Capítulo 6.
Espero que el capítulo les guste, si es así. Recuerden apoyarme dejando sus votos y comentarios. Puede que nos leamos mañana. <3***6Bianca.—
Madre está molesta conmigo —le dije a Genneva una tarde, mientras ambas estábamos sentadas en el patio trasero de la mansión, observando el ir y venir de las hojas.—¿Por qué? —me había preguntado ella mientras me observaba con esa mirada gris tan diferente, pero había curiosidad ahí.Ella siempre —al menos hasta que cambió— se había visto curiosa y amable alrededor de mí y del resto de sus hermanas. Era atenta, tranquila y siempre estaba.Siempre.—No lo sé, Genn —había sido mi respuesta, mirando mis manos y sintiéndome algo indispuesta—. Siento que a mamá no le agrado.—No creo que sea real; eres muy agradable, a todos les agradas.Mi mirada había ido a la de ella y no pude evitar sonreír. Lo hice mientras me devolvía una sonrisa suave y me sentí de alguna u otra manera segura. Muy segura. En ese entonces ella había cumplido su décimo cumpleaños y yo, siendo dos años más joven y habiendo crecido siempre con su cercanía constante, me sentí protegida.Me sentí de alguna u otra manera respaldada, porque Nina y Elizabeth eran demasiado jóvenes para saber o, más bien, entender lo que ya se vivía dentro de casa.—Siento que soy su menos favorita —volví a explicarle—. Ella a mí siempre me grita y no sé qué hacer para que no me odie.—No tienes que ser otra persona para agradarle a mamá, Bia.—Pero quiero agradarle —expliqué—. Quiero que me quiera como a ustedes.—Conmigo también habla muy poco —aclaró—. Así que ambas estamos en la misma posición, y ¿sabes qué?Nuestros ojos se habían encontrado esa tarde y yo la miré con intención.—¿Qué?—No necesitas a nuestra madre para sentirte parte de algo; ya nos tienes a nosotras —me calmó—. Me tienes a mí, y porque soy tu hermana mayor y quiero lo mejor para ti, me comprometo a estar siempre aquí.Eso me había gustado. La realidad de ser rechazada por mi madre me dolía, pero la idea de tener siempre a Genneva cerca me calmó.—Bien —asentí—. Eso me gusta; no quiero sentirme nunca sola.—No pasará —había prometido—. Me tienes a mí y no iré a ninguna parte. Seremos siempre nosotras protegiendo a las dos pequeñas.Me aferré a esas palabras y a la idea de que seríamos siempre las cuatro contra absolutamente todo. Me gustó saber que para siempre tendría a mi hermana mayor y a la que consideraba mi mejor amiga, porque hasta cierto tiempo fuimos solo las dos contra muchas cosas, pero no siempre fue así.
Su promesa no fue cierta del todo.
Cuatro años más tarde, Genneva se encerró literalmente en su mundo, en su habitación, y poco volvió a hablar conmigo. Nunca se lo dije, pero ella siempre fue mi hermana favorita —crecimos juntas y no recordaba mi vida sin su presencia, sin su apoyo—, y cuando se encerró y se volvió distante, fría y silenciosa, fue la primera vez que viví realmente lo que fue tener el corazón roto.
Lo hice porque perdí la esperanza; lo hice en todas esas decenas de veces que fui a tocar su puerta y nunca hubo respuesta, por lo que me obligué a entenderlo: yo siempre dejaba de agradarle a todos. Yo siempre iba a ser la favorita para usar como despojo y ahora, en el presente, aquello no fue diferente.
Por supuesto que no.
No sabía absolutamente nada de Genneva hacía dos años; el hombre del que me había enamorado no era realmente quien creía, porque estaba pidiendo casarse con mi hermana; mi padre me odiaba, mi madre me detestaba y mis otras dos hermanas, bueno… Era complicado.
Nina era complicada.Era Nochebuena. Hacía más de una semana y media había tenido el altercado con Alesso y el otro hombre, Vance. Los moretones en mi piel seguían curándose después de lo sucedido, porque una vez Vance se fue de la biblioteca y yo me quedé esperando a que el pelirrojo volviera para disculparme —eso nunca sucedió—, ninguno de los dos volvió, y cuando mi padre fue a buscarme y me encontró, ni siquiera me preguntó qué hablé con el pelinegro.
