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¿Expulsada?

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¿Expulsada?

(POV Valerie)El sábado amaneció como si el cielo se estuviera cayendo a pedazos. El viento rugía contra los ventanales de la Torre de Ravenclaw y la lluvia caía con tanta fuerza que parecía que nos estaban arrojando cubos de agua contra los cristales.Estaba sentada en uno de los sillones de la sala común, intentando concentrarme en un libro de Transformaciones Complejas, cuando Cho Chang se me acercó corriendo, ya vestida con la túnica y la bufanda azul y bronce.-¡Valerie! Por fin te encuentro -dijo Cho, tomándome del brazo con entusiasmo-. Tienes que venir al estadio. El partido contra Gryffindor se va a poner increíble, ¡tienes que apoyarnos!-¿Al estadio? ¿Bajo este diluvio? -puse los ojos en blanco, abrazando el libro contra mi pecho para que no me arrastrara-. Cho, prefiero tragarme un cubo de gusanos moco antes que sentarme a ver a catorce lunáticos volando en palos de escoba mientras nos caen rayos encima. Odio el Quidditch.-¡Por favor! -insistió Cho, juntando las manos en gesto suplicante-. Padma dijo que no iba a ir porque tenía que terminar un ensayo y no quiero estar sola en las gradas. Acompáñame, aunque sea un rato. Te prometo que te consigo los apuntes de Astronomía de la próxima semana.Maldije para mis adentros. Miré hacia el rincón de la sala común donde Padma me observaba desde su mesa de estudio. Padma me dedicó una sonrisa traviesa y me guiñó un ojo, como diciendo "ve, sabes que Hermione va a estar ahí para ver a Gryffindor".Sentí un tinte de calor en las mejillas y rodé los ojos hacia el techo.-Está bien -cedí, soltando un suspiro dramático mientras me ponía de pie-. Pero si me muero de una neumonía, le dejaré todos mis libros a Padma y a ti te dejaré la tarea de limpiar mis túnicas.Al llegar al estadio de Quidditch, la experiencia fue aún peor de lo que había imaginado. El viento era tan feroz que casi me arranca la capucha de la cabeza y el agua me empapó las botas en cuestión de dos minutos. Las gradas eran un mar de gente gritando bajo sombrillas encantadas. La incomodidad me consumía; odiaba los tumultos, odiaba el ruido y odiaba sentirme rodeada.Aproveché que Cho se distrajo saludando a unos chicos de tercer año para escurrirme por las estructuras de madera. Necesitaba aire. Necesitaba estar lejos de la multitud.Subí por las escaleras traseras hasta llegar a un balcón abandonado en lo alto de una de las torres vacías. Desde allí, resguardada apenas por el saliente de un techo de madera, tenía una vista completa del campo envuelto en la bruma gris de la tormenta.Me apoyé contra la barandilla de madera, tiritando por el frío.A lo lejos, apenas podía distinguir la figura de Harry Potter persiguiendo la Snitch Dorada a cientos de metros de altura, desapareciendo entre las nubes negras. Mi mirada, sin embargo, descendió de forma inevitable hacia las gradas rojas de Gryffindor. Sabía que Hermione estaba allí abajo, bajo la lluvia, gritando hasta quedarse sin voz por su equipo. El pecho me dolió con una punzada dulce y amarga a la vez. Magia oscura. Las palabras de Dumbledore me volvieron a golpear. ¿Qué diría Hermione si supiera la verdad sobre mí? ¿Me miraría con desprecio?Y entonces, el mundo se detuvo.No fue una transición lenta. Fue un golpe seco. La temperatura del estadio cayó tan drásticamente que el agua de la lluvia que caía sobre la madera del balcón se congeló instantáneamente en una capa de escarcha blanca. El viento dejó de sonar. Una densidad negra y asfixiante cubrió el ambiente.Alcé la cabeza, horrorizada.Desde los límites del Bosque Prohibido, deslizándose como sombras espectrales y famélicas, decenas, cientos de Dementores invadieron el campo de Quidditch. Subieron en espiral hacia las alturas, rodeando la figura de Harry Potter en medio de los rayos.