1. Boleto
Casarse con Zeus Blank era considerado la mayor fortuna que cualquier mujer podía tener en esta vida.
Para mí, era una maldición.
Lo peor era que ni siquiera podía escapar de ella. Zeus Blank era el hijo menor de una de las familias más poderosas de Nueva York. Heredero del imperio empresarial Olimpo S. A., uno de los conglomerados más reconocidos del mundo. Zeus había conseguido algo que ninguno de sus hermanos esperaba: convertirse en CEO de la mayoría de las empresas familiares gracias a su inteligencia y a una capacidad casi inhumana para los negocios. A su joven edad, en comparación con sus hermanos, logró tantos éxitos que ni siquiera su padre durante años pudo alcanzarlos.
Era astuto, poderoso, multimillonario… y, sobre todo…
Un mujeriego.
Sí.
Ese era mi futuro esposo.
Entre mi hermana y yo, los Blank me habían elegido para convertirme en su esposa por ser la mayor. A cambio, nuestro restaurante ganador de tres estrellas Michelin recibiría el respaldo económico y empresarial que tanto necesitaba para no quebrar, además de que ellos tendrían capacidad de utilizar nuestras recetas en sus restaurantes. Parecía un sueño: no solo me recibirían con los brazos abiertos, también obtendrían una participación en nuestra compañía familiar.
El matrimonio era sencillo de entender. Él aportaba el dinero; yo, una sonrisa perfecta para las fotografías y un restaurante. Debíamos representar la estabilidad que su reputación necesitaba.
Un matrimonio perfecto, al menos para nuestras familias y la prensa. Pero había un pequeño detalle que nadie parecía considerar importante.
Yo no quería casarme con él.
Nadie me preguntó mi opinión. Nadie quiso saber qué pensaba de pasar el resto de mi vida al lado de un hombre que apenas conocía. De todos los hermanos Blank, a quienes ya conocía excepto a él, Zeus era precisamente el último con quien nunca habría elegido casarme.
Pero acepté.
No por mí.
Por mi padre.
—Sussy, si quieres marcharte, todavía estás a tiempo.
Mantuve una pequeña sonrisa mientras mi hermana menor, Eleonor, se sentaba a mi lado. Acarició lentamente mi brazo, intentando darme una fuerza que ni siquiera sabía cuánto necesitaba.
Apreté entre mis dedos el ramo de rosas blancas.
Debía mantener la calma y sonreír. Fingir que aquel era el día más feliz de mi vida. Aunque desde la habitación contigua podía escuchar perfectamente a las hermanas mayores de mi futuro esposo.
—¡Te juro que cuando encuentre a ese desgraciado, yo misma le cortaré el pene! —exclamó Hera furiosa—. ¡Seguramente está metido en la cama de alguna de esas resbalosas!
—Poseidón tampoco contesta —Deméter bramó—. Conociéndolo, algo le habrá dicho que hicieran. Poseidón es igual o peor que Zeus.
—Hera, cálmate. Tal vez simplemente se retrasó. Sabes que Zeus siempre está ocupado con sus negocios —intentó justificarlo Hestia, la mayor.
Solté una pequeña risa cargada de sarcasmo.
Negocios.
Claro. Esa era la excusa que intentaban darles a los invitados para ocultar que el novio había desaparecido. Qué conveniente y, sobre todo, horrible. Tener que aguantar en silencio que ni siquiera los familiares de mi novio falso sabían dónde estaba. Mi hermana me miró de reojo, manteniendo una sonrisa algo tensa.
—Sussy, no las escuches —murmuró Eleonor forzando una sonrisa—. Estoy segura de que Zeus tiene una buena razón para llegar tarde.
Giré lentamente la cabeza hacia ella.
—¿Tres horas tarde, Eleonor?
Silencio.
Mi hermana abrió la boca, pero no encontró nada que decir. Tres horas donde el padre de Zeus, Dante, tuvo que sacar a los invitados a tomar algo de champán para que pretendieran que no vieron nada.
El maquillaje comenzaba a incomodarme, mis pies dolían dentro de aquellos zapatos que podrían hacer gritar a más de una persona por lo caros que eran y las flores de mi ramo parecían estar soportando aquella humillación mejor que yo.