Él solo me atacó.
Lo hizo no solo abofeteándome, sino que me tomó por el cabello y me tiró tan fuerte contra su escritorio que golpeé un lado de mi costado, y hasta el día de hoy estaba segura de que tenía una costilla lacerada o algo por el estilo, ya que moverme mínimamente era el peor de los suplicios.
Pero no me quejé y tampoco me disculpé. No por encarar a Alesso y decirle sus verdades, y mucho menos por permitirme sentir —sí, yo sentía demasiado—. Quizás sí había hecho mal ilusionándome con un hombre que no sabía absolutamente nada de mí, ¿pero a quién le importaba?
A mí no.
Los siguientes días después de lo que sucedió aquella noche fueron dolorosos físicamente, pero insoportables de manera mental. No solo porque vi cómo todo se iba derrumbando a mi alrededor —mis sueños, mis ideales y fantasías—, sino que también comenzó otro calvario. Uno que tenía ojos grises y sonrisa ladeada.
Uno que hablaba de un hombre despreocupado que no trató de fingir decencia cuando supo que me habían golpeado. Él solo observó y lo hizo con malicia y franqueza. La suficiente franqueza para después mirarme a los ojos y preguntarme si había querido que él se sintiera mal por yo haber sido golpeada frente a su persona.
Vance.Su nombre era Vance y me tenía mal. Aún más cuando me habló sobre la carta que le escribí a Alesso y nombró lo de los herederos y demás —quise morirme de vergüenza en ese momento—. Pero no lo hice. Hacerlo habría sido darle el gusto a él, porque sí; pude leer lo malo de su persona con solo estar unos cuantos minutos en esa habitación con él y, aun así, no me asustó.
Me jodió.
Lo hizo porque no pude dejar de pensar en él y en Alesso, el cual parecía más que todo inalcanzable con su rostro serio y cabello rojo que lo hacía brillar en medio de la noche. Cuando lo escuché hablar sí fue extraño para mí, porque su tono de voz había cambiado un poco y se parecía de cierta manera al de Vance, pero también tenía que recordarme que hacía cuatro años no había vuelto a escuchar su voz, y además todos ellos tenían el mismo acento marcado.
¿Entonces por qué estaba tan obsesionada con la voz de Vance en particular y ese tono lleno de burla que tenía? ¿Por qué estaba pensando más en él que en el enojo que me producía aceptar que Alesso se me había escapado como si de agua se tratase entre mis dedos?
—¿No quieres comer, Bianca? —me susurró Elizabeth, que estaba sentada a mi lado en la mesa y tuvo mucho cuidado de que nuestro padre no la escuchara—. ¿Continúas sintiéndote mal?
La miré de reojo y negué, mientras removía la comida del plato. No me atrevía a comer; si lo hacía, sentiría que el dolor en mis costillas aumentaría, y no quería ni mover mi mano para no arriesgarme.
—Quería una Navidad este año —susurró ella más triste—. Pero mamá dijo que este año no sería posible, así como tampoco lo fue el anterior.
Elizabeth amaba la Navidad; su sueño siempre había sido poder tener un árbol en casa con muchas luces y regalos. Pero claramente era algo que no se hacía allí y jamás iba a hacerse, porque Becob Blinder detestaba cualquier cosa que pudiera hacer feliz a sus hijas.
—Algún día tendremos nuestra propia Navidad —toqué su mano por debajo de la mesa y traté de tranquilizarla—. Y será hermosa, ya verás.
—¿También te gustaría una Navidad?
—Contigo y con Nina, sí.
—¿Y Genn?
Mi corazón dolió, pero asentí.
—Sí, con Genn también.
Ella me sonrió y asintió, justo al mismo instante en que mi padre tomaba una copa de vino, la llevaba a sus labios y, tras observarme a mí con gesto frío, llevó su atención después a Nina, la cual había estado en silencio, y le dijo:
—Apenas termine esta cena, te espero en mi oficina.
Nina ni siquiera lo miró; a ella no le interesaba mostrarle respeto y tampoco parecía tenerle miedo.
—¿Escuchaste, Nina? —preguntó él al ver que seguía ignorándolo—. Si vuelvo a preguntarlo…
—Querido —como siempre, cuando se trataba de Nina, mi madre intercedió y tragó saliva con fuerza cuando mi padre la miró a ella—. Olvidé preguntarte si al final hubo alguna respuesta de los Di’Carper.
