4. Cafeteria
Ninguno de los dos se movió en medio de un silencio inquietante casi llenos de penumbra.
Las personas que caminaban parecieron desaparecer. Los sonidos de la calle se desvanecieron.
En aquel momento solo éramos ese desconocido y yo. Él se mantuvo quieto, como si lo hubiera paralizado. A pesar de sus gafas, podía sentir cómo su mirada me escudriñaba. Un leve ardor en mis labios cuando noté que sus ojos parecían detenerse en esa parte de mi cuerpo.
¿Acaso era un loco?
¿Qué estaba pasando por su cabeza con ese desconocido?
—Suficiente, llamaré a la policía —advertí, sacando mi teléfono.
—¿Siempre amenazas a los desconocidos con llamar a la policía?
Una voz masculina. Ronca y llena de firmeza, capaz de hacer vibrar a cualquier mujer. Era imposible creer que unas simples palabras pudieran sonar como la música hipnotizante del flautista de Hamelín. Parecía que él sabía que cualquier mujer caería en su encanto, excepto que no me conocía.
—Solo a los que parecen psicópatas.
—¿Y si se ven bien?
—Esos serían los primeros a los que mandaría a prisión. Mira, a muchos les parecen hermosos los flamencos y no por eso andan con uno para arriba y para abajo.
Alzó una ceja lentamente y entonces sonrió. En su rostro se dibujó una sonrisa que fácilmente podría competir con la de cualquier modelo.
—Tú… eres sorprendente.
No respondí y comencé a marcar el número de emergencias en mi teléfono. Sin embargo, su movimiento fue tan rápido y certero que, antes de darme cuenta, me había arrebatado el aparato. Miré a mi alrededor, buscando algún policía, algo que él pareció intuir de inmediato.
—No llames a la policía.
—¿Por qué no?
—No te estaba acosando.
—¿Ah, no? Claro, y yo soy la reina Isabel.
—Claro que no. Tú eres mucho más hermosa que la reina Isabel.
Mostró una sonrisa ladeada, con ese ligero aire entre descaro y arrogancia. Sus dientes perfectos quedaron al descubierto, dándole un aspecto casi celestial.
—¿Acaso esto funciona con otras mujeres? Porque, si es así, déjame decirte que tu vara para coquetear está por los suelos.
Aquello consiguió que su sonrisa petulante desapareciera. Respiró profundamente, como si estar cerca de mí le costara un esfuerzo sobrehumano.
—No les coqueteo a las mujeres y tampoco soy un acosador.
—Eso lo has repetido demasiado. La negación es el primer paso hacia la aceptación.
—¡Que no! —exclamó, frustrado.
Llevó los dedos hasta el puente de su nariz, como si aquella conversación estuviera acabando con toda su paciencia. Lo observé mientras miraba de un lado a otro antes de volver a fijar su atención en mí.
—Yo solo te estaba siguiendo porque soy pintor —respondió finalmente—. Te vi en los jardines y pensé que serías perfecta para uno de mis retratos.
—¿Y por eso decidiste seguirme por media ciudad?
—Reconozco que no fue mi idea más brillante.
—Sí, ajá. ¿Qué más? ¿También eres el presidente de Francia?
—No creo que ser pintor sea suficiente para eso.
—¿Por qué no? Si su propuesta fuera muy interesante, yo votaría por él. No importa de dónde venga, sino lo que tenga dentro.
Silencio.
Se quedó tan quieto que aproveché para arrebatarle mi teléfono.
—¿Acaso te parecería atractivo un pintor?
—Si vale la pena, ¿por qué no? He estado con hombres inservibles y creo que un pintor sería mil veces mejor que eso.
Me di la vuelta, dispuesta a alejarme. Sin embargo, para mi sorpresa, el desconocido comenzó a seguirme con desesperación.
—¿Inservibles? ¿Cómo que inservibles? —preguntó, pronunciando aquella palabra entre dientes.
—Así es.
—Explícate.
—¿Al acosador? No, gracias. Deja de seguirme, hablo en serio.
—Pero cuéntame.
—No. Ni siquiera me has pedido disculpas. No has dejado de seguirme. ¿Por qué crees que debería hablarte?
—Oye, disculpa. En serio, no quiero incomodarte. Solo… solo háblame.
—¿Quieres que te hable? —Me detuve y me di la vuelta.
Él asintió lentamente.
Una parte de mí quería alejarlo, pero otra me pedía que me divirtiera con él. Que hiciera una locura que jamás me habría atrevido a hacer. Había escapado a Francia buscando mi libertad y ahora estaba dispuesta a hacer algo que, muy seguramente, haría pensar a cualquiera que me faltaba un tornillo.