-No... esto no puede estar pasando -susurré, sintiendo cómo el pánico de las criaturas despertaba a la fiera que llevaba en la sangre.A lo lejos, vi a Harry perder el control de su escoba. Se soltó. Su cuerpo quedó completamente inerte en el aire y comenzó a caer en picada desde una altura descomunal, directo hacia el suelo de piedra del estadio.La multitud en las gradas empezó a gritar en pánico, pero la distancia era gigantesca. Dumbledore se ponía de pie en el palco principal, pero Harry se estaba estrellando demasiado rápido. Moriría antes de que la varita de cualquier profesor pudiera alcanzarlo.El instinto de conservación, las advertencias de Dumbledore, la amenaza de Azkaban... todo se pulverizó en mi mente en un segundo. Solo vi la muerte inevitable de un chico y la sombra de los Dementores amenazándolo todo.-¡NO! -grité con todas las fuerzas de mis pulmones.Olvidé la varita. Estiré ambas manos hacia el vacío del estadio. La magia oscura no solo salió, estalló.Una onda expansiva de fuego helado y luz azul reluciente brotó de mi cuerpo con violencia. La fuerza fue tan salvaje que la madera del balcón donde estaba parada crujió bruscamente, cubriéndose de una capa de hielo de dos pulgadas de grosor. Una columna de luz helada salió disparada de mis manos hacia el centro del estadio, cortando la tormenta de lado a lado.La ráfaga de magia impactó en el aire justo debajo del cuerpo de Harry, creando una colchoneta gélida que frenó de golpe su caída libre a pocos metros del suelo, al tiempo que la onda de frío repelió a los Dementores más cercanos, haciéndolos retroceder en el aire con alaridos espectrales.El estruendo mágico resonó en todo el valle como un trueno sobrenatural.El cuerpo de Harry cayó finalmente sobre la hierba, inconsciente pero vivo, mientras Dumbledore terminaba de dispersar a los Dementores con un Patronus plateado gigantesco. Pero el caos ya no estaba solo en el campo.En las gradas, cientos de estudiantes, profesores y la directiva entera giraron las cabezas al unísono hacia la torre más alta de transmisión, de donde todavía salían espesas columnas de vapor azul y humo helado.Me pegué de espaldas contra la pared de madera del balcón, hiperventilando violentamente, mirándome las manos temblorosas que aún echaban humo azul. El terror me devoró las entrañas. Lo había hecho. Frente a todo el colegio, frente a Dumbledore, frente al Ministerio implícito en la figura de los Dementores... me había delatado. El ala médica olía a una combinación insoportable de poción crece-huesos, alcohol medicinal y el tufo a miedo acumulado. La explosión en el estadio había dejado a la mitad del colegio en shock y a Harry Potter en una cama recuperándose de una caída de cincuenta metros.Por fortuna, en el caos de la tormenta, la versión oficial que Dumbledore hizo circular fue una aberración atmosférica causada por la concentración de Dementores. Pero Ravenclaw no era una casa de crédulos. Las miradas en la sala común eran cuchillos.Estaba sentada en el alféizar de la ventana de nuestro dormitorio, observando la lluvia golpear el cristal, cuando Cho y Padma entraron. Cho traía los ojos hinchados y las manos metidas hasta el fondo en los bolsillos de su túnica.-Valerie... -dijo Cho con la voz temblorosa, deteniéndose a dos pasos de mi cama-. Todo el mundo en el Gran Comedor está murmurando. Los de Slytherin dicen que hiciste una especie de pacto oscuro y los de Hufflepuff están convencidos de que estás maldita.-Qué novedad -solté con una sonrisa torcida, sin despegar la vista del cristal-. La masa analfabeta de este castillo siempre necesita un chivo expiatorio cuando la magia supera su estrecho margen de comprensión. Si quieren quemarme en la hoguera, que hagan fila detrás del Ministerio.-No te burles, Evans, esto es serio -reprendió Padma, cerrando la puerta del dormitorio y lanzando un Muffliato con un chasquido firme de su varita-. Hay gente pidiendo que el Ministerio revise las firmas mágicas del estadio.