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8. Treinta

Zeus Blank 18+ — booknet.com · All chapters

8. Treinta

POV Zeus Blank

¿En serio un crêpe de chocolate la hacía tan feliz?

¿Por qué?

¿Acaso tenía que comprar todas las tiendas de París que vendieran crêpes de chocolate para conseguir que me sonriera de aquella manera?

¡Joder!

Solo recordar cómo le había sonreído a ese desgraciado despertaba en mí emociones que jamás había experimentado por ninguna mujer. ¡Me incomodaba a niveles astronómicos!

—Zeus, cálmate de una maldita vez. Eres el hombre más cotizado de Nueva York. Cualquier mujer mataría por estar contigo. Ese tipo no es nadie a comparación contigo. ¡Nadie! Ni siquiera importa que la llame Suzza…

Me detuve.

Apreté la mandíbula.

—¡¿Suzza?!

¡Hasta tenía un apodo para ella!

Me arranqué la peluca con tanta fuerza que terminé lanzándola sobre la cama. Había regresado a la suite presidencial donde me hospedaba, pero ni siquiera el lujo de aquel lugar conseguía calmarme. Caminé directamente hacia el bar, tomé un vaso y lo llené de whisky antes de beberlo de un solo trago.

El líquido ardió en mi garganta, pero no funcionó.

La imagen volvió a mi cabeza. La sonrisa de Suzanna. La familiaridad con la que aquel hombre la trataba y ella lo abrazaba. La manera en que ella lo miraba, como si fuera alguien que llevaba años formando parte de su vida.

¡Quise gritarle que se alejara de mi prometida!

Que era mi mujer.

¡Que me pertenecía!

Pero no lo hice.

No porque no pudiera, sino porque, si hubiera revelado mi verdadera identidad en aquel momento, Suzanna habría salido corriendo como un conejito asustadizo.

Y yo no podía permitirlo.

Aunque ganas no me faltaron de cargarla sobre mi hombro, subirla a mi avión privado y llevármela de regreso a Nueva York. Lejos de ese imbécil que la hizo reír.

—Pierre…

Pronuncié su nombre con tanto desprecio que casi lo escupí al pronunciarlo. Hasta su nombre me molestaba. Apreté el vaso entre mis dedos. Recordé nuevamente aquel crêpe y perdí la poca paciencia que me quedaba. Lancé el vaso contra la pared con todas mis fuerzas. El cristal estalló en cientos de pedazos que terminaron esparcidos por el suelo. Me pasé una mano por el cabello, completamente frustrado.

¡Zeus Blank no se ponía celoso!

Mucho menos de un idiota que aparecía con un postre de chocolate. Saqué mi teléfono y marqué un número. Dos timbrazos.

—Zeus…

—Necesito que hagas otro trabajo para mí.

Escuché un largo suspiro al otro lado de la línea.

—¿Qué quieres ahora? ¿No fue suficiente toda la información que conseguí sobre tu prometida?

—Harrison, quiero que investigues a un hombre.

—De acuerdo. ¿A quién tenemos que investigar esta vez?

Apreté la mandíbula.

—Pierre.

Hubo un silencio tan largo que tuve que apartar el teléfono de mi oído para comprobar que la llamada seguía conectada.

—¿Harrison?

—Zeus… ¿Pierre qué?

—¿Cómo que Pierre qué?

—Su apellido, Zeus. Necesito su apellido.

Miré hacia el techo frunciendo el ceño.

—No lo sé.

Otro silencio.

—¿No lo sabes?

—¿Acaso estás sordo? ¡He dicho que no lo sé!

—Perfecto. Gracias por el trabajo tan fácil —respondió con un sarcasmo que me molestó—. ¿Tienes algo más? ¿Dónde trabaja? ¿Su familia? ¿Una dirección? ¿Algo que me ayude a distinguirlo de los miles de Pierre que viven en Francia?

—Solo sé que es cercano a Suzanna.

—¿Qué tan cercano?

Recordé cómo aquel desgraciado le había entregado su postre favorito y cómo ella había sonreído. Cómo lo había presentado como el hombre en quien más confiaba en Francia. Sentí que la sangre volvía a hervirme.

—Eso es precisamente lo que quiero que averigües. Quiero saber quién demonios es, desde cuándo conoce a Suzanna, dónde trabaja, si tiene pareja, si estuvo casado… ¡Quiero saberlo todo!

Una carcajada profunda resonó al otro lado. Mi mandíbula se tensó.

—¿De qué te ríes?

—Zeus, tu prometida te tiene loco.

—¡No me tiene loco!

—Por supuesto que no.

—Solo estoy asegurándome de que sepa cuál es su lugar —respondió con voz gélida—. Es mi futura esposa y, como tal, debe serme fiel solamente a mí. Además, apenas la soporto. Es un matrimonio por contrato. Nada más.

