2. Aeropuerto
POV Zeus Blank—Vamos, Zeus, no pongas esa cara. Solo llegaste tres horas tarde. Se supone que tu futura esposa debe esperarte, ¿no?
Siempre había acompañado a mi hermano Poseidón en cada locura que se le pasaba por la cabeza, porque éramos iguales en muchas cosas.
Excepto en esta.
Mi mirada relampagueó con suficiente intensidad para que Poseidón se encogiera de hombros, despreocupado, mientras levantaba su botella de vodka.
—Poseidón…
—Zeus, relájate. Conozco a tu prometida. Esa mujer te va a esperar. Probablemente se enoje un poco, te haga un berrinche y después termine casándose contigo. Se irán felices a su luna de miel, tendrán sexo hasta cansarse y, cuando regresen, ni siquiera recordará que la dejaste esperando en el altar.
Ni siquiera le respondí.
El chofer aceleró, como si pudiera sentir mi desesperación. Si hubiera tenido un helicóptero para sobrevolar aquel tráfico, lo habría utilizado sin pensarlo dos veces. Poseidón, mi hermano mayor por apenas un año, se estiró cómodamente en el asiento antes de darle un largo sorbo a su botella.
Se suponía que iba a ser una pequeña despedida de soltero…
Pequeña.
Sin contratiempos.
Y terminamos en Las Vegas a las dos de la mañana.
Cuando desperté con una resaca terrible, descubrí que estábamos más que atrasados. A pesar de haber viajado en un jet privado, no habíamos conseguido recuperar el tiempo perdido. Llegamos a la enorme casa de mi padre. Durante el trayecto me había comunicado con mi madre, la única persona que sabía que no me mentiría, y me confirmó que todos seguían allí.
No esperé a que el auto se detuviera completamente. Abrí la puerta de golpe y prácticamente salté del vehículo, caminando a grandes zancadas hacia la entrada trasera de la mansión. A lo lejos distinguí a cuatro de mis hermanos. La primera en notar mi llegada fue Hera.
—¡Serás hijo de tu…! —Se acercó rápidamente, furiosa—. ¡Eres un idiota! Me apodaron la diosa de los matrimonios por mi racha intacta de bodas exitosas. ¡Soy la mejor organizadora de bodas de Nueva York! Ni se te ocurra decir que fui yo quien organizó todo esto.
Miré de un lado a otro, ignorándola.
De todos mis hermanos, Hera siempre había sido la más explosiva.
—¿Dónde está ella?
—Seguramente todavía está encerrada en su habitación —respondió Deméter, cruzándose de brazos—. Me pongo en el lugar de su madre y, si un hombre le hubiera hecho eso a mi hija, no permitiría que volviera a acercarse a ella.
—Si solo está encerrada, habla con ella —intervino Hestia, dando unas suaves palmadas para llamar nuestra atención—. Suzanna me parece una mujer muy sensata y no creo que vaya a cometer una locura…
—¿Como escaparse? —añadió Hades.
Todas las miradas se dirigieron hacia él.
Recostado contra una pared, Hades le dio otro trago a su vaso con una tranquilidad que comenzaba a irritarme.
—Mi futura esposa jamás se escaparía de mí. Por favor, solo mírenme. Soy el mejor partido de Nueva York. Cualquier mujer daría lo que fuera por estar en su lugar. Escapar de mí sería la estupidez más grande de su vida. Solo tengo que hablar con ella, dedicarle una de mis sonrisas, pedirle disculpas y asunto cerrado.
Hera levantó una ceja.
Deméter me fulminó con la mirada.
Hestia sonrió cordialmente.
Hades, por otro lado, mantuvo aquella sonrisa enigmática sin decir una palabra.
Me acomodé la corbata azulada, intentando que mi apariencia no delatara que prácticamente había volado durante cuatro horas para llegar a tiempo a mi propia boda.
Caminé hacia la habitación de Suzanna y toqué suavemente la puerta.
Nada.
—Suzanna, ya llegué. Abre la puerta. Vamos a casarnos.
Silencio.
Volví a tocar una y otra vez sin respuesta. Sin comprender por qué, comencé a desesperarme. Un pensamiento cruzó mi cabeza. Ella jamás escaparía de mí…
¿No?
Ja. Imposible.
Seguramente estaba encerrada en su habitación para llamar mi atención. Sí, debía ser su manera silenciosa de desquitarse conmigo por no haber hablado con ella desde que mi padre nos comprometió.
La verdad era que odiaba la idea de tener que casarme. No soportaba que mi padre pretendiera tranquilizarse a costa de mi libertad, obligándome a compartir mi vida con una mujer a la que apenas conocía.