Me tensé ante la mención del apellido.
—Esto teniendo en cuenta todo lo que Bianca hizo y sin saber si arruinó tus planes o no.
Esa era mi madre. Yo sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Arrastró toda la atención de mi padre hacia mí, haciendo todo lo posible porque Nina pasara desapercibida y ubicara de nuevo su ira en mi persona. Esa era ella: utilizaba todos los medios posibles y pertinentes para proteger a Nina, pero le daba igual si en medio de aquello me ponía a mí en la mira de la atención de papá.
Que podía hacerlo. Si defender o proteger a mis hermanas implicaba estar yo siempre bajo el foco, lo haría y soportaría cualquier cosa.
A mí me hacía feliz saber que mamá protegía a mis hermanas, pero la niña herida dentro de mí no podía ocultar el hecho de que me mataba saber que su forma de protegerlas a ellas era usándome a mí como escudo.
Permitiendo que él me hiriera. Estaba tan agotada de ser herida que a veces se volvía insoportable, pero lo soportaría; si mamá me lo pidiera de manera más amable, yo siempre pondría el foco encima de mí para defender a Nina y a Elizabeth, incluso a ella misma, que nunca me había mostrado un solo sentimiento recíproco.
—Todas arriba —ordenó de repente mi padre, dando por terminada la cena—. Menos tú —señaló a mamá, y ella obedeció.
Ninguna se resistió a la orden, ni siquiera Nina, la cual con el cuerpo tenso se puso de pie para obedecer, y todas caminamos hacia las escaleras para ir a la parte de arriba.
Era tanta la tensión de repente esa noche de víspera navideña que cada una se fue para su respectivo cuarto, y yo tuve que hacer todo lo posible por apretar los dientes y tragarme el dolor tan atroz que estaba sintiendo en mi costado.
—Está bien, Bianca —me dije en voz baja, sentándome en la cama, mientras evitaba verme en el espejo porque sabía que tendría el labio roto, la ceja también y un nuevo morado en mi barbilla—. Está bien.
Nada lo estaba, pero de manera rígida me senté en mi cama y solo observé la fría y lluviosa noche de ese veinticuatro de diciembre, mientras me recordaba respirar una y otra vez.
—Está bien.
Llevé una mano a mi pecho y traté de sentir el ir y venir de mi corazón, el cual estaba palpitando peligrosamente rápido. No supe por cuánto tiempo estuve ahí simplemente sentada repitiéndome que todo estaba bien, pero evidentemente no lo estuvo.
No cuando la puerta de la habitación se abrió después de un rato y quien apareció detrás de esta fue mi madre, con su rostro pálido y mirada molesta.
Ahí se venía otro problema.
Lo supe cuando entró y, de manera inmediata, me puse de pie, acallando la tortura de mis costillas.
—¿No te cansas, no? —me preguntó, deteniéndose frente a mí, y solo la observé en silencio—. ¿No te cansas de perjudicar una y otra vez a tu hermana?
Tragué saliva con fuerza.
—No sé de qué hablas, mamá.
—Primero haces una escena frente a los socios de tu papá para ridiculizar a la familia, para que él me ataque a mí por tu mal comportamiento y se desquite con Nina…
—No, yo no hice eso por hacerle mal a ustedes, yo…
—Y después… —me ignoró—. No feliz con eso, le quitas el prometido a tu hermana.
—¿Qué?
—Al inicio no estaba de acuerdo con que Nina se comprometiera con un hombre que la va a llevar lejos de mí, pero después pensé en que no hay infierno más real para ella que vivir en esta casa y pensé en la probabilidad de que pudiera irse y tener una buena vida, de ser feliz; pero ahora tú acabas de arruinarlo.
Ella se acercó más peligrosamente a mí.
—Lo arruinaste porque siempre le has tenido envidia a tu hermana menor y has hecho todo lo posible por arruinar su vida.
—No es verdad —sentí un nudo en mi garganta—. Yo amo a mis hermanas, yo…
—¿A quién quieres engañar? —me interrumpió—. Todo lo malo que le ha sucedido a ella, absolutamente todo, tiene que ver contigo y con lo que eres.
