LNCrawler

Viaje

Vínculos Del Alma — fanfic.es · All chapters

Viaje

(POV: Valerie)El andén 9 ¾ de la estación de King's Cross era un hervidero de humo blanco, lechuzas ululando y baúles metálicos rodando sobre el suelo. Pero para mí, el ruido del mundo mágico se desvaneció en el segundo en que me giré para mirar a mis padres.Había una tensión flotando entre nosotros desde el viaje en auto. Vi la sombra de tristeza en los ojos de mi madre y la forma en que mi padre apretaba la mandíbula mientras sostenía mi baúl. Mi mente, no dejaba de tratar de adivinar cuales eran sus pensamientos, pero sobre todo, los míos, todo lo que durante estos años no había podido superar, ni siquiera había sido capaz de mencionar el tema con nadie. Y ahora, parada aquí enfrente de este tren me llego terror de que este nuevo mundo me alejara de ellos, siempre he tenido ese estúpido sentimiento de abandono cargándolo en el pecho, dolía mucho y me hacía sentir jodidamente sola, susurrándome que tal vez mis padres biológicos me habían dejado porque yo no era suficiente. Y peor aún, me hacía dudar de si realmente merecía el amor de los Evans.Estaba atrapada en mis propios pensamientos, creyendo que no encajaba en ningún lado, hasta que algo rompió mi concentración, mi madre rompió la distancia, no sé si porque vio todos los pensamientos en mi cara, o si fue simplemente porque me quede para sin decir nada. Me tomó de las manos y me miró con una devoción tan pura que desarmó todas mis defensas.-Valerie, mírame -dijo con la voz entrecortada, acariciando el borde de mi bufanda -. Sé que tienes miedo, pero es completamente normal, aun eres una niña. sé que esa cabecita tuya está intentando buscarle una explicación a todo... pero la única verdad es que eres y siempre serás nuestra hija. No importa la magia o de donde sea que vengas, o quién sea la sangre de tus venas. El día que te encontramos, elegimos amarte para siempre. Y desde entonces te hemos amado más de lo que te imaginas, más que cualquier cosa en el mundo.Sus palabras me golpearon directo en el pecho, me quebré. En un segundo, mi mente colapsó ante una verdad que necesitaba escuchar: ellos me amaban incondicionalmente, mucho más de lo que yo misma creía merecer. Rompí en llanto y me lancé a sus brazos, sollozando mientras los abrazaba a los dos con todas mis fuerzas. Sentí las manos grandes de mi padre rodearme la espalda, apretándome contra él, mientras mi madre me besaba el cabello.-Gracias por todo mamá y papá -susurré entre lágrimas-. Los amo y nada va a cambiar eso.Cuando nos separamos, la angustia de los días previos había desaparecido, reemplazada por un alivio tan real, sentí que mi bufanda latió con una calidez reconfortante. El vacío en mi pecho se había llenado, solo un poco. Estábamos bien.-Ve a explorar el mundo, Val -me dijo mi padre con un guiño, limpiándose discretamente una lágrima-. Y después puedes regresar aquí, a tu hogar.A unos metros, los Granger terminaban de abrazar a Hermione, quien ya tenía dos libros de texto bajo el brazo y una mirada de pánico absoluto por perder el tren. Nos miramos, aun limpiando mis lágrimas con la manga de la camisa, asentimos con la complicidad de siempre y subimos juntas los escalones del Expreso de Hogwarts mientras el silbato de vapor resonaba en toda la estación.El tren comenzó a moverse, dejando atrás las siluetas de nuestras familias saludando en el andén. Hermione y yo caminamos por el pasillo del vagón, arrastrando nuestros baúles y buscando un compartimento vacío.-Esto es real, Val. Realmente está pasando -murmuró Hermione, con las mejillas encendidas por la emoción mientras se acomodaba el cabello esponjado-. Ya revisé todos los libros y creo que entiendo la teoría del básica de todos los hech...