Lo peor era imaginar a los invitados cuchicheando sobre la novia abandonada.
El lobo de Wall Street.
Así llamaban a Zeus.
El hombre que convertía en oro cualquier negocio que tocaba. El empresario al que nadie se atrevía a decirle que no. Perfecto para dirigir compañías multimillonarias y un completo desastre para convertirse en esposo. A sus veintiséis años habían intentado emparejarlo más de tres veces de manera que fracasó…
La mía, según Dante, era la más exitosa, pues hasta ayer estaba de acuerdo en casarse conmigo.
¿De verdad lo era?
Llevábamos alrededor de siete meses comprometidos y durante todo ese tiempo Zeus Blank no se había molestado en conocerme.
Ni una cena.
Ni una llamada.
Ni siquiera un “hola, ¿cómo estás?”.
Lo único que había recibido de él era un contrato matrimonial donde se establecía que, al cumplir veintiún años, me convertiría en su esposa. Como si estuviera comprando una propiedad y mi vida pudiera reducirse a unas cuantas cláusulas y una firma.
Solo me enviaba flores y regalos costosos, como si eso pudiera ser lo equivalente a conocerlo. A veces, sentía que él me consideraba una oportunista y por eso tendía a enviarme obsequios ostentosos. Pero de nada servía si el día en que debía cumplir su parte del acuerdo ni siquiera se dignaba a aparecer.
Ja.
Pensar que había mujeres que habrían dado cualquier cosa por ocupar mi lugar. Yo, en cambio, habría cambiado aquel vestido por unos pantalones cómodos y un boleto de avión sin pensármelo dos veces. Porque podía aceptar que aquel matrimonio fuera un negocio, pero no estaba dispuesta a entregar mi corazón.
Si él hiciera de mi matrimonio una burla, yo lo convertiría en un infierno. Me aseguraría de que se arrepintiera siquiera de pensar que yo sería una buena esposa.
Porque lo imaginaba riéndose de mí, pensando que podría poseerme solo porque me haría firmar y colocarme un anillo en el dedo. Pero estaría muy equivocado.
La puerta de la habitación se abrió de repente. Mi madre apareció con una sonrisa cansada. Tenía los ojos ligeramente enrojecidos y, cuando me miró, descubrí algo que no esperaba encontrar en su rostro.
Compasión.
—Eleonor, cariño, ¿puedo hablar un momento con tu hermana?
Eleonor me dedicó una mirada preocupada antes de asentir y salir de la habitación. Mi madre cerró la puerta con cuidado, cerrando la puerta corrediza de la habitación conjunta para más privacidad. Ella miró esa puerta, respirando con pesadez como si intentara pensar. Se dio la vuelta con detenimiento, caminando hacia mí.
Durante unos segundos no dijo nada. Simplemente me observó de arriba abajo, deteniéndose en el vestido de novia que llevaba puesto. Una creación que debía costar alrededor de ciento cincuenta mil dólares personalizados, sin contar los diamantes incrustados en el corsé que debían elevar el precio a unos trescientos mil.
Trescientos mil dólares y ni siquiera era capaz de comprarme una sonrisa sincera de que quería este matrimonio.
—Estás hermosa —susurró.
No respondí.
Mi expresión era de asco y molestia mientras mi cuerpo estaba quieto como el de una muñeca de porcelana. Mi madre se sentó a mi lado y observó nuestro reflejo en el enorme espejo. Su mano, ligeramente temblorosa, acarició mi pierna.
—Suzanna… ¿quieres casarte?
Parpadeé.
Aquella pregunta me golpeó de manera tan brusca que durante unos segundos fui incapaz de comprenderla.
¿Quería casarme?
Después de unos meses comprometida fingiendo que sí, de estar preparando una boda que no había elegido y de aquella espera interminable…
Por primera vez, alguien me preguntaba qué quería yo.
Intenté responder, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Mi madre me observó unos segundos y asintió lentamente, como si acabara de recibir la respuesta que necesitaba. Se acercó abrazándome con ese calor que solo una madre podía dar hasta que por fin me calmé. Se despegó unos centímetros y, tras limpiarme el rostro, me sonrió de manera cómplice.
