo con nosotros porque Fabiella, mi hermana, tuvo una fuerte depresión y quería estar cerca de la familia. En el exterior de la propiedad, al fondo de las hectáreas de jardín, había otra gran casa en donde vivían algunos de los guardaespaldas, la ama de llaves y demás.

Me gustaba tenerlo todo muy controlado, pero si madre confiaba en ella para ingresarla a la propiedad, no había problema. El lugar era lo suficientemente gigante para que nunca tuviéramos que toparnos o algo por el estilo.

—Bien, hazlo —accedí—. Supongo que estarás encantada de ver a tu sobrina.

—Sí —sonrió—. No la veo desde que era muy joven y, te digo, es hermosa y será una buena visita.

—Cuenta con eso entonces.

Terminé mi platillo y al final, conociéndome tan bien como siempre, ella hizo que me prepararan un postre de chocolate, y ese también me lo devoré; al probarlo, sin saber por qué, a mi mente llegó de nuevo la imagen de la necia con la que me iba a casar y me divertí.

Lo hice de repente, tratando de imaginarme cuál sería su cara y sus palabras al saber que realmente me iba a casar con ella y no con su hermana menor. Pagaría una fortuna por ver y escuchar sus palabras, pero, mejor aún, duplicaría esa fortuna con tal de que ella continuara pensando que con quien se iba a casar era con Evrem y no conmigo.

Sabía que podía sacarle un poco más de provecho a su confusión. Que ella pensara que yo era otra persona me daría más poder y libertad para conocerla, y si nadie me dañaba esa jugada, iba a llevarla hasta el final.

—Supongo que iré a llevarle un té a Fabiella y después me iré a dormir —dijo mi madre cuando me vio terminar todo—. Te dejo para que termines lo tuyo.

Asentí.

—Llamaré a la sirvienta para que venga por todo.

—Bien.

Ella volvió a acercarse a mí y, cuando lo hizo, me sostuvo la mirada por unos segundos y en voz baja, pero firme, dijo: —No puedo volver a pasar por lo mismo de antes.

No dije nada.

—No voy a perder a un familiar más y mucho menos a un hijo, Vance. Espero que lo sepas y pongas de tu parte. No volveré a sufrir de esa manera y, por el amor que quiero creer que tienes a tu madre, te vas a esforzar por hacer las cosas bien con la familia Calabria y la Santa.

Después de eso, Gilda Di’Carper se marchó y yo solo la pude observar mientras el murmullo de las sombras del pasado volvía sin más; y pese a que me preocupaba por mi madre y no quería volver a someterla a dolores innecesarios, ella sabía la clase de hijo que había parido y, en pocas palabras, eso sólo significaba una cosa:

La familia Calabria y la orden de la Santa siempre estarían de acuerdo conmigo y mis movimientos, o la sangre volvería a rodear a todo el imperio Di’Carper, y con gusto yo me haría cargo de eso.

***

TRES AÑOS ATRÁS.

La sangre estaba escurriendo por todo mi cuerpo. Por mi rostro, mi pecho, mis brazos y mi ser en general. Estaba goteando por todo el piso que rodeaba mi sanctasanctórum, que se hallaba en la cuarta planta de la mansión.

Tenía este espacio apartado del bullicio de los pasillos y el tránsito de mis hombres de confianza u otras personas. Era un lugar en donde absolutamente nadie entraba sin mi permiso explícito, ya que era el espacio en donde de alguna u otra manera aplicaba un tribunal silencioso hacia mí mismo.

La habitación en general no buscaba ser ostentosa como el resto de la casa. Tenía mármol blanco en el piso, paredes de piedra y una constante penumbra por todas las luces apagadas, que sólo se disipaba por la docena de velones incrustados en bases de hierro pesado. La habitación tenía un aroma denso. Una mezcla invariable entre cera, humo e incienso.

El aroma estaba adherido a las paredes, y el bailar de las flamas de las velas hacía que las sombras se movieran a mi alrededor como si de almas en pena se tratasen, mientras en el centro de toda la habitación, presidiendo el espacio, se alzaba un altar de madera oscura donde descansaba la figura de San Miguel Arcángel: el ángel de las batallas.

Su mirada era implacable, las alas esculpidas con una geometría marcial y la espada en alto, lista para atravesar al dragón del infierno de donde venía yo. A mi alrededor no había Cristo o imágenes de cruces. No había nada que sugiriera que estaba buscando clemencia o un perdón blando. Aquí sólo tenía la imagen de un general, y alrededor suyo había medallas de plata y oro que se habían ido acumulando por los años en donde entré a orar ahí con mi padre, quien también fue sumamente creyente.

Toda la familia Calabria, la mafia en sí, éramos devotos a la creencia de San Miguel. Era una guía que muchos utilizaban para tratar de hacer una redención en lo moral, y a pesar de que creía en él y los votos para ser parte de la Santa se regían bajo su mandato, yo tenía mi propia manera de orarle. De tenerlo en mente.

Lo veía como el ente superior encargado de proteger a quienes de alguna u otra manera iban a la batalla, sin importar si lo hacían por el bien o por el mal. Defendía el orden de las armas y las batallas personales. Mis propias batallas.

Mi padre siempre dijo que debíamos respetar la creencia y la existencia de Dios por lo que era, pero no debíamos olvidar que era una figura distante y abstracta. En el mundo en donde estábamos nosotros, algo tan superior, misericordioso e incorruptible no se iba a fijar en nuestras necesidades y nos iba a dar fe certera. No como nuestra fe por un guerrero como San Miguel lo haría, y por ello nuestra fe y la de todo nuestro mundo giraba alrededor del arcángel.