-Es que... fue mi culpa -interrumpió Cho, dejándose caer en la cama frente a mí con el rostro contraído por la culpa-. Yo te rogué que fueras al partido. Si te hubiera dejado en la biblioteca aguantando a los idiotas de quinto, no habrías estado en ese balcón. No habrías tenido que usar... eso. Te expuse.La miré en silencio durante unos segundos. Ver la culpabilidad comiéndole las entrañas a Cho hizo que mi acostumbrada coraza defensiva cediera.-Chang, escúchame con atención porque no me gusta repetirme -dije, bajando del alféizar y parándome frente a ella-. Si no hubiera estado en ese balcón, el El Niño Que Vivió se habría estampado contra el barro a doscientos kilómetros por hora y ahora estaríamos diseñando su ataúd. No me arrepiento de nada de lo que hice ahí arriba. Y si algún imbécil de nuestra casa vuelve a insinuar que soy una amenaza, me avisas. Tengo un repertorio encantador de maldiciones de congestión nasal que les van a encantar.Cho dejó escapar una risa ahogada entre lágrimas y se limpió la mejilla con la manga.-Gracias, Val... por salvarlo. Y por no odiarme por haberte arrastrado allá afuera.-No te odio -dije rodeando los ojos con dramatismo-. Solo odio el Quidditch, la lluvia, el fango y al ochenta por ciento de la población estudiantil. A ti te tolero. A veces.Padma se cruzó de brazos, esbozando una sonrisa tenue mientras me miraba.-No vas a pelear esta batalla sola, ¿te queda claro, Evans? -dijo Padma con un tono que no admitía réplica-. Si el colegio quiere un monstruo, van a tener que vérselas con nosotras dos primero.Giré la cara para ocultar la pequeña calidez que me recorrió el pecho. Por primera vez en mi vida, la oscuridad que llevaba dentro no me aislaba; tenía a mi casa y a mis amigas rodeándome como una muralla infranqueable.Las vacaciones de Navidad llegaron cubriendo los jardines de una capa gruesa y hostil de nieve. Y con la nieve llegó una de las muestras de estupidez masculina más monumentales que jamás había presenciado.A Harry le había llegado un paquete anónimo: una Saeta de Fuego, la escoba de carreras más cara, rápida y potencialmente letal del mercado. Hermione, haciendo uso de la única neurona funcional que parecía existir entre los Gryffindor, dedujo que la escoba podía venir embrujada por Sirius Black y la reportó a McGonagall para que fuera examinada.La reacción de los chicos fue sencillamente miserable.Encontré la escena en el vestíbulo de entrada, donde el eco multiplicaba cada palabra. Ron Weasley le estaba gritando a Hermione a voz en cuello frente a un grupo de aterrorizados alumnos de segundo año. Tenía la cara roja como un tomate y las venas del cuello a punto de reventar. Harry estaba parado a su lado, cruzado de brazos, mirando al suelo con un silencio cobarde que resultaba infinitamente más cruel que los gritos de Weasley.Hermione estaba acorralada contra el muro de piedra, abrazando sus libros contra el pecho, tiritando de frío y con lágrimas silenciosas rodándole por las mejillas pálidas.-...¡Es que no lo entiendes porque eres una egoísta, Granger! -bramaba Weasley, dando un paso agresivo hacia ella-. ¡Solo lo hiciste por rabia! ¡Porque no soportas que Harry tenga algo increíble que tú no puedes controlar ni entender! ¡Nos arruinaste la Navidad a los dos! ¡No quiero volver a verte en mi vida!El calor de la rabia me subió por la garganta como ácido purísimo. Se me acabaron las pocas pulgas que me quedaban. Me abrí paso a zancadas entre los espectadores.-Vaya, vaya, Weasley -solté, permitiendo que mi voz resonara con un veneno tan helado que el vestíbulo entero quedó en un silencio sepulcral-. Sabía que el frío afectaba el razonamiento, pero no me había dado cuenta de que a ti te había causado muerte cerebral permanente.Ron se giró de golpe, con los ojos fuera de las órbitas.-¿Tú qué demonios quieres, Evans? ¡Nadie te llamó! ¡Esto es un asunto de Gryffindor, así que vete a tu torre a leer un libro!