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Cuidando de ella

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Cuidando de ella

(POV Valerie)El aire del aula abandonada no solo estaba frío; dolía en los pulmones. Cada exhalación de mi pecho se convertía en una nube densa de vapor que se disipaba entre las sombras de las vigas de roble.-¡Reducto! -grité.Un pedestal de piedra saltó en mil pedazos, pero el destello no fue el rojo estridente del hechizo. Fue una ráfaga azulada que hizo crujir el suelo de madera con una capa de escarcha instantánea. La varita me quemaba la palma de la mano, temblándole a mis dedos tiesos por el frío y la rabia.-Demasiada fuerza, Valerie. Estás descargando el golpe antes de fijar el objetivo -la voz del profesor Lupin resonó desde la penumbra. Estaba apoyado contra una columna, envuelto en su túnica raída, con la taza de té echando humo entre sus manos.-¡Es que no hay objetivo! -la voz se me quebró, alta y desgarrada, rebotando en los muros de piedra-. ¡No hay ningún maldito objetivo! Si lo contengo, siento que los pulmones se me van a llenar de cristales de hielo hasta ahogarme... y si lo suelto, rompemos el colegio.Giré sobre mis talones, respirando con dificultad. Sentía las lágrimas congelándose en mis pestañas, quemándome los pómulos.-Míreme, profesor. Míreme bien -dije bajando la voz a un susurro lleno de amargura, señalando mi propio pecho con el pulgar-. El Ministerio tiene razón. Dumbledore tiene razón. Soy un peligro. Una aberración que explota en cualquier momento. ¿Sabe lo que es sentir que tu propio cuerpo no te pertenece? ¿Saber que en cualquier momento vas a destruir a la gente que amas solo por existir?Lupin dejó la taza sobre un escritorio con un movimiento lento y deliberado. No había pizca de sobresalto en su rostro; solo una tristeza infinita, una empatía tan profunda que dolía verla. Caminó hacia mí sin prisa, pisando los escombros con cuidado.-Sé exactamente lo que se siente, Valerie -dijo con una calma estremecedora, mirándome directamente a los ojos-. Sé lo que es despertar por la mañana con el cuerpo molido, con la boca saboreando sangre y sabiendo que la noche anterior fuiste un monstruo al que el mundo entero le teme. Sé lo que es contar los días para el ciclo siguiente, deseando no volver a despertar jamás para no hacerle daño a nadie.Me quedé helada. La furia se me atragantó en la garganta.-Usted... no es un monstruo -murmuré, apretando la varita con menos fuerza.-Tampoco lo eres tú -replicó Lupin. Se detuvo a un paso de mí y puso sus manos sobre mis hombros. Sus palmas estaban tibias, un contraste violento con la heladez que desprendía mi piel-. El miedo te está devorando por dentro. Huelo el pánico en ti desde que regresaste de las vacaciones de Navidad. Hay un abismo en tus ojos, Valerie. ¿Qué es lo que verdaderamente te aterroriza?Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. Estuve a punto de gritarlo. A punto de soltarle que Dumbledore me iba a desterrar en junio, que me enviarían al norte, que me separarían de la única chica que me hacía sentir que la vida valía la pena. Pero me tragué el nudo.-Me aterroriza perder lo único bueno que me ha pasado en la vida -dije, y esta vez una lágrima sí rodó por mi mejilla-. Me aterroriza que me vean como un bicho raro. Que ella me mire con miedo.Lupin sonrió con amargura, apretándome los hombros con firmeza paternal.-Hermione Granger no te tiene miedo, Valerie. Tampoco Padma. Ellas ven lo que tú te niegas a ver. Esta fuerza que llevas dentro... no responde a la rabia. La rabia solo la vuelve salvaje e incontrolable. Esta magia es instinto puro de protección. Si intentas dominarla desde el odio a ti misma, te destruirá. Tienes que canalizarla desde el amor. Desde el deseo voraz de mantener a salvo a quienes te importan.Cerré los ojos. En la oscuridad detrás de mis párpados no vi el despacho de Dumbledore, ni la nieve de Durmstrang, ni las cadenas del Ministerio. Vi los rizos despeinados de Hermione sobre la mesa de la biblioteca. Vi el brillo de sus ojos cafés cuando me explicaba un encantamiento. Vi la calidez de sus labios contra los míos bajo la sombra de la Torre de Astronomía.Alcé la varita de nuevo. No grité. No apreté los dientes. Solo respiré hondo, invocando su rostro en mi mente.Un pulso de luz azul, suave, brotó de la punta de la madera y envolvió la habitación en una tibieza tibia y reconfortante.Lupin asintió despacio, con una mirada llena de orgullo.-Ahí está -susurró-. No lo olvides nunca, Valerie. Tu magia no es una condena. Es el escudo para la gente que amas.La biblioteca estaba envuelta en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crepitar moribundo de las velas sobre los tinteros. Era casi medianoche.Hermione estaba sentada en el rincón más oscuro de la sección de Historia. Tenía la cabeza apoyada entre los brazos, semienterrada en un mar de pergaminos, diccionarios de runas y mapas estelares. Su respiración era entrecortada, superficial, como si hasta el acto de inhalar le llevara las pocas fuerzas que le quedaban.Caminé sin hacer ruido hasta su mesa. Verla así me apretaba el estómago con un nudo de pura rabia contenida. Tenía las ojeras tan marcadas que parecían hematomas morados bajo la piel pálida, y los labios secos, agrietados por el cansancio.De pronto, un espasmo la hizo sobresaltarse. Hermione levantó la cabeza de golpe, con los ojos desorbitados por el pánico, llevándose la mano instintivamente al cuello para ocultar el destello dorado que asomaba bajo su túnica.