—¿Y qué es todo lo que le ha sucedido a Nina, mamá? —quise saber, porque estaba perdida, no entendía su odio—. ¿Qué es lo tan malo que yo he hecho para que me odies y…?
Me interrumpí, pero quise saberlo. Quise saber qué era lo malo que yo había hecho para que ella quisiera el bienestar de Nina, pero no el mío.
—Sabes perfectamente todo lo que has ocasionado con tus palabras, tus chismes, tus cotilleos —espetó—. No te hagas la estúpida, que no te queda.
Me tragué mis propias lágrimas.
—Y ahora simplemente vuelves a arruinarlo todo para ella —negó y se rió—. Eres mala, eres…
De repente, sin poder evitarlo, el enojo dentro de mí y el dolor también cobraron sentido. Sosteniéndole la mirada a la mujer que me dio la vida, pregunté: —¿Yo soy mala, mamá?
No respondió.
—¿Y entonces qué eres precisamente tú? —quise saber—. Porque si yo he sido mala, tú has sido peor. Eres perversa.
—Cállate.
—Dejaste que enviaran a Genneva lejos, permitiste que él la usara a ella con sus socios, permites que me golpee y…
Me empujó con fuerza hacia atrás, casi haciéndome caer en la cama, pero me tragué el dolor y me mantuve de pie.
—Tú eres la mala aquí —le sostuve la mirada—. Me odias, y me pregunto si parte de tu odio tiene que ver con el hecho de que, cuando estuviste embarazada de mí, por miedo a la reacción de él dijiste que yo sería un niño. Mentiste sobre mi género, y cuando nací y fui una niña tuviste que pagar el precio por tus mentiras, pero eran tuyas —le escupí en la cara—. Tú te ganaste el castigo por hacerle creer a papá que tendría un heredero varón, ¿y desde entonces me odias?
Negué con resignación.
—Te mereces todo lo que te ha pasado y…
Interrumpió mis palabras con una fuerte bofetada. Lo suficientemente fuerte para voltear mi rostro y hacerme cerrar los ojos mientras sentía el ardor esparcirse por toda mi piel, pero esto ya no era nuevo para mí. Estaba segura de que no podía pasar últimamente más de dos días sin recibir algún golpe nuevo.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? —siseó cuando la volví a ver, y de repente, pese a que todo lo que estaba diciendo era verdad porque sabía la historia de que ella mintió sobre mi género cuando estuvo embarazada y después tuvo muchos problemas, me sentí culpable.
Me sentí mal por hablarle así, pero no tuve oportunidad de disculparme porque, tomando mi barbilla con sus dedos y enterrando sus uñas sobre mi piel, siseó: —Vas a hacer todo lo posible por cancelar ese compromiso y dejarle esa vía de escape a tu hermana. Lo harás, o yo misma me encargaré de ello.
Tras esas palabras, y empujándome con fuerza hacia atrás, ella salió de la habitación tirando con fuerza de la puerta, y yo comencé a llorar. Lo hice realmente mientras ponía una mano en mi pecho y volvía a sentarme en la cama, tratando de calmarme, pero no pude.
Solo lloré y tapé mi rostro, confundida entre la agonía que estaba sintiendo y sus palabras sobre un compromiso que yo no sabía que existía. Sollocé ahí en la soledad de mi habitación y comencé a tener una crisis.
Lo supe cuando un pitido llenó mis oídos y todo comenzó a girar a mi alrededor. Intenté respirar, pero se me volvió imposible, y justo cuando supe que la crisis iba a aumentar, la puerta de la habitación volvió a abrirse y quien apareció fue Nina. La vi detenerse de repente cuando me vio llorando.
—¿Bianca? —escuché su voz como si estuviera por debajo del agua, y en serio intenté recomponerme; lo hice porque no quería preocuparla y sabía que lo haría.
Había hecho todo lo posible por esconder la realidad detrás de mi corazón. Les había hecho creer que era pasajero lo que yo tenía, algo que se solucionaría con pastillas y ya estaba. No quería que Nina y Elizabeth supieran de mi situación y de cómo iba a morir más temprano que tarde porque no tenía cura.
—Oye, Bianca, ¿qué es? —Nina terminó de llegar a mí y se inclinó para quedar a mi altura y verme con ese pecoso y serio rostro—. ¿Es tu corazón de nuevo? Dijiste que estabas bien y…
Pese a que sentía que iba a desmayarme de un momento a otro, me tiré hacia adelante y la abracé.
