El boggart
El boggart
(POV Valerie)El prado al borde del Bosque Prohibido olía a pasto húmedo, tierra fresca y al inconfundible tufo de las bestias mágicas. Los de Ravenclaw compartíamos esta clase a primera hora y, mientras la mayoría de mis compañeros sacaban plumas de vástago para tomar notas compulsivas o retrocedían con prudencia ante los cercados, yo me mantenía recargada contra la valla de madera, con las manos metidas en los bolsillos de la túnica y la cara de aburrimiento más ensayada de mi repertorio. Hasta que Hagrid llegó con unos Hipogrifos.-Si esa cosa decide patearle las costillas a alguien, me pido oficialmente no llevar los restos a la enfermería -le murmuré a Padma, que estaba a mi lado con la varita firme en la mano y la espalda más recta que una pica.-Cállate la boca, Evans -siseó ella sin mirarme, ajustándose las túnicas de Ravenclaw-. Hagrid dijo que son criaturas terriblemente orgullosas. Si las ofendes, te arrancan la cabeza antes de que puedas pedir perdón.-Por favor. Es solo un águila gigante pegada al trasero de un caballo -resoplé, acomodándome la bufanda gris con un movimiento perezoso del cuello-. Cero sentidos prácticos. Si quisiera ver algo ridículo y agresivo, me iría a la mesa de Slytherin.Sin embargo, Hagrid, que sonreía entusiasmado entre su barba, se abrió paso hasta el centro del prado liderando a una de las bestias más grandes: un macho de plumas plomizas, garras de acero reluciente y unos ojos dorados y salvajes que clavó de inmediato en la multitud. Lo llamó Plumarrayada.Varios alumnos dieron tres pasos atrás al unísono. La criatura batió las alas una vez, levantando una ráfaga de aire que hizo volar un par de hojas de pergamino. Hagrid empezó a explicarnos el estricto protocolo de cortesía -la inclinación de cabeza, el no parpadear, la espera paciente-, pero la bestia decidió ignorar olímpicamente a su instructor.Giró la cabeza en un ángulo extraño, soltó un chasquido de pico que resonó en todo el prado y fijó sus pupilas amarillas directamente en mí.-Uh... Evans... -murmuró un chico de nuestra casa, apartándose de mi lado como si yo tuviera la viruela del dragón-. Creo que no le gustó tu cara.El Hipogrifo comenzó a caminar en mi dirección. No venía a paso lento; avanzaba con una elegancia pesada y decidida, pisoteando el pasto con sus cascos traseros. A mi alrededor, el grupo de Ravenclaw se abrió en abanico, dejándome completamente sola en medio del prado.-¡Espera, muchacha! ¡No te muevas! -gritó Hagrid, alarmado, intentando tirar de la cadena de cuero-. ¡Tienes que inclinarte primero! ¡Tienes que mostrarle respeto!No me incliné. Ni siquiera me moleste en sacar las manos de los bolsillos.En cuanto la criatura estuvo a un metro de mí, ese pulso extraño que siempre había llevado escondido, una frecuencia sutil y gélida vibró de fondo. Las criaturas mágicas no entendían de títulos ni de protocolos sociales; entendían de poder y de intenciones. Y Plumarrayada no detectaba en mí ningún miedo, solo una curiosidad y una afinidad.El enorme animal se detuvo justo frente a mí. Exhaló un aliento tibio que olía a plumas, y luego, para el estupor de todo el mundo, bajó la cabeza lentamente hasta pegar su enorme pico curvo contra mi pecho.Saqué una mano con total parsimonia y le pasé los dedos por las plumas superiores de la cabeza, rascándolo con firmeza justo detrás de las orejas. El Hipogrifo cerró los párpados, dejó escapar un sonido ahogado que era la mezcla entre un relincho de guerra y un ronroneo de gato satisfecho, y recostó todo su peso contra mi hombro.-Por las barbas de Merlín... -exclamó Hagrid, deteniéndose en seco con la boca abierta-. En todos mis años no había visto algo así. ¡Ni siquiera esperó tu inclinación, Evans! Pareciera que... bueno, pareciera que ya te conocía de antes. Tienes una mano increíble para las bestias, muchacha.