-¡No! ¡Estoy despierta, estoy revisando la traducción...! -balbuceó con la voz ronca, tratando a ciegas de enderezar un tintero que estuvo a punto de volcar.-Tranquila. Soy yo, no Madame Pince -dije con brusquedad calculada para no asustarla más, rodeando la mesa rápidamente.Al oír mi voz, todo el aire se le escapó de los pulmones en un sollozo ahogado. La tensión en sus hombros colapsó de golpe. Se cubrió el rostro con las manos temblorosas, respirando a tirones.Me arrodillé junto a su silla, retirándole las manos de la cara con firmeza para obligarla a mirarme. Sus ojos, siempre tan afilados y despiertos, estaban nublados por un agotamiento absurdo.-Val... no puedo más... no me da tiempo -susurró con la voz rota, un hilo desgarrado que me dolió en el pecho-. Tengo tres entregas para mañana, y Adivinación a la misma hora que Runas, y si me descuido un segundo siento que me voy a caer...-Shh. Escúchame -la interrumpí, tomando sus manos frías entre las mías para intentar pasarle algo de calor-. Vas a parar justo ahora. Vas a cerrar estos malditos libros.-¡No puedo! -protestó en un susurro desesperado, intentando soltarse-. ¡Si no entrego esto...!-Me importa un demonio el ensayo -espeté, posando una mano en su mejilla. La piel le ardía-. Te estás matando por dentro mi amor, y no me voy a quedar aquí parada viendo cómo te destruyes.Las palabras salieron de mi boca antes de que mi cerebro pudiera filtrarlas.El silencio cayó entre las dos como una guillotina.Hermione se congeló en el acto. La respiración agitada se le detuvo en la garganta y se me quedó mirando con los ojos muy abiertos. A pesar de la palidez y el cansancio, un leve tinte carmesí le subió lentamente por el cuello hasta las mejillas.-¿Cómo... cómo me dijiste? -murmuró Hermione, parpadeando despacio, tomándome por sorpresa con la guardia abajo.Sentí un chispazo de calor abrasador en la nuca. Maldije internamente a todos los fundadores de Hogwarts mientras me erguía un poco, aflojando el agarre de su cara y recuperando mi postura fría en cuestión de milisegundos.-Dije Granger -mentí, cruzándome de brazos y alzando una ceja con el tono más sarcástico y despectivo de mi repertorio-. Claramente el insomnio te está haciendo alucinar. Mañana te llevo a San Mungo a que te revisen los oídos si sigues escuchando fantasías.Hermione entornó los ojos, esbozando una sonrisa diminuta y cansada que no pudo ocultar.-No dijiste Granger.-Dijiste que no podías más y claramente tenías razón, estás delirando -corregí con voz neutra, aunque el corazón me latía contra las costillas a mil por hora. Saqué de mi túnica una manzana y un panecillo envuelto en servilletas, arrojándoselos sobre el pergamino-. Come esto y cállate. No te acostumbres, no voy a estar alimentándote todos los días como si fueras un Bowtruckle herido.Hermione dejó escapar una pequeña risa ahogada, la primera en semanas. Tomó el panecillo con manos temblorosas y le dio un mordisco, sin quitarme la mirada de encima.-Sabes lo del Giratiempo, ¿verdad? -susurró después de tragar, tocando la cadenita dorada que sobresalía de su cuello.-Sé que te cargó una estupidez que nadie de catorce años debería llevar -respondí, apoyándome contra el borde de la mesa y mirando hacia los pasillos oscuros-. No me importa el artefacto ni me importan las reglas. Me importa que no te desmayes en medio del pasillo.-Si no termino Aritmancia me van a bajar la nota...-Dame tus notas -le exigí, extendiendo la mano abierta.Hermione me miró, dudativa.-Valerie, no puedes... tienes tu propio trabajo.-Sé tu letra de memoria y sé exactamente qué ibas a poner -la interrumpí, tomándole el pergamino de las manos sin pedir permiso-. Yo voy a transcribir esta basura. Tú vas a cerrar la boca, vas a terminarte la manzana y te vas a ir a la sala común a dormir seis horas seguidas. Si mañana no estás en la cama cuando baje, te voy a hechizar las piernas para que no puedas caminar hasta la biblioteca. Quedas advertida.Hermione me miró durante varios segundos en silencio. La distancia que intenté poner con mi tono ácido se desmoronó por completo cuando ella se inclinó hacia adelante, rodeándome la cintura con los brazos y pegando la cara a mi estómago.-Gracias -murmuró con la voz ahogada contra la tela de mi túnica-. Eres insoportable cuando quieres... pero gracias.Me quedé rígida un segundo antes de ceder, dejando caer una mano sobre su cabello rizado para acariciárselo con una lentitud casi involuntaria.-Lárgate a dormir, Granger -murmuré suavemente, cerrando los ojos mientras el peso de la mentira de junio me aplastaba el pecho-. Hazlo antes de que me arrepienta y te deje haciendo la tarea sola.