-Me meto en lo que me da la puta gana cuando veo a dos trogloditas acosando a la única persona en este colegio que realmente tiene un cerebro operativo -me puse directamente entre Hermione y él, interponiendo mi cuerpo como un escudo-. Ella reportó esa escoba porque le importa que Potter conserve la cabeza pegada al cuello. Porque mientras tú estás salivando como un perro rabioso por un pedazo de madera barnizada, ella estaba pensando en la posibilidad de que no tengan que recoger los pedazos de tu amiguito con una pala del campo de Quidditch.-¡Era una Saeta de Fuego! ¡Estaba perfectamente limpia! -gritó Ron, dando un paso al frente con la barbilla levantada.-¡Y Sirius Black rajó el retrato de la Dama Gorda con un cuchillo a tres metros de tu cama hace dos meses, pedazo de inútil! -le espeté, alzando la voz con una autoridad tan demoledora que Weasley retrocedió un paso por puro instinto-. Si al chico al que un asesino en serie está buscando le llega una escoba de mil galeones de forma anónima, ¡lo lógico y razonable es inspeccionarla! Pero claro, ¿cómo voy a pedirle pensamiento lógico a alguien cuyo mayor logro académico ha sido no tragarse su propia lengua mientras duerme?-¡Valerie, por favor, déjalo...! -musitó Hermione detrás de mí. Sentí su mano temblorosa agarrando la tela de mi túnica con desesperación.Giré ligeramente la cabeza para fijar la mirada en Harry Potter. Él me sostuvo la mirada durante un segundo antes de apartarla, visiblemente incómodo y avergonzado.-Y tú, Potter -le dije, bajando el tono a un susurro gélido que cortaba más que el viento de afuera-. De verdad pensé que tenías más agallas. Dejar que tu perro de caza le grite así a la única persona que se ha trasnochado ayudándote a aprobar desde primer año... me da asco. Eres un cobarde. Ella no se merece tu desprecio ni el de este simio.Tomé a Hermione firmemente de la mano. Sus dedos estaban helados, pero al sentir el contacto de los míos, los entrelazó con una fuerza casi agónica.-Vámonos de aquí, Hermione. La densidad de idiotez en este pasillo me está dando una migraña insoportable.Giré sobre mis talones y me la llevé a tirones, dejando a Ron echando humo por la boca y a Harry clavado en el suelo, mirando las losas de piedra con la culpa grabada a fuego en el rostro.La llevé hasta el rincón más alto e incomunicado de la torre este, cerca de un ventanal por donde entraba la luz moribunda del atardecer invernal. Había allí un pequeño sillón de terciopelo azul, arrinconado junto a un radiador de hierro.En cuanto la solté, Hermione se dejó caer en el sillón y se cubrió la cara con las manos. Los sollozos que había estado reteniendo con tanto orgullo estallaron de golpe. Sus hombros se sacudían con una violencia que me retorció las entrañas.Me quité la túnica pesada de Ravenclaw y se la eché por encima, arropándola con la tela azul y gris para cortar el temblor de su cuerpo. Luego me senté a su lado en el espacio reducido del sillón, pegando mi hombro al suyo.-Son unos imbéciles, Hermione -dije con voz plana, pasando mi brazo por detrás de sus hombros y atrayéndola hacia mi costado-. Unos verdaderos, absolutos y redomados imbéciles.Hermione no lo dudo ni un segundo. Se giró hacia mí, escondió el rostro en el hueco de mi cuello y se aferró a la tela de mi camisa con los puños apretados, mojándome la piel con sus lágrimas.-Es que... es que yo solo quería que Harry estuviera a salvo -sollocó con la voz rota, ahogada contra mi cuello-. Si a él le pasa algo... yo jamás me lo perdonaría, Valerie. Y Ron me habló como si fuera una traidora... como si disfrutara arruinándoles las cosas. Estoy muy cansada... de verdad estoy muy cansada.Sentí una punzada punzante en el pecho. Levanté la mano y empecé a acariciarle el cabello enredado de forma lenta, constante, sintiendo el aroma a pergamino antiguo, tinta y vainilla que siempre la acompañaba.