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La noche del lobo

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La noche del lobo

(POV: Valerie)El aire en el despacho de Defensa Contra las Artes Oscuras olía a madera quemada y papel viejo. Era tarde, pasaba de la medianoche, y la chimenea se apagaba lentamente. Yo estaba apoyada contra el borde del escritorio, respirando con dificultad, con los nudillos blancos de tanto apretar la varita tras una sesión brutal de magia no verbal.—Has hecho un trabajo extraordinario hoy, Valerie —dijo el profesor Lupin, ajustándose la túnica gastada mientras borraba las anotaciones de la pizarra—. Tu control es mucho más preciso. Mañana, en cuanto termines tu último examen, quiero que descanses. Te ves exhausta.—No puedo darme el lujo de descansar, profesor —murmuré, mirando al suelo con la garganta apretada—. Siento que el tiempo se me escapa de las manos.Lupin me miró con esa empatía triste que siempre lo caracterizaba. Sabía que algo me carcomía por dentro, aunque no conocía los detalles de la carta de Durmstrang ni el fantasma de mi padre pisándome los talones. Se acercó a su mesa para ordenar sus cosas y desplegó un pedazo de pergamino arrugado y amarillento: el Mapa del Merodeador.—Solo quiero echar un vistazo rápido a los pasillos antes de cerrar —comentó con voz tranquila, pasando la punta de su varita sobre el papel.De repente, el profesor se congeló.Todo el color se le fue del rostro en un segundo, dejándolo de un tono grisáceo y enfermizo. Sus ojos se abrieron con un horror puro, desencajado, y la respiración se le cortó en un silbido seco.—Profesor... ¿qué ocurre? —pregunté, incorporándome de golpe al sentir la repentina electricidad en el ambiente.—No... esto no es posible —susurró Lupin con la voz temblando descontroladamente—. Él está muerto... yo lo vi morir...Di dos pasos hacia adelante y miré por encima de su hombro. En el pergamino, cerca del dibujo del Sauce Boxeador, varios puntos de tinta se movían juntos. Leí los nombres: Harry Potter, Ron Weasley, Hermione Granger, Sirius Black ... y justo al lado de ellos, un nombre que no debería existir: Peter Pettigrew .—¿Pettigrew? —se me heló la sangre al pronunciar el apellido—. Pero... Pettigrew murió hace doce años.Lupin no me respondió. Estaba en un estado de shock absoluto. Sin pensarlo dos veces, soltó su varita sobre la mesa —dejando justo a un lado el frasco de cristal humeante con la Poción Matalobos que debía tomarse esa misma noche— y echó a correr fuera del despacho como si lo persiguieran todos los demonios del infierno.—¡Profesor Lupin! ¡Espere! —grité.Miré el frasco de poción sobre la madera. Miré hacia la puerta abierta. Un frío mortal me recorrió la columna vertebral: Hermione está ahí fuera. Está con Sirius Black y con un hombre que se suponía muerto. «No dejes que le pase nada», me ordenó mi propia mente con un rugido de pánico.Ignoré el cansancio, me ajusté la túnica de Ravenclaw y salí disparada a la oscuridad de la noche, corriendo tras las pisadas apresuradas de Lupin hacia el Sauce Boxeador.El túnel subterráneo debajo de las raíces del árbol era claustrofóbico, húmedo y olía a moho. Avancé en silencio, con la luz tenue de mi Lumos iluminando las paredes de tierra. A medida que me acercaba al final, el crujido de las maderas viejas y los gritos distorsionados de una pelea me indicaron que había llegado a la Casa de los Gritos.Subí los escalones podridos con una cautela absoluta, conteniendo el aliento. Me pegué a la sombra del pasillo superior y miré a través de la rendija de la puerta entreabierta.La escena era desquiciada. Ron estaba tendido en una cama destartalada, sujetándose una pierna rota con el rostro deformado por el dolor. Harry mantenía su varita apuntada con furia contra un hombre demacrado, de pelo enredado y mirada salvaje: Sirius Black. Pero lo que me dejó paralizada fue ver a Lupin abrazando a Black como si fuera su hermano perdido.Y entre ellos, erguida, aterrorizada pero dispuesta a pelear hasta el último aliento, estaba Hermione.