-Mione, por favor, el tren apenas ha avanzado un kilómetro, dale un respiro a los libros -me reí, aliviada de volver a nuestra dinámica de siempre. Abrí la puerta de un compartimento libre y me dejé caer en el asiento acolchado, acomodándome la bufanda-. Si memorizas todo hoy, ¿qué vas a hacer el resto del año?Nuestra pequeña rutina se vio interrumpida apenas unos minutos después, cuando la puerta del compartimento se deslizó de golpe. Un niño de rostro redondo y ojos enrojecidos por el llanto asomó la cabeza de forma tímida.-Lamento molestar... -sollozó el chico, apretando las manos contra su túnica nueva-. ¿De casualidad no han visto un sapo? Se me ha vuelto a perder. Se llama Trevor.-No hemos visto ningún sapo -le respondí al chico del rostro redondo con suavidad. Me daba un poco de pena ver cómo le temblaban las manos-. Pero podemos ayudarte a buscarlo si quieres.Hermione se puso de pie de un salto, dejando su libro sobre el asiento. Ayudar a los demás era su forma de sentirse segura aquí.-Te ayudaremos. Soy Hermione Granger, por cierto. Y ella es Valerie Evans. ¿Cómo te llamas?-Neville... Neville Longbottom -balbuceó el niño, limpiándose la nariz con la manga de su túnica nueva.Salimos al pasillo del tren. Hermione iba abriendo las puertas de los compartimentos, preguntando si alguien había visto a Trevor. Yo la seguía de cerca, manteniendo una mano metida en el bolsillo de mi túnica, todo era nuevo y un poco abrumador: hasta los dulces eran raros y se movían solos. Estaba fascinada, pero no sabía muy bien cómo actuar entre tantos niños mágicos.Casi al final del vagón, Hermione abrió otra puerta. Dentro había dos chicos. Uno pelirrojo, que tenía una mancha de suciedad en la nariz y sostenía una varita bastante gastada frente a una rata gris. El otro era un chico delgado, de cabello negro muy despeinado y gafas redondas pegadas con cinta adhesiva.-¿Alguien ha visto un sapo? Neville ha perdido el suyo -dijo Hermione. Hablaba muy rápido, con esa emoción desbordada de quien lleva meses queriendo hacer amigos que la entiendan.El chico pelirrojo parpadeó, un poco molesto por la interrupción.-Ya le dijimos que no -respondió-. Y nos estas interrumpiendo, estaba mostrando un hechizo ahora mismo.La palabra «hechizo» nos congeló a las dos. Iba a ver a otra persona hacer magia por primera vez. Hermione dio un paso hacia adelante, con los ojos abiertos. Yo me quedé apoyada en el marco de la puerta, cruzándome de brazos, mirando con atención.-Ah, ¿sí?, Continua por favor -dijo Hermione, juntando las manos, genuinamente deslumbrada.El pelirrojo se puso un poco rojo, sintiéndose presionado por tener público. Se aclaró la garganta, alzó su varita astillada y apuntó a la rata.-«Rayo de sol, color de la mantequilla, transformad en amarilla a esta rata tonta y gordilla».La varita soltó un chispazo débil, pero no pasó nada. Hermione ladeó la cabeza, confundida.-¿Estás seguro de que eso es un hechizo de verdad? -preguntó con total inocencia, analizando la situación como hacíamos en la escuela-. Es que leí los libros y las palabras no suenan como los encantamientos reales. Yo he intentado algunos sencillos solo por práctica para ver si me salían. Por ejemplo...Hermione se inclinó hacia el chico de cabello negro. Sacó su varita y apuntó a las gafas rotas del otro chico. -«Oculus Reparo».La cinta adhesiva saltó y el plástico de las gafas se unió a la perfección. El chico se las acomodó, asombrado. Y yo, sentí una oleada de orgullo inmenso en el pecho, volteando a ver a Hermione y le sonreí; era mi Mione, brillante.