Abracé a mi hermanita con fuerza y sollocé más fuerte.
—Perdón si te he hecho algo malo, perdón.
—¿Qué?
—Perdón.
—¿De qué hablas, Bianca? —intentó verme y, sin importar que era menor por dos años, mostró esa madurez que tanto la caracterizaba—. No has hecho absolutamente nada, Bia. No tienes que pedirme perdón.
—Pero lo siento —el dolor se volvió más insoportable y las palpitaciones también—. No sé qué hice mal, pero lo lamento y…
Y no pude terminar de hablar porque todo se volvió negro.
**
—Lo más acertado para la señorita Blinder continúa siendo hacer el implante de un cardiodesfibrilador —estaba diciendo el doctor que se hallaba en mi habitación, junto a mi padre, que solo me estaba observando con el ceño fruncido—. Es lo que nos va a ayudar a prevenir, mejor que cualquier otra cosa, una muerte súbita por causa de arritmias. Al llevarlo dentro de ella, el control será más exacto.
Miré a mi padre esperando una respuesta, pero sabía que él no aceptaría una operación así. Ya me lo había dicho antes.
—No quiero cicatrices en ella —fue su respuesta fría—. ¿Qué otra opción hay?
Escuché al doctor hablar sobre seguir tomando mis bloqueantes y anticoagulantes. También habló de otro pequeño aparato que me serviría para medir las frecuencias de mi corazón y darme una alerta de cuándo fuera a tener alguna crisis.
Cuando me había despertado, el doctor ya se había marchado. Yo había estado desvanecida en mi cama y me desperté luego de que me pusieron a oler un poco de alcohol, y después de ahí empezaron los exámenes. Esto ya era un protocolo. Sabía que tendría chequeos, pero nada realmente importante pasaría porque mi padre continuaba negándose a hacer algo real por mí y mi corazón.
—Iniciaremos una red de estudios y…
Dejé de escuchar las palabras y solo miré mis manos en silencio. Lo hice sintiéndome totalmente angustiada por todo lo que había sucedido antes con mi madre y cuestionándome cómo conseguiría su perdón después de todo lo que dije.
—Vas a comenzar a cuidarte mejor —salí del trance de mis pensamientos justo cuando escuché la voz de mi padre, y al levantar la cabeza me di cuenta de que el médico ya se había marchado y solo estábamos él y yo—. Si te tienes que quedar todo el día sentada en esa maldita cama para evitar enfermarte, lo vas a hacer. ¿Entendiste?
—Sí, padre.
—También quiero que hagas algo con esa piel —señaló mi rostro—. Te ves horrible con todos esos morados. No le llegas ni a los talones a tus hermanas.
La comparación estaba ahí, pero me la tragué y continué en silencio.
—Vas a esforzarte por no volver a arruinarme absolutamente nada, Bianca, ¿entendiste?
La verdad era que no sabía de qué me estaba hablando, pero hice todo lo posible por asentir.
—No vas a volver a avergonzarme frente a nadie y, sobre todo, te vas a guardar tu personalidad y carácter de mierda, y vas a ser silenciosa, sumisa y una buena prometida.
Me quedé estática cuando usó esa última palabra.
—¿Qué…?
—En menos de un mes te vas a comprometer con Alesso Di’Carper, y donde hagas una sola cosa para arruinarlo, voy a matarte con mis propias manos, ¿entendiste?
Mi corazón comenzó a colapsar de nuevo.
—¿A-alesso? —susurré—. Pero… Él iba a casarse con Nina, él…
—Vas a casarte tú y punto.
Volvió a mandarme una mirada llena de advertencia antes de girarse y salir del lugar, dejándome ahí con la confusión en la mente y la agonía en el cuerpo.
¿Iba a casarme con Alesso Di’Carper?Esa pregunta debió hacerme feliz porque era lo que había deseado por mucho tiempo, pero no sentí nada por tres cuestiones: yo no fui la primera opción de Alesso, mi madre quería ese matrimonio para Nina y, por último, tras la noticia yo no pensé en mi futuro prometido de cabellera roja…
Yo pensé en su compañía de ojos grises y sonrisa lobuna. Me confirmaron mi compromiso y en quien pensé fue en Vance.