Se sentó a mi lado abriendo su bolso, desde donde sacó unos boletos de avión y mi pasaporte, colocándolos sobre mi regazo.
Fruncí el ceño mirándola de reojo.
—Mamá, ¿qué significa esto?
—Tu padre y yo hemos estado hablando —murmuró—. Hemos decidido que, si no quieres hacerlo, no tienes que casarte con Zeus Blank.
Mi corazón se detuvo por unos segundos. Ella, con seguridad, tomó los boletos colocándolos en mis manos y, tras esto, cubrió mis manos con las suyas.
—Mamá, conoces a la familia Blank —susurré, mirando el boleto de avión—. Ya suficiente tienen con el escándalo de que Zeus tiene tres horas de retraso en su propia boda . Si yo intento escapar, sería algo que no podrían controlar. Simplemente no puedo salir de esta casa sin que intenten detenerme.
—Por eso no vas a salir por la puerta principal.
Levanté lentamente la mirada. Mi madre sonrió de forma nerviosa, pero decidida. Como un ladrón que estaba a punto de cometer un crimen del cual sabía que tendría años de penitencia.
—Si quieres marcharte, nosotros te ayudaremos a escapar.
—Pero el restaurante…
—Nuestra familia necesita dinero, Suzanna. Necesita el respaldo de los Blank. Eso no voy a negártelo —sus ojos estaban humedecidos por lo que estaba diciendo—. Pero no pienso entregar a una de mis hijas para pagar las deudas de tu padre. Tú eres nuestra hija, no un simple intercambio monetario.
—Mamá…
—No, cariño. Escúchame. —Acarició las palmas de mis manos con las suyas—. Tu padre y yo podemos trabajar el doble, el triple si es necesario. Podemos vender propiedades, comenzar de nuevo, perder hasta el último centavo que tenemos… Pero hay algo que no estoy dispuesta a perder.
Su voz se quebró como si esta conversación la hubiera tenido miles de veces y aun así no pudiera decirla sin terminar destrozada.
—A ti.
Una lágrima resbaló por mi mejilla.
—No necesito ser muy inteligente para saber que ese matrimonio te haría desgraciada —continuó—. Zeus Blank puede tener todo el dinero del mundo, pero eso no significa que merezca tenerte como esposa. Me quedé callada porque tu padre me imploró que esperara. Que le diera una oportunidad al hijo de su amigo, pero no puedo más. No voy a sacrificar a mi hija. Prefiero mil veces vivir debajo de un puente para que mis dos hijas tengan lo necesario para sobrevivir.
Bajé la mirada hacia los boletos, notando la letra negra: París, Francia.
—Ve con tus abuelos —añadió—. Quédate con ellos el tiempo que necesites. Ya llamé a mis padres esta mañana y dicen que tienen una habitación esperando por ti para que te quedes lo necesario. Ve a vivir, descansa. Enamórate de verdad. Haz todas esas cosas que llevas un año posponiendo porque alguien decidió cómo debía ser tu futuro.
—Incluso…
—Sí, Suzanna, incluso eso. Yo sabía que pospusiste tu viaje a Francia por este matrimonio, pero ahora puedes ir a hacer tu sueño realidad. Sé que quieres ser una maestra pastelera, así que ve por eso.
Sonreía de manera leve. Ese había sido mi sueño y, aunque estudié en Nueva York, mi sueño era ir a Francia a perfeccionarme. Ahora tenía la oportunidad de huir y hacerlo… o quedarme por ellos.
—¿Y ustedes? —susurré apenas.
—Nosotros estaremos bien.
—Mamá, no puedes prometerme eso si las deudas de papá crecen. Y si ellos…
—No te preocupes —admitió acariciando mi mejilla—. Aunque Dante sea amigo de tu padre, si para no verte llorar debo enfrentarme a los Blank, yo me enfrentaré a cada uno de ellos para que tú encuentres tu camino.
Me abalancé sobre ella abrazándola con tanta fuerza que mi ramo de rosas blancas terminó cayendo al suelo.
—Gracias —susurré entre lágrimas.
Mi madre me besó la frente con delicadeza.
—Ahora tenemos que apresurarnos. Tu padre le va a informar a Eleonor para que creen una distracción.
