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9. Sábado

Zeus Blank 18+ — booknet.com · All chapters

9. Sábado

—Mon petit morceau de sucre (mi pedacito de azúcar), ¿irás hoy a inscribirte? Dime, ¿necesitas que vaya contigo?

—Abu, estoy bien. París es como mi segundo hogar, así que no te preocupes. Además, sé que estarás ocupada con tus amigas.

Mi abuela frunció ligeramente el ceño.

—¿Estás segura? Puedo cancelar mis planes, cariño.

—Maire, deja de insistirle a nuestra nieta. Ya es una mujer adulta.

Mi abuelo continuó leyendo tranquilamente el periódico, pasando una de sus páginas como si aquella conversación no tuviera nada que ver con él. Mi abuela dejó escapar un suspiro antes de tomar uno de los panecillos que había sobre la mesa.

—Sé perfectamente que es adulta, Charles. ¿Pero qué quieres que haga? Es la hija de nuestra pequeña Claire. Quiero cuidarla y apapacharla siempre.

—Abu…

—¡Y no me mires así, Suzanna! Para mí siempre serás mi pequeña.

Ambas comenzamos a reír.

Si dependiera de mi abuela, seguramente continuaría preparándome la ropa cada mañana y preguntándome si llevaba suficiente abrigo antes de salir. Unos suaves golpes en la puerta interrumpieron nuestra conversación. Pierre apareció unos segundos después, sosteniendo un enorme arreglo de rosas rojas que colocó cuidadosamente sobre la mesa.

Mi abuelo bajó lentamente el periódico.

Mi abuela abrió los ojos, sorprendida.

Por otro lado, me quedé mirando aquellas flores. Eran preciosas. Rosas rojas, perfectamente acomodadas, con un aroma tan delicado que inmediatamente inundó el comedor. No pude evitar sonrojarme un poco mientras miraba de reojo a Pierre. Él carraspeó, desviando discretamente la mirada como si fuese una respuesta silenciosa de que no había sido él.

—Señorita Valentin, le han enviado este arreglo floral.

Parpadeé por unos momentos. Lo primero que apareció en mi mente fue Nate. Una sonrisa amenazó con aparecer en mis labios, pero desapareció casi inmediatamente. Nate no conocía mi dirección. Ni siquiera le había dicho dónde vivían mis abuelos. Entonces… No.

¡No podía ser!

¡Aquel idiota no se habría atrevido!

Me acerqué al ramo y descubrí una pequeña carta entre las rosas. La tomé y abrí el sobre con rapidez. La letra era elegante, firme y cuidadosamente trazada.

Suzanna, no te pido que olvides lo que hice ni que me perdones. Te pido que me des un momento para hablar contigo y te prometo demostrarte que nuestro matrimonio puede llegar a ser algo más que un contrato.

Zeus Blank.

Me quedé inmóvil.

¿Acaso no comprendía el significado de dejarme en paz?

Primero me hacía esperar tres horas en un altar y ahora pretendía conquistarme con unas rosas.

—¿Qué dice, cariño? —preguntó mi abuela, inclinándose ligeramente hacia mí.

—Nada, abu.

Sin pensarlo dos veces, comencé a romper la carta hasta convertirla en pequeños pedazos que dejé sobre la mesa. Mi abuelo levantó una ceja. Mi abuela dejó de masticar los panecillos.

—Pierre.

—¿Sí, señorita Valentin?

—¿Puedes tirar estas flores a la basura?

Sus ojos grisáceos se mantuvieron sobre mí durante unos segundos. No hizo preguntas, simplemente asintió, tomó el enorme arreglo y desapareció con él. Tomé mi taza de té y le di un sorbo con toda la tranquilidad que pude fingir. Mi abuela miró a mi abuelo. Mi abuelo miró los pedazos de la carta, después dejó escapar un suspiro tan largo que parecía haber estado guardándolo desde la mañana anterior.

—Suzanna, ¿quién te envió esas flores?

—El imbécil de mi ex prometido, abu.

Volví a beber mi té como si estuviera hablando del clima o algo de poca importancia.

—Suzanna —mi abuelo cerró completamente el periódico—, por lo que veo, ese tal Zeus Blank no parece dispuesto a darse por vencido contigo.

—Pues tendrá que aprender.

—He estado hablando con tu madre —continuó, ignorando mi comentario—. Y creemos que tal vez sería conveniente que salieras con alguno de los nietos de nuestros conocidos. Así te distraes de ese tal Zeus y él entiende que estás con otra persona. Además, podrías divertirte con algún chico de tu edad.

Casi me atraganté con el té.

—¡¿Abuelo?!

—¿Qué?

Lo observé horrorizada.

—¿Quieren buscarme otro prometido?

—No he dicho prometido, Suzanna. He dicho que podrías conocer a algún joven. Creo que sería una buena opción. Sé que suena un poco apresurado, pero…

—¡Abuelo!

—¿Qué ocurre? Son muchachos de buenas familias, educados y con excelentes futuros.

No podía ser que mi vida fuera tan horrible. ¿En serio? ¿De nuevo?

Acaso llevaba un letrero en la frente que decía: Por favor, búsquenme una pareja.