-Mucho mejor, ¿no? -continuó Hermione, sonriendo con timidez-. Por cierto, soy Hermione Granger, y ella es mi mejor amiga, Valerie Evans. ¿Y tú eres?El chico de cabello negro se apartó el flequillo, revelando una delgada cicatriz en forma de rayo.-Harry. Harry Potter.Nos detuvimos un segundo. Recordé que Mione había leído sobre él en los libros de historia. Pero antes de que se pudiera decir algo más, el chico pelirrojo intervino. Se había puesto completamente colorado, avergonzado porque su hechizo había fallado.-No entiendo por qué crees que puedes venir a presumir y darnos lecciones -rezongó el pelirrojo, molesto y sin saber cómo ocultar su frustración-. Solo eres una sabelotodo insoportable. Déjanos en paz.El comentario fue un golpe directo. Vi cómo la sonrisa de Hermione se borró por completo. Sus hombros se tensaron y bajó la mirada, triste, regresando a la timidez que bien conocía de la escuela primaria, cuando los niños se burlaban de ella.Sentí un chispazo de rabia. Di un paso firme hacia el frente, metiéndome entre él y Hermione. No quería insultarlo, pero no iba a quedarse callada.-Ella no está presumiendo -le dije, mirándolo fijamente a los ojos. Mi voz sonó más seria de lo que esperaba-. Estaba emocionada porque todo esto es nuevo para nosotras. Tu hechizo no funcionó porque esas palabras ni siquiera riman bien, no es culpa de Hermione. No le digas insoportable solo porque ella pudo hacer bien un hechizo y tu no.El pelirrojo se quedó mudo, abriendo y cerrando la boca como un pez, completamente desarmado. Harry, que había estado mirando la escena, incómodo, se empujó levemente el hombro del pelirrojo.-¡Por favor, Ron! No seas grosero -le reclamó Harry, visiblemente extrañado por la actitud de su nuevo amigo. Luego, se giró hacia Hermione y hacia mí, rascándose la nuca con timidez-. De verdad, lamento lo que dijo. Y... gracias por lo de mis gafas, fue increíble. Yo tampoco sabía nada de la magia hasta hace unas semanas, así que estamos igual. Lo siento mucho.Ron miró al suelo, completamente avergonzado, murmurando una disculpa casi inaudible: «Lo siento, no quise... no debí decir eso».Ver a Harry defendiéndonos y a Ron disculpándose de esa manera tan infantil y torpe hizo que el enojo se me pasara y casi se me sale una pequeña risa. Mi bufanda regresó a su calorcito suave de siempre. -Está bien -respondió Hermione en un susurro, regalándole una pequeña sonrisa agradecida a Harry.-Vámonos, Mione. Tenemos que cambiarnos -le dije, tomándola de la mano de forma protectora. Ella asintió, aferrándose a mis dedos con fuerza. Antes de salir, miré a Harry-. Nos vemos luego, Potter.El resto del viaje pasó rápido. A medida que el sol se ocultaba, el paisaje dio paso a colinas oscuras bajo un cielo estrellado. Cuando el tren se detuvo, salimos al aire gélido de la noche, apretándome la bufanda contra el cuello. Un hombre gigantesco con una linterna nos guió a los de primer año hacia la orilla de un gran lago.-Cuatro por bote, ¡vamos! -tronó el gigante.Hermione y yo subimos al mismo bote. Allí estaba.En lo alto de la montaña, con sus torres puntiagudas desafiando las nubes y sus ventanas iluminadas brillando como estrellas doradas, se erguía el enorme castillo de Hogwarts. El reflejo de las luces temblaba en el agua negra. Hermione me miró, con los ojos brillantes por el reflejo de las ventanas y una sonrisa gigante. Le devolví la sonrisa, apretando su mano bajo el manto de la noche. Estábamos a las puertas, listas para entrar al gran castillo, sin saber que la Ceremonia de Selección estaba a punto de ponernos a prueba una vez más.Subimos por una larga escalinata de piedra iluminada por antorchas hasta llegar a las enormes puertas de roble del castillo. Allí, esperándonos con una postura tan recta que parecía hecha de piedra, estaba una profesora