-No es para tanto, Hagrid -respondí con una sonrisa ladina, sin dejar de rascarle el cuello a la criatura mientras Padma me miraba con la boca abierta-. Plumarrayada solo sabe reconocer a la persona con más clase del prado. Sabe perfectamente quién manda.-Eres insoportable -murmuró Padma a mi lado, aunque en su voz había una mezcla de alivio y asombro.-Y aun así me adoras, Patil -sentencié, acariciando las plumas metálicas del animal. Pero por dentro, la incertidumbre me rozó el corazón. No era mi ego lo que atraía a la bestia. Era la marca de esa magia que llevaba en las venas, esa misma que Dumbledore monitoreaba en la penumbra de su despacho.Si Cuidado de Criaturas Mágicas había sido un paseo en el parque, la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras con el profesor Lupin terminó convertida en una pesadilla hecha a la medida de mis demonios.Nos había llevado al aula de profesores. El lugar olía a polvo, té viejo y madera crujiente. En un rincón, un armario ropero de caoba no paraba de temblar y sacudirse de forma violenta, dando portazos sordos que hacían vibrar los cristales de las lámparas.-Dentro hay un Boggart -nos explicó Lupin, paseándose frente a nosotros con esa túnica raída pero impecable y una sonrisa paciente en el rostro cansado-. A los Boggarts les fascinan los espacios oscuros y cerrados. Se alimentan de nuestros temores más profundos y toman la forma exacta de aquello que más nos aterroriza. Afortunadamente, existe un hechizo muy sencillo para vencerlos, pero requiere de una fuerza mental específica: la risa. El encantamiento es Riddikulus.Los alumnos hicieron una fila. Fiel a mi costumbre de mantener el control desde la barrera, me quedé al final de la línea junto a Padma, lanzando comentarios sarcásticos a media voz mientras los demás enfrentaban sus miedos.-Míralo Terry -le dije al oído a Padma mientras un chico peleaba contra una rata gigante-. Si le dan miedo los roedores, no me imagino cómo sobrevive a los desayunos en el Gran Comedor.-Cállate, Valerie, que te toca a ti -me advirtió Padma, dándome un codazo.-Señorita Evans, adelante -anunció Lupin, haciéndome una seña amable con la mano.Me acomodé el cuello de la túnica, puse la barbilla en alto y di un par de pasos hacia el frente con la varita en la mano. Sostuve mi sonrisa más desafiante y provocadora. A ver qué cosa aburrida o qué criatura deforme me tiene preparado este ropero, pensé. Nada de lo que salga de ahí puede hacerme daño real.El armario se abrió de par en par con un gemido de bisagras oxidadas.Una bruma oscura y densa brotó del fondo, arrastrándose por el suelo como serpientes de humo. Esperé ver un monstruo, una sombra o quizás la cara del mismísimo Voldemort. Pero cuando la niebla se disipó, la sonrisa se me congeló de golpe en los labios.El suelo de piedra crujió. Allí, tirada cuan larga era, yacía Hermione.Estaba tendida sobre el suelo, con la piel de un tono grisáceo y pálido, dura como el mármol. Tenía sus hermosos ojos castaños abiertos de par en par, fijos en el techo, completamente vacíos de luz. No había movimiento en su pecho. No había aire saliendo de sus labios. Era el cadáver inerte de Hermione Granger.El recuerdo brutal de la petrificación del año pasado regresó a mi mente con la violencia de un hachazo, pero esto era mil veces peor. La vi muerta. Y una certeza atroz me atravesó las entrañas: había sido mi culpa. Yo no había estado allí para protegerla.