5. Celos
POV Zeus Blank¡Te maldigo, Suzanna Valentin!
Nunca en mi vida me había sentido tan humillado como en este momento. No solo había tenido que soportar las miradas de las personas que sabían que me habían dejado plantado en el altar… ¡Ahora estaba a punto de morirme por encontrar a la misma mujer que me había abandonado!
¡La misma!
¿En qué maldita cabeza cabía semejante estupidez?
El mismo Zeus que con solo chasquear los dedos tenía a cualquier mujer a mis pies y aquí estaba yo como loco. No sabía si mi rabia se debía a que encontrarla había sido prácticamente imposible, pues aquella mujer se había convertido en una aguja en un pajar, o al hecho de que ahora mismo me estuviera observando como si fuera el idiota más grande del planeta.
Un hombre que jamás había tenido que perseguir a una mujer en su vida. Y ahora estaba allí, intentando recuperar el aliento frente a la única que había tenido el descaro de dejarme plantado. Lo peor de todo era que aquella mujer, que me estaba provocando tanta rabia que sentía que me hervía la sangre, también conseguía dejarme sin aliento con sus enormes ojos de color lila. Se veía preciosa con aquel vestido floreado, tanto que, por primera vez, una pregunta bastante incómoda atravesó mi cabeza.
¿Qué tan imbécil había sido para no dignarme a conocer a mi futura esposa ni una sola vez?
—Me voy.
—Espera, oye —tomé su mano con desesperación, todavía intentando recuperar el aliento después de haber corrido durante prácticamente una hora—. Aún me quedan unos minutos.
—¿Ah, sí? —Ella fingió revisar un reloj invisible en su muñeca—. Pues para mí ya es tarde.
—Pero llegué cuatro minutos antes de la hora. Si eres una persona honorable, al menos concédeme la victoria.
Hubo un silencio.
¡Esta mujer!
¿Acaso no podía reconocer que había ganado?
Sí, era una locura, pero aquel reto absurdo me había obligado a esforzarme más de lo que lo había hecho en años.
Había comenzado a recorrer la ciudad desde las diez de la mañana, entrando en cuánta cafetería encontraba. Hablé con supervisores, encargados y empleados, pidiéndoles que, si veían a Suzanna entre las dos y las tres de la tarde, me llamaran inmediatamente. Les entregaba cien dólares por adelantado con su fotografía y ofrecía diez mil a quien consiguiera darme su ubicación.
Diez mil dólares por encontrar a una mujer que, técnicamente, debía estar casada conmigo. Pensé que mi dinero y mi astucia serían suficientes.
Me equivoqué.
Ni siquiera aquellas horas de anticipación, ni haber sobornado a cuantos encargados pude encontrar, me prepararon para el infierno que comenzó a las dos de la tarde.
Nadie la había visto.
Era como si Suzanna Valentin hubiera desaparecido de la faz de la Tierra. Y yo, que estaba acostumbrado a conseguir prácticamente cualquier cosa con una llamada, terminé corriendo por las calles de París como un auténtico maniático.
¡Por una mujer!
¡Por mi propia prometida!
Pensé que perdería. Estaba convencido de que aquella desgraciada había conseguido burlarse de mí por segunda vez, hasta que choqué accidentalmente contra una mujer mayor que salía de una cafetería. Le pedí disculpas, le ofrecí una cantidad absurda de dinero y, cuando le expliqué mi desesperación por encontrar a una mujer, me habló de una pequeña cafetería que pertenecía a una amiga suya, bastante alejada de las calles turísticas.
Una cafetería prácticamente desconocida.
En otras circunstancias, me habría parecido una pérdida de tiempo.
Pero ya había recorrido media ciudad, gastado una fortuna y perdido la poca dignidad que me quedaba. Así que decidí arriesgarme, no porque confiara en aquella desconocida. A estas alturas, ya no tenía absolutamente nada que perder.
Suzanna me lanzó una mirada entre el asombro y el fingido asco. Como pude, me arreglé la ropa y le mostré mi sonrisa más coqueta, intentando aparentar seguridad a pesar de que aquella maldita peluca me picaba y las lentillas negras que ocultaban mis ojos azules estaban a punto de matarme.
Mi sonrisa debía haberla hecho suspirar.
Su respuesta fue una expresión de absoluto asco.
—Mi tiempo es valioso.
—El mío también. Incluso te traje tu pintura. Esa que me pediste para que habláramos. Al menos, ¡merezco que me hables!
—Bájale dos rayitas a tu tono.
Y aquello fue suficiente para que agachara la cabeza como un perrito obediente.
Sin decir nada más, ella extendió la mano y saqué de mi bolsillo el retrato a lápiz que había hecho de ella. Me había tomado tres horas terminarlo, tres horas en las que no había podido dejar de pensar en aquella mujer. El dibujo estaba basado en una fotografía que le había tomado desde la distancia mientras la seguía, justo cuando se había detenido a recoger una flor. Había tomado clases de pintura en mi juventud, pero al entrar al mundo empresarial esa tonta ilusión la enterré para ser el poderoso CEO que todos temen.
