6. Conocernos
Era demasiado extraño.
Sus ojos azabaches parecían encendidos, como si detrás de aquella mirada se estuviera librando una batalla. Tenía los labios apretados, claramente incómodo por algo, aunque intentaba disimularlo con una sonrisa que parecía más forzada que tranquila. Finalmente, respiró profundamente y se acomodó la sudadera.
—Solo te estás burlando de mí, ¿no es así?
—¿Burlarme?
—No me digas que realmente prefieres a un pintor antes que a tu prometido. Por lo que puedo intuir, ese hombre debe tener una fortuna.
—¿Y qué?
—Podría comprarte cualquier cosa.
—Excepto mi respeto, Nate. Eso no está a la venta.
Un pequeño tic apareció junto a su ojo derecho, mientras aquella sonrisa intentaba mantenerse en sus labios.
Qué hombre tan extraño.
Me encogí de hombros con total tranquilidad y bajé la mirada hacia mi café. Una sonrisa triste apareció en mis labios al recordar aquella mañana, sosteniendo un ramo de flores y llevando un vestido que había aceptado por obligación, no por amor.
—Nate, no sé por qué te molestas. Para mí, el dinero que tenga un hombre no es importante.
Lo vi parpadear, confundido, como si acabara de decir la mayor blasfemia del mundo.
—Mi ex prometido podría comprarme el mundo si quisiera, pero ¿de qué sirve que me compre el mundo entero si ni siquiera tuvo la decencia de conocerme?
Mis labios temblaron ligeramente.
No por tristeza.
Por rabia.
La expresión de Nate cambió. Su sonrisa desapareció y dejó escapar un suspiro que, por alguna razón, me pareció cargado de arrepentimiento.
—Tal vez… tal vez él se arrepiente.
Negué lentamente.
—Aunque se arrepintiera, eso no cambiaría nada. Ni una sola vez se molestó en mirarme. Sé que era un matrimonio por contrato, Nate. No esperaba que me amara, mucho menos iba a obligarlo a hacerlo… ¡Pero al menos merecía un poco de respeto! Me hizo sentir que entre un florero y yo no existía ninguna diferencia. Solo era algo bonito que su familia había comprado para colocarlo en algún rincón de su casa.
Levanté el rostro.
Nate me observaba de una manera extraña. Por un momento, tuve la impresión de que mis palabras le habían dolido.
Acaricié distraídamente mi taza antes de continuar.
—Por eso prefiero mil veces estar sola que regresar con un hombre que me desprecia sin siquiera conocerme. Cuando vuelva a enamorarme, lo haré porque yo quiera, no porque alguien más lo decida por mí. Tal vez me equivoque. Tal vez termine arrepintiéndome, llorando por algún idiota o haciendo el ridículo… ¿Y qué? Al menos serán mis errores. Aprenderé, lloraré y volveré a levantarme. Pero seré feliz a mi manera.
Hubo un largo silencio entre nosotros.
La música suave de jazz llenaba la pequeña cafetería mientras, en el jardín, dos avecillas revoloteaban entre las flores. Las observé de reojo. Eran dos periquitos que parecían seguirse a todas partes, como si ya se hubieran jurado amor eterno.
Sonreí.
Era una locura pensar en enamorarme de un desconocido.
No era lógico.
Mucho menos inteligente.
¿Y qué?
¡Ya estaba cansada de hacer lo que los demás consideraban correcto!
Quería vivir. Equivocarme. Arrepentirme. Reírme de mis propias estupideces si era necesario.
No era un personaje de ficción creado para complacer a todo el mundo.
Era una persona.
Una mujer que también tenía derecho a equivocarse.
—Tienes razón, Suzanna.
Volví a mirarlo.
Por primera vez desde que nos habíamos conocido, Nate parecía completamente relajado. Le dio un sorbo a su café y me dedicó una sonrisa diferente, como si acabara de descubrir algo en mí que no esperaba encontrar.
—Cuando era más joven, quería dedicarme a algo diferente —confesó Nate después de un largo silencio—. Pero mi padre tenía otros planes para mí.
—¿No quería que fueras pintor?
—Mi padre considera que el arte es una pérdida de tiempo. Para él, lo único importante es construir algo que lleve nuestro apellido.
Fruncí el ceño.
—Vaya, lo siento.
Él parpadeó, confundido, por lo que continué:
—Sí. Imagínate pasar toda tu vida intentando convertirte en el hombre que tu padre quiere y olvidarte de quién querías ser tú.
Nate dejó de sonreír. Parecía que le había dicho algo que no esperaba escuchar. Bajó la mirada durante unos momentos.
—Nate —esperé a que volviera a levantar el rostro—. ¿Todavía quieres pintar?
Sus ojos oscuros buscaron los míos.
—No lo sé. Hace mucho tiempo que nadie me preguntaba qué quería hacer con mi vida. Además, necesito una buena musa que creo ya encontré —sonrió con coquetería.
Le di un sorbo a mi café.