Fue lo que aprendí desde pequeño. No orarle a San Miguel buscando plegarias de humildad o perdón, porque no buscaba eximir mis pecados. Sino más bien eran plegarias para que blindara mi fortaleza y mi dominio. Para que domara como doma el mal del dragón, la bestia que a veces había dentro de mí y no sabía detenerse, ni siquiera por mi propia madre.

Porque sabía que había jodido a mi madre y, aun así, con toda la sangre bañando mi torso desnudo y con mi espalda desgarrada, supe que no me arrepentía de absolutamente nada.

No cuando, sintiendo frialdad absoluta, con mis manos manchadas de sangre, la propia sangre de mi hermano mayor Giulio, tomé los cerillos y encendí una nueva vela frente al altar. Lo hice en silencio, pero en aquella ocasión no hablé con el arcángel. Solo miré el fuego, el cual podría ser precisamente del infierno, y tras una pausa, por primera vez en la vida, hablé con Dios.

Hablé con él porque lo vi como una fuerza necesaria y correcta. Porque el arcángel entendería lo que yo había hecho, pero estaba seguro de que Dios no, y pese a que no quería su perdón, me encontré diciendo:

—Solo a ti te doy la gloria, padre —mi voz sonó hueca, fría—. La sangre que mancha ahora mi cuerpo es la sangre de mi propio hermano y ofrezco perdón por este acto que quise evitar. No por él y mucho menos por ti, por la mujer que ahora está gritando y llorando a su hijo primogénito.

Silencio. Solo hubo silencio.

—No busco redención y tampoco me importa el perdón. Tengo mi cupo en el infierno separado y acabo de firmar un podio en el trono después de destrozarle la cabeza a mi hermano —seguí mirando el fuego—. No le temo al averno, al fuego y a la penitencia eterna. Cuando te crías en un mundo de depredadores como este, el corazón tiende a descontrolarse, la mente cae en picada volviéndote un demente y deja de importar lo que piense la gente. Sólo está el actuar, y el actuar de hoy ya está marcado. La sangre Di’Carper acaba de derramarse, pero el que avisa no traiciona. La advertencia ya estaba dada.

La flama de las velas se movió de lado a lado como si la frialdad de mis palabras las hubiese espantado, y solo continué ahí, escurriendo sangre, hasta que escuché caos por fuera de los pasillos del lugar y, un segundo después, la puerta se abrió con fuerza y al girarme me encontré con mi madre.

Con ella desaliñada y repleta de sangre. Con ella llorando, y detrás de su persona entró Evrem y mi hermana, quien intentó detenerla, pero mi madre no tenía amarre, estaba fuera de sí.

—¿Cómo pudiste, Vance? —preguntó mientras las lágrimas se deslizaban aún más hacia su barbilla y ella terminaba de entrar a mi lugar sagrado—. ¿Cómo pudiste hacerme esto a mí?

No respondí, solo la observé fijamente, y a pesar de que su dolor me afectaba porque no quería herirla, seguí sin arrepentirme.

—No, tú no lo sabes —negó de repente y sollozó—. No sabes lo que es perder a un hijo y por eso me sometiste a esto. Por eso… —su voz se quebró—. Por eso mataste a tu propio hermano. Lo hiciste por poder.

Miré por encima de su cabeza a Evrem y a Fabiella, la cual estaba pálida.

—No, mírame —ordenó, y lo hice—. Mira a tu madre y nunca olvides lo que acabas de hacer conmigo. Me sometiste al duelo de perder a mi primer hijo, lo hiciste y…

—Y pagaré la condena que me sea impuesta después de muerto por estos actos.

—No —secó sus lágrimas—. No, hijo mío. Esto que acabas de hacer no lo vas a pagar cuando te mueras, así no funciona —retrocedió un paso como si no tolerara estar lo suficientemente cerca de mí—. Todo el sufrimiento que me has hecho padecer el día de hoy lo vas a pagar en vida, Vance. Porque no hay nada que Dios castigue más que la deshonra de un hijo hacia su propia madre. Vas a pagar todo esto y más. Me duele por ti, lo hace, así hayas acabado de asesinar a la mitad de mi corazón, pero no digas que no te lo advertí. Fuiste injusto.

No dije nada, y ella comenzó a girarse para salir del lugar, pero se tropezó y casi comenzó a desvanecerse, y fue ahí cuando mi hermana y mi primo llegaron a su lado para sostenerla.

—La vida castiga quitando lo mismo que arrebataste —añadió ella en voz baja—. Sigue así, hijo. Ama y aférrate sólo a algo no vivo como el poder, porque me temo que cuando ames a algo que realmente exista y sea consciente, vas a tener que pagar cada una de tus penitencias y ni siquiera pidiéndole piedad a Dios o al Arcángel San Miguel vas a poder salvar eso que tanto ames.

—¿Me estás maldiciendo? —pregunté viendo su espalda.

—No —llegó a la puerta y volvió a verme con ojos llenos de dolor—. Acabo de predecirte el futuro.

No me tomé aquellas palabras como una designia de mi destino ni mucho menos. Dejé que todo el mundo creyera que yo fui el primero en traicionar, y como no tenía nada que perder y mi poder estaba en ascenso, seguí adelante sin miedo al castigo; pero quizás esa tranquilidad no duraría tanto y lo confirmé esa misma noche cuando cayó una fuerte tempestad y lo único que se escuchó en la fortaleza fue el eco del llanto de una madre y la frialdad absoluta de mi mente.

Dos caras de una misma moneda.