Suzanna lo observó como si se hubiera convertido en crítica de arte de un segundo a otro.
Examinó el retrato con detenimiento. Después levantó la mirada hacia mí, arqueando una ceja.
—¿A quién le pagaste?
—Yo lo hice.
—¿Entonces no mentiste?
«Sí».
—No.
Ella sonrió de una manera tan angelical que, durante un segundo, me olvidé hasta de mi propio nombre. Jamás había visto una sonrisa tan sincera en una mujer. Una de esas que llegaban hasta los ojos, formaban pequeños hoyuelos en sus mejillas y hacían que el lunar sobre su ojo derecho se elevara ligeramente.
¿Por qué tenía que ser tan hermosa?
—Bueno, entonces te pido disculpas. No eres un acosador, sino un pintor. Te debo veinte minutos de mi tiempo para hablar.
Nos sentamos en una de las pocas mesas del lugar. Fruncí el ceño mientras observaba a mi alrededor. Aquella cafetería era diminuta y, para alguien como yo, que medía dos metros, parecía prácticamente una caja de fósforos.
Aunque debía reconocer que era bonita.
—Bueno, ¿de qué quieres hablar? —preguntó.
«Vine para llevarte».
«Te vas a casar conmigo, quieras o no».
«¿Pensaste que mi detective no iba a encontrarte? ¡Ja! Solo le tomó un par de horas».
«Y aquí me tienes, escondiéndome detrás de una peluca y unas lentillas, sin saber por qué demonios lo hago, cuando debería estar llevándote de regreso a Nueva York, aunque tuviera que arrastrarte».
—Yo solo quiero conocerte. Para que seas mi musa. ¿Eres de por aquí?
—No seré tu musa —respondió, encogiéndose de hombros—. No te conozco y tampoco soy de aquí.
—No me conoces, pero puedes conocerme —insistí, dedicándole otra de mis mejores sonrisas.
Suzanna pareció completamente inmune a mi encanto, pues rodó los ojos. Aquello hirió mi orgullo.
¡Mi sonrisa jamás había fallado tanto con una mujer!
—Ni siquiera sé quién eres.
«Zeus Blank. Tu futuro esposo».
—Me llamo Nathanael Ferro.
—Suzanna —respondió con una leve sonrisa.
—¿Qué haces por aquí?
Los cafés que habíamos pedido llegaron poco después. Ella había solicitado uno con tantos dulces que pensé que le daría un coma diabético delante de mí, mientras que yo me había conformado con uno negro. Suzanna le dio un suave sorbo al suyo antes de mirarme con una sonrisa.
—Volví para estudiar y convertirme en maestra pastelera —comentó alegremente—. Además, también me sirvió para alejarme de alguien que no vale la pena.
—¿Alguien que no vale la pena?
—Así es. Una basura de hombre.
Ella no estaba hablando de mí…
¿Verdad?
¿¡Verdad!?
—¿De quién estamos hablando?
—De mi ex prometido, el imbécil.
Sentí que algo se retorcía dentro de mí.
¡El imbécil!
¡Me acababa de llamar imbécil en mi propia cara!
—Y si… ¿él te pide disculpas e intenta arreglar las cosas? —pregunté, casi en un susurro.
—Puede meterse esas disculpas por donde no le da el sol. No pienso volver con él ni aunque fuese el último hombre sobre la Tierra.
Incómodo, me acomodé la sudadera y enderecé la espalda.
—¿Tan mal se ve?
—Sí. Es horrendo. Horrible. Asqueroso… —Hizo una pequeña pausa antes de sonreírme con coquetería—. No como tú, Nate.
Me guiñó un ojo.
—Yo creo que tú te ves mil veces mejor que él.
Aquel apodo cariñoso me tomó tan desprevenido que tuve que tragar saliva.
—¿Siendo… siendo un pintor?
—Por supuesto, Nate. Y ahora que lo dices… Tú dijiste que querías que fuera tu musa, ¿no? Bueno, alguien cercano me dijo que hiciera muchas cosas… Incluso enamorarme… —Su sonrisa se volvió un poco más coqueta—. Y creo que tal vez tú seas perfecto para eso.
No pude responder. No porque no quisiera, sino porque literalmente me había dejado sin palabras.
¡Suzanna Valentin estaba coqueteando conmigo!
Bueno…
No exactamente conmigo.
Estaba coqueteando con Nathanael Ferro.
Un pintor que ni siquiera existía.
Y lo peor era que comenzaba a sentir una rabia impresionante al imaginar que mi futura esposa pudiera enamorarse de otro hombre. De alguien que no fuera Zeus Blank. Aunque ese hombre también fuera yo. Me quedé mirándola, intentando comprender aquella absurda sensación que comenzaba a quemarme por dentro.
Un momento…
¿Acaso…?
¿Estaba sintiendo celos de mí mismo?