—Claro, Zeus. Lo que tú digas.

Podía imaginarlo sonriendo como un idiota.

—¿Vas a hacer tu trabajo o tengo que buscar a alguien más competente?

—Tranquilo, Romeo. Dame un par de horas.

—¡No me llames Romeo!

Su carcajada fue lo último que escuché antes de que terminara la llamada. Me quedé observando el teléfono durante unos segundos. Caminé hacia el ventanal, París se extendía ante mis ojos, iluminada por miles de luces. Una ciudad que, si quisiera, podría poner a mis pies.

Podía comprar edificios, hoteles, empresas enteras. Conseguir prácticamente cualquier cosa con una simple llamada.

Sin embargo, allí estaba.

Furioso.

Mi teléfono volvió a sonar.

Lo levanté lentamente, observando la pantalla. Al reconocer el nombre, solté un pesado suspiro antes de responder.

—Papá.

—¿Se puede saber dónde estás? —La voz de mi padre retumbó a través del auricular—. ¡Y más te vale que no estés revolcándote con alguna mujerzuela, porque me encargaré personalmente de que te arrepientas!

Puse los ojos en blanco.

¿Acaso no podía tener cinco minutos de tranquilidad?

—Padre, no estoy haciendo nada de eso. Estoy ocupado en París.

Silencio. Tan largo que casi pude imaginarlo apretando la mandíbula.

—Estás persiguiendo a una mujer que no quiere casarse contigo.

Mis dedos se tensaron alrededor del teléfono.

—Suzanna regresará conmigo. Nos casaremos pronto.

—¿En serio? —Su voz adquirió un tono burlón—. ¿Eso te dijo ella?

Apreté los labios.

—No exactamente, pero sucederá.

—¿Ah, sí? Entonces escucha bien, Zeus, porque no pienso repetirlo.

Me enderecé ligeramente.

—Tienes treinta días para regresar a Nueva York con tu esposa. La compañía no puede quedarse sin su CEO mientras tú juegas a perseguir a una mujer por toda Francia. ¡Deja de hacerme perder el tiempo!

Fruncí el ceño.

—Papá…

—¡Nada de papá! Si dentro de treinta días no estás casado con Suzanna Valentin, tendrás que aceptar mis reglas. Nada de escándalos, nada de hacer lo que se te dé la gana y mucho menos desaparecer cuando te apetezca. De lo contrario, te quitaré el puesto.

Me quedé inmóvil.

—¿Estás hablando en serio? ¡He arriesgado demasiado por esa empresa!

—Y yo he pasado demasiados años construyéndola como para permitir que la destruyas con tus estupideces —respondió sin titubear—. Necesito a alguien que represente a Olimpo S. A., no a un hijo que aparece cada fin de semana en fotografías de paparazzi con una mujer diferente.

Apreté la mandíbula.

—No puedes amenazarme con quitarme lo que me he ganado.

—Puedo hacerlo y lo haré si es necesario. Treinta días, Zeus. O regresas casado con Suzanna Valentin o comienzas a vivir bajo mis reglas. No pienso discutirlo.

—Padre, escucha…

La llamada terminó. Aparté lentamente el teléfono de mi oído. Observé la pantalla hasta que se oscureció por completo. Todo aquello por una mujer que no había sido capaz de esperarme tres horas.

Me había esperado durante meses para casarse conmigo. ¿Qué le costaba esperar tres horas más?

Negué con la cabeza.

¡Imposible!

Aquella mujer era la criatura más impaciente que había conocido en toda mi vida. Ahora, por su culpa, mi padre estaba amenazando con quitarme la presidencia de Olimpo S. A. Pero ya no importaba porque Suzanna Valentin se casaría conmigo.

Aunque me odiara.

Aunque me detestara y aborreciera.

Aunque cada vez que escuchara mi verdadero nombre quisiera lanzarme el primer objeto que encontrara.

¡Se casaría conmigo!

Caminé hacia el ventanal y observé las luces de París. Tenía treinta días para conseguir que una mujer que me aborrecía aceptara convertirse en mi esposa. Una sonrisa lenta apareció en mis labios.

—Suzanna, voy a hacer que comprendas que ni Pierre ni Nate son mejores opciones que yo.

Solté una risa ronca. Era irónico que estaba compitiendo contra mí mismo. Y, para colmo… iba perdiendo.

—Voy a demostrarte que Zeus Blank es el único hombre que necesitas. Haré que te enamores de mí, que olvides a esos dos idiotas y que seas tú quien me suplique que nos casemos.

Apreté el teléfono entre mis dedos.

—No voy a perseguirte hasta el altar, Suzanna Valentin.

Mi sonrisa se ensanchó.

—Tú serás la que me buscará.