que vestía una túnica verde esmeralda y tenía una expresión tan severa que el murmullo de los niños se extinguió en un segundo.Nos guió a través del vestíbulo hacia una pequeña habitación contigua para esperar antes de entrar al Gran Comedor, podía escuchar la respiración acelerada de la niña que estaba a mi lado y a Hermione murmurando a una velocidad increíble todos los hechizos que había memorizado, como si fuera a presentar un examen final en los próximos cinco minutos. Me reí por lo bajo y le apreté suavemente la mano para que se detuviera, logrando que me diera una mirada de disculpa, algo asustada.Nuestra atención se desvió cuando un chico rubio platinado de rostro pálido y expresión arrogante se abrió paso entre la multitud, deteniéndose justo frente a Potter, con dos chicos corpulentos escoltándolo como guardaespaldas.-Así que es verdad lo que decían en el tren -dijo el rubio, arrastrando las palabras con una suficiencia insoportable-. Harry Potter ha venido a Hogwarts. Ellos son Crabbe y Goyle... y yo soy Malfoy. Draco Malfoy.A su lado, Ron Weasley soltó una pequeña tos que sonó a risita fingida. Malfoy lo miró con desprecio.-¿Te hace gracia mi nombre? No necesito preguntar el tuyo. Pelirrojo, túnica vieja y usada... debes de ser un Weasley. Ya te darás cuenta, Potter, de que algunas familias de magos son mucho mejores que otras. No te conviene amistarte con los del tipo equivocado. Yo puedo ayudarte en eso.Malfoy extendió la mano hacia Harry, esperando que la estrechara con sumisión. Ese chico no parecía inteligente, solo era un matón con dinero que necesitaba pisotear a los demás para sentirse importante. Me parecía de lo más insoportable.-Creo que puedo darme cuenta solo de quiénes son los del tipo equivocado, gracias -respondió Harry de forma cortante, ignorando su mano.Se me salió una pequeña sonrisa por su comentario, pero al mirar de reojo a Hermione, noté que contemplaba a Malfoy con inquietud, como si intentara descifrar las dinámicas de poder de este nuevo mundo. Me incliné hacia ella y le susurré al oído de forma seria:-Trata de evitarlo, Mione. No tiene nada en la cabeza, solo veneno. Es la clase con la que siento que no deberíamos interactuar.Hermione asintió con seriedad, aferrándose un poco más a mi brazo.La profesora McGonagall regresó y nos ordenó formar una fila. Las puertas del Gran Comedor se abrieron de par en par, y por primera vez, el asombro borró mis nervios. El lugar era colosal, iluminado por miles de velas que flotaban en el aire sobre cuatro largas mesas abarrotadas de alumnos. Pero lo que me congeló fue el techo. Miré hacia arriba y parpadeé, confundida por la falta de vigas; en su lugar, el cielo nocturno y estrellado se extendía sobre nuestras cabezas de forma infinita.-Está encantado para que parezca el cielo de afuera, lo leí en Historia de Hogwarts -me susurró Hermione con voz trémula, maravillada.Era hermoso. Al frente del comedor, sobre un taburete de cuatro patas, reposaba un sombrero de mago extremadamente viejo, remendado y sucio. Todo el lugar guardó un silencio sepulcral cuando el sombrero abrió una ranura que simulaba una boca y comenzó a cantar sobre las virtudes de las cuatro casas.Cuando terminó, la profesora McGonagall desenrolló un largo pergamino.-Cuando los llame, se pondrán el sombrero y se sentarán en el taburete -anunció-. ¡Abbott, Hannah!-¡HUFFLEPUFF! -gritó el sombrero después de unos segundos.La mesa de la izquierda estalló en aplausos. El desfile de nombres continuó, aumentando la opresión en mi pecho. Mis ojos viajaron hacia la mesa de profesores y se encontraron con los del director Dumbledore. El director me observaba fijamente desde su asiento a todos los alumnos nuevos. Sentí que mi bufanda latió contra mi cuello. Estaba inmersa en mis pensamientos cuando algo me alarmó.