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Entrenamiento y descubrimiento

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Entrenamiento y descubrimiento

(POV: Valerie)Cruzar el aldabón de bronce de la Torre de Ravenclaw esa noche me costó más que de costumbre. Caminaba despacio, arrastrando las túnicas y con la cabeza gacha, sintiendo el peso muerto de la culpa asfixiante que me devoraba por dentro. El eco de los gritos que le había lanzado al director aún me zumbaba en la cabeza, pero lo que realmente me carcomía era la imagen del destello azul cortando el aire y lastimando a la persona que se había convertido en mi familia en este lugar.Cuando abrí la puerta del dormitorio de las chicas, me detuve en seco en el umbral. Padma estaba sola en el borde de su cama, vistiendo su pijama. Tenía la mano derecha vendada con gasas limpias y Cho Chang estaba a su lado, susurrándole algo mientras le acomodaba una manta sobre los hombros, Luna ya se encontraba completamente dormida. Al escuchar mis pasos, ambas alzaron la mirada. Cho me dedicó una mirada seria, y se puso de pie en silencio. Me dio una palmadita suave en el brazo al pasar a mi lado y salió del cuarto, dejándonos solas.Me quedé estática cerca de mi baúl, apretando los extremos de mi bufanda con las manos temblorosas. Miré la gasa blanca en la muñeca de Padma y sentí que las lágrimas, volvían a juntarse en mis ojos. Otra vez, la paranoia susurrando que la había perdido, que me odiaría por lo que le había hecho.-Padma... yo... de verdad lo siento tanto -balbuceé con la voz rota, dejando caer los hombros en una postura de absoluta derrota-. No quería lastimarte. Me asusté tanto que perdí por completo el control. Fui una idiota, te lastimé... si quieres que me cambie de cuarto, yo lo entenderé. No quería, yo...-¡Cállate de una vez, Evans! -me interrumpió Padma. Su voz no sonó enfadada; sonó cansada, pero a la vez dulce. Se quitó la manta de encima y me hizo una seña con su mano sana para que me acercara-. Ven aquí.Caminé hacia ella a paso lento, y en cuanto estuve lo suficientemente cerca, Padma me jaló del brazo y me rodeó el cuello con un abrazo fuerte y apretado. Escondí el rostro en su hombro, sollozando en silencio mientras me aferraba a su túnica.-Es solo un rasguño, tonta, vez, la señora Pomfrey lo curó en un segundo -murmuró Padma contra mi cabello, frotando mi espalda-. No te tengo miedo, Val. Me asusté porque no sabía cómo ayudarte y porque estabas colapsando, pero nunca pensaría que querías hacerme daño. Somos hermanas, ¿recuerdas? Y no te voy a abandonar cuando las cosas se ponen difíciles.Escuchar sus palabras me devolvió el aire que sentía perdido desde que vi a Hermione en el pasillo. El nudo de culpa en mi pecho comenzó a aflojarse y mi bufanda recuperó ese calorcito suave y pacífico de siempre. Nos quedamos un rato así en la penumbra del cuarto, hasta que me obligó a meterme en la cama, prometiéndome que al día siguiente iríamos juntas a la enfermería. Sin embargo, la preocupación intensa por Mione me acompañó durante toda la noche; cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro inerte de piedra, atrapada en esa estatua de mármol frío, y el estómago se me revolvió de la impotencia de no poder hacer nada para despertarla.La oportunidad de buscar respuestas llegó a la semana siguiente, durante mi primera clase para controlar mi poder en el despacho del director.El lugar estaba en absoluto silencio, roto solo por el rítmico tic-tac de los instrumentos de plata. Dumbledore había apartado las sillas del centro, dejándome de pie frente a él. No tenía su varita afuera, y me ordenó que guardara la mía en el bolsillo de la túnica.-La magia que vive en ti, Valerie, no es una herramienta que se guíe con la mente fría-me explicó el director con su voz barítona y pausada-. Tu linaje solía usar este poder a través del orden estricto de la voluntad y de la furia destructiva. Pero tu naturaleza está dividida. Si intentas contener la tormenta solo con el cerebro, la presión te destruirá por dentro. Deberas aprender a canalizar los sentimientos a través de su corazón o suprimirlos completamente en lo más profundo de tu alma.