Por unos segundos volví a sentir aquella desagradable sensación de estar encerrada en una vida donde otras personas decidían con quién debía estar de pareja.

Primero mis padres, que pensaban que un matrimonio por contrato estaría bien. Después Zeus Blank, que parecía querer un matrimonio porque muy probablemente su padre lo había amenazado. Y ahora mi propio abuelo. Dejé la taza sobre la mesa y me levanté rápidamente.

—Abuelo, no puedes buscarme pareja.

Me observó con tranquilidad.

—¿Por qué no?

—¡Porque no!

—Eso no es una respuesta, Suzanna.

Mi abuelo continuaba mirándome, esperando una explicación. Mi abuela también, aunque sus ojos parecían más preocupados que los de mi abuelo. Necesitaba una excusa que terminara inmediatamente con aquella conversación.

—Porque… —tragué saliva—. Porque ya tengo pareja.

Silencio.

Un silencio tan profundo que pude escuchar el pequeño sonido del reloj que colgaba en la pared. Ambos se miraron y, tras unos segundos, volvieron a mirarme.

—Oh, ma chérie ! Tu as un petit amoureux ? Mais il fallait me le dire ! Je lui aurais préparé quelque ! (¡Oh, cariño! ¿Tienes novio? ¡Pero debiste decírmelo! ¡Le habría preparado algo!).

Mi abuela se levantó tan rápido que apenas tuve tiempo de reaccionar antes de que me envolviera entre sus brazos.

—¡Abu, me aprietas!

—¡Mi pequeña Suzanna tiene novio! ¡Charles, nuestra nieta tiene novio!

—Eso he escuchado, Maire.

Mi abuelo no parecía tan emocionado. De hecho, me observaba con una expresión que comenzaba a preocuparme.

—¿Tienes novio, Suzanna?

Tragué saliva.

—Así es.

—¿Desde cuándo?

—Desde… hace poco.

—¿Y cómo se llama?

—Es… un muchacho muy agradable.

Mi abuelo entrecerró los ojos.

—Te he preguntado cómo se llama, no cómo es.

Solté una risita nerviosa mirando de un lado a otro, esperando que un novio mágico se materializara por arte de magia.

—Abuelo, no comenzarás a interrogarme, ¿verdad?

—Por supuesto que no.

Suspiré aliviada. Hasta que continuó:

—Lo interrogaré a él. No cualquier hombre puede estar con mi nieta. Ella es una Dubois, solo con mi apellido es una joya en París.

Mi abuela soltó una risita emocionada.

—¡Oh, Charles! No seas tan serio. Seguro que es un joven encantador. Sé que mi nieta puede escoger un hombre muy competente.

—Eso espero, Maire.

Mi abuelo dobló cuidadosamente el periódico y lo dejó sobre la mesa. Después me miró directamente.

—Quiero que lo traigas este sábado a comer con nosotros.

—¿Este sábado?

—Así es.

—Pero, abuelo…

—Quiero conocer al hombre con el que está saliendo mi nieta. Asegurarme de que ese novio tuyo, sea quien sea, valga la pena.

Mi abuela juntó las manos, encantada.

—¡Prepararé algo especial! ¿Qué le gusta comer, cariño?

Intenté mantener una sonrisa calmada, aunque dentro de mi cabeza todo era un completo desastre.

—Claro, abuelo. Este sábado.

—Excelente.

Me despedí de mis abuelos poco después, utilizando como excusa que debía ir a inscribirme en la escuela. Salí de la propiedad intentando mantener la poca dignidad que me quedaba. Apenas crucé las puertas, dejé escapar un largo suspiro.

Estaba loca.

Primero había escapado de un matrimonio con un hombre al que no conocía. Después había conseguido que aquel mismo hombre comenzara a perseguirme hasta Francia. Y ahora…

¡Ahora necesitaba conseguir un novio antes del sábado!

Me llevé una mano a la frente.

¿De dónde iba a sacar un novio de la nada?

No podía contratar a un desconocido. Tampoco podía pedirle a Pierre que fingiera ser mi pareja por mi abuelo ya que lo conocía. No tenía tiempo de conocer a alguien, enamorarlo y convencerlo de asistir a una comida familiar. Suspiré nuevamente. Necesitaba un milagro. O un hombre lo suficientemente loco como para aceptar semejante propuesta.

Mientras caminaba hacia la escuela, mi cabeza estaba hecha un espiral. Terminé de inscribirme caminando hacia un parque para despejar la mente, sintiendo la cabeza darme mil vueltas hasta que algo pasó. Una rosa roja apareció en mi visión haciendo que me detuviera de golpe.

Levanté la mirada notando unos ojos negros azabache y una leve sonrisa.

Nate.

—Suzanna, así que aquí estás —movió levemente la rosa—. No tenía dinero para comprarte un ramo de rosas, solo una, pero la vi y pensé en ti.

Hablaba con seguridad, pero mi mente no procesaba nada. A pesar de que mi cabeza estaba hecha un tormento, Nate, con una sonrisa y una rosa que parecía tener magia, me hizo calmar. Mirándole a los ojos fijamente, susurré levemente:

—Nate, quiero que seas mi novio.

Continuará...