7.Rata de laboratorio
Su mirada azabache, llena de seguridad, me atrajo de una manera que no podía explicar.
Sí, era como un veneno que sabía que no debía probar y que, aun así, deseaba ingerir. De esos que gritan peligro desde lejos, pero que despiertan en tu cuerpo unas ganas absurdas de lanzarte directamente hacia la locura y la pasión. Una pequeña sonrisa escapó de mis labios, la cual Nate vio.
Por la manera en que sonrió, supe que acababa de conseguir algo.
—Bien, mañana te daré la dirección —respondí, sacando mi teléfono—. Aunque todavía está por verse si tendrás tanta suerte.
Nate sacó el suyo casi de inmediato. Intercambiamos nuestros números y, cuando guardó mi contacto, una sonrisa apareció en sus labios. Parecía que acababa de ganar el mejor premio del mundo. Uno que ni siquiera todas las fortunas juntas podrían comprar. Estaba a punto de despedirme cuando mi teléfono comenzó a sonar.
Mi hermana.
Respondí enseguida, mientras notaba que Nate intentaba curiosear quién me llamaba.
—¿Hola?
—¡Sussy! ¡Dime que estás en casa de los abuelos!
Fruncí ligeramente el ceño, mirando a Nate, quien de repente parecía muy interesado en su teléfono.
—No lo estoy. ¿Por qué?
—Creo que Zeus te está buscando, Sussy. Escuché a Poseidón y Dante hablando con papá en el despacho. Querían saber adónde habías ido. Al parecer, Zeus está dispuesto a hacer cualquier cosa para que lo perdones. ¡Incluso contrató a varios detectives para encontrarte!
Un escalofrío recorrió mi espalda. Miré instintivamente a mi alrededor.
¿Es que no tenía nada mejor que hacer?
Chasqueé la lengua, sintiendo que la rabia comenzaba a subir por mi garganta.
—Por mí, Zeus puede hacer lo que le dé la gana. No pienso regresar con él. Me parece un hombre engreído que cree que el mundo entero gira a su alrededor. ¡Pues se equivoca! Que se busque a otra mujer. Imagino que su lista de amantes debe ser bastante larga.
Nate levantó lentamente una ceja. Sus ojos azabaches se clavaron en mí, aunque no dijo absolutamente nada.
—Pero, Sussy, ¿no crees que deberías hablar con él? De verdad parece que está muy arrepentido de haberte dejado esperando tanto tiempo en el altar.
—¿Y? Eso no significa que tenga que perdonarlo, Eleonor. Ese hombre no merece ni una pizca de mi perdón.
—Sussy…
—La respuesta es no. Además, ya estoy pensando en salir con alguien más.
Silencio.
Un silencio tan largo que por un momento pensé que la llamada se había cortado. Aparté el teléfono de mi oreja para comprobarlo.
Mi hermana seguía allí.
Probablemente estaba intentando comprender cómo su hermana, que hasta hacía unos días era una persona bastante cuerda, ahora pensaba salir con un desconocido apenas два días después de huir de su propia boda.
—Hermana, solo voy a pedirte que lo pienses con la cabeza fría, ¿sí?
—Lo haré.
Finalicé la llamada. Cuando levanté el rostro, me encontré con la mirada penetrante de Nate. Había algo extraño en su expresión. Su dedo índice tamborileaba lentamente sobre la mesa, mientras sus labios permanecían apretados. Parecía estar juzgando a alguien en su cabeza.
—¿Todo bien? —preguntó finalmente.
—Nada importante. Solo que el inútil de mi ex prometido parece no tener otra cosa que hacer que contratar detectives para buscarme.
—Comprendo… —respondió lentamente—. ¿Y eso es malo?
Lo observé, confundida.
—Para mí, sí. Detesto a los hombres que no entienden lo que significa un no.
Nate permaneció callado durante unos segundos. Después, como si acabara de decidir algo, una sonrisa coqueta apareció en sus labios. Se inclinó hacia mí, reduciendo el poco espacio que nos separaba.
—Bien, entonces, si no quieres que tu ex prometido te encuentre…
Su mano se acercó a mi rostro. Sentí su dedo índice sujetar suavemente mi barbilla, mientras su pulgar acariciaba la piel debajo de mis labios.
—Me ofrezco como tributo para mantenerte lejos de él.
Me aparté enseguida.
Mi corazón había comenzado a latir velozmente, pero no pensaba darle el gusto de descubrirlo. Entrecerré los ojos y crucé los brazos.
—Nate, que haya aceptado tener otra cita contigo no significa que seas el único hombre en mi vida.
—¿No lo soy?
Se enderezó de golpe, parpadeando varias veces.
—¿Por qué no?
Tuve que apretar los labios para no reírme.
—¿Disculpa?
—Quiero decir… —Se acomodó la sudadera, intentando recuperar una calma casi nula—. Estoy dispuesto a hacer lo que sea para que tengamos más citas.
¿Dónde había quedado el hombre tan seguro de sí mismo?
Aquella reacción me pareció tan divertida que decidí no responderle. Me levanté y caminé hacia la salida de la cafetería. Nate me siguió casi inmediatamente.
—Suzanna, no seas así. Dime.
—¿Decirte qué?
—Si estás saliendo con alguien más.
Lo miré de reojo.
—¿Por qué?
—Simple curiosidad.
—Pues qué curioso eres, Nate.
No respondió. Continuó siguiéndome hasta que caminamos por las hermosas calles parisinas hasta llegar a un pequeño parque cercano. Saqué mi teléfono y comprobé la hora.