Ni siquiera me habían permitido escoger. Y por eso la aborrecía. Mi plan había sido hacer que se cansara de nuestro matrimonio. Por eso ni siquiera me digné a conocerla, pero ella continuó adelante con el compromiso. Aún así, a pesar de que quería hacerla sufrir, me había vuelto loco cuando descubrí que no llegaría a tiempo para casarnos.
—Suzanna, abre esa puerta o voy a romperla.
Silencio.
Mi frustración aumentó hasta que comencé a sacudir la puerta con más fuerza. Sin pensarlo demasiado, golpeé la madera con el hombro.
Una vez.
Otra.
Varios golpes después, la madera crujió, a punto de ceder.
—¡Zeus! ¿Estás loco? —Hera apareció al verme intentando derribar la puerta.
—Entonces dile a mi esposa que la abra.
Hera suspiró.
Llamó a uno de los sirvientes, quien tardó unos quince minutos en regresar con una llave. Finalmente, abrimos la puerta.
Vacía.
Miré de un lado a otro. La habitación estaba fría. Caminé hacia el centro y algo llamó inmediatamente mi atención. Una tela blanca sobre el suelo. Y la ventana abierta. Hera se agachó lentamente, tomó la tela entre sus dedos e hizo una mueca.
—Es la cola del vestido.
—¿La cola del vestido? —Intenté reír para disimular mi incomodidad—. ¿Qué significa esto?
Deméter entró poco después. Observó la habitación durante unos momentos antes de hacer una leve mueca.
—Parece que lo que dijo Hades sí era cierto. Tu novia se escapó.
—¿Huir de mí? Por favor, no sean ridículos. Soy Zeus Blank. Esa mujer va a casarse conmigo, quiera o no. Y si tengo que arrastrarla hasta el altar para que cumpla con su compromiso, lo haré. Nadie deja plantado a un Blank. Mucho menos a mí.
Bajé las escaleras a toda velocidad, dando enormes zancadas y saltando los escalones de dos en dos.
Poseidón entraba en ese momento, levantando su botella.
—¡Llegaron los meseros para celebrar!
—¡Poseidón, quítate! ¡Debo encontrar a mi prometida!
—¿Tu prometida? —parpadeó confuso.
—Su prometida escapó —Hera se encogió de hombros.
Poseidón se rió dejando escapar un silbido. Deméter abrió la boca de sorpresa tapándosela levemente. Hades, por otro lado, miraba su reloj. Hestia se acercó intentando tomar mi mano.
—Zeus, tal vez solo fue al baño. Ya sabes, los nervios por la boda.
No respondí. Sin comprender por qué, comencé a correr entre los invitados, buscando a alguien que pudiera darme una pista. No me importaron las miradas curiosas ni los murmullos interrogantes. En aquel momento solo me importaba una persona.
Suzanna Valentin.
Encontré a mi padre al fondo del jardín. Me dirigí hacia él y, en cuanto sus amigos me vieron acercarme, comenzaron a dispersarse. Mi padre me observó con aquella frialdad tan característica de él.
—Zeus…
—Padre, ¿dónde está mi esposa?
Dejó escapar una leve risa incómoda y miró de reojo a los invitados que observaban nuestra interacción.
—¿Hablas de la hija de Matthew? —Negó con la cabeza—. Muy probablemente en el aeropuerto.
—¿Aeropuerto?
—Así es. Mi amigo me confesó que su hija escapó porque no quiere casarse. Y sabes lo que eso significa, ¿no? Al no haberte casado con ella, no puedo entregarte el control completo del conglomerado, como habíamos acordado.
Apreté las manos hasta formar dos puños. Era el mejor empresario de todos mis hermanos. Había trabajado para demostrar que merecía aquel puesto y ahora todo pendía de un hilo por culpa de un matrimonio que ni siquiera deseaba.
—Ya sabes, Zeus. Si no consigues casarte con tu prometida, sabes perfectamente lo que te toca.
No esperé a que dijera nada más. Comencé a caminar hacia el garaje privado, ignorando los susurros y comentarios que me seguían. Nadie iba a dejarme plantado. Le demostraría por qué me habían escogido como su esposo. Entré al auto y tomé mi teléfono, buscando el número que tenía guardado.
Le envié un mensaje.
Sin respuesta.
Un segundo.
Lo mismo.
Por primera vez, me descubrí desesperado por recibir una respuesta de aquella mujer. No supe cuántos mensajes terminé enviándole. Solo recuerdo que llegué al punto de marcar su número. Directamente al buzón de voz. Golpeé el volante con tanta fuerza que mis nudillos comenzaron a dolerme.
Una risa ácida escapó de mis labios.
—¿Crees que vas a escapar de mí, Suzanna? Voy a encontrarte y, cuando lo haga, me aseguraré de que tu vida sea un infierno por atreverte a dejarme plantado.