-Lo sé -murmuré, manteniendo la voz firme para ser el ancla que ella necesitaba-. Sé exactamente todo lo que llevas a cuestas. Llevas meses matándote para preparar la defensa legal de Buckbeak, cargando una cantidad absurda de materias e intentando ejercer de niñera de dos idiotas que no saben cruzar la calle solos.-Ahora no tengo a nadie-susurró, levantando la vista para mirarme. Tenía los ojos castaños rojos, la nariz hinchada y las pestañas pegadas por las lágrimas. A mis ojos, seguía siendo la criatura más fascinante y perfecta que pisaba este castillo-. En la sala común todos me voltean la cara. Se van a otras mesas si me siento a estudiar.Sostuve su mirada durante un largo silencio. Extendí la mano, posé el pulgar en su pómulo y le limpié una lágrima con una delicadeza que no usaba con absolutamente nadie más en el mundo.-Escúchame muy bien, Granger -le dije, alzando ligeramente la barbilla para obligarla a no desviarme la atención-. Me importa un carajo lo que hagan los simios de Gryffindor. A partir de hoy, vas a comer en mi mesa si te da la gana. Vas a estudiar conmigo en la torre. Y si Weasley tiene el valor de volverte a dirigir la palabra en ese tono, le voy a congelar la lengua hasta que se le caiga a pedazos. ¿Me oíste?Hermione dejó escapar un resoplido que fue mitad llanto y mitad risa, apretando su mano sobre la mía, que aún descansaba en su mejilla.-Eres terrible, Evans... de verdad eres despiadada.-Soy realista -corregí sin soltarla-. Y no pienso dejar que te destruyan. No sé qué demonios vaya a pasar mañana, ni qué otros problemas se inventen Potter y Weasley... pero tú nunca más vas a tener que pasar por esto sola. Mientras yo respire y esté en este castillo, siempre me vas a tener a mí.Hermione cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro de alivio, apoyando su frente contra la mía. El calor de su respiración rompió el frío helado que solía habitar dentro de mi pecho.-Gracias, Val -susurró, pegándose un poco más a mí-. Por estar aquí.Nos quedamos en ese sillón durante horas mientras la noche caía sobre Hogwarts. Hermione terminó dormida contra mi pecho, rendida por el agotamiento emocional. La miré en silencio, sintiendo una certeza feroz: Potter y Weasley eventualmente volverían arrastrándose a pedirle perdón cuando se dieran cuenta de que no podían ni hacer un deber de Pociones sin ella. Pero mientras tanto, ella estaba bajo mi protección. Y nadie tocaba lo que era mío.El último día antes del banquete de fin de año, la nieve había desaparecido por completo, dejando los campos de Hogwarts cubiertos de un verde brillante. Fue entonces cuando me llegó la nota con el sello de cera de la dirección.Subí la escalera de caracol hacia el despacho de Dumbledore con un mal presentimiento que me pesaba en las entrañas como si hubiera tragado plomo.El despacho olía a saúco y a instrumentos de plata girando en silencio. Dumbledore estaba de pie junto al ventanal, observando los terrenos. Cuando entré, no sonrió. Tampoco me ofreció un caramelo de limón. Tenía una expresión de una gravedad tan severa que el aire del lugar se sentía pesado, sofocante.-Toma asiento, Valerie -dijo con voz pausada, caminando lentamente hacia su escritorio de caoba.Me senté en la silla de madera, cruzándome de brazos en mi postura defensiva habitual.-Supongo que esto es el balance final por lo que pasó en el estadio de Quidditch -dije, poniendo mi mejor tono de indiferencia sarcastica-. Ya pasaron días, Profesor. Nadie habla de eso. Los rumores se apagaron..-Nadie en el colegio habla de eso, Valerie -corrigió Dumbledore, apoyando las manos sobre la mesa y mirándome fijamente por encima de sus gafas de media luna-. Pero el Ministerio de Magia no ha olvidado. Cornelius Fudge envió en secreto a tres aurores a examinar las firmas mágicas residuales en la torre del estadio. Estaban aterrorizados. Creyeron que una entidad oscura o un seguidor de Voldemort había ejecutado magia de alto nivel dentro de Hogwarts.Tragué saliva. Sentí un sabor amargo en la base de la lengua.