Las tres y media.
Pierre ya debía estar esperándome. Continué caminando mientras buscaba su automóvil entre los que estaban estacionados. Cuando finalmente lo encontré, me detuve.
—¿Tu auto? —preguntó Nate, observándolo.
—No.
—Entonces, ¿de quién es?
Antes de que pudiera responder, Nate se acercó ligeramente al vehículo y lo examinó con curiosidad. Estaba a punto de decirle que dejara de inspeccionar autos ajenos cuando una voz profunda se escuchó detrás de nosotros.
—¿Suzza?
Me giré inmediatamente. Pierre se acercaba sosteniendo un crêpe de chocolate con avellanas. Una sonrisa apareció en mis labios.
—¡Pierre!
Él me dedicó una sonrisa amable, pero cuando su mirada se encontró con Nate, algo cambió en su expresión. Sus ojos grisáceos se oscurecieron ligeramente.
Nate, por otro lado…
Su sonrisa desapareció.
Sus labios se apretaron hasta convertirse en una línea delgada y sus hombros se tensaron de una manera tan evidente que incluso yo pude notarlo. Sus ojos azabaches recorrieron a Pierre de arriba abajo como si estuviera buscando algún defecto.
—Buenas tardes —saludó Pierre, rompiendo aquel incómodo silencio.
Nate no respondió. Simplemente continuó observándolo con una expresión que comenzaba a ser algo desagradable. Pierre levantó una ceja. Decidí intervenir antes de que aquellos dos comenzaran una competencia de miradas.
—Pierre, te presento a Nate. Es un amigo.
—¿Amigo? —repitió Nate.
Lo miré.
—Sí, Nate. Amigo.
Por alguna razón, aquella palabra no pareció agradarle. Frunció ligeramente el ceño y cerró una mano hasta formar un puño, aunque intentó disimularlo acomodándose la manga de su sudadera.
—Nate, él es Pierre —continué con una sonrisa—. El hombre en quien más confío aquí en Francia.
Si antes Nate parecía incómodo, ahora daba la impresión de que acababa de tragarse un limón entero. Pierre, por el contrario, sonrió tranquilamente.
—Un placer conocerte.
Extendió la mano. Nate la observó durante un segundo antes de estrechársela.
—Igualmente —respondió con una sonrisa tan rígida y fingida.
Pierre soltó su mano y se volvió hacia mí.
—Como me enviaste un mensaje hace media hora para que viniera a recogerte, decidí comprarte esto.
Me entregó el crêpe de chocolate con avellanas.
—Es tu favorito.
Mi sonrisa se ensanchó inmediatamente.
—¡Pierre, eres el mejor!
Tomé el crêpe con entusiasmo, dándole un abrazo el cual él aceptó. Al separarme sentí el crêpe aun caliente; el olor era espectacular.
—Sabía que te gustaría —respondió, sonriendo.
Me separé lista para darle el primer mordisco cuando escuché la voz de Nate.
—¿Tu favorito?
Levanté la mirada.
—Sí. ¿Por qué?
Sus ojos descendieron hacia el crêpe. Un simple postre que no parecía tener nada de especial, pero que, por alguna razón, había conseguido borrar su sonrisa. Apretó ligeramente la mandíbula mientras observaba a Pierre de reojo, quien parecía completamente ajeno a su incomodidad.
Nate no dijo nada. Sin embargo, sus dedos se cerraron lentamente sobre la palma de su mano y su mirada regresó al postre, como si le molestara descubrir que otro hombre conocía algo tan insignificante sobre mí.
Algo que él no sabía. Por la manera en que volvió a mirar a Pierre, parecía que aquello le molestaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Nada —respondió lentamente—. Solo me parece curioso que sepa lo que te gusta.
Pierre soltó una pequeña pero amable sonrisa.
—Bueno, conozco a Suzza desde hace bastante tiempo.
Nate se mantuvo en silencio y solo asintió. Nate terminó despidiéndose y, tras esto, desapareció a través de las personas. Pierre lo siguió con la mirada, como un lobo asegurándose de que nada se saliera de control.
—Suzza, ¿quién es ese tipo?
—Es alguien que me pareció interesante, es todo.
Él asintió con lentitud. Sus ojos grises se desviaron hacia mí por el rabillo de sus ojos.
—Él parece estar muy interesado en ti, Suzza. Sé que no tengo derecho a decirte qué hacer, pero creo que al menos puedo darte un consejo. No intentes sacar un clavo con otro clavo. Sé que tu ex prometido te hizo sufrir y que ahora quieres olvidarte de todo lo que pasó, pero eso no significa que debas lanzarte a los brazos del primer hombre que te haga sonreír. Apenas lo conoces, Suzza. No quisiera que terminaras sufriendo otra vez.
En sus ojos había una amabilidad imposible de ocultar. Volví a mirar en la dirección por donde Nate se había marchado. Sabía que muchos me gritarían que estaba cometiendo una locura, pero ¿y qué? Por primera vez quería experimentar la emoción de tener un novio de verdad.
Mi primer novio…
Ese que te hace cometer estupideces, sonreír como una tonta y, probablemente, termina rompiéndote el corazón. De esos que te enseñan, a las malas, todo lo que jamás volverías a permitir en una relación.
Tal vez Nate fuera un error.
Y sin siquiera imaginarlo, aquel coqueto pintor de ojos azabaches estaba a punto de convertirse en mi pequeña rata de laboratorio para aprender a enamorarme… y, de paso, olvidarme de mi ex prometido.