-¿Mione...? -susurré. El sonido salió de mi garganta como el lamento de un animal herido.Todo mi sarcasmo, mi arrogancia y mi armadura de hierro se pulverizaron en un microsegundo. El pánico me cerró la garganta, dejándome sin aire. Intente levantar la varita para articular el encantamiento, pero el brazo me pesaba. La imagen me destruía por dentro. Riddikulus. Tenía que pensar en algo gracioso, pero era imposible. No había nada gracioso en ver a la persona que amaba reducida a una cáscara fría en el suelo. La parálisis me congeló los músculos y el miedo absoluto me devoró viva.Y entonces, mi magia, esa fuerza destructiva que luchaba por salir de mi pecho, respondió al impacto del trauma.Un chasquido agudo resonó en la habitación. A partir de la suela de mis botas, una capa de hielo azulado y cristalino comenzó a brotar violentamente, extendiéndose en patrones descontrolados por el suelo de madera. El ambiente del salón cayó en picada de golpe; el vaho empezó a salir en nubes espesas de mi boca y la escarcha cubrió las ventanas en cuestión de segundos. El frío no era normal: era un fuego helado que amenazaba con congelar la habitación entera.-¡Atrás todos! ¡Aléjense de la línea de hielo! -gritó la voz del profesor Lupin, cortando el aire con urgencia.Antes de que la capa de hielo alcanzara a los chicos de la primera fila, Lupin se atravesó de un salto entre el Boggart y yo, bloqueándome la vista del cuerpo de Hermione.En cuanto la criatura detectó a su nuevo objetivo, la figura de Hermione se disolvió en una neblina negra y fue reemplazada por una esfera blanca y brillante que flotaba en el aire: la luna llena.-¡Riddikulus! -exclamó Lupin.La luna se convirtió en un globo desinflado que zumbó por todo el salón antes de meterse de cabeza en el armario. Lupin cerró la puerta de un golpe de varita y le echó el cerrojo.La ilusión había desaparecido, pero el frío devastador permanecía. El suelo a mi alrededor estaba cubierto por un círculo de hielo azul de dos metros de diámetro. Yo seguía parada en el centro, hiperventilando, con las manos temblando de forma descontrolada y volutas de vapor gélido saliendo de la yema de mis dedos.-La clase ha terminado por hoy. Por favor, recojan sus cosas y vayan al Gran Comedor -anunció Lupin con una voz que intentaba transmitir una calma que nadie en el salón sentía-. Señorita Evans... quédese un momento, por favor.Mis compañeros recogieron sus mochilas en un silencio sepulcral, lanzándome miradas aterrorizadas al pasar cerca de la zona congelada. Padma me miró desde la puerta con los ojos abiertos, llena de preocupación, pero le hice una ligera seña para que se fuera. La puerta de caoba se cerró con un chasquido sordo, dejándome a solas con el profesor.El silencio que siguió era pesado, denso, interrumpido únicamente por el chasquido del hielo que empezaba a derretirse lentamente bajo el calor del aula.Me quedé de espaldas a Lupin, apretándome los brazos con violencia sobre la túnica, intentando desesperadamente juntar mis pedazos rotos. Me ardía la cara de vergüenza y pánico. Había quedado expuesta frente a toda la clase. Habían visto mi debilidad y, peor aún, habían visto el monstruo helado que llevaba dentro.-Si piensa descontarle puntos a Ravenclaw por arruinar el piso de madera, profesor, le sugiero que se los cobre al armario -solté con una voz durísima, forzando mi tono más cínico e hiriente, aunque el temblor en mis cuerdas vocales traicionó por completo la efectividad de mi máscara.Lupin no se alteró. No hubo gritos, no hubo reprimendas ni castigos. Escuché sus pasos lentos acercándose por la tarima de madera hasta detenerse a una distancia prudente.-No tengo la menor intención de quitarle puntos a Ravenclaw, Valerie -dijo con esa voz suave y pausada que parecía imposible de alterar-. Y ten. Come esto, por favor.Giré la cabeza de reojo. Me estaba ofreciendo una barra gruesa de chocolate de la marca Honeydukes.