—¡Confié en usted! —gritaba Hermione, con lágrimas de rabia brillando en sus ojos castaños, encarando directamente a Lupin—. ¡Y todo este tiempo ha sido su amigo! ¡Es un hombre lobo!Sentí un nudo asesino en la garganta. Mi primer instinto fue derribar la puerta a patadas y ponerme delante de ella, pero apreté los dientes y me obligué a mantener la cabeza fría. Tenía la mano pegada a la empuñadura de mi varita, lista para lanzar un maleficio lacerante a la menor señal de amenaza. «Tranquila, Valerie. Observa. Si alguno de esos dos hombres intenta tocarle un solo pelo, los congelas aquí mismo.» Entonces presencié lo impensable. La luz roja de un hechizo forzó a la rata de Ron a transformarse. Del suelo emergió un hombre pequeño, grasiento y gimoteante: Peter Pettigrew.La verdad salió a la luz como una bomba. Sirius era inocente; el verdadero traidor había estado escondido entre ellos durante años. Vi la conmoción cruzar el rostro de Hermione, la forma en que sus hombros bajaban ligeramente al procesar la locura de la situación.—Tenemos que llevarlo al castillo —sentenció Lupin, sujetando a Pettigrew con fuerza—. Entregarlo a los Dementores y limpiar el nombre de Sirius.Cuando el grupo comenzó a moverse para salir de la habitación, me replegué aún más en las sombras del pasillo, dejando que pasaran por delante de mí. Me mantuve a unos metros de distancia durante todo el trayecto de regreso, siguiéndolos en silencio como un fantasma protector, fija únicamente en la espalda de Hermione.El aire helado de la noche nos golpeó la cara cuando salimos a los prados de Hogwarts. El viento azotaba los hierbazales oscuros y el castillo se veía a lo lejos como una mole de piedra salvadora.El grupo caminaba a unos pasos de distancia. Yo me mantenía al margen, entre la penumbra del linde del bosque, observando cómo Hermione caminaba al lado de Harry.Y entonces, el desastre nos alcanzó.Las nubes densas que cubrían el cielo nocturno se abrieron de golpe, impulsadas por una ráfaga de viento helado. La luz plateada y brillante de la luna llena cayó de lleno sobre los terrenos.Lupin se detuvo en seco. Un gemido humano, desgarrador y agónico, se le escapó del pecho.—¡Remus! —gritó Sirius, girándose alarmado—. ¡Remus, amigo! ¿Te tomaste la poción esta noche? ¡¿Te la tomaste?!El mundo se detuvo para mí. Mi mente voló de regreso al despacho. La poción sobre el escritorio. La frasco humeante que olvidó al ver el mapa. —¡No se la tomó, Sirius! —grité fuera de mí, rompiendo mi anonimato y saliendo a toda prisa de la penumbra con la varita en alto—. ¡Se quedó en su escritorio!—¡Valerie! —exclamó Hermione, girándose conmocionada al verme aparecer en medio de la noche.Pero ya era demasiado tarde. Los huesos de Lupin comenzaron a chasquear y deformarse con un sonido seco, pavoroso. Su cuerpo se estiró grotescamente, la ropa se desgarró y sus ojos humanos perdieron toda luz, volviéndose amarillos, vacíos, poseídos por la bestia. El hombre lobo soltó un aullido atronador que hizo retumbar la tierra bajo nuestros pies.En el caos, Pettigrew se transformó de nuevo en rata y se perdió en la hierba. Sirius se convirtió en el gran perro negro y se arrojó contra el licántropo para frenarlo, pero la bestia era colosal. De un solo zarpazo brutal, Lupin lanzó a Sirius por los aires, estrellándolo contra un promontorio de rocas.El hombre lobo se giró, fuera de sí, buscando sangre.Sus ojos amarillos y hambrientos se clavaron directamente en Hermione.