-¡Granger, Hermione! -llamó la profesora.Hermione casi corrió hacia el taburete, tropezando ligeramente de los nervios. Se sentó y el sombrero le cubrió los ojos. Pasó un minuto entero, un minuto que para mí se sintió como una hora. -¡GRYFFINDOR! -rugió el sombrero.La mesa de los leones estalló en vítores. Vi a Hermione quitarse el sombrero con una sonrisa enorme, radiante, y caminar hacia los aplausos. Pero justo antes de sentarse, se giró y me buscó entre la multitud de niños. Su sonrisa se atenuó un poco al notar que yo seguía atrapada en la fila.Los nombres siguieron pasando. Longbottom fue a Gryffindor; Malfoy apenas tocó el sombrero y fue enviado a Slytherin. Parkinson, Patil... y entonces, la voz de McGonagall cortó el aire.-¡Evans, Valerie!Mis piernas se movieron por pura inercia. Podía sentir la mirada de todo el Gran Comedor sobre mí, sobre todo la de Dumbledore, que se inclinó sutilmente hacia adelante en su asiento cuando escuchó mi nombre. Me senté en el taburete de madera y el mundo desapareció cuando el ala oscura del sombrero cayó sobre mis ojos.«Vaya, vaya... pero qué tenemos aquí», susurró una voz pequeña y rasposa directamente en mi mente, haciéndome dar un respingo. «Una mente impecable, analítica, que desarma el mundo con pura observación y lógica... pero hay algo más. Algo muy profundo».Sentí que el sombrero husmeaba en los rincones de mi cabeza, como si pudiera ver lo que hay en mi alma.«¡Qué extraño! Siento un vínculo... o tal vez dos, que vienen desde lo más profundo de tu ser. Dos esencias mágicas que alguna vez estuvieron unidas navegan por tu alma, latiendo al mismo tiempo dentro de ti. Eres curiosa por naturaleza, Evans, buscas comprender los misterios todo por ti misma... pero tu magia es ferozmente protectora. Estás dispuesta a arriesgarlo todo por aquellos que consideras tuyos. Hay una valentía indomable aquí, digna de Gryffindor, dudo seriamente a que casa puedo enviarte... pero tu destino necesita claridad y la lógica de tu mente te debe guiar».Anticipándome a este mal presentimiento dije -¡No me separes de ella, por favor! -rogué desesperadamente, pensando en Hermione mi única amiga, sintiendo el regreso de ese dolor en mi corazón, mi viejo trauma por le abandono-. No me dejes sola-. Lo último salió en un tono muy bajo, casi quebrándose.«El dolor del pasado no define lo que puedes hacer, pequeña Evans. Encontrarás tu camino y la manera que todo funcione, estoy seguro que será lo mejor para que descubras todo lo que hay en tu interior... ¡RAVENCLAW!», gritó el sombrero hacia el Gran Comedor.Aunque lo pude haber anticipado, me quedé en shock, completamente congelada sobre el taburete mientras la profesora McGonagall me quitaba el sombrero de la cabeza y me daba palmaditas en la espalda para que me moviera. La mesa de la derecha, decorada con estandartes azules y bronces, estalló en aplausos entusiastas. Una prefecta mayor de cabello claro y otra chica con rasgos asiáticos me hacían señas con cariño, listas para recibirme con los brazos abiertos.Caminé hacia la mesa de Ravenclaw, arrastrando los pies bajo el peso de un vacío repentino en el estómago. Me senté en el espacio que me habían liberado, agradeciendo los saludos con una sonrisa forzada que no me llegaba a los ojos.Inmediatamente, busqué la mesa de Gryffindor. Al otro lado del inmenso comedor, Hermione me miraba fijamente. Sus manos estaban quietas sobre la mesa y sus ojos rizado reflejaban tristeza, ante esa mirada mis ojos se nublaron un poco, pero no quería dejar salir las lágrimas, no aún. Mi miedo al abandono acababa de ganar su primera batalla.