-No necesito sus dulces-mordí las palabras, cruzándome de brazos y alzando la barbilla con un desdén feroz-. Tampoco necesito su lástima.-No es lástima. Es reconocimiento -Lupin dio un paso más, manteniendo la barra de chocolate extendida hasta que, de mala gana, se la arrebaté de las manos. El simple roce de sus dedos me transmitió una calidez reconfortante que me hizo apretar los dientes-. Y no es un dulce de lástima. El chocolate ayuda a restaurar la energía después de un choque de temor... y también después de una manifestación de frío tan drástica como la que acabas de desplegar.Le di un mordisco al chocolate por puro orgullo, sintiendo cómo el dulzor amargo empezaba a derretirse en mi lengua, enviando un hilillo de calor hacia mi estómago helado.-Fue solo un accidente. Un fallo de concentración -mentí, mirando hacia la ventana mientras apoyaba la cadera contra el borde de una mesa para disimular que las piernas me temblaban como gelatinas.-Puedes ponerme todas las barreras de sarcasmo que quieras, Valerie. No me voy a ofender -Lupin apoyó su propia espalda contra el escritorio principal, mirándome con una mezcla de serenidad y una comprensión tan profunda que me revolvió el estómago-. Pero llevo los suficientes años en este mundo como para reconocer a alguien que carga con un peso demasiado grande para sus hombros. Lo que viste en ese Boggart... el pavor a no poder proteger a las personas que te importan, a verlas sufrir sin que puedas hacer nada... no es una debilidad. Es el miedo más antiguo, humano y noble que existe.Tragué saliva con dificultad. La mención de mi miedo hizo que el fantasma de la cara muerta de Hermione volviera a flotar en mi mente.-Usted no sabe nada de mí, profesor -susurré, clavándole una mirada helada.-Sé más de lo que crees -contestó él en un tono muy bajo, casi confidencial, mientras sus ojos cansados me sostenían la mirada-. Albus Dumbledore confía en mí, Valerie. Sé perfectamente que tus entrenamientos nocturnos en la torre no son solo para repasar la teoría de los Libros de Hechizos. Sé lo que implica esa magia... y sé lo peligroso que es cuando el dolor intenta usarla como válvula de escape.Me quedé helada por segunda vez en el día. La varita me pesó en el bolsillo.-¿Dumbledore le contó...? -empecé, pero me corté a mí misma.-Dumbledore me dijo que eras una alumna brillante, con una coraza de hierro y un corazón ridículamente leal -sonrió Lupin de forma tenue, con un destello de calidez en la mirada-. No estoy aquí para juzgarte, Valerie. Ni para delatarte, ni para pedirte explicaciones que no me corresponden. Pero quiero que sepas algo: este salón siempre estará abierto. Si alguna vez sientes que ese hielo en tu sangre se vuelve demasiado pesado para llevarlo tú sola, o si necesitas un lugar donde no tengas que pretender que eres invulnerable... aquí tienes un amigo.Me quedé en silencio durante varios segundos, sosteniendo el envoltorio del chocolate entre los dedos entumecidos. La forma tan natural y respetuosa con la que abordaba mi secreto, sin hacerme preguntas invasivas ni tratarme como a un monstruo peligroso, hizo que la aplastante tensión en mis hombros cediere un par de milímetros.-Es usted un profesor rematadamente metiche, Lupin -solté al fin, permitiéndome una pequeña sonrisa torcida y sarcástica para recuperar el aliento-. Pero admito que el chocolate no está mal.Lupin dejó escapar una risita suave y asintió con la cabeza, divertido por mi respuesta.-Puntos para Ravenclaw por la sinceridad, señorita Evans. Ahora vaya a comer algo de verdad. Y no se preocupe por el suelo... yo me encargo de descongelar el aula.