-¿Y qué les dijo?-Tuve que mover absolutamente todas mis influencias en el Wizengamot -continuó Dumbledore, y por primera vez escuché un rastro de cansancio real en su voz-. Tuvimos que falsificar informes sobre encantamientos defensivos defectuosos en el castillo y pagar favores políticos extremadamente costosos para evitar que los aurores irrumpieran, te incautaran la varita y te sometieran a un interrogatorio bajo Veritaserum. Te expusiste demasiado, Valerie. Salvaste la vida de Harry, sí... pero pusiste un reflector gigante sobre la fuerza que llevas dentro.-Hice lo que tenía que hacer -espeté, apretando los puños sobre mis muslos-. No iba a quedarme parada viendo cómo se mataba contra el suelo.-Y no juzgo tus intenciones. Admiro tu lealtad -dijo el director, pero su mirada se volvió de piedra-. Pero las consecuencias son ineludibles. El Ministerio exige garantías de seguridad. No puedo mantenerte aquí el próximo curso sin poner en peligro a todo el colegio y sin arriesgarme a que Fudge envíe una orden de arresto en tu contra en cuanto pongas un pie en el andén nueve y tres cuartos.El aire se me congeló de golpe en los pulmones. Un abismo de pánico helado se abrió bajo mis pies. Me puse de pie violentamente, haciendo rodar la silla hacia atrás, que golpeó el suelo con un estruendo sordo.-¿Me está expulsando? -mi voz salió en un hilo estrangulado, despojada de todo sarcasmo, rota por la incredulidad-. ¡No puede hacerme esto! ¡Hogwarts es mi hogar! ¡Aquí están mis amigas... aquí está Padma! ¡Aquí está Hermione!-No te estoy expulsando, Valerie. Te estoy salvando de muchos problemas -respondió Dumbledore, permaneciendo impasible, aunque sus ojos reflejaban una profunda tristeza-. He estado en contacto directo con un viejo conocido. El director del Instituto Durmstrang, Igor Karkarov.Me quedé helada. La palabra resonó en mi cabeza como un eco distante.-¿Durmstrang...? ¿La escuela del norte de Europa?-Durmstrang no está bajo la jurisdicción del Ministerio de Magia británico -explicó Dumbledore con una calma lapidaria-. Allí, el estudio de las magias antiguas y las Artes Oscuras no es un tabú condenable. Tienen los conocimientos y las defensas para enseñarte a dominar la fuerza que llevas dentro sin tener que esconderte como una criminal. Karkarov ha aceptado formalmente tu traslado para el próximo año académico.-¡No quiero irme! -grité, y esta vez una lágrima de rabia y pánico puro se me escapó del ojo, quemándome la mejilla-. ¡No me puede mandar allá! ¡No me voy a ir lejos de ellas!-Es la única opción que tienes para conservar tu libertad, Valerie -sentenció Dumbledore, poniéndose de pie con una autoridad imponente que llenó la habitación-. Terminarás este año en Hogwarts. Regresarás a casa en el Expreso. Pero cuando las clases reanuden en septiembre... no volverás a este castillo. Tu tren saldrá hacia el norte. Te irás a Durmstrang.La noticia me golpeó el pecho con la fuerza de una explosión física. Me quedé parada en medio del despacho, sintiendo que el aire no me llegaba a los pulmones, que el mundo se desmoronaba en pedazos a mi alrededor.Salí del despacho de Dumbledore como un fantasma, bajando la escalera de caracol sin sentir las piernas.Caminé a ciegas por los pasillos de piedra que tanto conocía. Miré los tapices, los ventanales por donde entraba la luz del verano, el castillo que por primera vez me había hecho sentir que pertenecía a algún lugar. Y entonces la verdad me aplastó la garganta: el tiempo se me había acabado.Le quedaban solo unos pocos días a mi estancia en Hogwarts. Unos pocos días para mirar a Padma a los ojos, para sostener la mano de Hermione y para vivir el amor que apenas estaba comenzando a florecer... antes de ser desterrada para siempre al frío de la oscuridad.