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3. Sol

Una Mamá Para Sol. — booknet.com · All chapters

3. Sol

Sol.

Corrí lo más rápido que me dieron mis pies por los pasillos del hospital. Llevaba un café para mi papá y dos pedacitos de pastel: uno para él y otro para mi princesa.

Mi papá casi siempre me dice que no debo correr por aquí, pero él corre cada vez que lo llaman por los altavoces y nadie lo regaña. ¿Por qué a mí sí? Además, hoy no soy solo Sol, ¡hoy soy una enfermera superimportante! Vine a cuidar a las personas que están enfermas, justo como lo hace él.

Anoche ni me enteré de a qué hora me quedé dormida, hasta que sentí a mi papá acomodándome entre sus brazos para llevarme a la cama. Mi princesa huele tan lindo que su olorcito me da sueño muy rápido. En la madrugada me pareció escuchar que lloraba, pero tenía los ojitos bien cerrados, así que seguro estaba teniendo una pesadilla. Por eso la abracé súper fuerte contra mi pecho para protegerla, tal como hace mi papi conmigo cuando me dan miedo los sueños feos.

Cuando entré a su habitación, ella estaba mirando hacia la pared. Intenté ver qué buscaba, tal vez una manchita o una mariposa, pero no había nada. En sus ojitos había lágrimas transparentes que caían despacito, pero no decía ni una sola palabra.

—Papi... ¿por qué está triste? —le susurré muy quedito, tirándole un poquito de la filipina.

Mi papá me miró con ternura y asintió.

—Sus heridas le duelen mucho en el cuerpo y en su corazón, mi vida. Intenta no hacerle muchas preguntas; sé que estás muy emocionada por estar con ella, pero necesita descansar.

Asentí muy seria, como las enfermeras de verdad. Le entregué su café y su pedazo de pastel a mi papá y me acerqué a la cama a pasitos lentos.

—Ya no llores... mira, te traje pastel —le dije en un suspiro, estirando mis manitas para acercarle el trozo grande.

Ella me miró en completo silencio, con esos ojos tristes.

—El pastel siempre, siempre me arregla el corazón cuando estoy triste —le dije, dándole mi mejor sonrisa para contagiarla—. Come un pedacito, vas a ver que el pastel te ayuda a ser feliz otra vez.

—Gracias, hermosa —me dijo, regalándome una pequeña sonrisita suave—. Eres muy linda.

Estiró su mano despacito y acarició mi mejilla. Yo cerré los ojos un segundo... Apreté mis pestañas fuerte porque su mano era tan calientita y suave que quise imaginarme cómo se sentía que una mamá te acaricie así.

Mi papá me miró con dulzura y se acercó a darnos un beso en la frente.

—Mi amor, tengo que ir a revisar a unos pacientes, pero vendré en un rato, ¿sí? Cualquier cosa me buscas con la enfermera Nelly. Pórtate bien y deja descansar a la señorita.

La chica de la cama me miró con cariño y extendió su dedo para tocar la punta de mi nariz.

—Iris... mi nombre es Iris. Pero tú puedes decirme como tú quieras.

En ese momentito sentí un salto gigante dentro de mi pecho. Mi corazón se puso super feliz y calientito. Si dijo que puedo llamarla como yo quiera... ¿será que puedo empezar a llamarla mamá?

Busqué a mi papi con la mirada, y él solo me decía que no con la cabeza, pidiéndome en silencio que me callara. Pero yo tenía que preguntar. Le sonreí a la princesa con toda la ilusión del mundo.

—¿Puedes ser mi mamá? —le pregunté despacito, mientras mi corazón latía rápido, igualito a un tambor.

Antes de que ella pudiera responder, escuché la voz de mi papá:

—Amor... sé que hemos hablado de esto varias veces, pero te lo vuelvo a explicar: no es correcto que le preguntes algo así.

Escuché hablar a mi papá tan serio y sentí unas ganas enormes de llorar. Realmente no entiendo por qué yo no puedo tener una mamá. Cambiaría todos mis juguetes, todos mis peluches y mis colores favoritos a cambio de tener una mamá que cuide de mí, que me cante para dormir, que me acompañe al colegio y haga todas esas cosas lindas que las demás mamás hacen con sus hijos.

Una lágrima solitaria recorrió mi mejilla de tan solo pensar que yo nunca podría tener una mamá como las demás niñas.

Pero entonces, sentí que me acogía entre sus brazos. La princesa no dudó en abrazarme, a pesar de sus lastimaduras. Con mucha delicadeza, puso su mano en mi rostro para limpiar las pequeñas lágrimas que ensucian mis mejillas.

—Sí, acepto ser tu mamá, preciosa. Hoy y siempre —me dijo con una voz muy suave.

Cerré los ojos con fuerza mientras mis lágrimas seguían corriendo, porque mi corazón ya no cabía dentro de mi pecho de tanta felicidad al escucharla decir que sí. ¡Alguien por fin me quería como su hija! Alguien me había elegido para ser su mamá.

Por fin iba a tener una mamá como todas las niñas.

—Por favor, mamá... no me dejes nunca —le murmuró pegadita a su pecho, prometiendo en silencio cuidarla para siempre.