Nate sabía perfectamente que era atractivo. Sus palabras eran como hojuelas bañadas en miel, tan dulces que casi daban ganas de creerle. Por su actitud, no me sorprendería que utilizara las mismas excusas con todas las mujeres que se cruzaban en su camino. Ladeé la cabeza, dedicándole una sonrisa irónica.
—Sabes, eres muy bueno. Deberías escribir un libro para que los hombres aprendan a coquetear como tú. Tal vez así consigan a alguien.
No respondió. Me observó, como si acabara de encontrarse con un unicornio en plena cafetería. Al final, una sonrisa apareció en sus labios.
—Suzanna, eres una mujer muy interesante. Dime, ¿qué buscas en un hombre?
—¿Yo? Nada…
—¿Nada?
—Nada que no sea normal en una relación. Que me escuche, que esté a mi lado, que me respete y me quiera… —Me encogí de hombros, sonriendo levemente—. Pero, sobre todo, que me mire como si yo fuera la única mujer en el mundo.
Se quedó mirándome. No fue una de aquellas miradas coquetas que me había dedicado durante toda la tarde. Esta vez permaneció en silencio, observándome con tanta intensidad que por un momento olvidé lo que acababa de decir.
—Creo que cualquier hombre que tenga la suerte de estar a tu lado podría darte todo eso —respondió finalmente—. Porque eres una mujer que nadie en su sano juicio querría perder.
Sentí que mis mejillas comenzaban a calentarse. Negué rápidamente con la cabeza, recordándome que no debía tomarme demasiado en serio sus palabras. Era evidente que Nate sabía cómo tratar a las mujeres y yo no pensaba convertirme en otra de sus conquistas.
Después de todo, solo había querido molestarlo un poco. Hacerle creer que tenía alguna oportunidad conmigo.
Nada más.
Terminamos nuestros cafés y salimos de la pequeña cafetería. Comenzamos a caminar por las hermosas calles parisinas, rodeados de aquella magia que parecía existir únicamente en esa ciudad. Había turistas por todas partes, personas tomando fotografías y parejas caminando de la mano, pero, por alguna razón, Nate y yo parecíamos estar dentro de nuestra propia burbuja.
—Suzanna.
Giré el rostro para mirarlo.
—Quiero que… tengamos otra cita.
Parpadeé.
—¿Otra cita?
—Sí. Mañana, si es posible.
—¿Y si te digo que no?
Una sonrisa arrogante apareció en sus labios entre una coquetería y un reto que se impuso.
—Entonces tendré que convencerte.
Lo observé durante unos segundos. Se notaba que no perdía el tiempo y yo era su nueva presa. Dejé escapar una leve sonrisa burlesca.
—No lo creo. No soy una mujer fácil de impresionar.
—Eso ya lo descubrí cuando me hiciste recorrer medio París para encontrarte.
Aquello me sacó una leve risilla al imaginarlo corriendo de nuevo. Me giré caminando como si nada. Detrás de mí escuché sus pasos apresurados hasta que consiguió alcanzarme. Tomó suavemente mi mano, obligándome a detenerme. Sus ojos azabaches buscaron los míos.
—Suzanna, déjame demostrarte que soy un buen hombre. Que no te arrepentirás de dejarme… pintarte. Solo dame una oportunidad.
Bajé la mirada hacia nuestras manos, después volví a observarlo. Había algo extraño en su expresión. Ya no parecía aquel hombre coqueto que tenía una respuesta para todo. Por un instante, incluso me dio la impresión de que estaba desesperado.
¿Desesperado por mí?
Apenas nos conocíamos…
—Nate, ¿siempre eres tan insistente con las mujeres?
—No —respondió sin vacilar.
—¿Y por qué conmigo?
Su sonrisa desapareció lentamente como si buscara una respuesta. Finalmente, acarició mi mano con el pulgar antes de susurrar:
—Porque cometí el error de dejar pasar algo hermoso una vez. Y no quiero volver a hacerlo.
Aquellas palabras me desconcertaron.
Lo observé en silencio, intentando comprender por qué aquel desconocido hablaba como si me conociera desde hacía mucho tiempo.
—Hablas como si ya me hubieras perdido alguna vez.
Nate se quedó inmóvil. Fue apenas un segundo, pero lo suficiente para que notara cómo sus dedos se tensaban alrededor de los míos. Me dedicó una leve sonrisa cuando notó que algo no me cuadraba.
—Tal vez tengo miedo de perderte antes de conocerte.
—Entonces será mejor que no llegues tarde a nuestra próxima cita cuando te diga a dónde irás a buscarme.
—Te prometo que esta vez llegaré a tiempo. Aunque tenga que recorrer toda Francia para poder hablar contigo al menos por un minuto. Lo voy a hacer.
Nunca había sentido nada por nadie desde que huí de Nueva York, y ahora él me hacía sentir curiosidad por alguien.
Por un pintor que parecía demasiado interesado en mí.
Alguien sobre quien mi cabeza me decía que algo pasaba y debía irme, y mi corazón me gritaba que tal vez… estábamos destinados a conocernos.