—¿Una distracción?
—Por supuesto. Algo para que miren hacia otro lado mientras tú huyes.
Me aparté lentamente mientras mi madre buscaba en la habitación algo que no me dijo.
—Pero, aunque distraigan a todos, ¿por dónde se supone que voy a escapar? Hay invitados por todas partes.
Mi madre levantó la mirada hacia la ventana. La seguí y, como si nuestras mentes se conectaran, levanté una ceja. Volví a mirarla mientras ella se encogía de hombros.
—Mamá…
—Estamos en un segundo piso no muy alto.
—¡Sigue siendo un segundo piso!
—Suzanna, ¿quieres casarte con Zeus Blank?
—¡No!
—Entonces deja de mirar la ventana y ayúdame con ese vestido.
Diez minutos después, estaba mostrando a dónde se había ido la poca cordura que tenía. Buscamos en la habitación algo que nos ayudara, y al no encontrar nada para bajar, terminamos destrozando buena parte de la larga cola de mi vestido para improvisar una cuerda con la tela, reforzándola con otros materiales que encontramos en la habitación.
Trescientos mil dólares convertidos en mi posible salvación de un matrimonio desastroso del cual debía escapar. Me quité los zapatos y, tras despedirme de mi madre, ella lanzó la cola hacia abajo sujetándola arriba. Por otro lado, comencé a descender por la parte trasera del edificio, agradeciéndole al cielo que mi peso era igual al de una pluma. No me importaba tener las piernas completamente expuestas; por ahora, lo importante era escapar.
—¡Ten cuidado! —susurró desde la ventana.
—¡Estoy intentando no morirme, mamá!
—¡No mires hacia abajo!
Intenté no chillar cuando uno de mis pies resbaló. Bajé de golpe por el último tramo del jardín cayendo sobre un arbusto. Dejé escapar una suave maldición sintiendo el dolor en mi glúteo, levantándome poco a poco y frotándome donde me pegué.
—Estoy loca —susurré dejando escapar una leve carcajada nerviosa.
Estaba viva. Levanté la mirada hacia mi madre, que me observaba desde la ventana. Al asegurarse de que estaba bien, con su mano se despidió, algo que yo también hice. Saqué el boleto de avión y el pasaporte que había puesto en mi sostén, mirando hacia ambos lados e intentando pensar cómo me iría.
Mientras caminaba, noté que no había nadie, hasta llegar a la parte trasera más alejada del jardín. Mientras seguía caminando, escuché una risa ronca que me hizo girar lentamente.
—Interesante manera de abandonar una boda.
Me quedé paralizada al verlo.
Hades Blank.
El cuarto de los seis hermanos.
Estaba apoyado contra una columna, con una expresión seria. El más recto de los seis hermanos y su característica rectitud que emanaba de su cuerpo. Sostenía un vaso de whisky en una mano sin dejar de observarme, como si encontrarse a una novia escapando por una ventana fuera algo perfectamente normal.
—Yo… —intenté sonreír—. Esto no es lo que parece.
Hades bajó la mirada hacia mi vestido destrozado. Después observó la ventana donde estaba aún la cola de mi vestido sujetada, la cual mi madre intentaba recoger. Con lentitud, volvió a mirarme.
—¿No lo es?
—No.
—Por supuesto —le dio un suave trago a su whisky bajando su vaso como si esperase algo más.
—Puedo explicarlo.
—No te lo he pedido.
Dio otro sorbo a su whisky, pero esta vez largo para terminarlo. Con calma revisó su reloj, luego sacó unas llaves del bolsillo y me las lanzó. Las atrapé por puro reflejo.
—¿Qué…?
—Mi BMW negro está en el estacionamiento trasero. Imagino que lo conoces, ¿no? Aprovecha que tiene el tanque lleno.
Parpadeé confusa. De todos los hermanos, Hades siempre había sido el reservado y con el que apenas llegué a interactuar.
—¿Me estás ayudando?
Hades me observó sin mostrar ningún tipo de emoción.
—Si vas a huir, hazlo antes de que mi hermano descubra que su futura esposa ha desaparecido.
