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7. Iris.

Una Mamá Para Sol. — booknet.com · All chapters

7. Iris.

Iris.

Lo tenía delante de mí y yo solo quería destruirlo. Estaba cargada de odio, enojo y rabia; todo eso en una misma persona no lleva a nada bueno. Me había prometido a mí misma que de aquí saldría libre de cargas que pudieran arrastrarme.

—Iris, por favor, llevas todo el día desaparecida. Qué bueno que estés bien —llegó a decir el sujeto mientras se acercaba a mí, hasta que de pronto toda la habitación resonó con un ¡plaf!.

Efectivamente, reuní todas mis fuerzas en una cachetada que le giró la cara por completo.

El impacto retumbó en las paredes de la habitación. La mano me ardía con rabia, pero el dolor físico no era nada comparado con el infierno que me quemaba por dentro.

—Los ví. —confieso.

—¿Qué viste? No entiendo... te he estado buscando toda la noche por todos lados. Me dejaste solo en la noche de nuestro compromiso —soltó él, llevándose una mano a la mejilla roja, con esa maldita voz de inocencia intacta.

—¿Qué vi? —repetí, dando un paso hacia él hasta acortar la distancia, mirándolo con un desprecio absoluto—. Vi exactamente lo que hicieron anoche en esa habitación. Los vi a los dos, a ti y a esa sabandija, entregándose el uno al otro sin el más mínimo pudor, mientras abajo todos esperaban por nuestro brindis. Vi cómo la tocabas, cómo te olvidaste de que existía, y escuché cada uno de sus suspiros a mis espaldas, como se decian te amo. Eso vi y escuche.

Él palideció al instante, abriendo la boca sin que saliera sonido alguno, congelado por la certeza de que no había margen para excusas.

—¿Y todavía te atreves a preguntar? ¿Esperabas que me quedará a fingir con ustedes= —continué, con la voz temblando por la rabia—. ¿Para seguir tomándome el pelo delante de todos? ¿Para ver hasta dónde podías humillarme en mi propia fiesta? ¡Agradece que me fui! Te hice un favor, maldito traidor, y me lo hice a mí misma. Porque prefiero que me parta un rayo antes que poner un solo pie en el altar contigo. No me voy a casar contigo. Ni hoy, ni nunca.

Una carcajada seca, amarga y casi desquiciada se me escapó del pecho, retumbando en el aire como un cristal rompiéndose. Tuve que apretar los puños de nuevo para no lanzarme sobre él y arrancarle esa cara de santo. Estaba a un milímetro de perder la cabeza por completo.

Dicen que la vida es demasiado corta para quedarse en un rincón a llorar por quienes jamás te valoraron. Es una frase bonita, fácil de decir. Pero cuando te la clavan en el pecho, la realidad es que el dolor no te pide permiso; se siente como un ácido espeso corriendo por las venas, un nudo helado en la boca del estómago que te corta el aire y te da ganas de vomitar.

Yo realmente creía que ellos me amaban. A su manera, pero lo hacían. Sin embargo, para ellos jamás fui una persona a la que amar. Fui un medio, un puente ridículo, una tonta a la que usaron de intermediaria para darle rienda suelta a su asco de egoísmo mientras me miraban a los ojos y me sonreían.

Podría quedarme aquí, tirada en el piso, juntando mis propios pedazos, tratando de entender cómo se sigue respirando cuando sientes que te arrancaron el corazón sin anestesia. Podría arrastrarme a intentar sanar... o podría tomar un camino completamente diferente al que ellos esperan que tome. Uno donde el dolor no me paralice, sino que me cambie para siempre.

—Y ya que estás tan preocupado por comunicar cosas, hazte útil y ve a avisarle a esa víbora que llamas mi «mejor amiga» que la comedia se acabó.

Se me cortó la respiración un segundo al pronunciar las palabras. Ella. No era solo mi amiga; era la hermana que la vida no me dio. La persona por la que yo me habría dejado cortar un brazo, a la que le habría donado un riñón, mi sangre, mi vida entera si la hubiera visto sufrir. Si ella me hubiera dicho "necesito tu respiración para vivir", yo habría aprendido a ahogarme. Y ahí estaban anoche, riéndose de mí mientras se entregaban al antojo del otro.

—Dile a esa serpiente traicionera que le doy exactamente hasta el último día de este mes para devolverme hasta el último centavo que le presté —sentencié, endureciendo el rostro—. Si no me deposita todo el dinero antes de que termine el mes, no me va a temblar la mano para arrastrarla a los tribunales y destruirla. A los dos los voy a hundir en mis recuerdos más oscuros.

Duele saber que realmente les hubiera entregado todo de mí sin dudarlo, mientras ellos solo estaban jugando a mi costa.

Caminé hacia el armario con pasos firmes a pesar del temblor interno. Abrí la puerta de golpe, saqué una valija grande y la arrojé sobre la cama. Empecé a tirar mi ropa dentro, una prenda tras otra, necesitando borrar mi presencia de este lugar.

Fue al inclinarme para tomar más ropa cuando la tela floja de mi blusa se corrió, dejando al descubierto los raspones y los moratones que me cubrían los brazos y el costado del cuello. Un hilo de sangre seca aún me manchaba la piel cerca de la clavícula por culpa del accidente.

—¿Iris? Pero... ¿qué te pasó ahí? —exclamó él, dando un paso al frente al notar por fin las marcas—. Estás herida, ¿tuviste un accidente? ¿Qué te sucedió? —intento tocarme pero le aparte la mano de un golpe.

—Eso dejó de ser tu problema en el segundo en que te metiste en su cama —le escupí sin mirarlo, cerrando la cremallera de la valija con un tirón seco que resonó en la habitación—. No me vuelvas a tocar ni a preguntar nada sobre mi vida.

Él se quedó congelado, pero la desesperación comenzó a asomar en sus ojos al ver la valija ya cerrada.

—¿Pero qué va a suceder con nosotros? —insistió con el tono de alguien que aún cree que tiene derecho a negociar—. Anoche era nuestro compromiso. Sé que me equivoqué, pero podemos resolverlo... no tenemos que terminar así.

Negué con la cabeza, sintiendo cómo una ola de bilis subía por mi garganta.

—Me siento sucia solo de recordar lo que vi. Asqueada me siento. ¿Cómo puedes siquiera pensar que voy a querer seguir contigo? Me das asco.

Sujeté el asa de la valija y me giré para marcharme. Fue recién en ese instante cuando la mirada de mi exnovio se desvió por encima de mi hombro hacia la puerta.

Ahí, erguido como una sombra imponente, firme y en absoluto silencio, respetando mi momento, estaba Leonardo. Había estado observando todo el enfrentamiento, protegiendo mi espalda sin interferir mientras yo soltaba todo el veneno.

Mi exnovio palideció, frunciendo el ceño con una mezcla de desconcierto y celos absurdos.

—¿Y este quién es? —preguntó, señalándolo con un hilo de voz tenso.

—El hombre que me salvo la vida y de tí.