—¡Hermione, cuidado! —escuché gritar a Harry.Hermione se paralizó. El terror le congeló los músculos, impidiéndole sacar la varita. El licántropo rugió y se lanzó en carrera directa hacia ella, alzando una garra enorme dotada de cimitarras de hueso.En ese microsegundo, la realidad se redujo a una sola certeza. No había tiempo para pronunciar un hechizo. No había tiempo para canalizar la magia no verbal que había practicado. Si esa garra tocaba a Hermione, la destrozaría. La mataría.Mis piernas se movieron solas. Fue un acto puro de reflejo, una decisión suicida nacida del amor más visceral y absoluto que jamás había sentido.—¡NO! —bramé.Me arrojé con todo mi cuerpo en el aire, interponiéndome entre la bestia y el cuerpo de Hermione. ¡CRACK! El impacto me arrancó la vida del pecho. Las garras de Lupin chocaron de lleno contra mi cuerpo. Sentí cómo la carne se me desgarraba desde el borde de la barbilla, bajando en una diagonal brutal por mi garganta y abriéndome el pecho hasta las costillas.—¡AAAAAAAAAGH! —el grito de agonía que salió de mi garganta no parecía humano.La violencia del golpe nos catapultó a ambas contra el suelo helado. El olor denso y metálico de mi propia sangre me inundó la nariz mientras caíamos sobre la tierra. Escuché a Sirius volver a la carga a lo lejos, arrastrando al hombre lobo hacia el bosque, pero para mí el universo entero se apagó en una marea de dolor ciego y fuego abrasador.(POV: Hermione)El sonido de la carne rasgándose es algo que nunca, jamás en mi vida, podré borrar de mi cabeza. Es un ruido seco, húmedo, acompañado por un crujido de tela que me congeló las venas al instante.Todo ocurrió en una fracción de segundo que se sintió como una eternidad agónica. El licántropo se abalanzó sobre mí con las fauces abiertas y las garras en alto. El pavor me paralizó las piernas, el aire se me atascó en la garganta y cerré los ojos esperando el impacto mortal. Pero el golpe nunca llegó a mi piel.En su lugar, vi una ráfaga de túnica azul y bronce cruzando mi visión.—¡NO! —el grito de Valerie no sonó como su voz habitual; fue una explosión gutural, desquiciada, de puro instinto suicida.Val se arrojó sobre mí, cubriéndome el rostro y el pecho con su propio cuerpo. Sentí el peso de su torso colisionando contra el mío justo cuando las garras gigantescas de Lupin cayeron con una fuerza monstruosa. ¡CRACK! El alarido de dolor de Val me perforó los oídos. Fue un chillido tan desgarrador, tan lleno de agonía pura, que sentí que mi propia alma se partía en dos.La violencia del zarpazo nos derribó a ambas contra la hierba congelada. Caí de espaldas, golpeándome la cabeza, pero ni siquiera sentí el dolor de la caída. Lo único que llenó mi mundo en ese instante fue el chorro de líquido caliente y metálico que me empapó la cara, el cuello y las manos.Sangre. La sangre de Valerie.—¡VAL! ¡VALERIE! —grité, y mi voz se quebró en un chillido fuera de sí.Me arrastré como pude por la tierra húmeda, usando las manos y las rodillas, ignorando al gran perro negro que luchaba a unos metros contra la bestia. Nada importaba. El universo entero se había reducido al cuerpo de mi novia colapsado en el suelo. No, no, no, esto es una pesadilla, esto no está pasando, no puede estar pasando. Cuando la giré hacia mí y levanté su cabeza sobre mi regazo, el estómago se me cayó al abismo. Me faltó el aire. El pánico me rodeó el cuello con unas manos de hielo y apretó hasta hacerme hiperventilar.La túnica de Ravenclaw de Val estaba destruida, hecha jirones impregnados de un rojo oscuro y denso. Desde el borde derecho de su barbilla, bajando en un surco brutal por la garganta y abriéndose hasta su pecho, tres cortes profundos le desgarraban la piel. La carne estaba expuesta, abierta, brotando sangre a un ritmo aterrador que no se detenía.