Miré las llaves en mis manos como si pesaran una tonelada, luego a Hades, que recostaba su cabeza contra la pared como si estuviera cansado.
—¿Por qué me das una manera de escapar? ¿No se supone que debes velar por tu hermano?
De su parte salió una carcajada ronca, de esas llenas de misterio.
—Mi hermanito es muy particular. Si quiere algo, no suele aceptar que se lo quiten. Pero si lo que se supone que es suyo escapa de sus manos… quiero ver en qué lo convertirá.
Se acercó lo suficiente para bajar la voz, donde el espacio personal desapareció.
—Será mejor que corras, porque cuando se entere de que escapaste, será capaz de intentar cerrar todos los aeropuertos del país para encontrarte.
—Eso lo entiendo, Hades, pero… ¿qué ganas tú?
—Enseñarle a mi hermano que debe madurar y que no siempre puede salirse con la suya, y creo que tú serás el experimento perfecto.
Me dedicó una sonrisa silenciosa mirando nuevamente su reloj.
—Yo que tú, me apresuraría.
Sin añadir una sola palabra, dio media vuelta y desapareció hacia el salón donde esperaban los invitados. Durante unos segundos me quedé quieta pensando que él, a quien siempre parecía no importarle nada, tenía mucho en qué pensar. Apreté las llaves y corrí hacia el BMW negro que respondió a la alarma en cuanto presioné el botón de las llaves. Subí apresuradamente y encendí el motor.
Conduje hacia el aeropuerto sintiendo que cada semáforo rojo parecía una eternidad. Con el miedo de que alguien me siguiera para intentar detenerme o incluso que un policía pagado por ellos me encontrase.
Pero no pasó.
Cuando finalmente llegué al aeropuerto, faltaba poco para la salida de mi vuelo. Varias personas me observaron con curiosidad, algo de lo que no podía culparlas. Era una novia con el vestido sucio, la cola destrozada, el maquillaje ligeramente corrido y descalza buscando la puerta de abordaje.
Pero no me importó.
No me importaba la vergüenza de que alguien me mirara porque en ese momento, después de hacer algo inesperado, por fin podía decir que sería libre. Después de los controles y de esperar unos veinte minutos, finalmente pude abordar. Encontré mi asiento y dejé escapar el suspiro más largo de mi vida.
Lo había conseguido.
Iba a Francia.
Con mis abuelos.
Una sonrisa apareció en mis labios al imaginar sus rostros cuando me vieran llegar con aquel vestido destrozado. Era muy seguro que mi abuela se desmayaría o tal vez me regañaría. Muy probablemente haría ambas cosas. Me acomodé en el asiento y observé por la ventanilla los movimientos de los vehículos alrededor del avión.
No sabía cuánto tiempo permanecería en Francia, solo que tenía veintiún años y una vida por delante. Saqué mi teléfono de mi sostén y, en cuanto lo hice, este vibró.
Fruncí el ceño al ver que era un número desconocido.
***38852641*** ¿Dónde estás?
Mi sonrisa desapareció lentamente. Otro mensaje llegó en solo unos segundos.
***38852641*** Suzanna, responde.
Sentí un escalofrío.
***38852641*** Recuerda que eres mía. Vas a ser mi esposa.
Apreté el teléfono entre mis dedos. Una sonrisa amarga apareció en mis labios.
¿Suya?
Qué hombre, sin siquiera una pizca de inteligencia. No me había prestado atención por meses, y ahora que me iba aparecía. Estaba a punto de apagar el teléfono cuando llegó otro mensaje.
***38852641*** Suzanna, no te atrevas a alejarte de mí. Voy a poner este país de cabeza hasta encontrarte.
Y antes de que pudiera reaccionar, apareció uno más.
***38852641*** Puedes huir de la iglesia. Puedes huir de Nueva York. Pero no puedes huir de nuestro matrimonio por tanto tiempo.
Mi respiración se detuvo.
***38852641*** Porque nadie puede llevarme la contraria. Haré que vuelvas a mí.
Miré fijamente la pantalla. El último mensaje llegó justo cuando una azafata anunció que debíamos apagar los teléfonos para despegar.
***38852641*** Ya voy a cerrar la ciudad, Suzanna. No vas a poder ir a ningún lado.