—¿Quieres que te hable? —repetí.
Él volvió a asentir.
—Bien, hagamos algo. Mañana, a las dos de la tarde, estaré esperándote durante una hora en una cafetería de París. Si puedes encontrarme, hablaremos.
Abrió la boca durante unos segundos y luego volvió a cerrarla.
—En París debe haber más de mil cafeterías. Recorrer la ciudad durante una hora ni siquiera sería suficiente para visitarlas todas.
—Perfecto. Entonces tienes una hora para encontrarme en una situación que debería tomarte unas doce horas.
—Es… ¡Es imposible!
—Bye.
Me di la vuelta, pero su voz volvió a detenerme.
—¡Está bien! Lo haré. Te buscaré. Solo… solo prométeme que vendrás.
—Mmm… bien. Pero espero que también traigas una pintura tuya.
—¿Qué?
—Eres pintor, ¿no? Tráela mañana y, si no lo haces, me daré cuenta de que eres un mentiroso. Y eso será motivo suficiente para reportarte.
Continué mi camino, esperando que me siguiera, algo que no hizo. Desde la distancia lo vi quieto, como si hubiera quedado anclado al suelo.
Aquella noche, sin quererlo, pensé en ese hombre. Un completo desconocido del que ni siquiera sabía su nombre y que, aun así, me causaba una enorme intriga. Era ilógico cómo una situación que muchos considerarían peligrosa a mí me llenaba de adrenalina. Ahora comprendía por qué a tantas mujeres les atraía el dark romance. Esa sensación de saber que algo era malo y, aun así, sentir que estaba bien. Era intoxicante.
A la mañana siguiente tenía intención de salir. Antes de irme, comencé a buscar cafeterías en mi teléfono. Descarté todas las que aparecían, pues él simplemente podría hacer un mapa y encontrarlas.
—¿Qué haces?
Levanté la vista.
Pierre me observó con curiosidad, mirando de reojo mi teléfono mientras recogía el desayuno.
—Busco una cafetería.
—Eso suena interesante —comentó, colocando los cubiertos en una mesa con ruedas.
—Sí. Pero quiero una cafetería que sea prácticamente imposible de encontrar para un turista.
Pierre me observó confundido. Sus ojos grisáceos se desviaron durante unos momentos, como si estuviera pensando.
—Casi todas las cafeterías son conocidas.
—Lo sé…
—Aunque, si quieres algún lugar casi imposible de encontrar, puedes ir a la cafetería de la señorita Claire. Es muy pequeña y, además, está bastante lejos de las calles turísticas. Sus cafés son espectaculares, pero como a ella siempre le ha gustado más la tranquilidad que el dinero, tiene una cafetería con temática de jardín casi a las afueras de la ciudad.
Miré a Pierre como si fuera un ángel caído del cielo únicamente para darme aquella maravillosa noticia.
Me dirigí hacia la pequeña cafetería, que prácticamente se encontraba oculta. Era tranquila, pero, sobre todo, silenciosa. Pedí un café y me senté en una de las mesas que estaban afuera, rodeadas por un inmenso jardín. En el lugar apenas había dos mesas, como si a la dueña ni siquiera le importara vender.
Los minutos comenzaron a pasar.
Tomaba mi café con calma mientras miraba mi teléfono. Leía los mensajes de mi hermana, quien me contaba que en Nueva York todo estaba hecho un caos, pues en los titulares de las noticias solo se hablaba de una cosa:
Zeus Blank, dejado en el altar.
El soltero más codiciado de Nueva York, rechazado en su propia boda.
Cada cosa que leía me provocaba más risa al imaginar el enorme ego de Zeus por los suelos.
¡Cómo me habría gustado verle la cara!
Sin darme cuenta, ya eran las dos y cincuenta y seis de la tarde. Le di un suave sorbo a mi taza de café mientras cruzaba las piernas.
—Vaya, qué manera más divertida de quitarse a un hombre de encima —reí levemente—. Ya me lo imagino corriendo de un lado a otro por toda la ciudad, sin tener la menor idea de dónde estoy.
Me levanté con calma y me dirigí hacia la caja para pagar, dispuesta a marcharme, cuando la puerta se abrió de repente.
Un hombre apareció en la entrada, apoyando ambas manos sobre sus rodillas mientras respiraba con dificultad, como si acabara de correr una verdadera maratón. Su cabello azabache estaba empapado en sudor y algunos mechones se pegaban a su frente. Levantó ligeramente la cabeza, dejando al descubierto unos ojos negros que me observaron entre jadeos.
—Espero que no estés pensando en marcharte —consiguió decir, intentando recuperar el aliento—. Todavía me quedan cuatro minutos.