—¡No, no, no! ¡Valerie, por favor! —supliqué entre sollozos descontrolados, presionando desesperadamente mis dos manos contra su garganta y su pecho para intentar frenar la hemorragia.La sangre caliente brotaba entre mis dedos, escurriéndose por mis muñecas, tiñéndome la piel. Sentía mis propias lágrimas caer como fuego sobre mis mejillas, mezclándose con la sangre en el rostro de Val.—¡Harry, ayúdame! —berreé hacia la oscuridad del prado, mirando a mi alrededor con el corazón desbocado—. ¡HARRY, SE ESTÁ MURIENDO! ¡AYÚDAME, POR FAVOR! «¿Por qué lo hiciste?», gritaba mi mente en un remolino de culpa aplastante. «¿Por qué tenías que ser tú? Yo era la que debía defenderse, soy la que siempre tiene una respuesta, la que lee todos los libros... ¡y no pude mover un solo músculo! Te pusiste en medio por mi culpa. Si mueres hoy, es por mi culpa.» Val soltó un ahogo doloroso, un gorgoteo que me heló el pecho. Sus ojos oscuros, habitualmente tan analíticos, profundos y serenos, se abrieron muy despacio. Estaban vidriosos, desenfocados, llenos de un sufrimiento que no podía procesar.—Her... mione... —articuló en un hilo de voz rasposo y débil, escupiendo un hilo de sangre por la comisura de sus labios.—¡No hables! ¡Por lo que más quieras, Val, no hables! —le rogué, inclinándome sobre ella hasta pegar mi frente a la suya, sintiendo la frialdad aterradora que empezaba a invadir su piel—. Tienes que aguantar. ¿Me oyes? Vas a estar bien. Te voy a llevar con Madame Pomfrey. ¡Te voy a curar!—Estás... —Val soltó un jadeo corto, y su brazo tembloroso se levantó del suelo con una lentitud agónica. Sus dedos empapados en sangre rozaron mi mejilla, dejándome una mancha tibia sobre la piel—. Estás... a salvo...Aquellas dos palabras cayeron sobre mí como una daga directo al corazón.—¡A la mierda con estar a salvo! —le grité llorando, apretando mi mano sobre la suya en mi mejilla, sosteniendo su brazo sin importarme mancharme entera—. ¡No me importa estar a salvo si te pierdo a ti, idiota! ¡No puedes hacerme esto! ¡Me prometiste que nos matricularíamos juntas en Runas el próximo año! ¡Me prometiste que estarías ahí! «No me dejes sola. No en este mundo. No después de haberme enseñado lo que es la amistad. Te necesito, Val. Te necesito viva, te necesito fuerte, te necesito conmigo.» Val me miró a los ojos por un segundo final. En la profundidad de su mirada no había arrepentimiento, solo un amor tan inmenso, tan trágico y absoluto que me destruyó por completo. Una sonrisa diminuta, rota y dolorosa se dibujó en sus labios manchados de rojo.Y entonces, su mano perdió la fuerza y cayó pesadamente contra la hierba.Sus ojos se desviaron hacia arriba y los párpados se le cerraron de golpe. Su cabeza se ladeó inerte contra mi regazo.—¿Val? —murmuré, con un hilo de voz que no parecía mío—. ¿Valerie?Nada. Ni un movimiento. Ni un suspiro. Solo el pulso agónico y horrorosamente lento que apenas lograba sentir bajo mis palmas ensangrentadas.—¡VALERIE, NO! ¡ABRE LOS OJOS! —bramé hacia el cielo nocturno, abrazando su torso contra mi pecho, apretándola con todas mis fuerzas como si con mi propio calor pudiera evitar que la muerte se la llevara—. ¡NO CIERRES LOS OJOS! ¡POR FAVOR, VAL, VUELVE CONMIGO!Acerqué mi cara a su cuello destrozado, llorando a gritos, sintiendo cómo el frío del invierno se metía en nuestros huesos mientras la sangre de la persona que más amaba en el mundo terminaba de congelarse sobre la hierba.