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3. Policía

Zeus Blank 18+ — booknet.com · All chapters

3. Policía

—Señoras y señores, les habla el capitán. Les agradecemos su paciencia durante estos minutos de espera. Hemos recibido la autorización de la torre de control para proceder con el despegue. En unos instantes comenzaremos a movernos hacia la pista.

Aquellas palabras sonaron como música celestial en mis oídos. Por fin nos iríamos. Después del mensaje de Zeus, el avión no había despegado.

Durante veinte interminables minutos tuve el horrible presentimiento de que aquel hombre había utilizado el poder de su familia para impedir que saliéramos de Nueva York. Incluso llegué a imaginarlo entrando al avión, exigiendo que regresara con él. Y si aquello hubiera sucedido…

¡Me habría lanzado del avión antes de volver con ese hombre!

Por fortuna, el avión finalmente comenzó a moverse y, minutos después, surcábamos el cielo.

Francia siempre había sido mi lugar seguro. El único rincón del mundo donde podía olvidarme de las locuras de Nueva York y refugiarme entre los brazos de mis abuelos.

Después de aquella boda desastrosa, necesitaba más que nunca regresar. Cuando finalmente aterrizamos, dejé escapar un suspiro que parecía llevar horas atrapado en mi pecho. Lo había conseguido, estaba en Francia.

Y Zeus Blank no había conseguido detenerme.

Incluso tuve la impresión de que el olor a croissants recién horneados estaba impregnado en el aeropuerto. Salí al exterior sintiendo el leve calor en mis pies por no llevar zapatos, cuando distinguí una mano que se levantaba entre las personas para saludarme.

Pierre.

Una sonrisa apareció inmediatamente en mis labios. Era el segundo mayordomo de la familia, puesto que su padre ocupaba el cargo principal desde hacía años. Sus ojos grisáceos recorrieron mi apariencia.

El vestido arrugado.

El maquillaje prácticamente destruido.

Mis pies sin ningún tipo de zapatos.

Y mi cabello tan despeinado que parecía haber sobrevivido a un huracán.

—Señorita Valentin —me saludó Pierre con una sonrisa cordial—. ¿Quiere cambiarse antes de ir a casa? Le he traído algo de ropa porque tuve el mero presentimiento de que la necesitaría.

Levantó una mano, entregándome una bolsa.

—Gracias, Pierre —respondí, tomándola con una pequeña sonrisa—. ¿No vas a preguntar?

—Solo si tú quieres, Suzza.

Suzza.

Hacía años que nadie me llamaba así. Pierre tenía esa costumbre de hacerme sonreír incluso cuando no quería. Tres años mayor que yo, había sido mi compañero de aventuras durante todos los veranos que pasé en Francia. Y también el protagonista de mi primera humillación amorosa. Porque sí, yo había besado a Pierre… Y él me había rechazado.

No porque no le gustara, al menos eso quiso hacerme creer, sino porque yo era una Valentin y él, el hijo del mayordomo. Como si nuestros apellidos tuvieran que aprobar primero nuestros sentimientos.

Desde entonces, había aprendido que el dinero podía arruinar incluso las cosas más bonitas.

El amor.

Qué ironía.

Pierre me había rechazado porque no teníamos el mismo estatus, mientras que mi familia había intentado casarme con un hombre únicamente porque sí lo teníamos. Y con eso concluí que el dinero y el amor nunca habían sido buenos amigos.

—Suzza, vamos.

Pierre me llevó a una cafetería cercana donde consiguió que me prestaran el baño para cambiarme. Para mi sorpresa, la ropa y los zapatos que había traído eran de mi talla.

—Todavía recuerdas mis medidas —murmuré.

—Hay cosas que uno no olvida, Suzza.

Me sonrió con cordialidad. Por otro lado, lo observé durante unos segundos antes de apartar la mirada. Pierre siempre había tenido esa facilidad para decir cosas que me hacían pensar demasiado. Quince minutos después, llegábamos a casa de mis abuelos.

—¡Ah, mon petit morceau de sucre! (¡Mi terroncito de azúcar!) —exclamó mi abuela, abrazándome—. ¡Por fin estás en casa!

—Abu, me vas a sacar el aire.

Mi abuela Maire siempre fue afectiva. De esas abuelas que, si fueran arrestadas, sería por sus intentos de asesinato al apretar las mejillas de los bebés con ternura. Su abrazo, como el de mi madre, me transmitía esa calidez de un hogar donde siempre podría refugiarme.

—Suzanna.

La voz ronca de mi abuelo Charles me arrancó por unos momentos de los brazos de mi abuela. Lo abracé. Mi abuelo Charles nunca había terminado de perdonarle a mi padre que se llevara a su única hija a Nueva York.