-No sé cómo hacer eso, director -murmuré, acomodándome la bufanda gris con nerviosismo infantil-. Mi cabeza es lo único que sé usar.-Lo sé, pequeña. Por eso vamos a empezar con la lección más difícil -Dumbledore dio un paso hacia mí, mirándome fijamente detrás de sus gafas de media luna-. Quiero que cierres los ojos. Quiero que busques en tu memoria la emoción más dolorosa que tengas justo ahora.Cerré los ojos y, lo más destructivo de mi mente: la imagen de Mione petrificada se repetía una y otra vez detrás de mis párpados. Volví a sentir todas las emociones descontrolarse, sus manos rígidas que no respondían a mi tacto. El dolor de la culpa y la tristeza me azotaron el pecho con fuerza. Sentí que el aire del despacho comenzaba a enfriarse de golpe y mis dedos empezaron a parpadear con esas chispas de un azul gélido y afilado que amenazaban con descontrolarse de nuevo.-No dejes que suba a tu cabeza, Valerie -la voz de Dumbledore resonó firme en la habitación-. No uses la rabia para atacar. Siente el dolor, acepta la tristeza y muévela hacia abajo. Llévala hacia tu corazón. Haz que esa fuerza se convierta en un sentimiento de mantener a salvo lo que amas.Apreté los dientes, respirando entre bocanadas de aire. Luché contra mi propio cerebro, obligando a que la tormenta de luces azules no estallara hacia los lados de forma violenta. Concentré toda la agonía de ver a Hermione inmóvil y la transformé en un deseo desesperado de protegerla, de ser su escudo. En ese instante exacto, la vibración helada de mis manos cesó un poco. De la punta de mis dedos no brotaron látigos cortantes; en su lugar, solo pequeñas chispas emanaban de mis manos por un segundo antes de desvanecerse en el aire del despacho.Abrí los ojos, jadeando de cansancio, con el sudor corriéndome por las sienes. Dumbledore contemplaba el rastro de la luz con una sonrisa sutil.-Un ligero avance, Valerie... pero un avance extraordinario -aprobó el director con suavidad, poniéndome una mano cálida en el hombro-. Has logrado transformar el invierno en una tormenta, aunque sea solo un poco. El camino es largo, pero encontraras la manera de encontrar el camino.Sin embargo, la frágil estabilidad que había ganado duró muy poco. A los pocos días, la marea volvió a agitarse de la peor manera: el consejo escolar, presionado por Lucius Malfoy, suspendió al director Dumbledore de sus funciones tras la petrificación de Penélope Clearwater. El maestro se vio obligado a dejar el colegio, dejando al castillo desamparado ante la paranoia colectiva.Saber que Dumbledore se había marchado me dejó una preocupación intensa y asfixiante que me devolvió el insomnio. El castillo se sentía desprotegido, y la idea de que Hermione seguía vulnerable en la enfermería me obligó a actuar. Esperé a que la noche cayera sobre los pasillos de piedra y me escurrí con sigilo hasta la enfermería, esquivando las patrullas de los profesores.La sala de la enfermería estaba sumida en una penumbra silenciosa, interrumpida solo por la luz de la luna que entra por los ventanales. Caminé a paso rápido hacia la cama del fondo, donde la estatua de Hermione descansaba bajo las mantas. Al verla allí, con su rostro fijo en el techo, sentí que la tristeza me oprimía la garganta, pero me obligué a mantener la mente en calma, recordando la lección del director.Acomodé mi bufanda y tomé su mano petrificada, sintiendo de nuevo ese frío gélido que me caló los huesos. Pero esta vez, mi agudeza visual notó una variable que los profesores habían pasado por alto en medio del caos. Los dedos de la mano derecha de Hermione estaban completamente cerrados en un puño rígido, pero entre la comisura del mármol gris, asomaba un pequeño trozo de papel arrugado.Con un cuidado extremo, usando mis dedos para no dañarla, deslicé el papel arrugado hacia afuera de su puño inerte. Lo desplegué bajo la luz de la luna con manos temblorosas. Era la página arrancada de un libro de zoología mágica que hablaba sobre el Basilisco, una serpiente gigante cuya mirada era mortal, y en el margen, con la letra apretada y apurada de Hermione, estaba escrita la variable final que lo explicaba todo: «Tuberías».Me guardé el papel en el bolsillo de la túnica, sintiendo que la adrenalina regresaba a mi cuerpo.