Cuando se conocieron, papá era un estudiante de cocina sin dinero y mamá, la heredera de una empresa de perfumería.

Una historia de amor que mi abuelo consideraba una auténtica locura. Aunque, por supuesto, Eleonor y yo éramos las únicas consecuencias de aquella locura que adoraba consintiéndonos desde la distancia.

Entramos en la casa de cuatro habitaciones donde había pasado tantos veranos. Los muebles de caoba, los cuadros franceses y aquel aroma familiar me hicieron sonreír.

Por primera vez en días, todo estaba en calma.

—Con su permiso, señores Dubois. Iré a deshacerme de la ropa de la señorita Valentin.

Ahí estaba…

En cuanto pisábamos la casa, él volvía a ser un simple mayordomo y yo, la señorita de la familia. Mi abuela asintió mientras Pierre desaparecía. Por unos segundos, mi abuela me observó como si quisiera saber hasta el último detalle, pero mi abuelo negó con la cabeza.

—Maire, deja a nuestra pequeña descansar. Probablemente esté cansada por el viaje.

Aunque no parecía muy feliz, asintió, dejándome a entender que ya la habitación estaba preparada para mí. Y sí que lo estaba. Con ropa a mi medida y arreglada como si supieran que me quedaría por un buen tiempo. Conecté mi teléfono al cargador y, en cuanto la pantalla se iluminó, descubrí un auténtico desastre.

Dos llamadas de mis padres.

Un mensaje de Eleonor.

Y veinte mensajes de un número desconocido.

No necesité leerlos todos para saber quién era.

***004821*** ¿En serio piensas ignorarme? Nunca nadie lo ha hecho.

***004821*** Voy a encontrarte, Suzanna.

Rodé los ojos.

Intenté no reírme de burla al imaginar al autonombrado rey de Nueva York cuando descubriera que existía una mujer capaz de ignorarlo. Continué leyendo hasta llegar al último mensaje.

***004821*** Suzanna, por favor, habla conmigo.

Parpadeé.

¿Por favor?

Solté una carcajada seca que dolió en mi garganta.

—Mira qué bonito. El señor Blank finalmente aprendió a pedir las cosas por favor. Lástima que se acordara de hablarme después de dejarme plantada.

Volví a bloquear ese número nuevo. Qué irónico, que aprendiera demasiado tarde.

Ese día solo me encerré en la habitación y me alegró que todos me dieran el espacio que necesitaba. Aunque sabía que estaban locos por conocer todos los detalles, respetaron mi privacidad.

Pasé el resto del día descansando, valorando que mis abuelos no me abrumaran con preguntas. Al día siguiente decidí salir a disfrutar de París, comenzando por los Jardines de Luxemburgo. Caminé entre las flores, fotografié las fuentes y disfruté de aquella tranquilidad que tanto había extrañado. Por primera vez en meses, no tenía una boda que organizar ni un prometido arrogante al que soportar.

Mientras tomaba algunas fotografías, distinguí a un hombre con una gorra y un abrigo holgado observándome desde la distancia. Fruncí el ceño, pero cuando nuestras miradas se encontraron, apartó la suya. Lo ignoré, convencida de que estaba imaginando cosas.

Continué mi recorrido por el Museo de Luxemburgo, admirando sus obras y disfrutando de aquella mañana. Sin embargo, al salir, volví a verlo. El mismo hombre, esta vez apoyado contra una pared mientras fingía revisar su teléfono. Un escalofrío recorrerá mi espalda. ¿Acaso me estaba siguiendo?

Intenté convencerme de que era una coincidencia. Después de todo, París estaba lleno de turistas y no iba a permitir que un desconocido arruinara mi primer día de libertad.

Alrededor de las dos entré a un restaurante cercano. Pedí algo para comer y me entretuve observando a los transeúntes, hasta que, al terminar mi comida, lo distinguí nuevamente al otro lado de la calle.

El mismo abrigo. La misma gorra… Y esta vez estaba mirando directamente hacia mí.

¿En serio?

Dejé escapar un suspiro de frustración. Había escapado de un multimillonario arrogante y ahora tenía que lidiar con un posible acosador.

Esto ya parecía el guion de una película en la que escapaba de un prometido insoportable y terminaba en manos de un mafioso, protagonizando una historia dark romance o algo así.

Pagué la cuenta y salí del restaurante. El desconocido estaba distraído con su teléfono, así que aproveché para acercarme sin que me viera.

—Oye, tú.

Levantó lentamente la mirada. Era alto, demasiado alto, y su cabello azabache sobresalía por debajo de la gorra. Sus gafas oscuras me impedían distinguir sus ojos, pero no parecía sorprendido de verme frente a él. Crucé los brazos, irritada.

—Tienes dos segundos para decirme quién eres o voy a llamar a la policía.